El atardecer estaba rosa.
Rosa como sus mejillas,
como sus labios y como los arboles
en primavera.
Caían hojas y pétalos,
corría viento y sentimiento,
pero su corazón palpitaba
como el primer día.
Las hojas del cerezo jamás habían estado tan rosas,
pensó.
Las cerezas jamás habían estado tan jugosas.
Y sus cerezos jamás habían estado tan deliciosos.