Mare, leí esto en la cama a las dos y lo del brazo que se mueve debajo del pie me dejó sin ganas de bajar los pies al piso.
Mundo 6: donde lo eterno se hizo presente
Lo primero que sentiste fue el dolor en la cabeza.
En series
In groups
Pensamiento
Mare, leí esto en la cama a las dos y lo del brazo que se mueve debajo del pie me dejó sin ganas de bajar los pies al piso.
Contenido de la publicación
Lo primero que sentiste fue el dolor en la cabeza.
Un dolor sordo y pesado que te hizo abrir los ojos lentamente mientras todo el mundo parecía estar al revés.
Porque literalmente lo estaba.
Parpadeaste varias veces, confundido, intentando entender qué ocurría… hasta que sentiste la presión en tus tobillos.
Estabas colgando.
Suspendido boca abajo desde el techo de la Biblioteca por una gruesa cuerda oscura que te sujetaba firmemente de ambas piernas. Balanceándote apenas, lentamente, como un péndulo olvidado en medio del silencio infinito.
O al menos… casi silencio.
Debajo de ti se escuchaba algo.
Un sonido constante.
Rasgar.
Crujir.
Páginas moviéndose.
Letras vibrando.
Y una voz infantil tarareando suavemente una melodía completamente fuera de lugar, alegre, casi ridícula, que contrastaba de forma enfermiza con lo que sucedía a su alrededor.
Giraste un poco el cuerpo, como pudiste, intentando mirar hacia abajo.
Y ahí estaba ella.
Luna caminaba tranquilamente sobre un gigantesco tomo abierto que ocupaba buena parte del suelo entre los estantes infinitos de la Biblioteca. Era tan enorme que parecía más una plaza hecha de papel que un libro real. Las páginas se extendían metros y metros hacia ambos lados, cubiertas por incontables líneas de escritura negra que se movían lentamente, retorciéndose, como si estuvieran vivas y trataran de huir del tacto de sus pies.
Las letras vibraban.
Se arrastraban.
Susurraban.
Algunas incluso parecían intentar reorganizarse solas antes de ser aplastadas nuevamente por el zapato negro de Luna.
Ella caminaba entre los párrafos con las manos detrás de la espalda, observando cada línea con esa mirada crítica y aburrida de alguien que revisa la mercancía podrida en un mercado. A veces se inclinaba un poco, otras fruncían el ceño con desdén, otras simplemente soltaban una risita corta y seca, como si acabara de ver el chiste más malo del mundo.
Entonces, sin detenerse demasiado, apoyó todo su peso sobre una línea completa de texto.
Y las palabras comenzaron a cambiar.
Las letras se retorcieron bajo su suela como insectos aplastados, deformándose lentamente, gritando en silencio, hasta convertirse en frases totalmente distintas. El párrafo entero cambió de sentido frente a tus ojos, reescribiéndose a la fuerza.
Donde antes había una oración… ahora había otra.
Distinta.
Nueva.
Como si siempre hubiera sido así.
Sentiste un escalofrío que te recorrió la espalda entera.
A su lado corrían dos pequeños tomos oscuros, apenas del tamaño de gatos domésticos. Ambos tenían pequeños ojos dibujados en sus portadas y se movían apresurados detrás de Luna, tropezando entre las palabras, ayudándola como asistentes nerviosos y sumisos.
—Uf… qué desastre de redacción, de verdad —murmuró Luna, arrastrando la palabra con un aburrimiento exagerado, mientras pasaba el dedo índice por encima de una frase que temblaba visiblemente—. ¿Quién habrá escrito esto, ¿eh? Es todo tan… predecible. Tan aburrido. Tan… insípido.
Se detuvo y tiró de una palabra concreta.
La palabra se resistió.
Literalmente.
Las letras vibraron violentamente, chispeando, intentando volver a pegarse al texto original como si su vida dependiera de ello. Se podían ver los pequeños trazos agitándose, tratando de aferrarse a la hoja.
