Ajá, ese hueco blanco en la foto me tiene pensando. Ocho entraron y siete regresaron, y en el puesto de Christopher hay otra persona con la cara raspada. Para mí Christopher no era uno de los ocho en la otra vida, por eso carga esa llave como una culpa de familia, mija.
Parte 10. La puerta que nunca debió abrirse
Pensamiento
Ajá, ese hueco blanco en la foto me tiene pensando. Ocho entraron y siete regresaron, y en el puesto de Christopher hay otra persona con la cara raspada. Para mí Christopher no era uno de los ocho en la otra vida, por eso carga esa llave como una culpa…
Contenido de la publicación
La primera vez que Hyunjin recordó su muerte, no despertó gritando.
Despertó con una dirección escrita en la palma de la mano.
No recordaba haberla escrito. Tampoco recordaba haberla visto antes. Sin embargo, al leerla, algo se contrajo dentro de su pecho, una certeza tan profunda que no necesitó comprenderla para sentir miedo.
Calle de los besos, número 18.
Debajo de la dirección había una sola palabra.
Corre.
Hyunjin se incorporó en la cama. La habitación seguía a oscuras y su teléfono marcaba las 4:18 de la madrugada. Durante unos segundos, permaneció inmóvil, escuchando su propia respiración.
El sueño se deshacía rápidamente, como agua escapándose entre los dedos, pero algunos detalles se negaban a desaparecer.
Una puerta de madera.
Unas manos manchadas de sangre.
Una voz que pronunciaba su nombre de una manera que nadie utilizaba en aquella vida.
Y Jeongin.
Jeongin estaba al otro lado de la puerta, golpeándola con desesperación.
Hyunjin recordaba haber querido abrir.
Recordaba también que alguien lo sujetó por detrás.
Lo demás era oscuridad.
Se pasó una mano por el rostro y miró la dirección una vez más.
No era una coincidencia. Ya había tenido suficientes coincidencias para saber que aquella palabra no había aparecido por casualidad en su mano.
Tomó el teléfono y abrió la conversación con Jeongin.
Hyunjin: ¿Estás despierto?
La respuesta llegó menos de un minuto después.
Jeongin: Ahora sí. ¿Qué pasó?
Hyunjin miró su palma.
Hyunjin: Necesito que me acompañes a un lugar.
Jeongin: ¿A estas horas?
Hyunjin: Creo que sé dónde empezó todo.
Esta vez, Jeongin tardó en responder.
Jeongin: Dame veinte minutos y te alcanzo.
Hyunjin dejó caer la cabeza contra la cama.
Por primera vez desde que el hilo rojo había aparecido en su vida, no quería averiguar qué significaba.
Quería saber qué había hecho.
Y, sobre todo, qué había hecho para que Jeongin terminara al otro lado de una puerta, suplicándole que regresara.
——————————————————————
A las seis de la mañana, los ocho estaban reunidos en el apartamento de Christopher.
Nadie había planeado que ocurriera así. Hyunjin solo había llamado a Han para pedirle que lo cubriera con una excusa si alguien preguntaba por él, pero Han había reconocido inmediatamente que algo no estaba bien. En menos de quince minutos, Christopher sabía que Hyunjin tenía una dirección, Changbin había aparecido con café para todos y, de alguna manera, Felix había convencido a Lee Know y Seungmin de acompañarlos.
Jeongin fue el último en llegar.
Entró con el cabello todavía húmedo y una chaqueta mal abrochada. Sus ojos buscaron a Hyunjin antes que a nadie.
—Enséñame.
Hyunjin extendió la mano.
Jeongin leyó la dirección. Después volvió a mirarlo.
—¿La recuerdas?
—No sé si la recuerdo o si alguien quiere que vaya ahí.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Es lo único que tengo.
Jeongin apretó los labios. No parecía satisfecho, pero tampoco insistió.
—Entonces vamos.
—Espera —intervino Christopher.
Estaba junto a la ventana, sosteniendo una taza que llevaba varios minutos sin beber. Desde que habían llegado, apenas había hablado. Su mirada se había detenido en la dirección escrita en la palma de Hyunjin y algo en su expresión había cambiado.
No era sorpresa.
Era reconocimiento.
—¿Conoces ese lugar? —preguntó Hyunjin.
Christopher bajó la vista hacia su taza.
