Antes de que empiecen a leer, quiero dejarles algo muy claro. Sé que muchos de ustedes notan que en casi todos mis textos ronda la psicología, la mente, las sombras y la forma en que nos sentimos por dentro. Tal vez piensen que algunos temas se parecen o se pregunten de dónde saco todo esto. La respuesta es sencilla: lo saco de mi vida cotidiana, de lo que observo en la escuela, pero sobre todo de lo que siento cuando me siento a ver anime o a leer un manhwa.
Pero mi verdadera pregunta es de qué les hablaré hoy. Les contaré que vi el título de un video que me dio mucha indignación. Aunque ya sé que en la plataforma de YouTube suelen poner títulos extravagantes para llamar la atención, pero este me hizo sentir un coraje enorme porque planteaba la pregunta: ¿El anime cambia tu personalidad? Ni lo llegué a ver del pique que me dio.
Desde mi perspectiva, eso no es verdad. El anime no entra a borrar quién soy ni a cambiar mi personalidad; lo que hace es cambiar la forma en que percibo la vida. Me transforma la mirada. Observar todo eso me enseña a no juzgar tan rápido y a entender la psicología de la gente. Ver a esos personajes sufrir y crecer no significa que yo vaya a cambiar mi forma de ser por ellos ni que haga un "intercambio de identidad". Yo sigo siendo yo en la vida real. Vivo la adrenalina, el miedo y la emoción a través de la pantalla, pero al apagarla, me quedo con el aprendizaje.
Eso es lo que me pasa a mí: cuando veo una historia triste o cruda, no me vuelvo otra persona; simplemente busco una forma diferente de entender las emociones que siento en el momento o las que ya tenía guardadas desde mucho antes para no quedarme atrapada en mi propio dolor. El anime me da el impulso y la motivación para mejorar. En series como Demon Slayer, por ejemplo, veo cómo los monstruos o demonios en realidad eran personas buenas que pasaron por precariedades, vacíos y necesidades extremas.
O en Jujutsu Kaisen, donde vemos una dualidad tremenda: por un lado está Sukuna, un ser que desprecia por completo la debilidad humana, y por el otro está Yuji Itadori. Me identifico mucho con Yuji porque en él conviven la fragilidad y la fuerza al mismo tiempo; él carga con sus propias dudas, miedos y vulnerabilidades, pero en lugar de rendirse, usa la disciplina y la determinación para superar sus límites cada día. Su historia me enseña que ser frágil no significa ser débil, sino tener el valor de levantarse y trabajar en una misma a pesar de las sombras que llevamos dentro.
En realidad, yo suelo cohibirme mucho de mostrar mis emociones en el mundo real. No me gusta que me vean llorar ni que me noten triste. Por eso el anime y la escritura son mi desahogo: son el espejo donde me permito sentir lo que normalmente me guardo.
El anime es lo que vivo, es mi espacio y mi pasatiempo favorito. Para mí, escribir no es solo juntar palabras bonitas; es sentir la emoción en el cuerpo, la garganta seca, las lágrimas o las manos temblando mientras dejo mi mente en la pantalla o en el papel. Así me siento viva, así soy yo. Y aunque apenas esté creciendo, evolucionando mentalmente y pronto vaya a ser una adulta, no quiero perder esa esencia ni olvidarme de quién soy por tonterías.
Quizás para algunos estos sean temas triviales, pero para quienes intentamos comprendernos a nosotros mismos, es una herramienta real. El anime no cambia quién soy: me da un molde, un reflejo y la perspectiva que necesito para encontrar lo que me falta y pulir mi propia esencia. Porque al final, la personalidad no se cambia: se mejora a través de lo que aprendo a ver.
Y a ustedes, que también están en este proceso de crecer y descubrirse, les pregunto: ¿Alguna vez una historia, un libro o un personaje les hizo cambiar la forma en que veían su propia vida, o sienten que simplemente les recordó quiénes eran en realidad?