Porque no quiero los besos amargos provenientes de la lástima. Porque me niego a creer que la vida tiene un solo color. Porque la muerte es la única garantía que la vida nos da.
Y, entre un sinfín de enumeraciones, me pierdo tratando de comprender por qué las mayores certezas atentan contra la vida; o si simplemente somos condenados a muerte buscando un beso en el camino hacia la horca.
Por eso sigo. Porque ya estoy condenado.