—No estoy seguro.
Han soltó una risa seca.
—Últimamente, esa frase significa que alguien sabe algo y no quiere decirlo.
—Y últimamente tú hablas demasiado —replicó Christopher.
—Perfecto. Ya estamos mintiéndonos antes del desayuno. Esto promete mucho.
Changbin le dio un golpecito en el hombro para que se callara.
Lee Know, que había permanecido observando a Christopher, dejó sobre la mesa una hoja de papel.
—Antes de que salgamos, tenemos que hablar de esto.
Era una reproducción del símbolo que él y Felix habían encontrado días atrás. Las líneas entrelazadas formaban un círculo incompleto, atravesado por una figura semejante a una puerta.
Seungmin sacó su teléfono y colocó junto a la hoja una fotografía que había tomado de sus propios apuntes.
—La forma aparece en mis notas desde antes de que supiéramos que existía. No recuerdo haberla dibujado.
Felix se inclinó para comparar ambas imágenes.
—¿Y si no es un símbolo?
—¿Qué sería? —preguntó Changbin.
—Una marca. Algo que señala un lugar.
Hyunjin sintió que el estómago se le encogía.
No sabía por qué, pero la puerta dibujada en el papel le recordó la del sueño.
La misma madera oscura.
La misma sensación de que, detrás de ella, había algo que no debía quedarse encerrado.
—Tenemos que ir a la dirección —dijo.
Christopher dejó la taza.
—Sí. Pero escúchenme primero. Si encontramos algo que no entendemos, no toquen nada hasta que sepamos qué es.
Han arqueó una ceja.
—¿Desde cuándo eres el experto en puertas misteriosas?
Christopher no sonrió.
—Desde que sé que algunas cosas no deberían abrirse por segunda vez.
El silencio que siguió fue distinto de todos los anteriores.
Esta vez, nadie hizo una broma.
——————————————————————
La calle de los besos, estaba en una parte antigua de la ciudad, lejos de los edificios modernos y las cafeterías abarrotadas que solían frecuentar.
El número 18 correspondía a una casa estrecha de dos pisos, escondida detrás de un jardín descuidado. La pintura de la fachada se había desprendido en varios lugares y las enredaderas cubrían parte de las ventanas.
No había ningún letrero.
Tampoco parecía un negocio.
—¿Alguien más siente que estamos a punto de cometer una estupidez? —preguntó Han.
—Tú sientes eso cuando el profesor dice que habrá examen —contestó Changbin.
—Porque ambas cosas pueden acabar con mi vida.
Felix soltó una risita, pero se apagó cuando Jeongin se acercó a la entrada.
La puerta principal estaba entreabierta.
Jeongin la empujó apenas unos centímetros.
El sonido de las bisagras resonó por toda la casa.
Y Hyunjin dejó de respirar.
Había estado allí.
No en esta vida. No como el muchacho que ahora se encontraba en un jardín abandonado, con las manos frías y el corazón acelerado.
Había estado allí con ropa que no reconocía, con el cabello más largo y una desesperación que todavía parecía vivirle debajo de la piel.
Vio una lámpara encendida en una habitación.
Una mesa volcada.
Jeongin, mucho más pálido de lo que lo había visto nunca, sujetándolo de la muñeca.
No puedes quedarte.
La voz llegó a su mente con una claridad brutal.
Hyunjin retrocedió.
—¿Hyunjin? —Jeongin lo sujetó del brazo—. ¿Qué ocurre?
Él intentó contestar, pero el aire no le alcanzaba.
—Yo… he visto esto.
—¿En un sueño?
Hyunjin negó con la cabeza.
—No lo sé.
Miró la puerta y, por primera vez, la sensación de familiaridad no le pareció reconfortante. Le pareció una advertencia.
Christopher se adelantó.
—Entramos juntos. Nadie se separa.
La casa olía a polvo, madera húmeda y algo más difícil de identificar: el aroma tenue de las velas recién apagadas.
En la sala había fotografías cubiertas por sábanas blancas. Una escalera conducía al segundo piso y, al fondo del pasillo, una puerta oscura tenía grabado el símbolo que Lee Know había dibujado.
Felix se quedó inmóvil.
—Es el mismo.
Seungmin fotografió la marca sin acercarse demasiado.
Changbin examinó las ventanas.
