La Tierra reparte sus regalos de conquista necia; entrama todo, entrama la nada misma, y lo que toda sus evanescencias, son más que cordiales en todo lo que se avecina, como todo y como nadie. Para confiar en ella habrá que anunciar los heraldos de su voz, de suspiros reacios; necios sobornos entremezclados. Una fruta se posa en el vendaval de todo, comienza una cuenta regresiva; la regresión de todas las conquistas más amadas; viene despavoridas sus prudencias; vive el puente desde el todo y la mañana siempre engalana la voz de sus mechones de cabello, de triste Luna; de reacio terreno dibujado; entremezcla mi majestad con tus orillas.
Si quiera las conquistas atardecieran del todo; captarían su ingenuidad certera; un vientre vestido en madreselva, de llanuras, de montañanas en lontananza; captaría sus llaves de terrarios inhóspitos; vertiría el orgullo del todo y la nada; marítimo; desvanecido; sobrepensado; sus escarchas en los valles; auroras, el crepúscular de sus estrellas; y yo te prometo; conquista del todo y de la nada; que me permitas extraer el halar de tus prudencias.
Una mancha en sus fosas, ah, piensa; una mancha tan revolucionaría de letanías en esa mañana en que el dinero puja por verter los hilos de un paraje sin conquista al mismo tiempo conquistada; ve el puente de tus luceros; gardenía de musarañas; sopesa tu vestido de tarjeta de ángeles halados, bienhadada promesa; extrae mi juventud corrosiva.
Entonces abre la llave los abismos conocidos; azúcar en el té de media tarde; noche de café con leche; mañanas de infusiones de alabastro; y el todo se condensa en una viva voz. Mañana despertaré; en sus memorias de futuros circunspectos. Medito en el suburbio de sus entrañas. ¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí? ¿Quién hurtó mi voz? Coronaria voz de mi conquista, vuelca en mí tus luceros malsanos de mal amantes cavernarios; y préstame un poco de tu paz inusitada.
Y así me remuevo en el lecho de chocolates con aroma al silicio de sus cleros; camino al revés; voy al principio en el que inició todo: me veo a mi mismo con un engendro de ideas en el porta de mis cabezas. Cuento nueve cabezas; una de estrella; otra de elefante; otra de denarios; más allá se solicita la del trino de un pájaro que escapa de su jaula, y la última no la recuerdo; amputo las extremidades de una memoria; visto otra vez el traje del baile; pienso en la bruja con la que bañé de iris un coriolis de la Luna; y así lo entreveo; así; mi andar es un vals interminable; de macizas reinas; de reyes angelados; de sol de medias noches; en esta insulina que desprenden mis muñecas.
Mis puños se cierran; mi madre alimenta con su regazo mi sobremecido edén; vierto el biberón en el mesón y todo se contrapone de un momento a otro. El facultativo examina mis cabezas; poseo seis; la de la creatividad más consecuente; pero como no puedo reproducir seres ya vestidos por una voz de dulcedumbre; su mansedumbre; me retorna al vientre de mi protectora y allí pienso en los objetos que me acompañaron en mi consciencia: la llave, el dinero, el mechón de cabello, la fruta, y finalmente, la Tierra.
Su voz resuena en mí, me veo, tan pequeño como una pasa; tan pronunciado como la insulina que poseo por el alimento que me otorga; visto las rosas del cosmos; ella retorna al amor con mi prospecto de progenitor; y yo; tan solo yo reflexiono; si no he vestido más que este traje de estrellas; en el que me convierto de nuevo en fuegos artificiales. Visto las mañanas más selladas; en las que conquisto mis rosales y el trigal del tic tac del tiempo que mi dios ara entre cordeles de cola de ratones. Estos se alimentan de estelares campos; me veo; me veo; me veo dibujado en el interior del carrusel de otros tiempos. Voy hacia adelante y hacia atrás; y rebusco el todo y la nada; en el que soy el retorno de todas las consciencias.
Visto lo más amado, y ahí mi ser se conmueve; y mi dios vuelve a llorar y sus deseos me estremecen; me atan; en el vestido de accionares; rigores de todas sus hazañas. Visto todos cuatro universos; y más allá; me punzan las entrañas; atraen mis territorios y yo los amo. No los niego; no soy más que un instrumento de su arte; y vuelvo a pensar, desde ese otro sistema planetario en la llave, en el dinero, en mechón de cabello; en la fruta y en la Tierra que me presidió.