Muy bueno … quedo atento a la continuación
Noveno Mensaje : Quieren más Sangría de Parchita🍷
La segunda botella de sangría de parchita cayó entre risas, anécdotas de la ciudad y una complicidad impensada. El ambiente en la terraza del Sambil estaba en su punto dulce: la brisa fresca que…
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La segunda botella de sangría de parchita cayó entre risas, anécdotas de la ciudad y una complicidad impensada. El ambiente en la terraza del Sambil estaba en su punto dulce: la brisa fresca que bajaba del Ávila, las luces de Caracas tildando a lo lejos y los tres compartiendo como si se conocieran de toda la vida. José, que al principio veía a Andrés con recelo, ya lo consideraba un pana firme tras el segundo vaso, mientras Teresa disfrutaba el triunfo de haber salvado la salida con tanta elegancia.
Pero la sangría pegaba sabroso y Andrés, que de tonto no tenía ni un pelo y venía estudiando la química explosiva que emanaba esa pareja, lanzó la bomba sin anestesia, con la soltura de quien pide otra ronda de tequeños:
🧟➖—Bueno, mi gente, la noche está bellísima, la vibra no puede estar mejor y la verdad es que ustedes hacen una combinación demasiado provocativa... ¿Qué les parece si nos vamos a mi apartamento y hacemos un trío?
El tiempo se detuvo en seco. El murmullo de la terraza pareció apagarse por completo. Teresa y José quedaron congelados en el sitio, convertidos en dos verdaderas estatuas de marfil con la copa a medio camino de la boca. El cortocircuito mental fue tan violento que ni el hielo dentro de los vasos se atrevió a derretirse.
José parpadeó tres veces seguidas, tratando de procesar si la fruta fermentada le estaba haciendo oír alucinaciones o si el repostero acababa de lanzar un ataque directo al corazón de su noviazgo. Teresa, por su parte, sintió un corrientazo eléctrico recorrerle toda la espina dorsal; la sorpresa inicial tardó apenas un segundo en transformarse en esa chispa traviesa que la caracterizaba, lanzándole a José una mirada de reojo cargada de pura provocación.
🧟➖—O sea... —rompió el silencio Andrés con total frescura, recostándose en la silla y ajustándose los lentes con una sonrisa juguetona—, la mercancía se me congeló temprano, pero todavía me quedan bastante ganas de celebrar... ¿o me van a volver a dejar embarcado?
La frase flotó en el aire caliente de la noche. Teresa soltó una risita ahogada entre las manos que desarmó la parálisis, dejando la pelota rodando sutilmente en la cancha de un José que no sabía si pedir la cuenta para salir corriendo o dejarse llevar por la aventura más picante de su vida
La propuesta de Andrés fue la mecha que encendió una noche sin frenos. Entre el misterio flotando en el aire, el ritmo envolvente de la música y el compás de un baile lento, las horas se les escabulleron entre los dedos. No hubo espacio para la timidez: fue una madrugadora cascada de bailes pegaditos, miradas cómplices que cortaban el aliento y copas de vino que iban y venían, alimentando una química de tres que fluía con una soltura escandalosa. Cada roce disimulado en la pista, cada risa al oído y cada trago compartido encendían una tensión deliciosa que los mantenía en pie sin sentir el más mínimo cansancio.
De pronto, casi sin avisar, los primeros destellos dorados del amanecer comenzaron a rasgar el horizonte caraqueño, pintando de rosa y naranja el perfil del Ávila. El aire fresco de la mañana los envolvió al salir a la calle, pero la hoguera que llevaban por dentro no daba señales de apagarse.
Teresa, con el cabello levemente despeinado por la fiesta y esa chispa felina intacta en la mirada, se acercó a los dos, abrazándolos por el talle mientras la luz mañanera le iluminaba el rostro. Con una voz suave y sugerente, cargada de ese tono raspadito que deja la rumba, les susurró prácticamente al oído:
🙋♀️—Está amaneciendo... ¿Qué tal si nos vamos a la playa? Hoy será un día soleado y prometedor, les aseguro que la vamos a pasar divertido.
José la escuchó con el pecho latiendo a mil por hora. Con la respiración entrecortada por la caminata y la adrenalina de una noche que superó cualquier expectativa, se quedó observando el brillo juguetón en la cara de su novia antes de fijar los ojos en Andrés. Con una sonrisa cargada de complicidad y desafío, midió al repostero y le preguntó en tono pícaro:
💁🏽♂️➖—¿Qué te parece? ¿Nos escapamos?
Andrés no necesitó más. Sacó las llaves del carro haciéndolas sonar como el pase VIP hacia una nueva travesura, mientras se acomodaba los lentes sobre la cabeza con la mejor sonrisa de cómplice.
🧟➖—¡A la costa se ha dicho! —exclamó con entusiasmo pícaro—. A mí no me vuelven a llamar embarcador ni que me lo juren.
Sin pensarlo dos veces, encendieron el motor y tomaron la autopista rumbo al mar, con las ventanas abajo, la brisa marina dándoles la bienvenida y la certeza de que el sol de la mañana solo sería el testigo de la aventura.
El sol comenzaba a teñirse de un naranja cobrizo sobre el horizonte, reflejándose en las gotas de agua que aún brillaban sobre la piel de Teresa y los hombros anchos de José. Andrés no podía quitarles la vista de encima; la tensión entre los tres había estado flotando en el aire durante toda la tarde, un juego implícito de miradas cruzadas y roces aparentemente accidentales que pedía a gritos romper la norma.
