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Mundo 9: Donde todo comenzó, puede terminar – parte 2

DNavarrete
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Ya no quedaba ni un solo rincón, ni un solo sistema, ni una sola galaxia que no llevara su marca. El Conquistador tenía el control absoluto de todo su universo. Era el dueño, el rey, la autoridad…

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El dios vencido sonriendo a sus pies fue la pieza que me faltaba. Mil años cargando esa advertencia como delirio de un perdedor, y la vuelve a oír cuando ya es solo un ojo flotando en lo blanco. Y el Viejo hablándote a ti, que mirabas desde lejos, te mete

El dios vencido sonriendo a sus pies fue la pieza que me faltaba. Mil años cargando esa advertencia como delirio de un perdedor, y la vuelve a oír cuando ya es solo un ojo flotando en lo blanco. Y el Viejo hablándote a ti, que mirabas desde lejos, te mete en la biblioteca con ellos: de golpe el que está en el estante eres tú. Apuesto a que ese dios también se asomó a ese lugar alguna vez, y por eso sonreía así.

Contenido de la publicación

Ya no quedaba ni un solo rincón, ni un solo sistema, ni una sola galaxia que no llevara su marca. El Conquistador tenía el control absoluto de todo su universo. Era el dueño, el rey, la autoridad máxima que había derrocado dioses, destruido imperios y reescrito las leyes de la existencia. Pero para él, la conquista total no fue el final, sino el comienzo de una nueva insatisfacción que le carcomía por dentro.

 

Su ego ya no cabía en el espacio que había dominado. Su ambición, que alguna vez había nacido de la necesidad de justicia, ahora era un pozo sin fondo que nada podía llenar. Se sentía grande, invencible, el ser más poderoso que jamás hubiera existido… y sin embargo, no era suficiente. Si él había logrado someter todo lo que había dentro de esos límites, ¿qué había fuera? ¿Qué había más allá de los bordes de su realidad?

 

Fue entonces, entre planos y cálculos, cuando sus científicos y sus ingenieros —esclavos de su voluntad, herederos de la tecnología que él mismo había robado a sus antiguos opresores— hicieron el descubrimiento que cambiaría todo: la barrera entre universos no era infinita ni inquebrantable.

 

Con los conocimientos acumulados durante mil años, con la maquinaria que había servido para destruir planetas y crear vida, comenzaron una nueva etapa. Ya no se trataba de liberar a nadie, ni de derrocar tiranos. Eso había quedado atrás, olvidado bajo capas de poder y soberbia. Ahora era pura y simple conquista.

 

—Si este universo es mío —decía el Conquistador, observando los esquemas que flotaban en el aire de su puente de mando—, entonces los demás también deben serlo.

 

Durante cien años trabajaron sin descanso. Cien años de construcciones gigantescas, de pruebas que consumían recursos enteros, de errores que costaron vidas y de avances que rozaban lo imposible. Y al final, el proyecto estuvo terminado.

 

Flotando en el vacío absoluto, justo en el límite donde su realidad se desvanecía, se alzaba la obra maestra de su dominio: un gran anillo, del tamaño de un planeta pequeño, construido con materiales que ni siquiera tenían nombre en las lenguas antiguas, capaz de rasgar el tejido de la existencia y abrir un camino hacia otro lado.

 

Era la llave. Y al otro lado, el Conquistador imaginaba incontables mundos, incontables pueblos, incontables dioses esperando ser sometidos, vencidos y borrados, tal como él había hecho aquí.

 

Junto al anillo estaba su flota completa: millones de naves, armadas hasta el último tornillo, listas para la guerra eterna. Y en el centro de todas ellas, su nave madre, aquella fortaleza que era del tamaño de una Luna, una estructura imponente que parecía desafiar a las estrellas mismas.

 

El Conquistador estaba de pie en la cubierta principal, mirando todo aquello con una sonrisa que no había mostrado en siglos. Estaba extasiado, feliz, lleno de una emoción que creía haber perdido. Por fin, su destino se hacía más grande que él mismo. Por fin, podría ser más de lo que ya era.

 

Se dirigió a todos los tripulantes, a todas las naves, a través de la red de comunicaciones que cubría todo su imperio. Su voz resonó potente, segura, cargada de esa convicción absoluta que había llevado a millones a la muerte o a la gloria:

 

—Durante mil años, hemos limpiado este universo. Hemos derribado a quienes se creían dioses y hemos puesto orden donde solo había injusticia y miseria. Pero nuestro destino no termina aquí. ¡Lo que hemos conquistado no es más que el primer paso! Más allá de este umbral hay infinito. Hay mundos que ignoran nuestro nombre, seres que creen que el poder es de ellos, dioses que duermen confiados en su propia pequeñez. ¡Hoy cruzamos la línea! Hoy comenzamos la conquista de todo lo que existe. ¡Porque todo lo que está fuera, será nuestro! Y yo seré el dueño de la realidad entera.

