Ya merito llegaba a la oficina del director y se me cerraron los ojos. Soñé que el gato de la alacena era el mismo Leonardo, órale. Volví al otro día y no, pero sigo sin confiar en ese gato.
NEWHELL - TERROR EN SANTA ELENA
Pensamiento
Ya merito llegaba a la oficina del director y se me cerraron los ojos. Soñé que el gato de la alacena era el mismo Leonardo, órale. Volví al otro día y no, pero sigo sin confiar en ese gato.
Contenido de la publicación
PADRE ANTONIO.
I. La Llegada
A primera hora de la mañana, cuando los primeros rayos del sol teñían el horizonte de un naranja pálido, un taxi se detuvo frente al edificio. Del vehículo descendió el clérigo. Al levantar la vista hacia la imponente y desgastada fachada de mampostería, leyó el cartel de hierro forjado:
HOSPICIO PSIQUIÁTRICO SANTA ELENA
Al cruzar las pesadas puertas de cristal del nosocomio, se acercó al mostrador de la guardia principal.
—¡Buenos días, señorita! Soy el padre Antonio.
La enfermera alzó la vista y le ofreció una sonrisa amable:
—¡Buenos días, padre! ¿Qué lo trae por este lugar tan temprano?
El sacerdote guardó silencio un instante. Sus rasgos se endurecieron y su mirada se volvió profunda, casi sombría. Con una voz grave que pareció retumbar en el vestíbulo, respondió:
—El pasado…
II. Cruce Silencioso
Detrás del clérigo, ajeno por completo a la presencia de Antonio, Diego se disponía a marcar la salida para dar por finalizado su turno de pesadilla. Al divisar la sotana desde la distancia, se detuvo en seco. Lo observó fijamente, debatiéndose en silencio entre acercarse a hablar o mantenerse al margen.
Mientras vacilaba, a sus espaldas el sonido seco de unos tacones comenzó a repiquetear sobre las baldosas del pasillo. Diego se giró con el rostro tenso y la respiración contenida, esperando ver emerger a la figura de sus visiones nocturnas; sin embargo, la realidad disipó su paranoia al instante: tres enfermeras de turno mañana, con sus uniformes impecables y un maquillaje sutil, avanzaban conversando para tomar el relevo.
Aunque el alivio lo recorrió, el cansancio acumulado le pesaba en cada músculo. Diego dio media vuelta y abandonó finalmente las instalaciones, arrastrando la certeza helada de que la noche anterior no había terminado realmente.
III. Historias Paralelas
En la cocina del hospital, la larga mesada de acero sostenía cuatro hileras de platos y vasos descartables, listos para el desayuno de los internos. Libia y Susana preparaban las raciones con tranquilidad. De pronto, Susana arrugó la nariz y, haciendo un gesto de puro asco, preguntó:
—¿No sentís un olor raro? Como a animal muerto, Libia.
Libia, que acomodaba una tostada sobre una bandeja, respondió sin descuidar su tarea:
—La verdad, no huelo nada… Seguro es alguna rata que se metió en las cañerías. Más tarde le decimos a mantenimiento que busque.
En los corredores del pabellón, el padre Antonio recorría las galerías acompañado por el director del centro.
—En este sector alojamos a los pacientes de mayor riesgo —explicó el director mientras avanzaban a paso lento.
A varios kilómetros del hospital, en el interior de una casa en penumbras iluminada apenas por la luz tenue de un velador, las manos de un hombre sostenían una fotografía ajada. En el reverso se alcanzaba a leer un nombre escrito con trazo tembloroso: Yamile.
—Ella es Yamile —continuó la voz del director resonando por el pasillo del hospicio—. Tuvimos que aislarla porque, sin motivo aparente, comenzó a atacar con violencia a los pacientes varones.
En la habitación lejana, el hombre dejó la foto de Yamile sobre la mesa de madera y colocó al lado una segunda imagen, rotulada con el nombre de Myriam.
—Esta es Myriam —se escuchaba decir al director en el hospital—. Hubo que ponerle camisa de fuerza porque amanecía cada mañana con moretones y cortes que ella misma se provocaba.
De vuelta en la cocina, Libia abrió la puerta de madera de la alacena principal. En el interior, agazapado entre los estantes y con el lomo erizado, un gato negro de pupilas brillantes soltó un gruñido grave, humano y amenazante.
