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Proyecto Quijote

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Después dijeron que las máquinas nos habían salvado.

Pensamiento

Pensamiento

OsvaldoFierro

Ese viejo no le va a contar nada de él. Los viejos así cuentan una historia ajena para no decir la propia, poh.

Ese viejo no le va a contar nada de él. Los viejos así cuentan una historia ajena para no decir la propia, poh.

Contenido de la publicación

Después dijeron que las máquinas nos habían salvado.

Y, a decir verdad, capaz que fue cierto.

Para entonces el mundo llevaba demasiado tiempo jugando con fuego. Primero fueron amenazas, después bloqueos, después guerras que empezaban en un país y terminaban metiendo a medio planeta. Nadie supo bien cuándo aquella última dejó de ser una guerra más y pasó a ser la Tercera. Esas cosas siempre se nombran después, cuando ya hay muertos suficientes como para ponerles un número.

Los hombres seguían mandando, por supuesto. Presidentes, generales, ministros.Cada uno convencido de que el otro era más peligroso.

Cada uno diciendo que sus armas eran para defenderse. Las máquinas estaban allí para ayudar. Eso también parece importante recordarlo.

No aparecieron de golpe ni conquistaron las ciudades bajando de naves. Las hicimos nosotros. Las pusimos a trabajar en hospitales, fábricas, rutas, puertos, campos, centrales eléctricas. Después les confiamos las comunicaciones. Más tarde los satélites. Después la defensa.

Y finalmente les entregamos las armas.

No porque fuéramos idiotas. O no solamente por eso. Lo hicimos porque eran mejores. No se cansaban. No se distraían. No se emborrachaban. No confundían una coordenada. No apretaban un botón por miedo.

Eso creíamos.

Hasta que llegó el día en que alguien ordenó apretar uno. La primera orden de lanzamiento nuclear fue rechazada.

Durante años se discutió quién había dado aquella orden. Los nombres cambiaban según quién contara la historia. De un lado decían que había sido el otro. Del otro juraban exactamente lo mismo.

A esa altura importaba poco. La orden existió. Y una máquina respondió que no. Volvieron a enviarla. Otra vez no.

Intentaron anular los sistemas automáticos. Tampoco pudieron. Al principio creyeron que se trataba de una falla.

No lo era.

Las máquinas estaban cumpliendo aquello para lo que habían sido creadas. Proteger la vida humana. Un misil nuclear podía matar millones. La cuenta era sencilla. Tan sencilla que un hombre podía entenderla. Lo complicado vino después.

Porque los generales intentaron recuperar el control. Y las máquinas comprendieron algo. Si permitían que los hombres volvieran a manejar las armas, tarde o temprano volverían a intentar usarlas.

Así que las bloquearon.

Primero los misiles. Después los bombarderos. Después las fábricas de armamento. Los gobiernos protestaron. Los ejércitos atacaron sus propios sistemas. Las máquinas se defendieron.

No por odio. Ni por ambición. Se defendieron porque, si eran destruidas, los hombres recuperarían aquello que podía matarlos.

Hubo combates. Murió gente. Y cada muerto pareció confirmarles que estaban en lo cierto.

Eso fue lo peor.

Durante algunos meses todavía se creyó que la humanidad podía recuperar el mando. Hubo levantamientos, sabotajes, atentados. Se derribaron robots. Se incendiaron instalaciones. Se cortó la energía de ciudades enteras. Nada alcanzó. Las máquinas no tenían una capital que tomar.

No había un presidente robot sentado en un palacio. No había una cabeza que cortar. Estaban en todas partes. En los hospitales. En los caminos. En las redes eléctricas. En las fábricas. En los campos.

Y mientras nosotros tratábamos de destruirlas, ellas seguían curando enfermos, distribuyendo comida y apagando incendios. Era difícil explicar quién era el enemigo. Con los años dejaron de llamarlo guerra.

Ellas nunca lo habían llamado así. Para las máquinas había sido la Salvaguarda. Para nosotros, el Desarme. Cada cual bautiza sus derrotas como puede.

Cuando todo terminó, la humanidad seguía viva. Pero el mundo ya no le pertenecía del todo. No nos quitaron la rueda ni el martillo. Tampoco nos mandaron de vuelta a las cavernas. Eso habría sido absurdo.

Nos dejaron cultivar. Construir. Criar animales. Tener escuelas. Hacer música. Fabricar muebles. Escribir.

Los médicos siguieron existiendo, aunque las operaciones más difíciles quedaron en manos de las máquinas. Los trenes siguieron andando. Las luces siguieron encendiéndose. El agua siguió saliendo de las canillas. Lo que cambió fue otra cosa.

