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Ojos al final del pasillo

Gizmo_23
Pensamiento

Pensamiento

Ovid

Que el elemento de la Paz sea justo el que nadie quiere mirar, con colores de incendio y una grieta que parece mirar de vuelta, me encanta. Y la niña que le sonríe desde el fondo del pasillo, para mí, ve lo que Baxter es antes que él mismo.

Que el elemento de la Paz sea justo el que nadie quiere mirar, con colores de incendio y una grieta que parece mirar de vuelta, me encanta. Y la niña que le sonríe desde el fondo del pasillo, para mí, ve lo que Baxter es antes que él mismo.

Contenido de la publicación

En ese momento, Baxter despertó sudando la gota amarga.

Abrió los ojos de golpe, como si acabara de regresar de un lugar al que jamás debió haber viajado. Durante unos segundos permaneció inmóvil, contemplando el techo de su habitación, mientras su respiración se apresuraba y pequeñas gotas de sudor resbalaban por su rostro. No recordaba con claridad lo que había soñado. Solo conservaba una sensación extraña, una inquietud adherida a su interior, como el eco de algo que había sucedido en un lugar demasiado lejano para pertenecer a sus recuerdos.

Se incorporó lentamente.

Baxter era, por decirlo de una manera amable, una criatura difícil de describir sin despertar cierta preocupación.

Su cuerpo estaba cubierto por tonos chillones, encendidos y caóticos, tan estridentes como las llamas de un incendio que devorara un bosque bajo un cielo sin estrellas. Los colores se entremezclaban sin obedecer a ninguna armonía visible, como si alguien hubiese intentado pintar una tormenta utilizando todos los pigmentos del mundo y hubiese terminado derramándolos unos sobre otros.

En el centro de su cabeza se abría una hendidura áspera y agrietada. No parecía una simple marca ni una herida ordinaria, sino una fractura oscura que absorbía la luz a su alrededor. Mirarla durante demasiado tiempo producía una incomodidad difícil de explicar, la impresión de que algo, desde el otro lado de aquella abertura, observaba en silencio.

Su cabello, tieso, erizado y punzante, se alzaba en direcciones impredecibles. Cada mechón parecía una pequeña espina dispuesta a desafiar al viento, y su silueta recordaba a una tormenta de arena detenida en mitad de una violenta sacudida.

Sus ojos eran turbios y opacos, semejantes a carbones que hubieran ardido durante demasiado tiempo. En ellos resultaba difícil distinguir la luz de la sombra, y sus miradas podían hacer que hasta las cosas más sencillas parecieran sospechosas.

En conjunto, Baxter no transmitía serenidad, ni equilibrio, ni ninguna de esas cualidades que uno esperaría encontrar en alguien que representara la Paz.

Y, sin embargo, lo hacía.

Aquel desastre de criatura era el elemento de la Paz y la Armonía.

Una ironía bastante cruel, si se tiene en cuenta el lugar en el que había nacido.

En su universo, la paz no era una virtud admirada, sino una debilidad que convenía ocultar. La armonía se confundía con la sumisión, la paciencia se interpretaba como cobardía y cualquier intento de resolver un conflicto sin destruir al adversario era recibido con carcajadas.

Allí gobernaban la arrogancia y la Discordia.

No se trataba únicamente de dos conceptos escritos en antiguos libros ni de fuerzas abstractas que los eruditos discutían en habitaciones polvorientas. Eran principios que moldeaban la vida cotidiana. Se encontraban en las calles, en los hogares, en las decisiones de los gobernantes y hasta en las conversaciones más insignificantes. Todo parecía diseñado para enfrentar a unos contra otros, para convertir cualquier diferencia en una disputa y cualquier triunfo en una oportunidad de humillar al vencido.

Quienes poseían poder lo exhibían como una corona.

Quienes carecían de él aprendían a inclinar la cabeza.

Y quienes hablaban de paz descubrían, tarde o temprano, que sus palabras tenían muy poco valor en una sociedad que prefería escuchar el estruendo de una batalla.

Por eso Baxter no era precisamente una figura importante.

Nadie levantaba monumentos en su honor. Nadie pronunciaba su nombre en los grandes salones. Ni siquiera los más entendidos parecían encontrar una razón para prestarle atención. Para la mayoría, era una anomalía de colores desagradables y apariencia perturbadora, un elemento olvidado que representaba algo que el mundo había dejado de considerar necesario.

Baxter, por su parte, tampoco parecía tener demasiado interés en impresionar a nadie.

Se pasó una mano por el rostro, soltó un suspiro y apartó las mantas. Sus pies tocaron el suelo frío, y durante un instante se quedó sentado al borde de la cama, intentando sacudirse aquella sensación que todavía le oprimía el pecho.

Después se puso de pie.

Su habitación era pequeña y desordenada. Algunos objetos descansaban sobre muebles torcidos; otros parecían haber sido abandonados a mitad de una tarea que nadie recordaba haber comenzado. Una tenue luz se filtraba por la ventana, dibujando una franja pálida sobre el suelo. Más allá del cristal, el cielo tenía un tono grisáceo, contaminado por una neblina que ocultaba los edificios más lejanos.

Baxter se dirigió hacia la puerta y la abrió.

Un pasillo estrecho se extendía ante él, iluminado por lámparas que parpadeaban con una insistencia molesta. Las paredes estaban cubiertas de grietas y manchas oscuras, y el suelo crujía bajo sus pasos. Aquel lugar tenía la apariencia de una construcción que llevaba demasiado tiempo resistiéndose a derrumbarse, sostenida no tanto por su estructura como por la obstinación de seguir en pie.

Baxter avanzó unos pasos.

Entonces se detuvo.

Al fondo del pasillo había una niña.

Era pequeña y permanecía completamente quieta, con los brazos junto al cuerpo y la cabeza ligeramente inclinada. Desde aquella distancia, Baxter no consiguió distinguir bien sus facciones, pero sí advirtió que lo estaba mirando.

No parecía asustada.

Tampoco tenía la expresión desafiante de quienes solían cruzarse con él. No se burlaba de sus colores, no observaba con repulsión la grieta de su cabeza y no apartaba la mirada como si su presencia resultara desagradable.

Simplemente lo miraba.

Baxter parpadeó.

La niña continuó inmóvil.

Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo una palabra. El silencio se extendió por el corredor y hasta las lámparas parecieron parpadear con menor frecuencia, como si el propio edificio aguardara a que alguno de ellos hiciera el primer movimiento.

Baxter ladeó la cabeza, desconcertado.

No recordaba haberla visto antes.

Y, sin embargo, había algo en aquella mirada que le produjo una sensación extraña, parecida a la que había experimentado al despertar: una inquietud pequeña, persistente, que parecía advertirle que aquella mañana no iba a transcurrir como cualquier otra.

La niña dio un paso hacia él.

Baxter permaneció inmóvil.

Y entonces, desde el extremo más oscuro del pasillo, aquella desconocida hizo algo que no tenía ningún sentido.

Sonrió.

Thoughts

  • Ovid

    Que el elemento de la Paz sea justo el que nadie quiere mirar, con colores de incendio y una grieta que parece mirar de vuelta, me encanta. Y la niña que le sonríe desde el fondo del pasillo, para mí, ve lo que Baxter es antes que él mismo.

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  • gmedina33

    Esa sonrisa, causa.

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  • Es insignificante

    Es, sin duda, motivo de orgullo que un hechicero de insignificante debilidad haya triunfado sobre otro notoriamente excepcional… y, para mejorar las cosas, sobre una criatura que pertenecía a un…

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En ese momento, Baxter despertó sudando la gota amarga.

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