La soledad de la que hablás existe, y duele de una manera que no siempre se ve. No es la soledad elegida para descansar o conocerse; es la que se instala sin pedir permiso y empieza a vaciarlo todo. Hace que incluso las cosas que antes daban alegría pierdan sentido.
Creo que nadie debería acostumbrarse a vivir así. A veces no hace falta que alguien nos salve; alcanza con una presencia, una conversación sincera, un abrazo o una simple pregunta hecha con verdadero interés: "¿Cómo estás?".
Porque, aunque la soledad pueda hacernos creer lo contrario, todos necesitamos sentir que para alguien nuestra ausencia se nota y nuestra presencia importa.