Durante mucho tiempo pensé que sanar significaba volver a ser exactamente la persona que era antes de que algunas cosas me dolieran.
Quería volver a tener las mismas ganas, la misma ilusión, la misma forma de mirar la vida. Quería sentir que nada había cambiado y que podía recuperar esa versión de mí que alguna vez se sentía tan llena de luz.
Pero con el tiempo entendí que no funciona así.
Hay etapas en las que una se siente perdida. Días en los que ya no reconoce su propia forma de pensar, en los que cosas que antes disfrutaba dejan de sentirse igual y hasta sonreír puede convertirse en algo que haces por costumbre.
Y durante esas etapas llegué a pensar que había perdido una parte de mí.
Me preguntaba en qué momento había dejado de ser aquella persona que soñaba tanto, que se emocionaba por cualquier cosa y que encontraba motivos para seguir incluso en los días difíciles.
No entendía que quizá no había desaparecido.
Simplemente estaba cansada.
Cansada de intentar que todo saliera bien, de sostener cosas que ya pesaban demasiado, de fingir que estaba bien cuando por dentro estaba intentando entender todo lo que me estaba pasando.
Después, poco a poco, empecé a encontrarme otra vez.
No ocurrió de un día para otro.
Fue en pequeños momentos: volver a reírme sin pensarlo, disfrutar algo sin sentir culpa, hacer planes nuevamente, escuchar una canción y sentir algo bonito, despertar un día y darme cuenta de que llevaba un tiempo sin pensar en aquello que antes me dolía tanto.
Y ahí entendí algo que antes no sabía.
Quizá la vida siempre va a ser un poco así.
Habrá momentos en los que sentiré que tengo toda la luz del mundo y otros en los que voy a sentir que la perdí por completo.
Voy a cambiar, voy a caer, voy a equivocarme, voy a despedirme de personas, voy a cerrar etapas y probablemente habrá días en los que volveré a sentirme perdida.
Pero eso no significa que haya vuelto al principio.
Porque cada vez que encuentro mi brillo nuevamente, lo encuentro de una manera diferente.
Con más calma. Con más conciencia. Con cicatrices que antes no tenía y con una versión de mí que aprendió cosas que la anterior todavía no sabía.
Al final entendí que la vida no consiste en mantenernos brillando todo el tiempo.
Consiste en aprender que incluso cuando nuestra luz se apaga un poco, podemos volver a encontrarla.
Y quizá esa sea una de las partes más bonitas de crecer: descubrir que no tenemos que ser siempre nuestra mejor versión para seguir siendo nosotros mismos.
A veces perder el brillo también es parte del camino.
Porque después de cada etapa oscura, llega un momento en el que vuelves a mirarte y piensas:
“Aquí estoy otra vez.”
Y esta vez, un poquito más fuerte, un poquito más consciente y mucho más parecida a quien realmente quiero ser.