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El malestar como forma de sobrevivir en un mundo hostil

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Despues de leer Sedados(James Davies), la necesidad de compartir lo que sentí se volvió urgente, y no pude escapar al vicio de ponerlo bajo mi lupa de la Historia (Ciencias Sociales) y la Gestalt,…

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Despues de leer Sedados(James Davies), la necesidad de compartir lo que sentí se volvió urgente, y no pude escapar al vicio de ponerlo bajo mi lupa de la Historia (Ciencias Sociales) y la Gestalt, entoces puse en diálogo a Davies con J.Stiglitz (El malestar en la globalización y el costo de la desigualdad) y Claudio Naranjo (El eneagrama de la sociedad).

Hace poco alguien me preguntó si iba al psicólogo. La pregunta no era ingenua: venía cargada de esa suposición moderna que dice que si algo duele, la respuesta es individual. Que si uno está ansioso, deprimido, irritable, fragmentado, la responsabilidad de repararse es propia. El sistema, mientras tanto, sigue funcionando.

Esta lógica es tan naturalizada que casi nadie la cuestiona. Nos hemos convencido que el malestar es un problema personal. Compramos libros sobre mindfulness, buscamos terapeuta, tomamos pastillas para la serotonina, hacemos yoga. Y mientras tanto, la estructura que nos enferma permanece intacta.

La captura biopolítica del sufrimiento

El historiador de la medicina James Davies tiene un argumento demoledor: durante los últimos treinta años, hemos experimentado una "epidemia de depresión" precisamente en los momentos en que el capitalismo se volvió más feroz. No es coincidencia. Es el mecanismo.

Lo que Davies documenta es brutal en su simpleza: la conversión del malestar político en síntoma psicológico. Cuando alguien está ansioso por la precariedad laboral, cuando siente rabia por una sociedad que lo descarta, cuando experimenta tristeza profunda ante la injusticia —el sistema biomédico captura eso y lo rebautiza: "trastorno de ansiedad generalizada", "depresión mayor", "déficit atencional". De repente, el problema no es la precariedad. Es tu cerebro.

Este es el punto: la medicalización del malestar es despolitización. Si tu ansiedad es un problema de neurotransmisores, entonces la solución es personal: medicamento, terapia, autodisciplina. Lo que desaparece es la pregunta incómoda: ¿por qué estamos todos ansiosos? ¿Por qué nuestro país, en particular, está atravesado por una epidemia silenciosa de suicidios que nadie cuenta, nadie documenta, nadie reconoce oficialmente?

Salta tiene algunos de los índices más altos de suicidios del país. Pero no hay observatorio oficial que lo diga. No hay estadísticas públicas. No hay alarma institucional. Lo que hay es silencio administrativo. Y ese silencio es más elocuente que cualquier cifra: significa que el Estado ha decidido que esta crisis no existe, que no es un problema político sino un conjunto de tragedias personales. Que cada muerte es responsabilidad de quien murió, no de la estructura.

Esto es control. Control perfecto.

Cómo el capitalismo necesita de tus patologías

Joseph Stiglitz pasó años analizando por qué el crecimiento económico no se traduce en bienestar. Su respuesta es sobria: porque el sistema necesita inestabilidad, necesita competencia, necesita que la gente esté asustada.

Ahora bien, hay un paso más que Stiglitz apenas sugiere pero que Claudio Naranjo desarrolla con brutalidad. No se trata solamente que el sistema nos produzca malestar. Se trata de que nuestras neurosis son funcionales al sistema. La estructura social perpetúa caracteres específicos: individuos temerosos, obedientes, fragmentados, sobreexigidos, competitivos. Porque un sujeto que tiene miedo es un sujeto que obedece. Un sujeto que está deprimido es un sujeto que no se rebela. Un sujeto que está ansioso es un sujeto maleable, controlable.

Naranjo describe cómo en el plano individual, los caracteres neuróticos desarrollan estrategias de supervivencia que parecen suyas pero son interiorizaciones de una estructura patógena. Un trabajador precarizado no solo experimenta inseguridad económica: internaliza esa inseguridad como una característica suya. Se convence que no es suficientemente productivo, de que debe competir más, de que su valor depende de lo que genere. Eso es neurosis de carácter. Pero es, precisamente, lo que el capitalismo necesita de cada uno de nosotros para reproducirse.