Al mismo tiempo, en el corredor de alta seguridad, los dos hombres se detuvieron ante la última celda del pasillo.
—Y este es Le...
La frase del director se congeló en el aire. Un alarido desgarrador proveniente de la cocina retumbó por toda la estructura del edificio. El padre Antonio y el director salieron corriendo hacia el área de servicios. Al irrumpir en el recinto, el director, sofocado por la carrera, exigió:
—¿Qué pasó? ¿Por qué esos gritos?
Con la voz temblando por el pánico, Libia señaló el mueble:
—Un... un gato negro. Estaba metido en la alacena y saltó de golpe. Se escapó por la ventana.
A poca distancia del centro, en la penumbra de la casa solitaria, la mano derecha del hombre tomó una tercera fotografía. En el reverso se leía el nombre: Mariela. Con la mano izquierda acarició con morbosa lentitud la superficie del retrato, mientras murmuraba en un susurro entrecortado:
—Ya casi es tu turno…
Acto seguido, apagó la perilla del velador, sepultando la habitación en una profunda oscuridad.
IV. El Encuentro
Tras el altercado en la cocina, el padre Antonio continuó su recorrido en solitario. Al ingresar al comedor general, observó a los internos: cada uno parecía atrapado en una prisión mental inaccesible. Algunos deambulaban sin rumbo, otros musitaban incoherencias hacia el suelo y unos pocos permanecían estáticos frente a un televisor apagado cuya pantalla refleja sus propios rostros ausentes.
Junto a un gran ventanal, en un rincón apartado, descubrió a Yamile. Se mantenía inmóvil, empañando el cristal con su aliento rítmico, como si trazara figuras invisibles hacia el exterior.
El clérigo escudriñó meticulosamente a cada paciente, buscando esa vibración maligna que su don le exigía encontrar. Subió las escaleras hacia el piso superior, donde se abrían cuatro corredores flanqueados por largas filas de habitaciones. Extrajo el escapulario de su bolsillo y avanzó a paso firme, persignando en silencio la madera de cada puerta.
Al alcanzar el último pasillo, notó algo anómalo: una de las puertas estaba apenas apoyada contra el marco, sin trabar. Un pequeño cartel de acrílico clavado en la madera gastada rezaba: MARIELA BÁEZ.
En el instante en que la yema de sus dedos empujaba suavemente la hoja para inspeccionar el interior, una voz rasgó el silencio del piso:
—¡Padre Antonio! —llamó una enfermera con el aliento agitado, tras haber subido las escaleras a toda prisa.
El clérigo giró en el acto. En ese mismo segundo, la puerta de la celda cedió un par de centímetros más; desde la penumbra del cuarto, una mirada oculta siguió con atención el movimiento de la sotana al alejarse.
—Lo busqué por todos lados —dijo la mujer al alcanzarlo—. Venga, baje al comedor a tomar un café caliente.
—¿Quién ocupa esa habitación, hija? ¿Por qué está abierta la puerta? —inquirió el sacerdote con extrañeza, sin apartar los ojos de la entrada entreabierta.
Mientras descendían los peldaños, la enfermera le explicó en voz baja:
—Es la paciente que nunca baja a alimentarse. Permanece en un estado casi catatónico, aunque a veces repite frases sin sentido. Dice cosas como: “Sus miedos y sus pecados los matarán”, “Él está aquí” o “Yo lo maté”. Incoherencias de la enfermedad, según los médicos… Pero tome asiento acá, padre, ya le sirvo.
—Muchas gracias, es usted muy amable —respondió él por cortesía, aunque su mente permanecía fija en la celda del piso superior.
Sentado a la mesa, Antonio fingía leer el periódico local sosteniéndolo con la mano derecha. Intrigado por la conducta de Yamile, se puso de pie y se aproximó a la ventana. La mujer, reducida por su camisa de fuerza, alzó la vista, le clavó una mirada aterrorizada, dio media vuelta y se alejó trotando en dirección opuesta.
Todavía desconcertado, Antonio regresó a su mesa. Mientras intentaba concentrarse en las noticias, sintió un agarre brutal que le atenazó el antebrazo izquierdo. El cura se sobresaltó y levantó la mirada: allí estaba Mariela. La hermosa agente trigueña de ojos azul grisáceos que había conocido en la masacre de 1989 se hallaba ahora frente a él en un estado deplorable e irreconocible.
