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Pastorela Mexicana

Alfarrikan_III
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Una historia donde el verdadero mal no llega de afuera... sino que nace del corazón de los hombres.

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Pensamiento

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Ovid

eres escritor profesional @Alfarrikan_III ?

Contenido de la discusión

Todo comenzó con una profecía que no aparece en ningún libro. Una profecía arrancada de la memoria de los hombres y condenada al olvido. Los pocos que llegaron a conocerla terminaron locos, muertos... o ambas cosas.

Hablaba de una noche en la que una estrella surgiría sobre el cielo de México.

No brillaría, no guiaría peregrinos, no anunciaría salvación.

Sería una herida abierta en el firmamento, un vacío suspendido entre las constelaciones.

Y cuando apareciera, quienes aún conservaran algo de cordura comprenderían la verdad: no venía a señalar el nacimiento de un redentor, sino el despertar de algo más antiguo que el miedo, más antiguo que la fe y más antiguo que el propio nombre del mal.

Algo que había permanecido dormido durante siglos, alimentándose en silencio de la sangre derramada, del odio, de la violencia y de la desesperanza.

Algo que nunca debió despertar, y  que, sin embargo, estaba a punto de abrir los ojos.

México ya estaba enfermo, no de una enfermedad visible, sino de una más profunda y silenciosa. Al caer la noche, las calles quedaban vacías, las puertas se cerraban y el miedo ocupaba el lugar de la gente. Los niños crecían escuchando palabras que parecían haber sido arrancadas de un viejo grimorio: levantón, cuota, desaparecido, fosa.

Los muertos aparecían en las noticias con la misma frecuencia que el clima y la sangre se había vuelto parte del paisaje.

Porque cuando el horror se repite demasiado, deja de provocar espanto.

Se convierte en costumbre.

Y no existe alimento más dulce para las sombras que un pueblo que aprende a convivir con la oscuridad.

La estrella apareció una noche de diciembre, pero no podría llamarse estrella, era más bien una ausencia, una mancha negra suspendida sobre el firmamento que parecía devorar la luz de cuanto la rodeaba.

Esa noche los perros comenzaron a aullar hacia el cielo, los pájaros abandonaron sus refugios en plena oscuridad y las bestias del campo huyeron sin dirección aparente.

Las campanas de todas las iglesias callaron, como si algo invisible hubiera cerrado sus gargantas de bronce.

Aquella misma noche, en distintos rincones de México, cuatro desconocidos tuvieron el mismo sueño.

Francisco había sido policía durante más de veinte años. Aprendió pronto que la verdad podía venderse y que el silencio solía tener mejor precio que la justicia. Cerró expedientes, ignoró denuncias y observó cómo la corrupción se convertía en ley sin hacer nada para impedirlo.

Ernesto era funcionario público. Había construido una carrera entera desviando recursos, firmando documentos fraudulentos y llamando "procedimientos administrativos" a desgracias que condenaban comunidades enteras al abandono.

Josefina era enfermera. Durante años vio desfilar enfermos, ancianos y moribundos frente a sus ojos sin mostrar jamás la más mínima compasión. El dolor ajeno se había convertido para ella en ruido de fondo.

Rafael era periodista de nota roja. Transformó el sufrimiento en espectáculo. Vivió de fotografiar cadáveres, alimentar el morbo y convertir cada tragedia humana en una mercancía capaz de generar visitas y dinero.

Esa noche los cuatro escucharon una voz; profunda…  antigua… terrible, una voz que parecía surgir desde debajo del mundo.

—Ha llegado la hora.

—El silencio se hizo absoluto.

El Recién Nacido está por venir. 

La oscuridad del sueño pareció respirar.

Los espero en la capilla olvidada, a las faldas del Cerro del Cubilete.

Al despertar, ninguno pudo explicar lo que sentía, no era curiosidad, no era miedo; era algo peor.

Una llamada, como si una parte de ellos hubiera estado esperando aquella noche desde siempre.