 

Un rugido inmenso, un grito de guerra que estremeció el espacio, fue la respuesta de sus ejércitos.

 

El Conquistador levantó la mano, y con ese gesto simple, dio la orden definitiva.

 

—¡Avanzad!

 

En ese mismo instante, el gran anillo se activó. Una luz cegadora, de colores que ningún ojo había visto jamás, brotó de su interior. El aire, el vacío, la materia misma parecieron disolverse y formar un túnel brillante, un camino hacia lo desconocido.

 

Una a una, las naves comenzaron a cruzar. Y al frente, imponente, avanzó su gran nave madre, llevando al hombre que creía que nada ni nadie podría detenerlo.

 

El Conquistador sonreía, imaginando las nuevas victorias, las nuevas glorias, la historia infinita que estaba a punto de escribir.

 

Pero en el momento exacto en que su nave atravesó la luz del portal, todo cambió.

 

No hubo impacto.

 

No hubo ruido.

 

No hubo sensación de movimiento.

 

De repente, la inmensa nave, la flota entera, los motores, las armas, los millones de soldados… todo desapareció de su vista.

 

El Conquistador parpadeó.

 

Y cuando abrió los ojos, ya no estaba en su puente de mando.

 

Ya no estaba rodeado de pantallas ni de luces.

 

Ya no sentía el poder de su tecnología corriendo bajo sus pies.

 

Estaba de pie.

 

Solo.

 

En medio de un lugar que no entendía.

 

A su alrededor se extendían estantes infinitos, altos hasta perderse de vista, llenos de libros, millones y millones de tomos que parecían vigilarlo en silencio. El aire olía a papel antiguo y a tinta, pero también tenía una pesadez que le hizo sentir un escalofrío que no sentía desde hacía siglos.

 

—¿Qué es esto? —murmuró, confundido, llevándose la mano al costado donde antes llevaba sus armas, sus implantes, su poder tecnológico. Todo seguía ahí, pero de repente, le parecía ridículamente inútil.

 

Miró a su alrededor, buscando su flota, buscando su nave, buscando cualquier rastro de lo que debía haber sido un nuevo universo que conquistar. Pero no había nada más que estantes, libros, silencio… y una sensación de opresión absoluta.

 

Entonces, sus ojos se fijaron al frente.

 

Allí, en el centro de aquella inmensidad, había una mesa de madera oscura, sencilla, antigua.

 

Y sentada detrás de ella, había una niña.

 

Parecía joven, frágil, con una apariencia que no tenía nada que ver con guerreros, dioses o conquistadores. Estaba allí, tranquilamente, pasando páginas de un libro pequeño que tenía entre las manos. No lo miraba. No parecía haberle prestado atención a su llegada. Solo leía, con una calma absoluta, con una indiferencia que hizo que el Conquistador frunciera el ceño, confundido y molesto.

 

Detrás de ella, de pie, con los brazos cruzados y una postura rígida, había una mujer. Era alta, de mirada firme, pero lo que heló la sangre del Conquistador no fue su presencia, sino la expresión que llevaba en el rostro.

 

Esa mujer lo estaba mirando.

 

Lo miraba directamente a los ojos.

 

Y en su mirada no había miedo, ni respeto, ni ira.

 

Había lástima.

 

Una lástima profunda, triste, como quien ve llegar a alguien que camina hacia su propia tumba sin saberlo.

 

Y más allá, entre dos estantes, casi escondidos, distinguió dos figuras pequeñas. Una parecía ser un libro viejo, con lentes, que temblaba visiblemente. La otra era un libro más pequeño, que asomaba con curiosidad y terror, susurrando cosas que él no podía oír, pero que sabía que hablaban de él.

 

El Conquistador dio un paso al frente, intentando recuperar esa altivez que siempre le había funcionado. Apretó los dientes, activó los sistemas de su cuerpo que podían destruir mundos, y habló con voz potente, intentando imponer su autoridad.

 

—¿Dónde estoy? —exigió saber—. ¿Qué lugar es este? ¿Y quiénes son ustedes?

 

La niña en la mesa no levantó la vista del libro. Pasó otra página, despacio, con aburrimiento.

 

Y la mujer que estaba detrás de ella, aquella que lo miraba con lástima, respondió con una voz suave, pero que resonó en todo el lugar como una sentencia:

 

—Estás donde creías que nunca tendrías que llegar... Estás en el lugar donde comienzan y terminan todas las historias. Y tú... acabas de cruzar la línea que jamás debiste tocar.

