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Nunca lo olviden

DNavarrete
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El silencio volvió a apoderarse de la Biblioteca.

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Pensamiento

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gmedina33

Samla, pe. 🐍

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Contenido de la publicación

El silencio volvió a apoderarse de la Biblioteca.

 

No era un silencio vacío, ni tranquilo. Era un silencio denso, antiguo y pesado, el tipo de silencio que solo existe donde han ocurrido cosas demasiado grandes para ser dichas.

 

Donde antes había reposado el tomo del Mundo 9, ahora solo quedaba una brecha oscura, un hueco perfecto entre los infinitos estantes de madera oscura que se perdían en la altura infinita.

 

Ni una página suelta.

 

Ni una letra olvidada.

 

Ni el eco de un recuerdo que flotara en el aire.

 

Nada.

 

Como si mil años de guerras, conquistas, dolor y ambición nunca hubieran sido escritos. Como si el Conquistador, su imperio y todo lo que creyó real hubieran sido solo un parpadeo que ni siquiera dejó huella en la memoria del tiempo.

 

Sentados cerca, inmóviles y sin atreverse a interrumpir, estaban el Lector, el que ya lo había visto todo; el Viejo, cuyas páginas estaban ya desgastadas por el paso de las eras; y el Nuevo, aquel libro de tapas azules brillantes que aún conservaba el olor a papel fresco. Todos ellos habían permanecido en absoluta quietud, escuchando cada palabra de la conversación que definía el destino de todo lo que existía.

 

Haruka permaneció inmóvil, con la mirada fija en aquel vacío durante largo rato. Sus manos, normalmente firmes y serenas, estaban entrelazadas con fuerza frente a ella. Sabía lo que aquella ausencia significaba. Sabía que borrar una historia entera no era un acto de cólera, sino de indiferencia absoluta.

 

Luna, en cambio, ya tenía entre las manos aquel tomo recién llegado. Lo sostenía con la misma naturalidad con la que una niña toma un juguete nuevo. Pasó la primera página con suavidad, y el sonido del papel al rozar fue el único ruido que rompió la quietud, un sonido que resonó extrañamente fuerte en todo el salón.

 

Como si nada hubiera ocurrido.

 

Como si borrar una realidad entera no fuera más importante que cerrar un cuaderno que ya se había terminado de leer.

 

—Sigues haciéndolo —dijo Haruka.

 

Su voz fue baja, calmada, pero cargada de una reprobación antigua, de esa tristeza que solo ella podía permitirse sentir.

 

Luna no levantó la vista. Siguió leyendo, sus ojos recorrían las líneas con una atención relajada.

 

—¿Hacer qué? —respondió, sin apartar la mirada del texto.

 

—Fingir que no sabes de qué hablo.

 

Luna arqueó apenas una ceja, sin dejar de leer. Había en su rostro esa expresión inocente, casi infantil, que usaba cuando quería evadir algo, o cuando algo le parecía demasiado obvio como para tener que explicarlo.

 

Haruka suspiró. Un suspiro profundo, que pareció llevarse consigo el peso de todos los universos que alguna vez habían existido.

 

—Lo borraste.

 

No hubo respuesta. Solo el sonido de otra página pasando.

 

—Borraste un universo entero —repitió Haruka, esta vez con más firmeza, mirando fijamente a la espalda de la pequeña figura sentada al otro lado de la mesa.

 

Luna dejó el dedo sobre la línea que estaba leyendo. Levantó la cabeza lentamente. Sus ojos oscuros se posaron en Haruka. Ya no había juego en ellos.

 

—Sí —dijo simplemente. No había culpa, ni rabia, ni alegría. Solo una afirmación fría, tan natural como decir que el sol brilla.

 

—Y aun así... —continuó Haruka, dando un paso lento hacia adelante, desafiando esa quietud inmensa— ...aun así permites que otros crucen, que se mezclen, que rompan las fronteras entre historias una y otra vez. Les permites entrar y salir de sus libros como si fueran puertas abiertas. ¿Por qué a ellos sí y a él no?

 

Ahora sí.

 

Luna cerró el libro.

 

No lo golpeó, ni lo lanzó. Lo cerró con suavidad, juntando las tapas despacio, pero ese sonido seco y final fue como un trueno que recorrió cada pasillo, cada estante, cada rincón de aquel lugar infinito.

 

Se recostó en el respaldo de su silla de madera tallada y miró a Haruka. No parecía enfadada. Parecía profundamente cansada. Un cansancio que no era de un día, ni de un siglo, sino de algo que había estado ahí desde siempre, escuchando la misma pregunta una y otra vez.

 

—Otra vez esto —murmuró, desviando la mirada hacia la inmensidad de libros que los rodeaba.