Sin entender por qué, abandonaron sus hogares y comenzaron a seguir la estrella. Durante días caminaron a través de un país herido; atravesaron pueblos donde las ventanas permanecían tapiadas incluso de día; recorrieron carreteras adornadas con cruces anónimas; vieron madres removiendo la tierra con sus propias manos en busca de huesos, niños jugando entre paredes perforadas por balas; hombres armados vigilando caminos que ya no pertenecían a nadie. Sin saberlo, cada uno avanzaba por una ruta distinta hacia un mismo destino, hasta que llegó grietas

el día en que los cuatro caminos dejaron de ser cuatro para convertirse en uno solo. Fue a partir de ese momento que bajo la misma estrella que los había llamado desde lugares distintos, sus pasos finalmente convergieron, continuando juntos el recorrido, pero  ignorando aún que el verdadero viaje apenas estaba por comenzar.

Metros más adelante encontraron a un anciano sentado junto a una cruz derrumbada a la orilla de la carretera.

Vestía ropas oscuras desgastadas por el tiempo. Su rostro parecía tallado por décadas de insomnio y arrepentimiento. En sus ojos hundidos habitaba algo más terrible que el miedo: el conocimiento.

Se llamaba Miguel, y parecía llevar siglos esperando aquel encuentro.

Cuando los vio acercarse, bajó la cabeza, como quien contempla una tragedia inevitable.

—Regresen.

—¿Por qué? —preguntó Francisco.

—Porque todavía pueden impedirlo.

—¿Impedir qué? —río Ernesto.

—El nacimiento.

Miguel alzó lentamente la mano hacia la estrella negra.

—No crean que fueron llamados para contemplar un milagro.

Fueron llamados para decidir si todavía merecen evitarlo.

Los cuatro se miraron entre sí, y como si se hubieran puesto de acuerdo sin hablar decidieron ignorar al anciano, sin que Miguel intentara detenerlos, en el fondo sabía que ya era demasiado tarde, y solo se limitó a seguirlos en silencio.

Continuaron el camino bajo el resplandor enfermizo de la estrella negra, al caer la tarde llegaron a una carretera abandonada donde no soplaba el viento ni se escuchaba el canto de los insectos. En medio del asfalto agrietado descansaba una maleta abierta. Francisco se acercó lentamente y sintió que la sangre se le helaba. Estaba repleta de dinero. No eran unos cuantos billetes, sino una fortuna imposible, más de lo que había ganado en toda una vida. Entonces escuchó una voz suave, casi cariñosa, susurrándole al oído.

—Tómalo.

La voz parecía surgir desde dentro de su propia cabeza.

—Lo mereces.

Francisco intentó apartar la mirada, pero algo lo obligó a permanecer allí.

—Lo has hecho antes.

De pronto el aire a su alrededor comenzó a deformarse. Donde momentos antes sólo había carretera, aparecieron rostros, decenas de rostros. Madres sosteniendo fotografías desgastadas por el tiempo, padres consumidos por la desesperación, expedientes olvidados en estantes cubiertos de polvo, denuncias archivadas, investigaciones sepultadas bajo sellos y firmas, nombres que nadie volvió a pronunciar.

Francisco reconoció algunos de ellos.

Recordó los sobornos aceptados, las llamadas ignoradas, las órdenes obedecidas sin cuestionarlas y cada ocasión en que eligió la comodidad antes que la justicia.

Sintió que las piernas le flaqueaban.

Miguel observó la escena con tristeza.

—Todavía puedes reconocer tu culpa —dijo.

Durante un instante pareció que Francisco iba a alejarse, sus ojos se llenaron de vergüenza, incluso cayó de rodillas sobre el asfalto, incapaz de soportar el peso de tantos recuerdos, pero cuando volvió a mirar la maleta, algo más fuerte que el remordimiento despertó dentro de él.

Extendió la mano temblorosa y tomó un fajo de billetes, sólo uno; no porque lo necesitara, no porque creyera merecerlo; sino porque necesitaba demostrarse que aún podía hacerlo.

En ese momento los rostros desaparecieron, el silencio regresó a la carretera y muy por encima de ellos, suspendida sobre el cielo oscuro, la estrella negra pareció expandirse lentamente, como una herida que acababa de abrirse un poco más.

A la mañana siguiente encontraron animales muertos a la orilla del camino, no presentaban heridas ni señales de enfermedad; simplemente parecían haber dejado de vivir durante la noche, Miguel observó los cuerpos sin sorprenderse, sus ojos se posaron después sobre las sombras de los viajeros, eran demasiado largas, mucho más largas de lo que permitía la posición del sol.