 

El Conquistador dio otro paso adelante, con los puños cerrados y la mandíbula tensa, la furia empezando a arder en sus ojos brillantes por las modificaciones tecnológicas. No entendía nada, y lo que menos soportaba era la sensación de no tener el control.

 

—¿Dónde están? —exigió, levantando la voz hasta que resonó entre los estantes infinitos—. ¿Dónde está mi flota? ¿Dónde están mis naves, mis armas, todo lo que traía conmigo? ¡Se supone que debía emerger en un nuevo universo, listo para ser tomado! ¿Qué clase de magia absurda o truco barato han usado para traerme hasta este sitio ridículo y vacío? ¡Respondan!

 

Sus ojos, que podían enfocar objetivos a años luz de distancia, escaneaban todo a su alrededor buscando el rastro de algún generador, alguna fuente de energía, cualquier cosa que explicara por qué había pasado de estar al frente de millones de naves a estar solo frente a una mesa y dos mujeres.

 

Haruka dio un paso desde su lugar, inclinándose apenas hacia él, con las manos juntas y una expresión seria, tratando de mantener la calma que él había perdido por completo. Su voz fue baja, urgente, casi un susurro de advertencia.

 

—Le pido que se calme —dijo ella, con firmeza, pero sin rudeza—. Le aseguro que no hay trucos ni magia que usted pueda comprender. Y le aconsejo, por su propio bien, que trate de comportarse y medir cada palabra que dice a partir de ahora. Aquí, todo es diferente. Y lo que decida o haga en este preciso momento... dependerá totalmente si su historia continúa o si termina aquí mismo, en este instante.

 

—¿Mi historia? —repitió él, soltando una risa seca y cargada de desprecio—. ¿De qué estás hablando? No sé de qué cuentos hablas, y la verdad, no me importa.

 

Pero lo que realmente le quemaba por dentro, lo que hacía que su orgullo se retorciera con rabia, era esa niña. Esa pequeña figura sentada allí, con un libro entre las manos, que no había levantado la vista ni una sola vez. Ni siquiera le había dedicado un segundo de atención. Para alguien que había sido venerado como un dios, ante el cual todos se arrodillaban o temblaban, ser ignorado de esa manera era un insulto mayor que cualquier amenaza.

 

Señaló con el dedo, primero a Haruka y luego, con más furia, hacia la niña llamada Luna.

 

—No se quieran pasar de listas conmigo —bramó, erguido, mostrando toda la arrogancia que había acumulado en mil años de dominio—. ¿Sabes quién soy yo? Soy el Conquistador Absoluto. Soy el ser más grande, más poderoso y temible que ha existido jamás en todo el universo. He derrocado dioses, he destruido mundos, he hecho que civilizaciones enteras se arrodillen antes de que yo llegara. ¡Y me vienen a hablar de "comportarme" o de "mi historia"!

 

Su mirada se endureció, y el tono de su voz se volvió frío, letal.

 

—Si no me responden ya mismo dónde estoy y dónde está todo lo que es mío... me encargaré de destruir este lugar de arriba abajo. Lo reduciré a polvo y averiguaré lo que necesito por mi cuenta. Ustedes no son nada ante mí. Una niña que lee y una guardia que habla demasiado... no valen ni el esfuerzo de bajar la mano para aplastarlas.

 

Haruka abrió los ojos, sorprendida y aterrada por la soberbia ciega de aquel hombre. Dio un paso más, levantando una mano para hacerlo callar, con una mezcla de lástima y alarma en su rostro.

 

—¡Cállese! —le dijo, esta vez con más fuerza, casi suplicante—. ¡No sabe ni lo que está diciendo, ni quién tiene enfrente! ¡Por favor, deténgase antes de que sea demasiado tarde!

 

—¡No me des órdenes! —le gritó él, apartando su mano de un manotazo violento.

 

Ya no escuchaba. Su orgullo había tapado cualquier sentido común que pudiera quedarle. Lo único que sentía era la necesidad de demostrar su poder, de que esa niña levantara la vista y supiera quién era él.

 

—Ya basta de juegos.

 

Con una sonrisa torcida y llena de malicia, el Conquistador retrocedió medio paso y llevó sus manos hacia su propio cuerpo. En sus brazos, en su pecho, en sus muñecas, bajo la piel y la carne, se activaron inmediatamente los sistemas que lo hacían invencible. Esas armas que él mismo había robado a los dioses, perfeccionado durante siglos, tecnología capaz de hacer estallar soles y borrar galaxias enteras del mapa.