—Ay, no seas dramático… es solo un cambio —dijo Luna con una voz dulce y burlona, como si estuviera hablando con un niño llorón—. Deja de hacer ese ruido tan molesto, que me duele a mí más que a ti.
Hizo una seña con la mano. Los dos pequeños tomos se lanzaron inmediatamente sobre la palabra rebelde y comenzaron a tirar de ella junto con Luna, mordiendo y jalando, hasta arrancarla completamente del párrafo.
El sonido que produjo fue horrible.
Como carne desgarrándose.
Las letras chillaron, agudas y desesperadas, antes de deshacerse convertidas en ceniza negra que flotó en el aire un instante.
—¡Vaya! —exclamó ella, soltando una carcajada corta y fría—. Qué reacción tan exagerada por algo tan pequeño. Casi parecía que eso importaba de verdad, ¿verdad? —miró a sus pequeños ayudantes, que maullaron en respuesta—. Patético. Pero mucho mejor ahora, ¿no creen? Al menos así la trama avanza un poquito más rápido.
Continuó caminando, pisoteando sin cuidado párrafos enteros que se doblaban bajo sus pasos.
Unos pasos más adelante se detuvieron frente a una página completa. La observó unos segundos en silencio, ladeando la cabeza, con una sonrisita malvada jugando en sus labios… y luego simplemente la agarró desde una esquina con dos dedos, como si fuera una hoja de cuaderno arrugada.
La hoja tembló violentamente.
El libro entero vibró bajo tus pies, retorciéndose.
Las letras comenzaron a moverse desesperadas por toda la superficie, subiendo y bajando, tratando de escapar hacia los márgenes, como hormigas asustadas. Podías ver cómo formaban y deshacían palabras de súplica que se borraban al instante.
—Mmm… sí, sí… definitivamente sobra —decidió Luna, con esa calma que daba miedo—. Demasiado relleno. ¿Para qué tantos detalles? ¿Para qué tantos personajes secundarios que no van a aportar nada? Vamos a limpiar un poco todo esto…
Tiró.
La página apenas cedió, resistiéndose con una fuerza invisible. Luna puso los ojos en blanco, visiblemente molesta por la lentitud.
—En serio… la falta de colaboración de algunos es increíble —se quejó.
Los dos pequeños tomos se apresuraron a trepar por la hoja, empujando y jalando con todas sus fuerzas, mordiendo el borde del papel, hasta que finalmente—
CRRRRRAAK.
La hoja salió arrancada de cuajo.
El sonido resonó por toda la Biblioteca, profundo y estruendoso.
Durante un instante, los estantes infinitos parecieron estremecerse, como si todo el edificio hubiera sufrido un golpe.
Las letras de la página arrancada se dispersaron en el aire como polvo oscuro, gritando y desvaneciéndose, desapareciendo completamente de la existencia.
Y fue justo ahí, entre la nube de tinta que se desvanecía, cuando Luna levantó la vista hacia ti.
—Oh —dijo con total tranquilidad, como si te hubiera encontrado sentado en un parque y no colgado boca abajo del techo—. Ya despertaste. Qué puntualidad, ¿eh? Justo en el momento más interesante.
Te miró unos segundos, divertida ante tu expresión de confusión y miedo, mientras todavía balanceabas allá arriba, indefenso.
—Perdona por tenerte así, tan… expuesto —añadió casualmente mientras volvía a caminar sobre las páginas, pisando sobre lo que parecían ser diálogos enteros de gente que ya no existía—. Pero créeme, si supieras exactamente lo que estoy corrigiendo aquí abajo… probablemente intentarías ser el héroe y tratarías de detenerme. Y eso, mi querido amigo… sería muy, muy molesto.
Pisó otra línea de texto con la punta del zapato, haciendo un gesto pensativo. Las palabras cambiaron inmediatamente bajo su peso, reescribiendo el destino de lo que fuera que estuviera escrito allí.
