La reciente jornada alrededor del congreso (Buenos Aires, Argentina) no solo expuso las negociaciones internas entre complicidades para avanzar con reformas que golpean directamente sobre nuestra soberanía, nuestra independencia y la lucha de los pueblos originarios, sino que además, dejó en evidencia las distancias entre las estructuras de poder y una ciudadanía que se organiza al margen de cualquier tutela partidaria.
El sistema político tradicional, capitalista, opera bajo un método que ha demostrado su caducidad, la noción de que la voluntad popular puede quedar encapsulada, cada cuatro años, en un puñado de representantes y estructuras burocráticas.
Ciertamente, cuando estas estructuras deciden desmovilizarse, replegarse o ceder ante la presión permanente de la propia agenda oficial, al igual que cuando se caracteriza a quien lucha y se cuida como “encapuchado”, nos revela su verdadera naturaleza.
Es decir, la arquitectura institucional, partidaria, cumple la función de regular la pacificación y el control bajo decisiones tomadas en despachos alejadas del propio territorio, quien es en consecuencia, el principal golpeado por las acciones del oficialismo.
El retirarse de las calles, bajo esta premisa, nos demuestra que no están dejando un vacío de poder, sino que dejan en evidencia su única función, contener y domesticar el conflicto social.
La verdadera política, aquella que como herramienta imprescindible utiliza la movilización en las calles, la que nace en la urgencia y el malestar, no cabe en sus locales y asambleas semanales.
Ante esto, podemos observar, que quienes se declaran así mismos como parte de una “vanguardia” observan desde una dimensión, digamos, “disruptiva” la irrupción de una masa autoconvocada que paraliza a una política más tradicional.
En este punto, emerge una tensión crucial con la izquierda partidaria y sus lecturas sobre la "relación de fuerzas".
Muchas veces, las “vanguardias” tradicionales, quedan atrapadas en la especulación táctica; miden el costo político, calculan la retirada e interpretan la resistencia de la calle únicamente bajo la lectura de sus propios manuales de organización y programas de transición. Al hacerlo, suelen estigmatizar o reducir la respuesta directa de quienes devuelven la violencia absurda policial.
La etiqueta simplista del "encapuchado" esconde una realidad concreta, la realidad de que son pibes y pibas, estudiantes, trabajadores, jubilados del pueblo intentando defender su integridad física y la de sus pares ante la embestida de un aparato represivo desmedido, ante la fuerza resguardando el poder de los de arriba; La idea de que toda acción de confrontación debe responder a un plan para tomar el control del Estado es un prejuicio de la política tradicional.
Enfrentarse a las fuerzas represivas, no es un simple capricho orgánico, ni la búsqueda de reemplazar una fuerza por otra; Es un acto de Resistencia, simplemente eso, resistir.
El acto de no retroceder, de cuidar al compañero, de devolver el gas que asfixia y pica, de sostener el espacio público frente a la cacería es, en sí misma, un acto de una potencia política absoluta. No necesita un programa de gobierno detrás para ser legítima; se valida en el gesto mismo de negarse a ser dominado.
La marcha que respondió a la desmovilización y retroceso hasta la avenida 9 de Julio por parte de las fuerzas represoras, se observa vacía de insignias partidarias, acompañada por el retumbar de los instrumentos de viento y la voluntad de seguir movilizados hasta la Plaza de Mayo. Una movilización que demostró cómo la bronca acumulada ha comenzado a construir sus propios métodos. La política autónoma no pide permiso ni busca traductores en el Congreso. Cuando la mediación fracasa y la represión se convierte en la única respuesta oficial, la resistencia, deja de ser una opción táctica para transformarse en el único espacio donde la soberanía popular se ejerce de manera directa, horizontal y transformadora.
Es precisamente en la desobediencia sin direcciones de viejas crisis partidarias, donde el poder estatal encuentra su límite infranqueable. La insistencia en ocupar el asfalto bajo las balas de goma y la decisión colectiva de avanzar a pesar del terror institucional demuestran que la soberanía no se delega en una urna ni se encierra en una ley, se ejerce con la presencia, estando en la calle, con el cuerpo y el apoyo mutuo. Enfrentar la cacería sin más explosión de poder que la propia autodefensa, desarma esa lógica misma de la dominación. El Estado necesita súbditos obedientes o manifestantes adiestrados en partidos; la irrupción de la masa organizada por sí misma desarticula su capacidad de control.
La resistencia no es solo una respuesta a la agresión policial, sino la afirmación rotunda de que la sociedad no necesita de los aparatos de coacción ni de los mediadores burocráticos para determinar su propio destino. Mientras la política formal se encierra en sus despachos a negociar el ajuste, en la calle se reafirma la verdad fundamental de la autodeterminación, la única lucha que emancipa es la que se construye desde abajo, de manera horizontal, directa y sin banderas que la condicione.