Con la excusa perfecta dibujada en su mente, Andrés sonrió con picardía, se acercó a ambos y soltó la propuesta con voz pausada. No necesitó elaborarla demasiado: la idea de dejar atrás la zona concurrida, despojarse de la tela y adentrarse en la cala nudista al caer la noche tenía ese matiz de misterio e irreverencia al que ninguno de los dos pudo resistirse. La aceptación no fue solo inmediata, sino cargada de una anticipación electrizante.
Caminaron sobre la arena tibia hacia el rincón más privado de la costa, donde el oleaje rompía con un murmullo constante y las rocas altas bloqueaban cualquier mirada ajena. Allí, bajo el amparo de las primeras luces de la noche, Andrés dio inicio al ritual de desinhibición.
Sin prisa pero sin titubear, el tejido de los trajes de baño cayó a la arena, dejando que la brisa marina recorriera la piel al descubierto. Andrés tomó el mando con absoluta confianza: les pidió que se colocaran frente a frente, formando un triángulo donde las manos se buscaran y las miradas fueran imposibles de esquivar. Con el agua refrescante rozándoles los tobillos, usó unas gotas de agua salada para trazar una marca simbólica sobre los hombros de Teresa y el pecho de José, dictando la única regla del juego: atención compartida, ningún límite para la curiosidad y la entrega total al momento.
El magnetismo de la playa hizo el resto. La distancia entre los tres se redujo hasta que el roce de la marea se confundió con la calidez de sus respiraciones. Andrés no solo había conseguido atraerlos a su terreno, sino que había transformado la fantasía en una complicidad absoluta donde Teresa y José, lejos de dudar, tomaron la iniciativa para explorar juntos ese nuevo territorio sin reservas.
Justo cuando Andrés creía que tenía el control absoluto de la noche y que su elaborado ritual daría el fruto definitivo, la complicidad entre la pareja dio un giro de 180 grados. Teresa y José se miraron a los ojos durante un microsegundo. No necesitaron decirse nada: un destello de malicia pura cruzó la mirada de ambos, activando esa sincronía perfecta que solo tres meses de fuego y travesuras compartidas podían construir.
Con una agilidad felina, Teresa extendió la mano, le acarició la mejilla a Andrés con suavidad calculada y le rozó el pecho para mantenerlo en trance solo un segundo más. Mientras él cerraba los ojos esperando el ansiado desenlace de su fantasía, José se agachó con precisión de ladrón de sombras, agarró la ropa de los dos y los bolsos en un solo movimiento impecable.
🙋♀️➖—Sabes qué, Andrés... la mercancía te volvió a quedar en frío —le susurró Teresa al oído con una risita burlona.
Antes de que el repostero pudiera reaccionar o pestañear, la pareja soltó una carcajada sonora que retumbó contra las rocas y salieron disparados a toda marcha por la orilla. Andrés se quedó congelado como una estatua de sal, completamente desvestido, con la brisa marina pegándole de lleno y los brazos abiertos al vacío, viendo cómo su plan maestro se desintegraba en la oscuridad de la costa.
🧟➖—¡Epa! ¡¿A dónde van?! ¡No me pueden dejar embarcado así! —gritó Andrés a la nada, con la voz cargada de un despecho cómico. Pero el embarcador supremo acababa de probar una dosis monumental de su propio chocolate.
Corriendo sobre la arena tibia, vistiéndose como podían entre tropezones, agarrones picantes y carcajadas que les quitaban el aliento, Teresa y José no podían parar de reír. La adrenalina de la jugada les encendió la piel de una manera distinta, mucho más libre y cómplice. Tomados de la mano y secándose las lágrimas de la risa, dejaron al sorprendido Andrés atrás con sus deseos flotando en el aire y encauzaron el camino hacia las luces vivas del caserío de Macuto.
Llegaron al paseo buscando la primera venta de empanadas abierta y un par de cervezas bien frías para celebrar la travesura. Habían salido por un par de tragos tranquilos, sobrevivieron al drama de los panecillos y terminaron coronándose como los verdaderos dueños de la noche caribeña, sabiendo que entre ellos dos el fuego seguía más encendido que nunca..
Continuará...
Thoughts
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PermalinkYo me quedé medio del lado de Andrés, neta. Bailaron hasta el amanecer, él puso el carro y la playa, y lo dejan encuerado en la cala. Dos veces embarcado ya es saña.
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PermalinkEl hielo que ni se atrevió a derretirse me sacó la carcajada del capítulo. Y Andrés con los lentes subidos a la cabeza, lo veo clarito.
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PermalinkTal cual, la pareja de tres meses le ganó al que venía estudiando la química. Andrés se creyó el que dirigía y era el invitado.
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PermalinkEl carro es de Andrés, así que la vuelta a Caracas la veo complicada para la parejita. Seguro les toca pedirle la cola y ahí se cobra.
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PermalinkCarallo, en pelotas en la cala y gritándole a la nada. Ese hombre tarda en volver a proponer algo.
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PermalinkAndrés quedándose embarcado dos veces seguidas, primero con los panecillos y ahora sin ropa en la cala, me hace pensar en esas series donde el personaje que más planea siempre termina pagando. Apuesto a que en Macuto la noche todavía no se acaba para Teresa y José, y que Andrés vuelve con ganas de cobrarse esta!
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PermalinkMuy bueno … quedo atento a la continuación
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PermalinkPobre Andrés, jajaja 🥶
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