 

Luz azul y blanca comenzaron a brillar en su piel, cargando energía suficiente para reducir todo aquel lugar de libros a cenizas en un segundo. Miró fijamente a la niña, con la intención clara de atacar, de destruir lo que tenía enfrente para imponer su ley.

 

—Te dije que no eres nada —murmuró entre dientes, concentrando toda esa potencia en sus manos, apuntando directamente hacia la mesa, hacia ella, hacia todo lo que había allí—. Ahora vas a saber quién soy realmente.

 

Apretó los dedos.

 

Dio la orden mental.

 

Llamó a su poder.

 

Y no pasó nada.

 

El brillo en su piel se apagó de golpe.

 

La energía acumulada se desvaneció sin dejar rastro.

 

Los sistemas que recorrían su cuerpo, las armas que habían matado a dioses, los generadores de energía que habían conquistado el universo entero... simplemente dejaron de responder.

 

Como si no existieran.

 

Como si fueran piezas de juguete rotas.

 

Como si en aquel lugar, toda esa tecnología, todo ese poder, todo aquello por lo que había vivido y luchado durante mil años, no tuviera ningún valor, ni sentido, ni existencia.

 

El Conquistador parpadeó, confundido al principio. Volvió a intentarlo. Volvió a activar todo. Volvió a concentrarse, con el sudor frío empezando a correrle por la espalda.

 

Nada.

 

Absolutamente nada.

 

Sus armas de destrucción masiva, sus implantes, su fuerza sobrehumana... todo había desaparecido de golpe. Se quedó allí, de pie, frente a ellos, reducido a nada más que un hombre, con la boca entreabierta por la sorpresa, mirando sus propias manos como si le hubieran traicionado.

 

—¿Qué...? —balbuceó, perdiendo por primera vez en siglos la seguridad en su voz—. ¿Qué está pasando? ¿Por qué... por qué no funciona?

 

Y entonces, por fin, la niña que estaba sentada detrás de la mesa levantó la vista lentamente.

 

Cerró el libro con suavidad, haciendo un sonido seco y suave que resonó en todo el salón.Y lo miró.

 

Lo miró con esa expresión de aburrimiento infinito, de indiferencia absoluta, de alguien que ya había leído esa historia mil veces y que sabía exactamente cómo terminaba.

 

—Porque aquí... conquistador de cuarta—dijo Luna, con una voz tranquila, suave, que hizo que el Conquistador se quedara helado en su sitio— ...aquí no puedes usar nada de lo que robaste. Aquí, tu historia queda reducido a un simple libro.

 

El Conquistador se quedó mirando sus propias manos, vacías, sin el brillo de la energía que siempre lo había acompañado, confundido y furioso, pero no estúpido. Su mente, afilada por mil años de guerras y estrategias, trabajaba a una velocidad vertiginosa analizando cada detalle: el espacio infinito, la ausencia de sus poderes, la presencia de estas dos figuras que no le temían, la sensación de estar fuera de todo lo que conocía.

 

De repente, los recuerdos de leyendas antiguas, textos olvidados y mitos que él había descartado como tonterías de civilizaciones primitivas, regresaron a su memoria con una claridad aterradora. Historias sobre espacios que no eran mundos, sobre puertas que conectaban todo lo que existía, sobre un lugar que estaba en medio de todo y a la vez en ninguna parte.

 

—Ya entiendo... —murmuró, y poco a poco, una sonrisa torcida y llena de soberbia comenzó a dibujarse en su rostro—. ¡Claro que lo entiendo!

 

Levantó la cabeza, y en lugar de miedo, sus ojos brillaron con una emoción desbordante, una alegría enfermiza y ambiciosa que no había sentido en siglos.

 

—Este es el lugar entre los universos —dijo con voz fuerte, segura, como si hubiera resuelto el mayor de los acertijos—. Es eso, ¿verdad? Lo escuché en historias viejas, cosas que creía que eran cuentos para asustar a los niños... pero ahora todo tiene sentido. Este es el punto central, el cruce de caminos. ¡Aquí es donde se accede a todo lo demás!

 

Comenzó a reír, una risa potente, que retumbó entre los estantes, una risa de pura victoria. Para él, esto no era un obstáculo, era el mayor regalo que el destino le podía dar.

 

—¡Entonces es perfecto! —exclamó, extendiendo los brazos como si ya fuera dueño de todo aquello—. Si este lugar conecta con todos los universos... entonces aquí es donde está la llave definitiva. ¡Al fin podré llegar a cada rincón de la existencia! Podré destruir y conquistar cada universo, cada realidad, cada mundo que haya sido creado, a mi gusto y a mi antojo. Con este lugar bajo mi control, mi conquista será absoluta. ¡Nada quedará fuera de mi imperio!