En Argentina, esto tiene un nombre: precarización. Pero lo que la acompaña es una patologización silenciosa de esa precariedad. Se repite que adaptarte es "resilencia". Que la fragmentación es "flexibilidad laboral". Que la ansiedad es un rasgo de carácter, no una respuesta racional a una economía que nos descarta cada tres años(¿o 6meses?)

La trampa de la responsabilidad individual

Aquí es donde la narrativa hegemónica sobre "salud mental" se vuelve especialmente perversa. Te dice: tu malestar es tu responsabilidad. Si estás deprimido, tienes que hacer el trabajo interno. Si estás ansioso, tienes que aprender a respirar. Si el trabajo te está matando, tienes que ser "más resiliente".

Lo que desaparece de esta narrativa es cualquier interrogación sobre por qué todos estamos deprimidos, todos estamos ansiosos. Por qué alguien en Salta se levanta cada mañana con una sensación de futuro clausurado, con la experiencia corporal del abandono estatal, con la certeza de que los vínculos se fragmentan porque la precarización no permite sostenerlos.

Davies lo dice de otra manera: la epidemia de depresión fue inventada —no en el sentido de que la gente no sufra, sino en el sentido de que fue capturada, reclasificada, despolitizada. Se transformó una crisis colectiva en un conjunto de deficiencias individuales. Y mientras eso ocurría, nadie se preguntaba si acaso la depresión era un síntoma de lucidez ante un mundo insoportable.

El silencio administrativo como síntoma político

En Salta no contamos los suicidios. Esto no es un defecto de la administración sanitaria. Es una política de invisibilización. Porque contar implicaría nombrar. Y nombrar implicaría actuar. Y actuar sobre las causas estructurales del suicidio —la precarización, el desempleo, la fragmentación social, el abandono de las provincias periféricas— implicaría cuestionar la estructura misma.

Entonces, preferimos no contar. Preferimos que cada muerte sea un accidente personal, una falla íntima, una responsabilidad de quien no "tuvo recursos" para lidiar con "su" depresión. Mientras tanto, el sistema sigue extrayendo trabajo precario, fragmentando vínculos, precarizando emociones.

Porque eso es lo que el capitalismo contemporáneo hace: precariza todo. No solo tu empleabilidad, sino tu estabilidad emocional, tu capacidad de confiar, tu posibilidad de construir relaciones que no sean transaccionales. Te expone a la violencia cotidiana de ser descartable. Y luego, te responsabiliza por el daño que esa violencia te causa.

Hacia una ruptura

Pero aquí está lo que la estructura teme: que empieces a ver tu malestar diferente. No como "mío", sino como nuestro. No como un síntoma que debo reparar en privado, sino como un mensaje que dice algo sobre el mundo que compartimos.

Reconocer que tu ansiedad no es un déficit de tu neurobiología sino una respuesta racional a una estructura irracional. Que tu depresión no es una enfermedad sino una forma de inteligencia emocional ante lo intolerable. Que tu irritabilidad frente a la injusticia no es un trastorno sino cordura. Eso ya es ruptura.

Porque el sistema necesita que veas tu malestar como aislado, como un problema individual que se resuelve en el consultorio o con medicamentos. Lo que no puede tolerar es que te des cuenta de que estamos mal juntos. Que el malestar es colectivo. Que es político.

En Salta, donde los muertos no se cuentan, donde los vínculos están fragmentados, donde la precarización es la atmósfera que respiramos, esa toma de conciencia es urgente. Porque nombrar conjuntamente lo que nos enferma es el primer acto de una posibilidad diferente.

No es terapia. Es política.

No es cura individual. Es responsabilidad colectiva de preguntar qué estructura social produce tanta muerte, tanta invisibilidad, tanto silencio administrativo. Y qué mundo queremos construir donde el malestar no sea un negocio, donde el sufrimiento no sea función del lucro, donde el Estado cuente a sus muertos y actúe como si le importaran.

Eso no está en tu cerebro. Está en nuestras manos.