—No parece abandonada desde hace tanto tiempo. Hay electricidad y alguien ha limpiado el polvo de la mesa.
—Entonces, ¿quién vive aquí? —preguntó Han.
Nadie respondió.
Hyunjin avanzó hacia la puerta del fondo.
Jeongin no lo soltó.
A cada paso, la presión en el pecho de Hyunjin aumentaba. Cuando estuvo frente a la madera, distinguió unas palabras talladas debajo del símbolo.
No estaban escritas en un idioma extraño ni en una clave que necesitara descifrar.
Eran perfectamente legibles.
OCHO ENTRARON. SIETE REGRESARON.
Han leyó la frase en voz alta y perdió la sonrisa.
—Eso no tiene ninguna gracia.
—No es una broma —murmuró Christopher.
Hyunjin giró hacia él.
—¿Qué significa?
Christopher contempló la inscripción como si hubiera esperado encontrarla y, aun así, no estuviera preparado para verla.
—No lo sé.
—Christopher.
—¡He dicho que no lo sé!
La brusquedad de su respuesta sorprendió a todos.
Christopher cerró los ojos un instante, respiró hondo y se apartó de la puerta.
—Lo siento. Pero tenemos que dejar de asumir que cualquier cosa que encontremos nos dará una respuesta sencilla.
—No esperamos respuestas sencillas —dijo Jeongin—. Esperamos que dejes de hablarnos como si fueras el único que corre peligro.
Christopher lo miró.
Por un segundo, pareció que iba a contarles algo. Sus labios se entreabrieron y sus dedos se cerraron alrededor de la llave que llevaba guardada desde hacía días.
Pero no dijo nada.
Hyunjin lo vio.
Y entendió que el silencio de Christopher no era ignorancia.
Era miedo.
——————————————————————
La llave encajó en la cerradura.
Christopher no intentó ocultar que la llevaba consigo. La sacó del bolsillo y la sostuvo frente a los demás.
En el metal, desgastadas por el tiempo, todavía podían leerse las palabras que ya conocían:
Para cuando los ocho recuerden.
Jeongin lo miró con incredulidad.
—¿Tenías una llave todo este tiempo?
—Sí.
—¿Y pensabas contárnoslo cuándo? ¿Cuando termináramos de envejecer?
—Jeongin—advirtió Han.
—No, déjame. Llevamos días reuniendo fotografías, símbolos y sueños que parecen sacados de una tragedia, y resulta que Christopher tiene una llave misteriosa guardada en el bolsillo.
—No sabía qué abría —dijo Christopher.
—Pero sospechabas que abriría algo.
Christopher no contestó.
Jeongin tomó la llave de su mano.
—Lo haremos nosotros.
Christopher quiso detenerlo, pero Jeongin ya la había introducido en la cerradura.
El mecanismo giró sin resistencia.
Al abrirse la puerta, una corriente de aire frío atravesó el pasillo.
La habitación era pequeña. Había estanterías vacías, un escritorio cubierto de papeles amarillentos y un armario de madera con ocho compartimentos. Sobre el escritorio descansaba una caja metálica.
En la tapa había ocho nombres.
Han Jisung.
Lee Minho.
Seo Changbin.
Hwang Hyunjin.
Bang Christopher.
Lee Felix.
Kim Seungmin.
Yang Jeongin.
Ninguno de ellos habló durante varios segundos.
Sus nombres estaban escritos con una caligrafía antigua, pero no había duda de que eran los suyos.
—Esto es imposible —susurró Felix.
Seungmin fotografió la caja, aunque sus manos temblaban tanto que tuvo que intentarlo dos veces.
—No. Imposible sería que estuvieran escritos por separado. Pero alguien los puso juntos. Alguien sabía quiénes éramos.
—O quiénes íbamos a ser —murmuró Lee Know.
Hyunjin se acercó a la caja.
Junto a los nombres había una fecha.
Una fecha de hacía más de cien años.
La misma fecha aparecía en la parte inferior de la fotografía antigua que Jeongin había encontrado días atrás.
Entonces comprendió que no estaban ante un objeto aislado. La fotografía, la llave y aquella habitación formaban parte de la misma historia.
Una historia que había comenzado mucho antes de que ellos nacieran.
—Ábrela —dijo Jeongin.
Hyunjin levantó la tapa.
