Entonces quemé las cartas que te hice y entendí que no siempre ibas a ser tú.
Durante mucho tiempo guardé esas cartas como si fueran una parte de nosotros que todavía podía conservar. Cada palabra hablaba de lo que sentía en aquel momento, de todo lo que alguna vez imaginé para los dos, de las cosas que nunca dije en voz alta y que terminé escribiendo porque no sabía dónde más ponerlas.
Las guardé porque, en el fondo, también estaba guardando una posibilidad.
La posibilidad de que algún día volvieras.
La posibilidad de que todo aquello que había sentido tuviera otro final. La posibilidad de que las cosas cambiaran y de que algún día pudiéramos leerlas juntos y recordar todo lo que fuimos.
Pero llegó un momento en el que entendí que no podía seguir guardando cartas para una historia que ya había terminado.
Entonces las quemé.
Y mientras veía desaparecer cada palabra, sentí algo extraño. No era solamente tristeza. Había una parte de mí que estaba despidiéndose de todas esas expectativas que había construido alrededor de ti.
De ese futuro que imaginé.
De todas las veces que pensé “algún día”.
Porque quizá eso era lo que realmente estaba soltando: no solamente a una persona, sino la idea de que algún día esa persona sería quien yo esperaba que fuera.
Y por primera vez entendí algo que antes me costaba muchísimo aceptar:
No siempre iba a ser él.
No siempre iba a ser esa persona que yo elegiría.
No siempre iba a ser el nombre que aparecería primero cuando imaginara mi futuro.
Y eso no significa que lo que sentí haya sido mentira.
Fue real mientras lo viví.
Las cartas fueron reales. Las palabras fueron reales. La ilusión también fue real.
Pero que algo haya sido verdadero para mí no significa que tenga que durar para siempre.
A veces nos aferramos tanto a lo que sentimos que olvidamos preguntarnos si aquello todavía pertenece a nuestra vida.
Yo también tuve que aprenderlo.
Tuve que aceptar que no todas las historias que escribimos en nuestra cabeza llegan a convertirse en la historia que vivimos. Que algunas personas aparecen y dejan recuerdos que nunca esperábamos tener, pero no necesariamente un futuro.
Así que quemé las cartas.
No para borrar lo que sentí.
No para fingir que nunca exististe.
Las quemé porque ya no quería seguir guardando palabras dirigidas a alguien que ya no estaba.
Y mientras desaparecían, sentí que algo dentro de mí también comenzaba a soltar.
Quizá nunca se trató de dejar de recordar.
Quizá se trataba de dejar de esperar.
Y ese día entendí que podía querer mucho una historia que ya terminó…
y aun así elegir escribir las siguientes páginas sin ti.