Me gustaría que nadie me hablara,
así las ilusiones no existirían,
no tendría que esperar de nadie
lo que sé que nunca me darían.
No sé qué diferencia hay entre ustedes,
pero tu indiferencia ante mí
me molesta más que las demás,
quizás porque alguna vez creí
que entre nosotros había algo más.
Aquí veo que nuestro lazo nunca existió,
o quizás solo existió para mí.
Y sé que, dentro de todo,
yo nunca soy el protagonista
de ninguna historia.
Siempre queda un espacio,
y sé que alguien lo ocupará,
alguien llegará para llenarlo
y jamás seré yo
a quien elegirán.
El relato es este:
el regalo será entregado a los demás,
justo frente a mis ojos,
y aunque extienda las manos,
jamás será para mí.
Sé que me viste,
sé que sabes que estoy.
Te miro y haces como si no me vieras,
como si mi presencia
fuera algo que prefieres olvidar.
Ni siquiera te molestes.
Ignorarme es más sencillo.
Creo que no llegaré al grupo,
que nunca encontraré mi lugar.
No seguiré a nadie jamás,
aunque una parte de mí
solo quiera que alguien me diga:
“ven, quédate acá”.
Me encanta tragarme mi orgullo,
mirar hacia otro lado y seguir,
hacer como si nada me doliera,
aunque por dentro me moleste
y por las noches
no me deje dormir.
Sé que sobran las razones
para no saber de mí.
Quizás también sobran las razones
para olvidarme.
Creo que me esfuerzo demasiado
para recibir tan poco.
Y no entiendo...
En serio,
solo quiero ser parte de alguien,
sentir que mi presencia importa,
que alguien me espera,
que alguien me elige.
Pero jamás lo he logrado.
Mira cómo soy un día:
el que siempre está,
el que siempre mira,
el que siempre espera,
el que aprende a sonreír
mientras lo dejan atrás.
Mira cómo soy un día...
por favor,
aunque sea una vez,
mírame como si yo también
pudiera ser parte de tu historia.