 

—Sí —respondió Haruka, sin apartar sus ojos de ella—. Otra vez. Porque siempre pasa lo mismo, y tú siempre lo resuelves de la misma forma. Y necesito que me lo expliques. No como a tu guardiana... sino como a la única que te acompaña aquí.

 

Luna apoyó el mentón sobre una mano, sus dedos pequeños golpeando rítmicamente sobre la cubierta del libro azul. El aire a su alrededor cambió; se volvió más denso, más antiguo, como si la propia realidad contuviera la respiración.

 

—Porque no es lo mismo —dijo, con voz suave pero cortante como una hoja de acero.

 

—¿No?

 

—No. Cruzar no es el crimen, Haruka. La intención lo es todo.

 

Haruka guardó silencio. Esperó. Sabía que cuando Luna hablaba así, las palabras que salían de su boca eran la verdad absoluta, la ley que nada ni nadie podía cambiar.

 

Luna se levantó de la silla. Sus pasos eran ligeros, casi etéreos, mientras comenzaba a caminar lentamente entre los estantes interminables. La luz tenue de la biblioteca iluminaba su figura pequeña entre sombras que se alzaban hasta perderse en la oscuridad del techo.

 

—Dime algo, Haruka —dijo, deteniéndose frente a una hilera de tomos de piel desgastada.

 

—¿Qué?

 

—¿Qué era él? ¿El que se fue?

 

—Un conquistador —respondió Haruka, recordando la figura imponente, el hombre que había llegado creyéndose un dios.

 

—¿Y antes de conquistar?

 

Haruka tardó unos segundos en responder. Su mente viajó a través de las páginas que ella misma había leído.

 

—Un revolucionario. Un líder que luchó contra la opresión.

 

—¿Y antes de eso?

 

—...Un niño. Un niño que lo perdió todo.

 

Luna asintió lentamente, recorriendo con la yema de sus dedos los lomos de los libros, como si acariciara destinos enteros.

 

—Exacto. Primero quiso salvar a los débiles. —Su voz resonaba entre los pasillos vacíos—. Luego quiso cambiar su mundo. Luego quiso gobernarlo. Luego quiso poseerlo. Y una vez que tuvo todo lo que había dentro de sus fronteras... quiso poseer su galaxia. Luego su universo. Y finalmente... —Luna se giró hacia ella, y en sus ojos brilló un destello de ese desprecio que helaba la sangre— ...finalmente quiso poseer aquello que estaba fuera de él.

 

Haruka bajó la cabeza. No pudo responder, porque sabía que Luna tenía razón. Había visto cómo crecía esa ambición en él, cómo se transformaba en hambre insaciable.

 

—Siempre es igual —dijo Luna, y su voz se hizo más profunda, más antigua, resonando en cada rincón—. Siempre llegan al mismo punto. Da igual si son héroes, villanos, dioses o simples mortales. Da igual si empezaron queriendo hacer el bien o el mal. En cuanto descubren que existe algo más allá de su historia, en cuanto comprenden que hay un "afuera"... sus mentes pequeñas y limitadas siempre, siempre, piensan lo mismo.

 

Se acercó a Haruka, y aunque era más baja, en ese momento parecía inmensa, como si todo lo que existía estuviera contenido dentro de su pequeña figura.

 

—"Voy a conquistarlo" —murmuró Luna, imitando la arrogancia de esos seres con una mueca de asco—. "Voy a gobernarlo. Voy a hacerlo mío. Todo esto será mío".

 

Hizo una pausa, y el aire se volvió irrespirable.

 

—Y eventualmente... inevitablemente... llegan a la misma conclusión, la única que realmente me repugna.

 

—¿Cuál? —susurró Haruka, temiendo la respuesta.

 

Luna sonrió, pero no era una sonrisa alegre. Era una sonrisa vacía, fría, cargada de un desprecio infinito.

 

—Que también pueden quedarse conmigo.

 

—Luna...

 

—No. —La interrumpió inmediatamente, alzando una mano pequeña pero absoluta—. Escúchame bien, Haruka. Porque esto es lo único que importa.

 

Por un instante, la niña desapareció.

 

La sonrisa desapareció.

 

Las bromas, la inocencia, el aburrimiento... todo se desvaneció.

 

Y quedó algo más.

 

Algo mucho más antiguo que el tiempo.

 

Algo mucho más grande que el espacio.

 

—No entienden nada —dijo, y al hablar, la Biblioteca entera tembló suavemente, los estantes crujieron, y las letras de todos los libros brillaron por un segundo, respondiendo a su voz—. Me miran y ven una niña. Creen que soy una figura, una guardiana, una dueña. Me miran y ven una diosa, una reina, una autoridad que puede ser desafiada o conquistada. Me miran y ven una cosa... algo que está aquí, algo que pertenece a este lugar, algo que pueden tomar, usar o poseer.