—Y odio que me interrumpan mientras trabajo —continuó con calma, tarareando de nuevo—. Es como cuando estás leyendo un libro y alguien te pregunta de qué va… arruina toda la magia.
Uno de los pequeños tomos le entregó algo parecido a una coma flotante arrancada de un diálogo. Luna la observó unos segundos, la giró entre sus dedos con desinterés, y luego la lanzó lejos, lejos, hacia la oscuridad de los estantes, donde cayó perdiéndose en la nada.
—Demasiada puntuación también. Hace todo más lento —comentó con una risita burlona—. El caso es… hay algunas cosas en este… libro… que simplemente no me gustaron. El desarrollo, el tono, los giros de la trama… todo un poco predecible, ¿sabes? Así que decidí hacer pequeños cambios.
Arrancó una frase completa con la mano, tirando fuerte y disfrutando de la resistencia. La frase chilló agudamente antes de deshacerse.
—Nada demasiado grande, te lo prometo —dijo encogiéndose de hombros, con una falsa inocencia que te heló la sangre—. Solo… ajustes. Recortes. Cambios de escenario. A veces un autor se equivoca, ¿no? A veces se le va la mano con lo que escribe y hay que volver a dejar todo interesante.
Se detuvo frente a otro párrafo y lo observó pensativa, inclinándose hasta casi tocar las letras con la nariz.
—A veces los personajes son demasiado buenos. O demasiado estúpidos. O demasiado felices —murmuró mientras comenzaba a borrar lentamente una línea usando apenas la punta del dedo, borrando trazo a trazo, viendo cómo la historia se deshacía bajo su piel como tinta mojada—. Algunas escenas son aburridas. Otras van demasiado lento. Otras simplemente… no llegan a nada interesante. ¿Y para qué sirve una historia sin conflicto, sin dolor, sin sorpresas? Sería como comer pan sin sal. Aburrido. Insípido. Inservible.
—Así que las cambio —concluyó, sonriendo para sí misma.
Te miró nuevamente desde abajo, con esa mirada fija, brillante y peligrosa.
—Es gracioso, ¿sabes? —dijo, y esa sonrisa se ensanchó un poco más, revelando esos dientes pequeños y afilados—. Lo más curioso de todo este asunto… es que nadie se da cuenta.
Uno de los pequeños tomos soltó un pequeño ruido extraño, como si estuviera riéndose también, y Luna asintió con la cabeza, complacida.
—Los personajes… bueno, los protagonistas, digamos… siguen viviendo normalmente, creyendo que todo siempre fue así —explicó divertida, paseando su mirada por las interminables hojas a sus pies—. No notan cuando una frase desaparece. No notan cuando un recuerdo cambia de lugar o se borra. No notan cuando alguien importante deja de existir de repente, o cuando el final que esperaban se transforma en algo totalmente distinto.
Se inclinó un poco y arrancó una palabra específica de un diálogo, una palabra que brillaba más que las demás.
—Y eso es lo mejor de todo —susurró Luna con diversión genuina, levantando la palabra entre dos dedos, viendo cómo se retorcía y lloraba en silencio—. Ver cómo reaccionan. Ver hacia dónde se dirige la trama cuando mueves pequeñas cosas. Ver cómo todo cambia, simplemente porque a mí… se me antojó.
Observó la palabra un instante más, disfrutando de su agonía.
—O cuando arrancas algunas un poco más grandes.
Y apretó el puño, aplastando la palabra hasta convertirla en polvo.
—Al final… todo es tinta, papel y ganas de entretenerse, ¿no? —dijo mirándote fijamente, con esa sonrisa que te decía que tú también podrías ser borrado en cualquier momento—. Y yo… soy la lectora más exigente que existe.
Las letras seguían moviéndose incluso después de que Luna terminara.