Dentro había ocho sobres, cada uno marcado con uno de sus nombres. Debajo de ellos descansaba un cuaderno de tapas negras y una fotografía doblada por la mitad.
Christopher se puso nervoso al verla.
No fue un cambio sutil. Se quedó completamente quieto, como si alguien hubiera pronunciado una sentencia que llevaba años temiendo.
—¿Qué pasa? —preguntó Changbin.
Christopher negó con la cabeza.
Pero Hyunjin ya había tomado la fotografía.
La sujetó con cuidado.
En ella aparecían ocho personas frente a aquella misma casa.
Sus rostros eran distintos y, sin embargo, cada uno tenía algo inconfundible.
El muchacho que ocupaba el lugar de Hyunjin miraba hacia la cámara con una tristeza que le resultó insoportablemente familiar.
A su lado estaba Jeongin.
No sonreía. Tenía una mano cerrada alrededor de un hilo rojo y la otra apoyada sobre el pecho de Hyunjin, como si intentara retenerlo.
—Ese soy yo.
No había duda. La forma de sus ojos, el gesto de su boca, la inclinación de la cabeza.
Todos comenzaron a reconocer algo de sí mismos en aquellos rostros.
Todos, excepto Christopher.
Porque Christopher no estaba en la fotografía.
Había otra persona en su lugar.
Una figura cuya cara había sido raspada deliberadamente hasta dejar un hueco blanco.
Y debajo de aquel espacio alguien había escrito:
El que abra la puerta deberá decidir a quién dejar atrás.
Hyunjin sintió que la fotografía le pesaba demasiado entre los dedos.
—¿Quién hizo esto?
Christopher retrocedió.
—Tenemos que irnos.
—No —dijo Jeongin—. Esta vez no.
—Jeongin, no entiendes.
—Entonces explícamelo.
Christopher miró la puerta abierta, luego la caja y finalmente la fotografía. Parecía debatirse entre dos decisiones que podían destruirlo de maneras diferentes.
—No puedo.
Jeongin soltó una risa breve, sin humor.
—¿Sabes qué es lo peor? Que siempre dices eso justo cuando estamos a punto de entender algo.
—Porque hay cosas que todavía no recuerdan.
—¡Pues ayúdanos a recordarlas!
La voz de Jeongin rebotó en las paredes.
Hyunjin quiso intervenir, pero una punzada le atravesó la cabeza.
La habitación desapareció.
Por un instante volvió a estar en aquel otro tiempo.
La misma caja. La misma fotografía. La misma puerta.
Christopher estaba frente a él, mucho más joven y con los ojos enrojecidos.
—Si los salvas a los dos, los perderás a todos —le decía.
Hyunjin lo sujetaba por el cuello de la camisa.
—No me pidas que elija.
—No te lo estoy pidiendo. Te estoy diciendo lo que va a pasar.
—¡Entonces busca otra forma!
Christopher apartaba la mirada.
Y detrás de ellos, Jeongin lloraba en silencio.
La visión terminó con un golpe seco.
Hyunjin cayó de rodillas.
Jeongin se agachó inmediatamente a su lado.
—¡Hyunjin!
Él se aferró a su chaqueta, respirando con dificultad.
—Tú estabas allí —susurró.
Jeongin le sostuvo el rostro entre las manos.
—¿Dónde?
—En esta casa. Christopher también. Nosotros… discutíamos.
Christopher había perdido todo el color de su rostro.
—¿Qué has visto?
Hyunjin levantó la mirada.
—Que me pediste que no eligiera.
El silencio que siguió fue absoluto.
Christopher cerró los ojos.
Y esa reacción confirmó algo que Hyunjin todavía no podía demostrar.
Aquella escena no había sido un simple sueño.
Christopher la conocía.
——————————————————————
Seungmin fue quien rompió el silencio.
—Hay algo más.
Había abierto el cuaderno de tapas negras por una página que parecía menos deteriorada que las demás. No intentó leer el texto completo; algunas partes estaban tachadas y otras se habían borrado con el paso del tiempo.
Sin embargo, al final de la página había una anotación escrita con tinta roja.
—Escuchen esto.
Leyó despacio:
—«Si los recuerdos regresan en el orden equivocado, no deben reunirlos. La memoria no siempre distingue entre lo que ocurrió y lo que fue cambiado».