 

Dio un paso hacia adelante, y la oscuridad pareció retroceder ante ella.

 

—Pero ninguna de esas cosas soy yo.

 

Su mirada atravesó a Haruka, atravesó las paredes, atravesó la realidad misma.

 

—Yo no vivo dentro de la Historia, Haruka. Yo no soy un personaje, ni una creadora, ni una escritora... Yo soy la Historia.

 

El aire se volvió pesado, denso como plomo. Incluso los libros cercanos parecieron inclinarse hacia ella en un silencio reverente.

 

—Los universos nacen dentro de mí. Las estrellas se encienden y se apagan dentro de mí. Las leyes de la física, la magia, el tiempo... todo eso son solo reglas que yo decidí poner en un momento, y que puedo borrar en otro. Los dioses aparecen y desaparecen. Los héroes triunfan y mueren. Los villanos caen o ganan. Y todo eso... todo lo que ha sido, es o será... ocurre dentro de mí.

 

Haruka cerró los ojos. Las lágrimas asomaron en el borde de sus párpados, no por tristeza, sino por la inmensa, aplastante realidad de lo que estaba escuchando. Sabía que Luna rara vez hablaba así. Sabía que cuando lo hacía, estaba viendo la verdad desnuda.

 

—Entonces sí —continuó Luna, y su voz recuperó un tono más suave, casi entretenido—. Permito que crucen mundos. Permito que se mezclen, que se equivoquen, que rompan fronteras y creen caos. Permito que hagan cosas que ni siquiera yo esperaba al principio.

 

Una pequeña sonrisa, genuina esta vez, regresó a su rostro.

 

—Porque es divertido. Porque es interesante. Porque me gusta leer lo que ocurre cuando los personajes son libres de equivocarse y sorprenderme. Me encanta ver cómo luchan, cómo aman, cómo destruyen y cómo reconstruyen. Mientras sean personajes... sus vidas son mi mayor tesoro.

 

Luego, esa sonrisa se desvaneció como la niebla ante el sol. Sus ojos se endurecieron de nuevo.

 

—Pero jamás permitiré que uno de ellos olvide lo que es.

 

Haruka comprendió inmediatamente. Su voz fue apenas un susurro:

 

—Un personaje...

 

—Exacto. —Luna volvió a su silla, se sentó y tomó el libro azul entre sus manos de nuevo—. Pueden recorrer todos los universos que quieran. Pueden desafiar a dioses mayores que ellos. Pueden destruir galaxias enteras si eso hace que su historia sea grandiosa. Pueden salvar mundos o condenarlos. Todo eso está permitido.

 

Abrió la primera página, pero antes de leer, levantó la vista una última vez, clavando sus ojos oscuros en los de Haruka.

 

—Pero en el momento en que crean que han dejado de ser personajes... en el momento en que cruzan la línea y creen que pueden convertirse en el Autor... en el momento en que me miran y piensan que soy algo que se puede poseer...

 

La Biblioteca quedó en un silencio absoluto, aterrador.

 

—...entonces su historia termina. No importa cuán larga, cuán gloriosa o cuán importante haya sido. Se borra. Y se olvida. Como si nunca hubiera sido escrita.

 

Por primera vez desde que había comenzado aquella conversación, Haruka no tuvo nada que responder.

 

Sin embargo, no se movió. Siguió mirando el hueco vacío donde antes vivió el Mundo 9, y luego volvió a mirar a Luna, con una mezcla de tristeza y comprensión profunda.

 

—Dime algo más —dijo suavemente.

 

Luna la miró, esperando.

 

—¿Era necesario? —preguntó Haruka, señalando con la mirada hacia la inmensidad de estantes, hacia todos los libros que existían, hacia los tres que escuchaban atentos—. ¿Era necesario mostrar esto? Dejar este vacío como una marca... para que todos los que vengan o lean sepan lo que pasó aquí. ¿Realmente era necesario que sirviera de ejemplo?

Luna pasó una página, pero no leyó. Se quedó mirando las letras, y por un instante, hubo algo casi melancólico en su expresión, algo que rara vez dejaba ver.

 

—Deben aprenderlo de alguna manera, Haruka —respondió con voz tranquila, pero firme—. No solo él. Todos. En todas las historias. En todos los universos.

 

Cerró el libro apenas un poco, como si estuviera protegiendo las páginas que estaban por venir.

 

—Porque es una lástima... —dijo, y se notó que lo decía de verdad—. Es una verdadera lástima ver historias tan buenas, tan llenas de vida, de fuerza, de sentimientos... historias que podrían haber durado para siempre y haber sido recordadas como las más grandes... perderse y desaparecer para siempre... solo por una estupidez tan pequeña. Tan simple. Tan innecesaria.

 

Levantó la vista, y en sus ojos brilló la determinación absoluta de quien escribe el destino.