No se quedaron quietas ni un instante. Se retorcían sobre sí mismas, se alzaban del papel como pequeñas serpientes de tinta oscura, tratando desesperadamente de volver a su forma original, de ocupar el lugar que habían dejado vacío, de reconstruir las frases que habían sido arrancadas o deformadas. El gigantesco tomo temblaba bajo sus pies, un movimiento profundo y constante, como el de un animal herido que se niega a dejarse vencer, o un edificio entero que está siendo sacudido por un terremoto invisible.
Algunas líneas enteras se reescribían solas a una velocidad vertiginosa, intentando contradecir los cambios impuestos, luchando por mantener la historia tal como había sido escrita desde el principio… pero cada vez que lo hacían, las nuevas palabras, aquellas que Luna había decidido, aparecían con más fuerza, más oscuras, más pesadas, aplastando a las antiguas hasta borrarlas por completo. Era una guerra silenciosa entre lo que fue y lo que ella había decidido que sería.
Luna observó aquello durante unos segundos, con la cabeza ladeada y una expresión de puro aburrimiento pintada en su rostro. Miraba cómo el texto se revolvía bajo sus pies como quien ve a una mosca chocando una y otra vez contra un cristal.
—Sí, sí, ya terminé… deja de quejarte —murmuró con fastidio, arrastrando las palabras, como si estuviera perdiendo el tiempo—. Ya está decidido. Ya está escrito. Seguir moviéndote no va a cambiar nada, solo me pones de mal humor.
Levantó un pie y lo dejó caer con fuerza sobre una de las líneas que más se agitaba, justo donde las letras intentaban formar una palabra que ella había borrado hacía unos minutos.
PUM.
El libro entero vibró con un estremecimiento que recorrió cada página hasta los bordes más lejanos. Las letras bajo su suela se deshicieron al instante, desvaneciéndose como humo, y todo el gigantesco texto quedó en silencio de golpe. Ningún trazo se movió. Ninguna palabra se rebeló. Todo se quedó quieto, rígido, aceptando su nueva forma.
Luna soltó un suspiro largo, pesado, de alivio mezclado con cansancio, y se inclinó hacia adelante. Se agachó sobre la inmensa superficie de papel, agarró el borde de la gigantesca tapa del tomo con ambas manos, hundiendo sus dedos en el cartón grueso y oscuro que parecía hecho de piedra. Miró hacia arriba, hacia donde tú seguías colgado, balanceándote lentamente, y puso una mueca dramática.
—Ahora viene la peor parte… —gruñó, como si le estuvieran pidiendo cargar el peso del mundo entero—. Cerrar siempre es lo más pesado. Todo el mundo quiere estar abierto, todo el mundo quiere mostrarse… pero nadie quiere ser guardado. Muy egoístas, todos ustedes.
Empezó a empujar.
La tapa apenas se movió.
El sonido que produjo fue profundo, grave, un crujido que vibró en el aire, como si dos montañas gigantescas estuvieran rozándose entre sí, o como si la propia tierra se estuviera partiendo en dos. Era un ruido antiguo, pesado, que hacía doler los oídos solo de escucharlo.
CRRRRRK…
Los dos pequeños tomos, que hasta ese momento estaban sentados muy quietos observando, se apresuraron inmediatamente a ayudarla. Corrieron torpemente por la superficie de las páginas, tropezando con párrafos enteros, hasta llegar al borde mismo del libro. Se pusieron de pie sobre sus lomos, empujando con todas sus fuerzas contra la tapa gigante, usando sus pequeños cuerpos cuadrados como palancas. Uno de ellos incluso abrió su portada y la cerró de golpe repetidamente, soltando un chillido agudo y extraño de puro esfuerzo, como si con sus gritos pudiera ganar fuerza.
La tapa descendió apenas unos centímetros, dejando escapar por la rendija un aire caliente y denso, cargado de olor a tinta vieja y a polvo.
Luna apretó los dientes, sus mejillas se sonrojaron un poco por el esfuerzo, y sus ojos oscuros brillaron con una mezcla de molestia y determinación.
