Durante mucho tiempo pensé que si trataba bien a las personas, tarde o temprano la vida me devolvería lo mismo.
Creía que si era sincera, recibiría sinceridad.
Si quería bonito, me querrían bonito.
Si estaba para alguien cuando más me necesitaba, esa persona también estaría para mí cuando yo la necesitara.
Pero aprendí que no siempre funciona así.
Es mentira que siempre recibes lo que das.
Puedes dar amor y recibir indiferencia.
Puedes ser leal y descubrir que no fueron leales contigo.
Puedes cuidar a alguien con todo tu corazón y terminar preguntándote por qué esa persona no tuvo el mismo cuidado contigo.
Y durante mucho tiempo eso me hizo sentir que quizá había algo mal en mi manera de querer.
Hasta que entendí algo que cambió mi forma de ver las cosas:
no siempre recibes lo que das, pero siempre das lo que eres.
Y para mí, eso terminó siendo lo único que realmente importaba.
Porque cuando miro hacia atrás, no quiero recordar que alguien no supo valorar lo que hice y pensar que por eso debí haber sido diferente.
Quiero poder recordar que, en aquel momento, hice las cosas desde lo que realmente sentía.
Que fui sincera porque esa soy yo.
Que quise porque podía querer de verdad.
Que cuidé porque así entiendo el cariño.
Que estuve presente porque no sé querer a medias cuando alguien realmente me importa.
Quizá algunas personas no supieron devolverme lo mismo.
Y sí, dolió.
Pero eso habla de lo que ellos decidieron darme, no de lo que yo valía.
Porque mi forma de tratar a alguien no debería depender de cómo esa persona me trató después.
No quiero convertirme en alguien fría solamente porque alguna vez alguien no supo cuidar mi corazón.
Tampoco quiero empezar a hacer daño para sentir que estoy recuperando lo que otros me hicieron.
Prefiero quedarme con la tranquilidad de saber que fui yo misma.
Que no traicioné mis sentimientos.
Que no dejé de ser buena solamente porque alguien no supo serlo conmigo.
Al final, quizá no podamos controlar lo que recibimos de los demás.
No podemos obligar a nadie a querernos como nosotros queremos.
No podemos asegurarnos de que toda la sinceridad que damos vuelva a nuestras manos.
Pero sí podemos decidir qué clase de persona queremos ser mientras estamos en la vida de alguien.
Y yo prefiero eso.
Prefiero no recibir lo mismo y aun así saber que di desde el corazón.
Porque quizá la vida no siempre te devuelve lo que das…
pero todo lo que das habla de quién eres.
Y eso, al final, es lo único que nadie puede quitarte.