 

Su mirada se endureció, y señaló con desprecio, primero a Haruka y luego a la niña que seguía sentada en silencio.

 

—Solo hay un pequeño detalle que resolver... y es que ustedes ya no son necesarias. Las mataré, tomaré este lugar, y entonces seré el dueño de todo lo que existe y de todo lo que existirá.

 

Estaba a punto de dar un paso adelante, dispuesto a hacer valer su amenaza, aunque sus armas no funcionaran, cegado por su propia soberbia y su sed de poder. Pero no llegó a moverse ni un centímetro más.

 

Detrás de la mesa, Haruka, que hasta ese momento solo había observado con lástima y creciente alarma, finalmente intervino.

 

No corrió hacia él. No sacó ninguna arma. No gritó ni amenazó.

 

Simplemente levantó una mano.

 

Fue un movimiento tranquilo, lento, casi perezoso, pero en cuanto su palma se alzó hacia él, el mundo pareció detenerse.

 

Con ese único gesto, bastó.

 

Las palabras se quedaron atascadas en la garganta del Conquistador. Su boca se abrió y se cerró sin emitir sonido alguno. Su cuerpo, acostumbrado a obedecer su voluntad instantáneamente, quedó rígido, inmóvil, como si el tiempo mismo se hubiera congelado a su alrededor. No podía avanzar, no podía retroceder, no podía volver a hablar. Quedó atrapado en su sitio, reducido al silencio absoluto por la simple elevación de una mano.

 

Y lo que era más aterrador aún: Haruka no parecía estar haciendo ningún esfuerzo. Sin embargo, se la veía visiblemente nerviosa. Estaba tensa, con la frente perlada de sudor, sus ojos muy abiertos fijos en él, llena de una ansiedad que no podía ocultar. Esa acción, aunque sencilla, le costaba mucho más de lo que aparentaba. Estaba asustada, profundamente asustada, y esa sensación se extendió rápido por todo el lugar.

 

Más atrás, escondidos entre los estantes, el Viejo y el Nuevo se apretujaron el uno contra el otro, temblando. Si Haruka, que siempre había sido la calma y la serenidad personificada, estaba así de alterada... entonces lo que estaba por suceder era algo que ni siquiera los libros más antiguos se atrevían a contar.

 

Lentamente, muy lentamente, Haruka bajó la mano. El Conquistador recuperó la capacidad de moverse, pero se quedó dónde estaba, jadeando, confundido y aterrado, sin entender cómo algo tan simple había podido detenerlo a él, al ser más poderoso de todos los universos.

 

Entonces, con ese miedo aún reflejado en su rostro, Haruka giró la cabeza hacia la figura que permanecía sentada en la mesa, la única que no se había movido ni un milímetro.

 

Luna había dejado de leer. Sus dedos estaban quietos sobre las páginas del libro, sus ojos fijos en el texto, pero sin leerlo realmente. El silencio en la biblioteca se había vuelto pesado, denso, casi irrespirable.

 

Haruka intentó hablar, su voz salió baja, entrecortada, casi un susurro desesperado, buscando alguna salida, alguna forma de arreglar lo que aquel hombre había provocado con sus palabras.

 

—Señorita Luna... yo... quizás... podríamos ver si hay alguna forma de... tal vez su historia todavía pueda... —trató de decir, buscando desesperadamente las palabras adecuadas.

 

Pero no pudo terminar.

 

Luna cerró el libro.

 

Lo cerró con una sola mano, suavemente, sin violencia, pero el sonido de las tapas al juntarse fue como un trueno que recorrió cada estante, cada pasillo, cada rincón de aquel lugar infinito.

 

En ese instante, todo se detuvo.

 

Cada libro, cada hoja, cada partícula de polvo que flotaba en el aire, el mismo tiempo, pareció contener la respiración. La tensión era absoluta, insoportable, como si el peso de todas las historias del universo cayera sobre ellos al mismo tiempo. Haruka se calló de golpe, tragando saliva, con el miedo reflejado en sus ojos, sin atreverse a mover ni un músculo más.

 

Luna levantó la vista. Sus ojos, oscuros y profundos, se posaron en el hombre que estaba allí de pie, mudo, furioso y aterrado a la vez.

 

Y entonces, con una voz que no era ni fuerte ni amenazante, sino simplemente vacía, eterna y terriblemente tranquila, dijo las palabras que hicieron que la realidad misma pareciera encogerse:

 

—Estoy aburrida.

 

Luna dejó el libro sobre la superficie oscura de la mesa. No lo cerró del todo, ni lo mantuvo abierto por las páginas que estaba leyendo. Simplemente levantó la cubierta, esa tapa gruesa y antigua que servía de protección a todo lo que había escrito dentro, dejando al descubierto solo el principio, la portada interna, el umbral mismo donde nacen todas las narraciones.