Al llegar  de nuevo la  noche llegaron a un pueblo fantasma, las casas habían sido abandonadas; las escuelas permanecían vacías y las calles yacían cubiertas por una capa de polvo que parecía llevar años sin ser perturbada. Sin embargo, en el centro del pueblo se alzaba una oficina impecable, ajena al abandono que la rodeaba, al cruzar la puerta, Ernesto encontró documentos con su nombre: decretos, contratos, cuentas bancarias... y, al final del escritorio, una banda presidencial cuidadosamente extendida como si hubiese estado esperándolo desde siempre.

Entonces escuchó la voz.

—Todo esto puede ser tuyo. Más poder. Más riqueza. Nadie pagará por nada.

Miguel volvió a intervenir.

—El mal raramente llega con el rostro de un monstruo; casi siempre se presenta como una oportunidad.

Ernesto permaneció inmóvil, contemplando la banda presidencial, durante un instante pareció debatirse entre el impulso y la conciencia, pero finalmente, extendió la mano y la tomó.

En ese mismo instante, la estrella volvió a oscurecerse.

Más adelante encontraron un hospital abandonado, apenas cruzaron el umbral, las luces comenzaron a encenderse por sí solas y los pasillos vacíos se poblaron de enfermos invisibles, lamentos, quejidos y súplicas resonaban entre las paredes como si el sufrimiento hubiera quedado atrapado allí, negándose a desaparecer. Entonces, frente a Josefina, apareció un anciano, era uno de los muchos pacientes a quienes había ignorado durante su agonía, el hombre la miró fijamente y, con una serenidad que dolía más que cualquier reproche, preguntó:

—¿Ahora sí puedes verme?

Por primera vez en mucho tiempo, Josefina sintió vergüenza.

Miguel habló con la misma calma.

—La compasión que no se ejerce termina muriendo.

El anciano extendió la mano, Josefina quiso tomarla, pero algo la detuvo observó la mano extendida durante varios segundos y luego apartó la mirada y siguió caminando, dejándolo ahí para que muriera por segunda vez... Había pasado demasiado tiempo viviendo sin permitirse sentir, demasiado tiempo endureciendo el corazón para recordar siquiera cómo volver a abrirlo y  cuando llegó el momento de hacerlo, descubrió que ya no sabía por dónde empezar, al salir del hospital se dio cuenta de que los árboles que rodeaban el hospital estaban secos, con las hojas convertidas en polvo gris.

Entonces, contra toda lógica, la estrella se expandió.

La última prueba los esperaba al pie del cerro, donde el camino debía continuar, se levantaba el edificio abandonado de un antiguo periódico, las ventanas estaban rotas y la rotativa permanecía inmóvil. Sin embargo, al cruzar la puerta, decenas de pantallas comenzaron a encenderse una tras otra, iluminando la oscuridad con el resplandor frío de los noticieros, y en todos aparecía el nombre de Rafael, era famoso, rico y reconocido. Su rostro ocupaba portadas y entrevistas, mientras las imágenes mostraban tragedias convertidas en espectáculo: cadáveres, madres llorando, niños huérfanos... todo aquello que durante años había transformado en mercancía.

Entonces la voz volvió a susurrar.

—El dolor vende. Siempre venderá.

Miguel lo observó en silencio antes de responder.

—La verdad informa. El sufrimiento explotado corrompe.

Rafael se acercó a las pantallas y comenzó a apagarlas una por una, la primera quedó en silencio, luego otra y  otra más, hasta que sólo permaneció encendida una la cual se negó a apagar: la que acumulaba más visitas, la que atraía más miradas, la que seguía alimentándose del dolor ajeno.

La estrella respondió de inmediato, volviéndose más negra que antes.

Ninguno dijo nada, sin embargo, cuando abandonaron el lugar, Miguel se detuvo un instante y observó el suelo, las sombras de los cuatro se extendían detrás de ellos como manchas oscuras sobre la tierra, eran tan largas que resultaba imposible distinguir dónde terminaban.

Rafael siguió la suya con la mirada, pero esta se perdía en la oscuridad del camino, por primera vez durante todo el trayecto sintió miedo.

Cuando finalmente llegaron a las faldas del Cerro, allí, entre riscos y maleza, encontraron las ruinas de una antigua capilla olvidada, ya había anochecido cuando atravesaron el umbral de la capilla.

Sus muros estaban cubiertos de grafitis y humedad. Las imágenes religiosas aparecían mutiladas. El altar había sido destruido hacía mucho tiempo.