Lee Know frunció el ceño.
—¿Cambiado por quién?
Seungmin siguió leyendo.
—«El primero recordará la puerta. El segundo, la promesa. El tercero, la traición».
Nadie se movió.
Han miró a Hyunjin.
—¿El primero eres tú?
Hyunjin no respondió de inmediato.
La puerta. El sueño. La dirección escrita en su mano. La visión de Christopher y Jeongin.
Todo apuntaba a él.
—Creo que sí.
Felix se acercó al cuaderno.
—¿Y quién es el segundo?
Jeongin apartó lentamente las manos del rostro de Hyunjin.
—Yo.
No lo dijo como una pregunta.
Lo dijo porque, de pronto, una imagen acababa de aparecer en su mente: un jardín cubierto de flores blancas, una promesa hecha bajo la lluvia y una mano que se alejaba de la suya.
No sabía cuándo había sucedido.
Pero recordaba las últimas palabras.
Si alguna vez volvemos a encontrarnos, no me perdones demasiado pronto.
Jeongin retrocedió un paso.
Hyunjin intentó levantarse, pero él negó con la cabeza.
—Necesito un momento.
Salió de la habitación antes de que alguien pudiera detenerlo.
Hyunjin lo siguió.
Lo encontró en el jardín, junto a una fuente seca, mirando sus propias manos como si esperara descubrir en ellas la explicación de todo.
—Innie…
—No me preguntes qué vi.
Hyunjin se detuvo a su lado.
—No iba a hacerlo.
—Sí ibas a hacerlo.
—Está bien. Iba a hacerlo.
Jeongin soltó una pequeña risa, pero tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Recuerdo que te esperé.
Hyunjin sintió un dolor sordo en el pecho.
—¿Dónde?
—No lo sé. Ese es el problema. Recuerdo que te esperé durante mucho tiempo. Recuerdo que prometiste regresar y que, cuando finalmente entendí que no lo harías, dejé de buscarte.
Se volvió hacia él.
—Pero lo peor es que no recuerdo si te fuiste porque quisiste o porque no tuviste otra opción.
Hyunjin quiso decirle que jamás lo abandonaría.
Las palabras llegaron hasta su lengua y se detuvieron allí.
Porque, por primera vez, comprendió que prometer algo sin conocer el pasado podía ser otra forma de mentir.
Así que hizo algo diferente.
Le tomó la mano.
—No voy a inventarte una respuesta para que dejes de sufrir. Pero voy a averiguar qué pasó.
Jeongin bajó la mirada hacia sus dedos entrelazados.
—¿Y si la respuesta es que tú me hiciste daño?
Hyunjin apretó su mano con suavidad.
—Entonces voy a tener que aprender a vivir con la verdad. Y tú tendrás derecho a decidir qué hacer con ella.
Jeongin lo miró durante un largo momento.
Después apoyó la frente contra su hombro.
No hubo beso ni promesa grandiosa.
Solo dos personas que acababan de descubrir que su historia podía ser mucho más dolorosa de lo que habían imaginado, y que aun así no querían soltarse.
Desde la entrada de la casa, Christopher los observó.
Por un instante, pareció querer acercarse.
Pero una vibración en su bolsillo lo hizo detenerse.
Sacó el teléfono.
Había recibido un mensaje de un número desconocido.
Deja de intentar corregir lo que ya sucedió.
Un segundo mensaje apareció antes de que pudiera reaccionar.
Si los ocho recuerdan, uno de ustedes volverá a morir.
Christopher leyó las palabras dos veces.
Después miró hacia la casa, donde los demás seguían examinando los documentos.
No les mostró el teléfono.
Todavía no.
——————————————————————
Cuando regresaron a la habitación, encontraron los ocho sobres sobre la mesa.
Nadie recordaba haberlos sacado de la caja.
Lee Know fue el primero en notarlo.
—¿Quién tocó esto?
Todos negaron con la cabeza.
Los sobres estaban cerrados con cera oscura. Cada uno llevaba un nombre y una pequeña marca roja.
Han tomó el suyo, pero no lo abrió.
—¿Y si contienen algo peligroso?
—Son cartas —dijo Changbin—. Difícilmente van a saltarte encima.
—Nunca subestimes una carta escrita hace cien años.
Seungmin observó los sellos.
