Plastilinas
Aprieto lento. Veo mis venas trepar por la piel, tensas, acumulando una presión inútil. Mis nudillos escupen los colores como si un volcán me vomitara su odio en las manos. Le doy vueltas a la masa. Corto, uno, parto. Soy un inventor de formas, un arquitecto de lo interminable en este rincón sucio. Y a veces le dejo al azar esa figura muerta que se amalgama en tonos opacos, un engrudo que siempre termina supurando un rojo llaga, rojo de cuero vivo. Intenso como la náusea de los días en que te veo y sé que no hay salida; intenso como la bilis de no saber ladrar lo que me traga por dentro, asfixiante como ese dialecto tuyo que me aplasta y no entiendo. Froto, pego, golpeo, extirpo con la precisión de un carnicero y vuelvo a juntar los pedazos de esta nada. Esta masa sorda con la que me fundo todos los días, justo cuando me arrastrás a tu laberinto de caramelos y me anestesiás con las plastilinas; todo para que yo baje la cabeza, para que me pierda en los colores y me olvide de dónde, exactamente, estás metiendo tus dedos.