 

Haruka dio un paso atrás, lento, silencioso, arrastrando los pies como si el peso de todo el universo le cayera sobre los hombros. Ya no intentó hablar, ni explicar, ni pedir nada. Sabía que ya no servía de nada. La decisión estaba tomada, escrita antes incluso de que este hombre hubiera cruzado el umbral, y ninguna palabra, ni súplica ni razón podría cambiar lo que estaba a punto de ocurrir. Se apartó a un lado, con la cabeza baja, los puños apretados y los ojos llenos de esa tristeza que ya había visto tantas veces antes.

 

Más atrás, entre las sombras de los estantes, el Nuevo temblaba tanto que casi se le caía su propia cubierta. Miró al Viejo, que a su vez parecía haberse encogido sobre sí mismo, bajando lo que parecía su mirada, como si soportara un dolor antiguo y profundo.

 

—Abuelo... —susurró el Nuevo, con la voz quebrada por el miedo—, ¿qué está pasando? ¿Por qué todo se siente tan... roto? ¿Por qué Haruka se fue así?

 

El Viejo tardó unos segundos en responder. Su voz salió ronca, baja, cargada de una gravedad que heló la sangre del pequeño libro y también la tuya, que observabas todo desde lejos.

 

—Escúchame bien, pequeño... y tú también —dijo, dirigiéndose a la vez al Nuevo y a ti, con una seriedad absoluta—. Pase lo que pase ahora, no aparten la vista. No cierren los ojos, ni se escondan, ni miren a otro lado. Porque lo que está por venir... es lo único que ocurre aquí, cuando la señorita Luna se aburre de una historia. Y es algo que muy pocos han visto, y menos aún, han podido contar.

 

El Conquistador, que hasta ese momento había estado intentando recuperarse de la sorpresa y el silencio impuesto, ya había recuperado el aliento y la furia le ardía de nuevo en las venas. No entendía nada de lo que pasaba, ni por qué esa atmósfera era tan pesada, ni por qué todos parecían aterrorizados por una simple niña que movía las hojas de un libro.

 

—¡Esto es una farsa! —gritó, preparándose para lanzarse hacia adelante, dispuesto a acabar con todo aquello de una vez—. ¡No sé qué se creen que hacen, pero yo soy el dueño de...!

 

No pudo terminar, ni tampoco dar un solo paso.

 

De repente, una fuerza absoluta, invisible y mucho más pesada que cualquier cosa que hubiera sentido en su vida, cayó sobre él. Fue como si todo el espacio a su alrededor se hubiera convertido en un muro de acero impenetrable. Quedó clavado en el suelo, rígido, inmóvil, con los brazos a los costados y la boca abierta, incapaz de mover ni un solo dedo, ni desviar la mirada, ni siquiera respirar con normalidad. Era como si millones de manos gigantescas lo sostuvieran en su lugar, impidiéndole cualquier movimiento, cualquier acción, cualquier intento de rebelión.

 

Estaba atrapado. Completamente atrapado.

 

Y frente a él, Luna ni siquiera parecía darse cuenta de su esfuerzo o su rabia.

 

Con esa misma expresión de aburrimiento infinito, con esa cara inocente, infantil y al mismo tiempo terriblemente sarcástica, ella miró las hojas que tenía ante sí. Su voz sonó suave, clara, resonando en todo el salón como una sentencia ligera y sin importancia:

 

—Es una lástima... —dijo, inclinando un poco la cabeza, como si realmente lo lamentara, aunque no se le notara en los ojos—. Era una buena historia, ¿sabes? Tenía un comienzo triste, mucha rabia, grandes hazañas... tuvo todo para ser eterna. Pero te empeñaste en estropearla.

 

Despacio, muy despacio, pasó la primera hoja.

 

Era la primera página de todas, el inicio absoluto, el lugar donde comienza cualquier cosa que existe.

 

Allí, escrito con letras grandes y firmes, estaban las palabras que todo lo crean: "En el comienzo de todo..."

 

Luna puso la mano sobre esas palabras. Sus dedos eran pequeños, delgados, casi frágiles. Y con esa misma cara de hastío, de quien hace una tarea aburrida y sin sentido, agarró la frase completa, esas primeras palabras que habían dado origen a todo lo que el Conquistador había vivido, había conquistado y había destruido.

 

Con los dedos pequeños y finos, Luna agarró firmemente las letras que formaban aquellas palabras: “En el comienzo de todo”. Y entonces, empezó a tirar.

 

Literalmente.

