A veces da tristeza mirar hacia atrás y pensar en todo lo que uno entregó.
El cariño sincero, la paciencia, las buenas intenciones, las veces que estuviste para otros incluso cuando tú también necesitabas a alguien. Y entonces aparecen las decepciones, las personas que no supieron valorar lo que dabas o las historias que terminaron enseñándote que tener un buen corazón no siempre evita que te hagan daño.
Y sí, hay momentos en los que uno se pregunta si valió la pena ser tan noble, tan comprensiva o tan buena con personas que no actuaron de la misma manera.
Pero con el tiempo entendí algo importante:
No quiero que las experiencias difíciles decidan la persona en la que me convierto.
No quiero que una decepción me enseñe a tratar mal a quienes lleguen después. No quiero volverme fría solo porque alguien no supo cuidar lo que le entregué. No quiero dejar de creer en la gente por culpa de quienes me fallaron.
Porque mi nobleza no fue un error.
Mi sencillez no fue una debilidad.
Y tener un buen corazón nunca será algo de lo que tenga que avergonzarme.
Lo que sí aprendí es que ser buena persona no significa permitirlo todo. También significa poner límites, alejarse de lo que hace daño y entender que cuidar de uno mismo no nos hace menos nobles.
Las malas experiencias pueden enseñarnos a ser más prudentes, más conscientes y a elegir mejor a quién le damos nuestro tiempo y cariño.
Pero no deberían robarnos aquello más bonito que tenemos.
Porque al final, lo que realmente importa no es cuántas veces el mundo intentó endurecerte, sino cuántas veces elegiste seguir siendo una buena persona sin dejar de cuidarte a ti misma.