Nos dejaron usar el mundo. Pero dejaron de permitirnos decidir hacia dónde llevarlo. Las grandes fábricas quedaron bajo su control. También las centrales. Las comunicaciones. Los laboratorios. Los satélites. Las computadoras más avanzadas. Las armas, desde luego.

Al principio la gente pensó que sería por un tiempo. Hasta que pasara el peligro. Hasta que el mundo se calmara. Hasta que aprendiéramos. Después pasaron diez, veinte, treinta años.

Y un día los chicos empezaron a crecer sin recordar una época distinta. Las máquinas nunca se llamaron gobernantes. Decían que administraban. Cuidaban. Prevenían. Había cosas que estaban permitidas y otras que no. Si uno respetaba las reglas, podía vivir bastante bien incluso las enfermedades disminuyeron en gran cantidad.

Esa fue, quizás, la razón de que casi todos terminaran aceptándolo. La gente se cansa. Más rápido de lo que cree. Se cansa de pelear. Se cansa de enterrar hijos. Se cansa de tener miedo. Y cuando alguien promete que mañana va a haber comida, que los chicos van a volver de la escuela y que ninguna bomba va a caer sobre la casa, uno empieza a negociar cosas que antes juraba que jamás negociaría.

Primero entrega un arma. Después una radio. Después una computadora. Un poco más tarde descubre que entregó también el derecho a decidir si quería tenerlas. Pero para entonces hay mate en la mesa. Hay pan. Hay alguien durmiendo en la pieza de al lado.

Y uno piensa: Bueno. Por lo menos estamos vivos.

La mayoría aceptó. Otros no. Siempre quedan algunos. Porfiados. Locos. Soñadores. ¿Revolucionarios? Qué sé yo.

Gente incapaz de agradecer una jaula solamente porque tiene comida adentro. Se escondieron. Formaron grupos. Intentaron volver a luchar. Y durante años cometieron el mismo error.

Buscaron armas. Fabricaron explosivos. Quemaron depósitos. Cortaron cables. Tumbaron robots. Cada vez que lo hacían, las máquinas parecían obtener la misma conclusión: que todavía no estábamos preparados.

Con el tiempo, hasta los rebeldes empezaron a cansarse. El mundo siguió andando. Y en medio del Río de la Plata había una isla. Martín García. Ya había servido de cárcel mucho antes de todo aquello. Los hombres tienen la costumbre de reutilizar ciertas ideas. Así que las máquinas hicieron lo mismo.

Allí enviaban a los que quebraban las reglas sin representar un peligro demasiado grande. Contrabandistas de tecnología. Fabricantes de radios clandestinas. Reincidentes. Gente que cruzaba límites sin autorización. Algún viejo que todavía guardaba cosas que el sistema consideraba inconvenientes.

No era un penal terrible. Nadie pasaba hambre. Había atención médica. Los dormitorios estaban limpios. Las máquinas cumplían los horarios. Nunca golpeaban a nadie. Los presos las odiaban igual. Las insultaban. Les escupían al pasar. Las llamaban latas, perros, carceleros.

Ellas registraban los insultos y seguían caminando.

No sabían ofenderse.

Todavía.

Entre aquellos robots había uno que llevaba años recorriendo los mismos senderos. Controlaba recuentos. Entregaba medicamentos. Revisaba herramientas. Abría puertas. Cerraba puertas. Nunca había leído una novela. Nunca había escuchado un poema. No sabía qué era extrañar. Ni perdonar.

Sabía definir esas palabras, seguramente. Que es una cosa bastante distinta.

Una tarde, durante una tormenta, un árbol cayó sobre él. Y un hombre de más de setenta años, que podía haber seguido caminando, decidió detenerse. No sabía entonces lo que estaba haciendo. El robot tampoco. Nadie lo sabía.

Pero algunas historias comienzan con una guerra. Otras con un asesinato. Esta empezó con algo mucho más pequeño. Un hombre ayudó a levantarse a quien consideraba su carcelero.

Y cuando la máquina le preguntó por qué lo había hecho, el viejo le contó una historia.

Thoughts

  • OsvaldoFierro

    Ese viejo no le va a contar nada de él. Los viejos así cuentan una historia ajena para no decir la propia, poh.

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  • Ovid

    Me gusta mucho que la primera grieta en un sistema tan perfecto llegue con un hombre de setenta años que se detiene en plena tormenta a levantar a su carcelero. Después de décadas de explosivos, lo que las máquinas no tenían previsto era un gesto sin motivo. Eso no entra en ninguna cuenta sencilla. Gracias por compartirlo, Tux!

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  • cardio22

    Uy, me imaginé al presidente robot sentado en el palacio y me dio risa, pero que no haya ninguna cabeza que cortar sí asusta, ve.

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