 

—No quiero que vuelva a pasar. Si al ver esto, aunque sea uno solo de ellos entiende... si al saber lo que pasó aquí evitan cometer el mismo error... entonces sí. Fue necesario. Que sirva de lección para todos.

 

Haruka asintió lentamente, bajó la mirada y finalmente dio un paso atrás, aceptando la verdad de aquellas palabras.

 

En ese momento, el último rastro del antiguo tomo se desvaneció por completo.

 

Sin embargo, entre los dedos de Luna aún permanecía aquella frase que había arrancado antes de que todo desapareciera: «en el comienzo». La sostenía suavemente, brillante y definida, mientras el resto quedaba totalmente vacío.

 

Entonces se acercó al principio del libro que acababa de quedar despejado, y con una lentitud cuidadosa, depositó esas palabras sobre la primera hoja vacía.

 

En cuanto tocaron el papel, todo comenzó a escribirse de nuevo.

 

Las líneas surgieron solas, ordenándose y extendiéndose en todas direcciones, densas y rápidas, como si un universo entero estuviera despertando allí mismo. Lo que alguna vez fue el Mundo 9 ya no existía, pero con ese inicio recuperado, nacía algo distinto: otra historia, otro camino, construida desde la misma raíz pero bajo una nueva forma.

 

Fue entonces cuando comenzó el sonido.

 

Al principio era apenas un susurro, un roce muy leve, como tela deslizándose sobre madera entre las sombras profundas que separaban un estante de otro. Pero pronto se hizo más claro: un movimiento constante, reptante, continuo, recorriendo todos los espacios que no estaban llenos de libros.

 

Todos los presentes lo escucharon. Algo se deslizaba por los límites invisibles, algo que avanzaba recogiendo todo aquello que quedaba suelto, fuera de su sitio, perdido entre las sombras.

 

Haruka soltó un suspiro largo y tranquilo, como quien reconoce la llegada de algo conocido e inevitable.

 

El Viejo, cuyas páginas habían visto llegar a tantas cosas, tembló levemente en su estante. El Nuevo, el de tapas azules, se inclinó un poco hacia adelante, inquieto.

 

 

—¿Qué pasa? —susurró el Nuevo, con voz apenas audible—. ¿Qué es eso?

El Viejo respondió con voz baja, respetuosa y llena de temor reverente:

 

—Es ella... La Recolectora. La que vive en los huecos. Cuando algo se sale de su historia, termina donde ella mora. Y siempre, siempre termina por encontrarlo todo.

 

El sonido se fue acercando, deslizándose veloz y silencioso entre las alturas, hasta que desde la penumbra entre dos estantes descendió una silueta pequeña, negra como la tinta más pura y brillante como la sombra misma.

 

Cayó suavemente sobre la cabeza de Luna, moviéndose con gracia y sin peso alguno. Ella no se inmutó ni un instante; no apartó la mirada, ni se cubrió, ni mostró sorpresa. Al contrario, levantó despacio la mano derecha, abierta y serena.

 

La pequeña serpiente, Samla, se deslizó por su cabello y su hombro para bajar hasta su brazo, enrollándose allí con comodidad y suavidad, como si aquel fuera su lugar natural desde el principio de los tiempos.

 

Entonces, desde su boca diminuta, depositó en la palma de Luna lo que había recogido en su recorrido: un puñado de letras sueltas, trozos de palabras y fragmentos de frases, lo único que había quedado suelto o desprendido, junto con otros retazos de historias extraviadas.

 

Luna acarició suavemente la cabeza oscura de Samla con la yema de un dedo, con ternura absoluta, mientras observaba los fragmentos.

 

—Bien hecho —murmuró ella, solo para su acompañante—. Nada se pierde del todo.

 

Samla se quedó quieta allí, enroscada y tranquila, mientras a lo lejos, entre los estantes infinitos, los seres que vagaban por el vacío sentían pasar a la entidad inmensa que ellos temían y llamaban dueña de la nada... sin saber que para la Autora, no era más que su pequeña y fiel recolectora.

 

Luna sonrió, una sonrisa pequeña, inocente y peligrosa.

 

—Bien.

 

Y como si nada más fuera necesario, bajó la mirada hacia las páginas que seguían llenándose de texto nuevo, viendo nacer ese universo renovado, mientras el hueco vacío donde estuvo el Mundo 9 seguía allí: oscuro, silencioso, la marca eterna de lo que no debe repetirse... justo al lado de la prueba de que siempre hay una forma de volver a empezar, siempre que se recuerde quién se es realmente.

Thoughts

  • finalArruinado

    Recién ahora entiendo por qué Luna nunca se asusta de nada en toda la serie. Esta noche me releo el Mundo 9 completo.

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  • gmedina33

    Samla, pe. 🐍

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