—No tienen polvo en las marcas. Alguien los preparó para que pudiéramos encontrarlos.
—¿La mujer de la librería? —preguntó Felix.
Christopher se tensó al oírla mencionar.
Hyunjin lo vio, pero esta vez no lo interrogó.
Tenían demasiadas preguntas y, por primera vez, algunas comenzaban a tener respuestas.
Jeongin se acercó a la mesa y tomó el sobre con su nombre.
No lo abrió.
En cambio, lo puso junto al de Hyunjin.
—No quiero leer esto aquí.
—¿Por qué? —preguntó Han.
—Porque creo que quien lo escribió esperaba que lo leyéramos juntos.
Seungmin asintió lentamente.
—Tiene sentido. Los ocho nombres están en la misma caja. Separarnos para leer las cartas podría ser justo lo que esa persona quería evitar.
—O lo que quería provocar —replicó Lee Know.
Changbin miró los sobres.
—Entonces nos los llevamos y decidimos qué hacer con ellos después.
Christopher tomó el cuaderno y lo cerró.
—Hay algo que necesitan saber antes de irnos.
Todos lo miraron.
Por fin, parecía dispuesto a hablar.
—La mujer de la librería no es una desconocida para mí. Me llamó antes de que encontráramos esta casa. Sabía de la llave y sabía que nuestros recuerdos estaban regresando.
Seungmin cruzó los brazos.
—¿Y por qué no nos lo dijiste?
—Porque no confiaba en ella.
—¿Y confías ahora?
Christopher miró la fotografía.
—No. Pero creo que ella sabe qué ocurrió aquí.
Jeongin se acercó a él.
—¿Y tú sabes qué ocurrió aquí?
Christopher guardó silencio durante unos segundos.
—Sé que, hace mucho tiempo, intenté evitar algo que terminó sucediendo de todos modos.
—¿Qué cosa?
Christopher apretó la mandíbula.
—No puedo recordarlo todo.
Era una verdad a medias, y todos lo percibieron.
Pero nadie lo obligó a continuar.
No todavía.
——————————————————————
La mujer de la librería los esperaba cuando llegaron.
No mostró sorpresa al verlos entrar juntos. Tampoco preguntó por qué tenían polvo en la ropa o por qué Han sostenía una caja metálica como si contuviera una bomba.
Simplemente cerró el libro que estaba leyendo.
—Encontraron la habitación.
Hyunjin dejó la caja sobre el mostrador.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque la llave ya no está donde debía estar.
—¿Usted puso nuestros nombres en esa caja?
La mujer miró los ocho sobres.
Su expresión cambió apenas.
—No.
—Entonces, ¿quién?
—Alguien que sabía que algún día regresarían.
Lee Know apoyó las manos sobre el mostrador.
—Estamos cansados de las respuestas que no responden nada.
—Lo entiendo.
—No, no lo entiende —dijo Jeongin—. Tenemos recuerdos de vidas que no reconocemos, objetos que parecen conocernos mejor que nosotros mismos y una advertencia que dice que alguien va a morir. Necesitamos saber qué está pasando.
La mujer sostuvo su mirada.
Por primera vez, dejó de parecer una persona que sabía más de lo que decía y mostró el cansancio de alguien que había cargado demasiado tiempo con una historia ajena.
—Entonces tendrán que empezar por aceptar algo: recordar no significa comprender. Y comprender no significa que puedan cambiarlo.
Hyunjin sacó la fotografía.
—¿Quién es la persona cuyo rostro fue borrado?
La mujer la observó con atención.
Durante un instante, sus dedos rozaron el borde del papel.
—Esa es la pregunta correcta.
Christopher se acercó.
—¿Quién era?
La mujer levantó la vista hacia él.
—Tú deberías saberlo.
Christopher se quedó inmóvil.
—No lo recuerdo.
—Quizá. O quizá todavía no estás preparado para admitirlo.
Hyunjin observó cómo Christopher desviaba la mirada.
Aquella vez no sintió rabia.
Sintió una certeza mucho más inquietante: el pasado de Christopher no era solo una parte de la historia que faltaba. Era una pieza que podía cambiar el significado de todo lo que habían descubierto.
La mujer guardó la fotografía en una carpeta y la dejó sobre el mostrador.