—¡Santo Dios! ¿Qué te pasó, hija? —exclamó con tristeza y espanto.
—Él está aquí... Él está aquí... —repetía Mariela sin descanso, en un hilo de voz áspera y desquiciada.
El clérigo posó su mano derecha sobre los dedos de la mujer y su psicometría estalló con una violencia inusitada. En un fogonazo mental cegador, revivió el último instante lúcido de Mariela como policía: la imagen de ella siendo atacada por Leonardo, cuyos ojos emitían un resplandor rojo demoníaco. La intensidad de la visión fue tan abrumadora que el sacerdote perdió el equilibrio y cayó de espaldas contra el suelo.
De inmediato, varios enfermeros y un médico irrumpieron para apartar a la paciente y auxiliar al visitante.
—¡No se preocupen por mí, estoy bien! —alcanzó a decir Antonio mientras se ponía de pie, conmocionado.
Desde el pasillo irrumpió el director, fuera de sí, señalando con vehemencia a Mariela mientras vociferaba a los guardias:
—¡Sedación inmediata! ¡Pónganle la camisa de fuerza y trasládenla a la zona de aislamiento exclusivo ahora mismo!
Alberto se acercó apresuradamente al sacerdote, manifestando un rostro desencajado por la angustia:
—¿Se encuentra bien, padre Antonio? ¿Le hizo algo?
El sacerdote, con las pupilas dilatadas y la respiración agitada tras la visión del horror, lo miró fijamente a los ojos y pronunció con voz tajante:
—¡Todos los que están en este edificio corren un peligro mortal!
V. Confrontación
Tras la sentencia del clérigo, una atmósfera densa y helada paralizó el comedor. El rostro del director mudó de la preocupación al rigor de una piedra. Tomó a Antonio del brazo con una firmeza seca e incólume.
—¿Acompañaría a mi despacho para hablar con calma? —pidió, comenzando a conducirlo hacia el pasillo mientras los enfermeros terminaban de arrastrar a Mariela.
—Con gusto, director.
—Puede llamarme Alberto.
—Alberto será, entonces.
Avanzaron por la galería en un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el golpeteo de sus pisadas. Al ingresar a la oficina, el director giró el cerrojo de la puerta con llave. La luz matutina que entraba por la ventana proyectaba sombras oblicuas y deformes sobre la boiserie de madera.
—¿Podría explicarme qué fue exactamente lo que ocurrió en el comedor? —preguntó Alberto con un tono cargado de sospecha, como temiendo que algún secreto corporativo saliera a la luz—. ¿Mariela le hizo daño o llegó a decirle algo específico?
—Mariela no me hizo ningún daño —respondió Antonio, manteniendo el eje—. Solo sufrí una impresión porque me tomó desprevenido.
A continuación, inclinando el torso hacia adelante y señalando al director con el dedo índice, lanzó la estocada:
—¿Están sucediendo en este hospital cosas anómalas que se están ocultando?
Alberto se levantó del sillón de un salto, perdiendo la compostura, y cuestionó alterado:
—¿A qué se refiere con "cosas anómalas"?
—Usted es la máxima autoridad del centro —replicó el clérigo con serenidad—. Me imagino que si ocurriera algo fuera del protocolo, se lo comunicarían de inmediato.
Haciendo un esfuerzo por recobrar el control, Alberto volvió a sentarse despacio y afirmó con voz rígida:
—Hasta la fecha, nadie me ha reportado irregularidad alguna.
—¿Entonces, Alberto, me asegura que no hay nada ni nadie de quien preocuparse entre estas paredes? —repreguntó el clérigo, arrastrando al director hacia el límite.
—Nada en absoluto, padre —sostuvo Alberto, devolviéndole la mirada con frialdad—. Aquí todo se encuentra bajo un control absoluto.
Thoughts
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PermalinkEl director se corta en Le... con el grito de la cocina, y luego cierra con llave para preguntar qué dijo Mariela. Ese hombre sabe quién hay en la última celda y teme más que se sepa que a lo que haya dentro.
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PermalinkYa merito llegaba a la oficina del director y se me cerraron los ojos. Soñé que el gato de la alacena era el mismo Leonardo, órale. Volví al otro día y no, pero sigo sin confiar en ese gato.
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