Paquito ya tenía 18 años, era un buen chico e iba a la escuela nocturna porque de día trabajaba en el campo. Vivía aproximadamente a 5 km de la escuela. Cerca suyo se mudó una familia china y en esa familia había una chica muy hermosa, Chun Li —aunque todos la llamaban Julie—. Julie no quería ir sola por esos caminos oscuros y solitarios, así que se acercó a Paquito y pronto se hicieron inseparables.
Cada tarde, cuando el sol se ocultaba detrás de los montes, salían juntos. Julie charlaba sin parar: le contaba leyendas de su lejano país, las montañas verdes, los ríos claros, la comida con sabores que nunca había probado, las fiestas llenas de luces y colores. Paquito la escuchaba fascinado, y a su vez le enseñaba los nombres de los árboles, las flores silvestres, las estrellas que brillaban con tanta fuerza en ese cielo del norte argentino. Ella aprendió a distinguir el canto de los pájaros y él aprendió a pronunciar frases dulces en su idioma. Los padres de Julie veían con agrado esa amistad: su hija estaba feliz, acompañada, protegida por un muchacho trabajador, humilde y de buen corazón. Confiaban en Paquito.
Paquito estaba profundamente enamorado de Julie y cada vez que podían iban al río, buscando siempre un rincón tranquilo donde estar solos, sin que nadie los molestara. Les bastaba estar juntos para sentirse felices. Un día, después de nadar un rato, se recostaron bajo la sombra de un gran sauce, lejos de cualquier mirada. Se miraban y sonreían, con esa alegría tierna y tímida que da el primer amor. Se acercaron despacio y se besaron, suave, despacio, con todo el cariño que sentían. Sus manos se acariciaban el rostro, el cabello, como si estuvieran tocando algo muy valioso. Paquito la abrazó con mucho cuidado, como si quisiera protegerla siempre. Julie apoyó la cabeza en su hombro y le dijo:
—Me siento tan bien contigo… aquí me siento en casa.
—Tú eres mi alegría, Julie —le respondió él besándole la frente—. Cada día que te veo es el mejor de todos.
Un día, bajo la sombra tranquila junto al río, Julie le dijo con voz suave que quería compartir con él algo muy íntimo, algo que guardaba solo para quien amaba. Paquito la escuchó con ternura y le dijo que todo lo suyo era sagrado para él. Se acercaron con delicadeza y respeto, compartiendo ese momento con el corazón lleno, sintiéndose unidos de la manera más pura.
Paquito con mucho cariño quito la ropa de Chun Li y beso todo su cuerpo, luego bebió de la fuente que ella le ofrecía, con cuidado entro en ella por sus dos vías con el beneplácito de ella.
Un día caminando juntos, Paquito le confesó algo nervado:
—Julie… circula una leyenda, dicen que las mujeres de tu tierra tienen… lo que ya sabes… acostado, ¿no?
Julie soltó una risa cariñosa:
—Ay, Paquito, qué cosas te dicen. Todas las mujeres del mundo tenemos nuestro tesoro de la misma manera. Algunas más grandes, otras más pequeñas; unas con labios más gruesas, otras más finas. Le ponen nombres distintos según el lugar… pero nunca acostado. Mira bien, muy de cerca… ¡ja, ja! Pues no, mi amor. Lo tengo igual que todas, hermoso y solo para ti.
Paquito sonrió aliviado:
—Qué tonto fui, ¿verdad? Pero ahora lo sé: eres única y eres perfecta, tal como eres.
Julie también le explicó con picardía tierna que en cada región hay nombres distintos para lo íntimo, tanto en mujeres como en hombres, y se rieron juntos de las diferencias y de las coincidencias. Y allí, protegidos por la naturaleza y solos, se entregaron el uno al otro con todo el amor, la ternura y el respeto que se tenían. Fue un momento de unión completa, donde no importaba de dónde venían ni qué idioma hablaban: solo importaban ellos dos, sintiéndose completos y dichosos.
Pero un día, con los ojos llenos de tristeza, Julie le dijo:
—Mis padres me han dicho que debemos volver a China… y yo no quiero irme, no quiero alejarme de ti.
Paquito la abrazó con fuerza:
—Quédate conmigo, Julie. No me abandones.
—La única manera de poder quedarme aquí es si nos casamos —le respondió ella—. Esa sería la forma en que mis padres acepten que me quede contigo.
Paquito fue de inmediato a hablar con sus padres. Les contó cuánto la amaba. Sus padres vieron la sinceridad en los ojos de su hijo y lo bien que Julie se había portado siempre. La querían como a una hija. Aceptaron.
Se hizo una ceremonia sencilla, hermosa, guiada por las tradiciones de la tierra lejana de Julie. Los padres de ella, al verlos tan felices y unidos, aceptaron su decisión. Antes de partir hacia su lejano país, les entregaron el pequeño campo con todo lo que había en él como regalo de bodas.
—Volveremos a verlos —les prometieron—, y algún día ustedes vendrán a conocernos allá.
Y así, Paquito y Julie se quedaron trabajando la tierra, muy duro, cada día. Se ayudaban, se reían, se contaban historias, y cada noche daban gracias al cielo por haberse encontrado, por tener un hogar, un trabajo y sobre todo, el amor más grande del mundo. Eran Paquito y Julie, unidos por el camino, por el río y para toda la vida.