Ese día ella volvió sin que nadie la llamara. Sin razón aparente, sin nada que disparara el recuerdo. Y me descubrí pensando, casi sin querer, en cómo podría orquestar una casualidad para volvernos a encontrar, sin que se notara cuánto había deseado volver a verla.
No era mi intención dormir pensando en ella, y por eso me sorprendió tanto encontrarla en el viejo gimnasio. Durante un instante me pareció la cosa más natural del mundo. Después de todo, si mi memoria tenía que elegir un lugar para reunirnos de nuevo, difícilmente habría escogido otro. Allí seguían las gradas, la cancha y los recuerdos que habíamos dejado tantos años atrás.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó.
—Aquí juego cada tercer día —atiné a responder, con un toque de obviedad.
—Qué extraño —me dijo—. Te juro que no sé qué hago aquí. Estaba estudiando para mi examen de Derecho Fiscal; ni siquiera pensaba en dormirme y ahora estoy aquí.
Por un momento me quedé inmóvil, sin que se me ocurriera nada que decirle. Sólo le extendí la mano y empezamos a caminar, aún sin saber a ciencia cierta qué estaba pasando. De pronto ella preguntó:
—¿Este es tu sueño o el mío?
Miré a mi alrededor y una risa franca me invadió al reconocer el paisaje.
—Debe ser mi sueño, porque este es el viejo gimnasio donde jugaba, pero no como está ahora, sino como estaba antes: sin duela, sin marcadores electrónicos, con el estadio Miguel Alemán dominando toda la unidad deportiva.
—Pues así está muy bonito —me dijo con esa sonrisa suya que yo tanto extrañaba—. Yo nunca sueño con el basquetbol.
—Razón de más para que este sea mi sueño —le dije—. Yo sueño con él con mucha frecuencia.
—Me gustaría hacerlo mi sueño también —respondió, apoyándose en mi brazo.
A pesar de que en ese momento era feliz, algo no me parecía normal.
—¿No te parece muy extraño que los dos sepamos que esto es sólo un sueño? —pregunté.
—Ese es el problema contigo —respondió—. Siempre quieres pensarlo todo. Déjate llevar por una vez. Yo, por mi parte, aunque sea voy a aprovechar para despejarme de todas las cosas que tengo encima.
Decidí hacerle caso.
Mientras caminábamos hacia las gradas, la observé sonreír del mismo modo en que lo hacía cuando iba a verme jugar. Bastó aquella imagen para despertar una cadena de recuerdos. Recordé los partidos en los que buscaba su rostro entre la multitud después de cada canasta, como si su presencia valiera más que cualquier marcador.
Al mismo tiempo, tuve uno de esos recuerdos extraños que sólo aparecen durante los sueños. Sin darme cuenta ya estaba dentro de un partido. Salto, pero no me elevo. Lanzo el balón, pero nunca entra al aro. Corro con todas mis fuerzas, pero la cancha parece alargarse bajo mis pies. Hay una multitud inmensa observándome y, por alguna razón, todos me abuchean. Al final, el juego termina escapándoseme de las manos.
Fue entonces cuando las lámparas comenzaron a parpadear. Primero una, luego otra y después todas a la vez. El eco del gimnasio se desvaneció hasta que incluso nuestras pisadas dejaron de hacer ruido. Fue un silencio imposible, de esos que no parecen ausencia de sonido, sino presencia de algo más.
Aunque apenas eran las tres de la tarde, todo se oscureció. No como en un atardecer, sino como si un eclipse repentino hubiera cubierto el lugar. El ambiente se volvió de un gris casi negro. Mi primer impulso fue tomarla de la mano y llevarla rápidamente hacia la salida, pero ella me detuvo.
—Este es también mi sueño ahora —me dijo.
Como obedeciendo sus palabras, la luz regresó poco a poco hasta recuperar su intensidad habitual.
—Y si no quieres entrar a jugar, tengo una idea.
Casi corriendo, me tomó del brazo y me llevó hacia el cine que se encontraba en la plaza comercial, ubicada a unos cuantos metros de la unidad deportiva.
—Este es el cine al que veníamos al menos una vez a la semana. Ven, quiero que veamos esta película.
Entramos a la sala donde proyectaban El Quinto Elemento. Recorrió los pasillos entre la oscuridad hasta encontrar unas butacas con la vista perfecta.
—¡Esta película me encanta! —dijo, acomodándose en su asiento.
Mientras avanzaban los primeros minutos de la película, apenas presté atención a la pantalla. Sentado a su lado, era imposible concentrarme en cualquier otra cosa. Me descubrí observándola de reojo, memorizando una vez más la forma en que sonreía, la manera en que sus ojos se iluminaban con cada escena que reconocía.
Habían pasado tantos años y, sin embargo, allí estaba, a unos cuantos centímetros de mí, como si el tiempo no hubiera transcurrido. Como si todos aquellos años hubieran sido apenas un parpadeo. Sentí que aquel sueño me estaba regalando algo que la vida nunca me había permitido: una última oportunidad de decir todo lo que había callado.
Yo quería decirle que la extrañaba, que todavía quería verla, que quizá nos merecíamos otra oportunidad, preguntarle si alguna vez había imaginado una vida diferente para nosotros, si aún conservaba algún recuerdo de aquellos días en que creíamos que todo estaba por comenzar.
Pero ella no me dejaba hablar, sin apartar la vista de la pantalla, levantó un dedo frente a sus labios y, con una sonrisa traviesa, me recordó que estaba prohibido hablar durante la película.
Abrí los ojos y estiré el brazo para ver la hora en el reloj de mi celular.
Sólo entonces caí en la cuenta de que los sueños siempre terminan con una interrupción. Nunca tienen un final verdadero ni dan oportunidad para despedirse. Simplemente se rompen, como una conversación que queda suspendida a mitad de una frase.
Durante el resto del día me quedé pensando en aquel sueño, si es que en realidad había sido uno. Repasé todas las posibilidades, desde dimensiones alternas hasta viajes astrales, mientras dudaba en llamarla. Pensaba en lo ridículo que sonaría contarle algo así y, dudando además en si siquiera respondería.
Dudaba todavía entre la cobardía y la temeridad cuando recibí un mensaje suyo en WhatsApp, un simple:
—Hola.
La sorpresa sólo me permitió responder:
—¿Cómo estás? ¿Todo bien?
Su respuesta tardó varios minutos en llegar.
—Aquí, ocupada como siempre. ¿Sabes que tuve un sueño bien raro donde estabas tú?
Y el resto de la historia se ha escrito durante los últimos treinta años.