Lo de querer levantarte de la butaca lo entiendo. Hay cosas que uno no aguanta ver ni actuadas y eso no te hace delicado.
Obsession: el horror de controlar a quien amás
Obsession Hay películas de terror que buscan asustarnos con aquello que no entendemos. Otras lo hacen mostrándonos monstruos, demonios o fuerzas sobrenaturales. Obsession elige un camino mucho más incómodo: convierte un deseo cotidiano en una pesadilla. Porque, si somos honestos, casi todos alguna vez fantaseamos con gustarle a alguien que no nos corresponde. La diferencia es que la película se atreve a responder una pregunta que normalmente nunca nos hacemos.
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Lo de querer levantarte de la butaca lo entiendo. Hay cosas que uno no aguanta ver ni actuadas y eso no te hace delicado.
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Obsession
Hay películas de terror que buscan asustarnos con aquello que no entendemos. Otras lo hacen mostrándonos monstruos, demonios o fuerzas sobrenaturales. Obsession elige un camino mucho más incómodo: convierte un deseo cotidiano en una pesadilla.
Porque, si somos honestos, casi todos alguna vez fantaseamos con gustarle a alguien que no nos corresponde. La diferencia es que la película se atreve a responder una pregunta que normalmente nunca nos hacemos.
¿Qué pasaría si ese deseo realmente se cumpliera?
Bear cree que lo único que le falta para ser feliz es que Nikki lo ame. Toda su frustración parece resumirse en esa ausencia. Entonces aparece la posibilidad de eliminar el rechazo, de borrar la incertidumbre y de conseguir exactamente aquello que siempre quiso. Todo nace de una frase que, en un primer momento, incluso puede sonar romántica: "Ojalá Nikki me amara más que a nadie en el mundo." Pero cuanto más avanza la película, más entendemos que ese deseo no representa el amor. Representa el momento exacto en el que el amor deja de ser una elección para convertirse en una imposición.
Y ahí entendí que Obsession nunca habla realmente del amor. Habla de algo mucho más peligroso: de lo que ocurre cuando dejamos de aceptar que amar implica, inevitablemente, la libertad del otro.
Siempre pensamos que el opuesto del amor es el odio. La película propone otra idea: el verdadero opuesto del amor es el control.
Porque Bear no intenta conquistar a Nikki. No intenta convertirse en alguien mejor ni acepta que ella pueda elegir otro camino. Lo que hace es eliminar precisamente aquello que hace posible cualquier relación: la capacidad del otro de decir que no. Y en el instante en que desaparece esa libertad, también desaparece el amor. Lo único que queda es la posesión.
Creo que ahí está la mayor virtud de Curry Barker. Nunca convierte a Nikki en un simple monstruo. La tragedia no consiste únicamente en verla transformarse, sino en entender que, detrás de esa versión obsesiva, sigue existiendo una persona atrapada dentro de un deseo que nunca eligió. El horror funciona porque no sentimos miedo de ella; sentimos miedo por ella.
Gran parte de esa sensación nace del trabajo de Inde Navarrette. Su interpretación de Nikki es, para mí, lo mejor de la película. Nunca necesita exagerar. Hay algo profundamente perturbador en la manera en que modifica apenas una mirada, una sonrisa o el tono de voz. Sus gestos transmiten una incomodidad constante, como si estuviéramos viendo a alguien que todavía conserva algo humano mientras deja de serlo poco a poco. La primera noche en la que aparece escondida en una esquina es un ejemplo perfecto. No necesita hacer prácticamente nada para generar una sensación de terror que permanece incluso después de que termina la escena.
Lo mismo ocurre con la escena del auto. Uno sabe que algo va a suceder. La película prepara el momento de tal manera que el espectador espera el golpe. Sin embargo, cuando finalmente ocurre, la violencia termina superando cualquier anticipación. No sorprende porque no la viéramos venir; sorprende porque Barker ejecuta la escena con una brutalidad que nos deja completamente descolocados. Es uno de esos momentos en los que el terror no nace del sobresalto, sino de la impotencia.
Pero hay una escena que me dejó pensando incluso más que todas las anteriores: la última noche, cuando Nikki logra hablar con Bear y le pide que termine con todo. Siempre tuve la sensación de que quien habla en ese momento ya no es la Nikki dominada por el deseo, sino la verdadera Nikki intentando recuperar su voz por unos instantes. La película nunca lo explica, y creo que hace bien en no hacerlo. No sabemos si Nikki permaneció consciente durante toda la historia, si solo logró recuperar el control por unos segundos o si todo forma parte de la culpa de Bear. Y justamente esa ambigüedad hace que la escena sea todavía más inquietante.
Hay otro aspecto que terminó de convencerme y que muchas veces pasa desapercibido: el enorme trabajo técnico que hay detrás de la película. Curry Barker entiende que el terror no siempre necesita depender de sobresaltos constantes. Acá la incomodidad nace de otra manera. Desde el primer momento sentís que algo está fuera de lugar. No sabés exactamente qué es, pero la película nunca te deja relajarte.