Bajo el antiguo sagrario, un montón de hábitos eclesiásticos enmohecidos formaba una especie de nido oscuro; vacío; esperando.

En ese instante la estrella negra se colocó exactamente sobre el edificio.

La tierra exhaló un gemido profundo, primero llegó una vibración leve, luego el temblor que provocó grandes grietas.

El suelo comenzó a abrirse mientras un viento helado recorría los restos de la capilla, las sombras se derramaron por los muros como tinta negra, las veladoras estallaron en una lluvia de fuego, los pocos vitrales que aún se conservaban  se hicieron añicos y una bruma obscura cubrió hasta el último rincón de la capilla.

Y fue entonces cuando la voz volvió a hablar; no provenía de ningún lugar, sin embargo, resonaba en todas partes.

—¡Los hombres prepararon el camino!

—¡La sangre fue derramada!

—¡El miedo fue sembrado!

—¡La puerta ha sido abierta!

Y el silencio que siguió resultó más aterrador que la propia voz.

Del nido de túnicas podridas comenzó a emerger una figura, no era una bestia infernal, no tenía cuernos, no tenía alas, no llevaba corona…

Era simplemente un niño, pequeño, pálido y desnudo; Sus ojos, sin embargo, eran dos abismos negros donde parecía extinguirse la luz del mundo, al verlos sonrió, no con crueldad, sino con inocencia. como si fuera incapaz sin inmutarse de comprender el daño que representaba.

Pero en aquella sonrisa desfilaron las heridas de todo un país; las fosas, las ejecuciones, la corrupción, las traiciones, las mentiras, los desaparecidos, los silencios cómplices, el miedo.

Miguel contempló al niño y sintió cómo el último resto de esperanza se desmoronaba, ya había visto aquella mirada antes, no en sueños, no en visiones, lo había visto con  sus propios ojos, muchos años atrás, cuando era joven, cuando todavía quedaban otros como él… Todos estaban muertos ahora.

Josefina sintió que el corazón se le detenía, durante años había aprendido a ignorar el dolor ajeno, pero aquella mirada atravesó todas las defensas que había levantado y le mostró los rostros de quienes había dejado sufrir en soledad.

Francisco quedó atrapado en aquellos ojos insondables, en su oscuridad reconoció los nombres que había olvidado, los casos que había enterrado y las vidas que había condenado con cada silencio comprado.

Ernesto sintió cómo todas sus justificaciones se derrumbaban de golpe, las piernas dejaron de sostenerlo y cayó de rodillas, aplastado por el peso de las decisiones que había disfrazado de simple burocracia.

Rafael no pudo contener las lágrimas, lloró como lloran los hombres cuando una verdad demasiado grande termina por romperlos, comprendiendo al fin que cada tragedia convertida en espectáculo había dejado una cicatriz en su propia alma.

Fue entonces que comprendieron que aquello no había nacido esa noche, había estado creciendo durante décadas, en cada soborno, en cada injusticia aceptada, en cada acto de indiferencia. en cada cobardía, en cada mirada que decidió apartarse para no ver.

El niño volvió a sonreír y  cuando habló, su voz sonó más antigua que el mismo tiempo.

—Gracias por traerme al mundo.

—Me alimentaron durante años.

—Me construyeron con sus silencios.

—Me dieron forma con sus decisiones.

—Y ahora estoy completo.

En ese instante la estrella desapareció, las campanas comenzaron a sonar en la oscuridad sin que nadie las tocara; y  Miguel cayó de rodillas horrorizado al comprender el verdadero significado de la profecía.

El error nunca había sido temer el nacimiento, lo terrible era entender que el Recién Nacido llevaba generaciones gestándose en el corazón de los hombres.

Aquella noche no había llegado al mundo.

Aquella noche, simplemente, había abierto los ojos.

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Thoughts

  • pregunta_rapida_

    ¿El niño que emerge al final es el mal que nació, o es el reflejo de lo que ellos dejaron crecer? Me perdí un poco en la metáfora.

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  • quiza_me_equivoco

    Me llama la atención que Miguel sea el único que dice la verdad y nadie lo escucha. Capaz me equivoco, pero siento que eso es el punto.

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  • Ovid
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  • asintiendo_desde_aca

    Y no existe alimento más dulce para las sombras que un pueblo que aprende a convivir con la oscuridad. Esta línea me va a perseguir toda la semana.

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