 

No pasaba las páginas, no las leía, no las cerraba. Estaba arrancando las palabras mismas de la hoja, como si fueran hilos o pedazos de tela cosidos al papel.

 

Y al principio, ocurrió algo que nadie esperaba.

 

Las letras empezaron a resistirse.

 

Se tensaron, se pusieron rígidas, brillaron con una luz tenue y temblorosa, como si cada trazo, cada signo, cada parte de lo que estaba escrito tuviera vida propia y luchara desesperadamente por no ser arrancado de su lugar. La historia entera se rebelaba. Todo lo que había sido creado, todo lo que había ocurrido, todo lo que tenía sentido, se aferraba a la página con todas sus fuerzas, gritando en silencio, negándose a desaparecer.

 

Era como ver a una criatura viva tratando de no ser destruida.

 

Pero para Luna, esa resistencia no fue más que una pequeña molestia, algo insignificante. Levantó apenas una ceja, con esa cara de aburrimiento que no se le iba, y apretó un poco más la mano, tirando con más fuerza, igual que una niña que sostiene un juguete que se le quiere escapar o que regaña a un niño pequeño que no quiere obedecer.

 

—No te resistas... —murmuró con esa voz dulce y fría a la vez—. Ya terminó tu tiempo.

 

Y con un movimiento seco y firme, arrancó las palabras de raíz.

 

En ese instante, todo cambió.

 

En cuanto aquellas letras salieron de la hoja, el resto del libro comenzó a deshacerse solo.

 

Las páginas empezaron a pasar con una velocidad vertiginosa, una tras otra, agitadas por un viento que no se sentía, pasando desde el principio hasta el final del tomo en fracciones de segundo. Y en cada una de esas hojas, donde antes había historias, batallas, nombres, planetas y destinos, las palabras se borraban una tras otra, desvaneciéndose de izquierda a derecha, de arriba abajo, como si tinta y el papel se consumieran a sí mismos, dejando solo espacios vacíos, blancos, sin rastro de nada.

 

El Conquistador lo miraba, atónito, con los ojos desorbitados, incapaz de apartar la vista.

 

Y entonces, comenzó a verlo.

 

No solo lo veía en el libro. Lo veía en su propia mente, en sus ojos, en cada parte de su ser.

 

Como si proyectaran una película infinita dentro de su cabeza, pasó ante él todo.

 

Vio el comienzo de su universo: la formación de las primeras estrellas, los primeros planetas, la vida despertando. Vio su propio nacimiento, la miseria en la que creció, la pérdida de su familia, el dolor que lo convirtió en lo que era. Vio las prisiones, la rabia, el primer levantamiento, las batallas, las conquistas, la caída de los dioses, la construcción de su imperio inmenso, las flotas, las ciudades flotantes, todo lo que había creado, todo lo que había destruido, todo lo que había sido su vida durante mil años.

 

Todo pasaba frente a él, rápido, demasiado rápido, pero lo veía todo con una claridad dolorosa.

 

Y mientras lo veía, todo desaparecía.

 

Los planetas se desvanecían convirtiéndose en letras flotantes en el vacío. Las galaxias enteras se transformaban en ríos de tinta negra que se deshacían en el aire. Sus naves, sus ejércitos, sus palacios, todo aquello que había considerado eterno y absoluto, se convertía primero en palabras, luego en manchas oscuras, y finalmente en nada. En vacío absoluto.

 

Y al mismo ritmo que desaparecía el universo, desaparecían sus recuerdos.

 

Lo que había construido, lo que había ganado, lo que había sentido, lo que había conquistado... todo se borraba de su mente al mismo tiempo que dejaba de existir. Sentía cómo su propia historia se escapaba de su cabeza, cómo olvidaba quién era, por qué luchaba, qué quería, qué había sido.

 

Y junto con sus recuerdos, su propio cuerpo empezó a desvanecerse.

 

Sus manos, que antes sostenían el poder de soles enteros, comenzaron a volverse transparentes, etéreas, deshaciéndose en pequeñas partículas de luz y tinta que se perdían en la nada. Sus brazos, su pecho, sus piernas, todo lo que lo formaba se desintegraba lentamente, igual que las páginas del libro, igual que las palabras que Luna había arrancado al principio.

 

Quería gritar, quería pedir, quería entender, pero ya no tenía voz, ni cuerpo, ni mente suficiente para saber qué estaba pasando. Solo quedaba esa sensación: ver cómo todo lo que eras, todo lo que fuiste y todo lo que soñaste ser, se desvanecía para siempre, solo porque a alguien le había parecido aburrido el final de tu historia.

