Dicen que los animales se parecen a quienes los crían; que si su dueño es cariñoso, ellos también lo serán, y que responden al reflejo del amor que reciben. Yo no tengo gato, pero últimamente hay uno que aparece en mi jardín.
Cada vez que me acuesto en la hamaca, él llega silencioso, como si supiera exactamente cuándo estoy ahí. Una vez me acerqué e intenté acariciarlo, pero se apartó al instante. En lugar de alejarse por completo, simplemente caminó hacia una esquina y se echó desde ahí a mirarme.
En su silencio sentí una revelación: era como verme a mí misma. No se trataba de rechazo, sino de límites. Era como si me estuviera diciendo: «Solo vine a hacerte compañía; no invadas mi espacio. Estoy aquí para estar contigo, no para que me acaricies».
Lo comprendí de inmediato. Yo también soy así. Me gusta estar presentes, ofrecer una compañía sincera y compartida, pero me cuesta abrir la puerta al contacto más íntimo o entregar aquello que aún no he aprendido a dar. El gato busca una cercanía respetuosa, un espacio donde dos soledades se acompañan sin exigencias.
No sé de dónde viene ni a quién le pertenece, pero parece conocerme. En su distancia elegida y en su manera de acompañar en silencio, siento que, de alguna forma, ese gato y yo nos parecemos más de lo que imaginaba.
Tal vez los animales no solo se parecen a quienes los crían, sino que también eligen visitar a las personas que comparten su misma alma.»