El primer paso para el fracaso es perder el temor a Dios; después, viene el fracaso.
La imposibilidad habita en mí. Es decir, de regresar: aprieta, quema. No me basta con algún día escupir sangre. Ni me funciona leer la Biblia, ya que no creo lo que está escrito. Ni me funciona orar, ya que no creo ser escuchado. Ni me funciona el que funcione, ni me emociona que funcione. Ni me funciona, ni me funciona… ni me funciona.
No tengo derecho de quejarme, ni mucho menos con Dios. No creo en Dios, ya no. Perdí la fe, y la verdad, no se siente tan mal. Es decir, se sentía, pero el dolor terminó. Ahora, entre la posibilidad de ser o no ser, prefiero no ser nada y esperar la muerte con ansias.
¿Ansia mi alma o mi cuerpo y sus complementos que me mantienen con vida? ¿O es el alma la que me hace vivir, o es mi corazón, mi cerebro y mis órganos los que abarcan estas funciones? Ansiar mi alma o mi cuerpo y sus complementos partir pronto: algún día, ayer, mañana, o hoy. Depende de cuándo leas esto; para entonces, tal vez ya no esté vivo.
Solo mis escritos en Seavien: mis textos, pensamientos y lamentos en una página mediocre. Yo soy mediocre. Donde los lectores no parecen comprender dolores, solo buscan dar un significado distinto a lo que ya está escrito. Es decir, ya tiene su significado. No es necesario decir lo que entiendes, sino que entiendas lo que siento…
Ahora que no creo en nada, la causa y razón —o respuesta— se ha ido de mis interrogantes vivas; es decir, han vuelto a estar muertas. Cuando me refiero a no creer, no es que niegue la existencia necesaria de Dios, porque no soy estúpido: Dios existe. Simplemente es que no sigo a Dios, por lo tanto no obedezco, por lo tanto no creo.
No oro, no escucho, no leo.
No hablo, no oigo, no veo.
En la prisión del enemigo estoy. ¿Por qué? Porque quiero.
Esta es mi rebelión. Es decir, esta es mi religión: no hacer nada y esperar a que nada pase. Solo estar: ni feliz, ni triste, solo estar. ¿Te gusta lo que lees? Apuesto a que no.
Y si la muerte llega, sé que arderé en fuego, pues no tengo quien me salve. ¿Y sabes qué? No me importa. No me interesa nada. No me muevo por nada. Nada me mueve, nada me cambia. Este es el fin de mi fe, y ni me importa, ni me importa que no me importe, ni me importa que importe, ni me importa que me importe. Ni me importa, ni me importa.
Solo viviré: ni feliz, ni alegre, solo triste y quejumbroso. Como lo que soy, como lo que soy.
¿Perdí la fe? Y pregúntame si siento algo.
De Jorge Guzmán para todo el que me esté leyendo. Nunca fui salvo, solo fue la simpleza del juego sucio del emocionalismo.
— Jorge Guzmán