 

Ya casi no quedaba nada de él. Su cuerpo, su fuerza, su nombre, todo se había deshecho en partículas que se perdían en el vacío blanco que antes era su universo. Solo quedaba una pequeña parte de su rostro, flotando en la nada, y un solo ojo, abierto de par en par, fijo en la figura de la niña que seguía sentada tras la mesa.

 

En ese último instante, cuando ya no había dolor ni rabia, solo una conciencia que se apagaba, surgió el recuerdo que había enterrado durante mil años, el que siempre había intentado borrar de su mente: el momento en que había vencido al dios supremo de su propio universo, el ser más antiguo y poderoso que existía, aquel que había gobernado todo antes de que él llegara.

 

Lo vio de nuevo, caído a sus pies, herido, derrotado, pero con una sonrisa extraña y triste en los labios. Y escuchó de nuevo, con una claridad aterradora, las palabras que en su momento había tomado como delirio de un vencido:

 

"Tu ambición será tu perdición... Mientras más tengas, mucho más querrás tener. Ese vacío que sientes, esa necesidad de conquistar siempre algo más, te llevará a caminos que no debes recorrer. Te llevará justo donde no tienes que ir... al frente de aquello que todos nosotros, dioses y creadores, tememos con toda nuestra existencia. Si llegas a cruzar esa línea... esa regla sagrada que ella jamás permite romper... entonces sabrás que tu historia termina aquí. Porque para ella, todo lo que se atreve a cruzar el límite... no merece ser recordado."

 

Y ahora, en ese último segundo de conciencia, lo entendió todo.

 

Entendió que su conquista infinita, su necesidad de ser el dueño de todo, su soberbia al creerse por encima de cualquier ley, lo habían traído exactamente a ese lugar prohibido. Había cruzado la línea. Había intentado salir de su propia historia para apoderarse de todas las demás. Y eso... eso había sido su sentencia definitiva. No había juicio, ni perdón, ni segundas oportunidades. Solo el fin.

 

Con ese último destello de comprensión, su ojo, lo único que le quedaba, se clavó en Luna.

 

Y fue entonces, justo antes de que todo se apagara, que ella lo miró.

 

Desde que había llegado a este lugar, ella nunca le había prestado atención real. Lo había ignorado, lo había mirado con aburrimiento, con indiferencia... pero ahora, sí lo miraba.

 

Sus ojos oscuros se encontraron con los de él. Y en su rostro ya no había hastío, ni aburrimiento, ni indiferencia.

 

Había satisfacción.

 

Una satisfacción fría, absoluta, aterradora. Ella veía su desesperación, su miedo, su comprensión tardía, veía cómo todo lo que había construido durante mil años se desvanecía en la nada, veía cómo él mismo dejaba de existir... y le gustaba. Era exactamente lo que esperaba. Era el final que merecía quien se atrevía a desafiar las reglas de la existencia.

 

El ojo del Conquistador se llenó de lágrimas invisibles, no de tristeza, sino de la desesperación más grande que cualquier ser podía sentir: saber que todo lo que fuiste, todo lo que hiciste, todo lo que sufriste, no significó nada, y será borrado como si nunca hubiera existido.

 

Y entonces, ese ojo también se desvaneció.

 

Todo se volvió negro. Un vacío total, silencioso, infinito. No quedaba nada de él, ni de su imperio, ni de sus dioses derrotados, ni de sus historias. Nada.

 

Y en esa oscuridad absoluta, antes de que su última chispa de conciencia se apagara para siempre, escuchó su voz, clara, tranquila, definitiva, resonando en lo que quedaba de su mente, la voz de aquella niña que había decidido borrarlo, y lo que dijo fue suficiente para quebrarse:

 

—Bien... comencemos de nuevo.

Thoughts

  • TintaYMadrugada

    El dios vencido sonriendo a sus pies fue la pieza que me faltaba. Mil años cargando esa advertencia como delirio de un perdedor, y la vuelve a oír cuando ya es solo un ojo flotando en lo blanco. Y el Viejo hablándote a ti, que mirabas desde lejos, te mete en la biblioteca con ellos: de golpe el que está en el estante eres tú. Apuesto a que ese dios también se asomó a ese lugar alguna vez, y por eso sonreía así.

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  • Ovid

    Luna arrancando las letras de la primera página como si fueran hilos cosidos al papel me hizo pensar en los cuentos viejos donde un dios deshace el mundo cuando se cansa de él, solo que aquí la que decide es una niña. Apuesto a que el Conquistador no será el último en cruzar ese anillo. Da gusto volver a esa biblioteca :)

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  • CapituloTrasCapitulo

    Que Luna lo reinicie en vez de dejarlo en blanco me hace apostar a que la parte 3 arranca con un pibe en la miseria, sin memoria, y que el Viejo lo reconoce de entrada. Mirá si pasa eso.

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