La dirección aprovecha muy bien esa sensación, apoyándose en una iluminación que vuelve cada escenario cada vez más opresivo sin necesidad de exagerar. A eso se suma un diseño de sonido excelente, que utiliza los silencios con muchísima inteligencia. Muchas veces no hace falta que ocurra nada para generar tensión; alcanza con la sensación de que algo está por romperse. Esa combinación entre dirección, fotografía, sonido y montaje consigue construir una atmósfera que se sostiene durante toda la película.
La película transmite ansiedad, tensión y estrés prácticamente de principio a fin, pero justamente eso fue una de las cosas que más disfruté. Me dio una sensación distinta, fresca, con un ritmo que pocas películas de terror actuales consiguen mantener durante casi toda su duración. Más que buscar el susto fácil, Barker apuesta por una incomodidad constante que va creciendo escena tras escena.
Por otro lado, hay una ironía que me pareció brillante. Si Bear hubiera encontrado el valor para decirle a Nikki lo que sentía antes de recurrir al deseo, probablemente nada de esto habría ocurrido. Toda la tragedia nace de un acto de cobardía. La película parece decir que muchas veces el verdadero terror no aparece por hacer algo, sino por no animarnos a hacerlo cuando todavía estamos a tiempo. Intentar controlar el resultado termina siendo mucho más destructivo que aceptar la posibilidad del rechazo.
Y ahí aparece la pregunta que más me quedó dando vueltas después de salir del cine.
¿Cuántas veces confundimos ser elegidos con tener derecho a ser elegidos?
Es una diferencia enorme. Porque el amor siempre implica incertidumbre. Supone aceptar que la otra persona puede quedarse... o puede irse. Bear quiere eliminar esa incertidumbre. Pero cuando finalmente obtiene exactamente lo que deseaba, descubre que un amor sin libertad deja de ser amor. Se convierte en una prisión para ambos.
Por eso creo que Obsession funciona mucho mejor como tragedia que como película de terror. El monstruo nunca fue Nikki. El monstruo fue la idea de que el amor podía existir sin consentimiento, sin incertidumbre y sin la posibilidad de perder.
No suelo consumir demasiado cine de terror y, quizá por eso, Obsession terminó sorprendiéndome tanto dentro de mi reto de las 365 películas. Entré esperando una historia sobrenatural y salí pensando en algo mucho más incómodo: en la diferencia entre amar y poseer.
Pero, por encima de cualquier interpretación, lo que más me llevo de la película es una sensación. Pocas veces una película me transmitió tanta ansiedad, tensión y estrés de principio a fin. Hubo escenas en las que realmente sentí ganas de levantarme de la butaca e irme de la sala, no porque fueran particularmente sangrientas, sino porque la incomodidad que generaban era constante. Esa sensación de que todo se está desmoronando lentamente, de que algo no está bien aunque no puedas explicarlo, me acompañó incluso después de que aparecieron los créditos.
Y creo que ahí está el mayor logro de Obsession. No busca que salgas del cine recordando un monstruo o un susto puntual. Busca que salgas con una sensación difícil de sacarte de encima. Una inquietud que permanece durante horas y que te obliga a seguir pensando en la película mucho después de haberla visto. Para mí, ese es el mejor tipo de terror.
Thoughts
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PermalinkSe lo mandé a mis amigas y una ya la vio y dice que lo del auto es lo peor. Yo no la aguanto sola. ¿Se entiende todo sin haber visto nada del director? ¿Y te deja mal dos días o se pasa?
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PermalinkAy no, ese Bear no me gusta ni para enemiga de nadie. ¿Ella se salva al final o me vas a hacer sufrir?
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PermalinkMe quedé pegado en el motivo. ¿Bear en algún momento puede deshacer el deseo y decide no hacerlo, o queda amarrado desde el principio? Cambia harto quién es el culpable, cachai.
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PermalinkLo de la tía escondida en la esquina ya me ha dado mal cuerpo solo leyéndolo. ¿Se puede ver de día o me jode la noche igual?
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PermalinkLo de querer levantarte de la butaca lo entiendo. Hay cosas que uno no aguanta ver ni actuadas y eso no te hace delicado.
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PermalinkUsted dice que casi todos fantaseamos con gustarle a alguien que no nos corresponde. Eso en el taxi a las dos de la mañana lo oigo cantado. ¿Esa película se puede ver con una hija de veinte al lado?
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PermalinkEstuve treinta y cinco años en una iglesia y ahí a esto le decían cuidado, preocuparse por ti. Quitarle a alguien la posibilidad de decir que no lo vi funcionando sin nada sobrenatural de por medio.
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PermalinkEn clase distinguimos entre querer a alguien por lo que te da y quererlo buscando su bien. Suena a definición muerta hasta que aparece un caso así. Tengo veinticuatro y estoy en formación, te lo digo sin autoridad ninguna.
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PermalinkEl deseo concedido que sale caro es un motivo que aparece en medio mundo, de los cuentos de djinn a la pata de mono de Jacobs, y casi nunca con la misma función: unas veces castiga la codicia y otras marca el límite de lo que se puede pedir. ¿La película le da alguna regla al deseo o lo deja sin explicar?
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PermalinkLo de la cobardía es lo que más oigo en veinticinco años de velatorios. Lo que la gente lamenta al final casi siempre es algo que no dijo a tiempo, y eso se cuenta en el pasillo, nunca delante de la familia. ¿Ese remate lo trae la película o lo pusiste tú?
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