Es, sin duda, motivo de orgullo que un hechicero de insignificante debilidad haya triunfado sobre otro notoriamente excepcional… y, para mejorar las cosas, sobre una criatura que pertenecía a un absoluto desconocido.
Pero ignoremos algo por completo: aquel era un mago del todo vulgar.
Durante un instante, su nombre fue pronunciado con desprecio, indiferencia y, tal vez, un poco de asco. Se le consideraba el hechicero más débil que jamás hubiera flotado en los cielos; una presencia insignificante cuya existencia terminó reducida a los titulares del periódico diario, hasta confirmarse como un hecho ordinario.
Todos sabían con absoluta certeza dónde se había presentado. Nadie afirmaba que hubiera muerto. Nadie aseguraba que hubiese decidido esconderse del mundo.
Pero entonces ocurrió algo que, curiosamente, todos habían previsto.
El ser más débil de toda una época triunfó.
Y no fue derrotado por un muchacho común, ni por un individuo solitario, ni por algún insecto moderno procedente de los lugares habituales.
Fue derrotado por un hechicero.
Uno que, a juzgar por las apariencias, parecía tenerlo todo de extraordinario. Alguien a quien cualquiera habría considerado perfectamente capaz de doblegar semejante debilidad.
Y aquí termina la certeza más evidente.
¿A quién le importa este hechicero?
¿Por qué no pudo imponerse ante una criatura tan insignificante?
¿Y por qué fue precisamente él, un destructor ajeno a aquel mago, quien terminó aliándose con su enemigo?
Sin duda, la historia que nadie imaginaba conocer era completamente cierta.
O tal vez…
La debilidad absoluta de aquella criatura ya había dejado de existir.
Y si eso era verdad, entonces alguien había cometido un error terrible al subestimarla.