—Pueden quedarse con las cartas. Pero no las abran todas hoy.
Han resopló.
—¿Y cómo se supone que vamos a decidir cuáles leer?
—No tienen que decidirlo.
La mujer señaló el sobre de Hyunjin.
—Él ya ha comenzado a recordar. La carta que le corresponde contiene lo siguiente que necesitan saber.
Hyunjin tomó el sobre.
Su nombre parecía extrañamente familiar con aquella caligrafía antigua.
—¿Y si no quiero leerlo?
La mujer no intentó convencerlo.
—Entonces podrán marcharse y seguir viviendo como hasta ahora. Pero lo que ocurrió hace cien años ya ha comenzado a repetirse. Ignorarlo no lo detendrá.
Jeongin se acercó a Hyunjin.
No le pidió que abriera la carta. Tampoco le dijo que tuviera miedo.
Solo se quedó a su lado.
Hyunjin rompió el sello.
Dentro encontró una hoja doblada y una pequeña llave de latón, tan fina que parecía pertenecer a un joyero.
Desplegó el papel.
La carta contenía apenas cuatro líneas.
Hyunjin:
Si estás leyendo esto, significa que la puerta se ha abierto y que Jeongin ha vuelto a encontrarte.
No permitas que Christopher elija por ti.
La última vez, fue así como lo perdimos todo.
Hyunjin sintió que el mundo se detenía a su alrededor.
Levantó la mirada.
Christopher no había leído la carta, pero su rostro parecía confirmar cada palabra.
—¿Qué significa eso? —preguntó Jeongin.
Hyunjin le entregó el papel.
Jeongin lo leyó en silencio.
Cuando terminó, no miró a Hyunjin.
Miró a Christopher.
—¿Qué elegiste por nosotros?
Christopher abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.
Y entonces, desde el fondo de la librería, se oyó un golpe.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
La mujer cerró los ojos.
—No puede ser.
Lee Know se volvió hacia el pasillo.
—¿Qué ocurre?
Ella caminó hacia una puerta que siempre había permanecido cerrada. Introdujo la pequeña llave de latón en la cerradura y la giró.
Al otro lado había una habitación sin ventanas.
En el centro, sobre una mesa, descansaba un teléfono antiguo.
Estaba sonando.
La mujer se quedó en el mostrador.
—Creí que esa habitación estaba vacía.
Christopher se acercó lentamente.
El teléfono dejó de sonar.
Un segundo después, comenzó de nuevo.
Hyunjin miró a Jeongin. Jeongin le devolvió la mirada y, sin decir nada, ambos entraron detrás de Christopher.
La mujer no intentó detenerlos.
El teléfono volvió a sonar.
Christopher descolgó.
Durante varios segundos, nadie escuchó nada.
Después, una voz de hombre habló al otro lado de la línea.
—Por fin.
Christopher dejó de respirar.
La voz continuó:
—Si los ocho están juntos, significa que ella ha vuelto a cometer el mismo error.
—¿Quién eres? —preguntó Christopher.
Una pausa.
Luego, una respuesta que hizo que la mujer se llevara una mano a la boca.
—Soy el único que recuerda cómo terminó todo.
Se oyó un chasquido.
La llamada se cortó.
Christopher mantuvo el auricular pegado a la oreja, incapaz de moverse.
Hyunjin miró el teléfono.
Jeongin le apretó la mano.
Y, por primera vez desde que había comenzado a recordar, Hyunjin entendió que su pasado no estaba regresando solamente para revelar lo que había ocurrido.
Estaba regresando porque alguien, en algún lugar, había estado esperando a que ellos lo recordaran.
Alguien que sabía sus nombres.
Alguien que conocía sus errores.
Y alguien que acababa de descubrir que los ocho habían vuelto a reunirse.
—Tenemos que encontrarlo antes de que él los encuentre a ustedes.
Christopher colgó por fin.
Cuando levantó la cabeza, sus ojos estaban llenos de un miedo que ninguno de ellos le había visto antes.
—No —susurró—. Tenemos que encontrarlo antes de que recuerde quién soy.
La mujer cerró lentamente la puerta de la habitación.
Y, por primera vez, Hyunjin comprendió que la persona de la fotografía cuyo rostro había sido borrado quizá no fuera un desconocido.
Quizá fuera alguien que todavía estaba entre ellos.
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