—¡Vamos ya…! —refunfuñó, hablándole directamente al libro como si fuera una persona terca—. ¡No seas dramático conmigo! Solo cambié unas pocas cosas… ¿Cuatro o cinco detalles? ¿Un par de destinos? ¿Un par de verdades? Nada que no pudieras soportar, vamos. Deja de resistirte.
El tomo vibró otra vez con más fuerza, sacudiendo todo el suelo de la biblioteca. Por un instante, justo por el hueco que se había formado, miles de letras escaparon hacia afuera, flotando en el aire como insectos negros y frenéticos, como almas que intentaban huir antes de ser encerradas para siempre. Daban vueltas alrededor de la cabeza de Luna, rozando su piel, gritando en ese lenguaje mudo que solo ella entendía… hasta que una tras otra fue absorbidas violentamente de nuevo hacia el interior, arrastradas por la fuerza de su propia historia.
—A veces se ponen así de molestos… —se quejó Luna, sacudiendo la mano como si se hubiera manchado—. Les cambias un par de detalles pequeños, les quitas lo que sobra, les mueves el final un poquito… y actúan como si el mundo fuera a acabarse. Como si todo lo que eran antes fuera lo único válido. Qué falta de imaginación, de verdad.
Te miró brevemente desde abajo, con el cabello cayéndole sobre los hombros, mientras seguía empujando con todas sus fuerzas.
—Aunque supongo que, técnicamente… —añadió, bajando la voz con un tono pensativo y divertido, casi cariñoso— …para algunos sí se acabó.
Y sonrió apenas. Una sonrisa pequeña, tranquila, que no llegó a sus ojos.
Los pequeños tomos soltaron un chillido más fuerte todavía, empujando con desesperación, ayudando a su dueña a imponer su voluntad.
CRAAAAK.
Finalmente, la tapa comenzó a ceder de verdad, deslizándose lentamente hacia abajo, cubriendo las páginas poco a poco, borrando de tu vista todo ese universo de palabras vivas.
A medida que se cerraba, podías percibir lo que había dentro. Podías jurar que escuchabas sonidos. Miles de sonidos mezclados en un ruido de fondo constante y aterrador. Voces. Miles y miles de voces. Algunas gritando nombres que no conocías. Otras llorando, suplicando, llamando a cosas que ya no existían. Otras simplemente desapareciendo a mitad de una palabra, cortadas en seco, silenciadas para siempre.
Pero Luna no les prestó ninguna atención. Ni siquiera parpadeó. Para ella, esos sonidos eran solo el ruido del papel rozando.
—A veces tengo que cambiar ciertas historias para que sean más interesantes —dijo tranquilamente, como si te estuviera explicando algo muy obvio mientras seguía empujando—. Si no lo hago, si dejo que todo siga su curso… muchas se vuelven aburridas. Predecibles. Planas. Todo felicidad, todo orden, todo lo que se espera que pase. Sin sorpresas. Sin dolor. Sin nada que valga la pena leer.
Empujó con más fuerza, apoyando todo el peso de su cuerpo contra la tapa.
—Y las historias aburridas tienen un sabor horrible —aseguró, arrugando la nariz con asco solo de pensarlo—. Seco. Insípido. Como comer pan viejo sin nada. Una pérdida de espacio en los estantes.
CRRRRK.
La tapa descendió otro poco, dejando solo una pequeña rendija abierta.
—Pero cuando una historia cambia de dirección… —continuó Luna, y su voz adquirió un tono suave, casi melancólico, pero cargado de esa satisfacción que te helaba la sangre—. Cuando alguien pierde algo importante. Cuando una tragedia aparece de repente donde todo iba bien. Cuando un destino entero se rompe, simplemente porque una sola palabra fue cambiada…
Cerró un ojo, disfrutando la imagen.
—Ah… eso sí sabe bien. Dulce. Intenso. Lleno de matices.
Los dos pequeños tomos asintieron rápidamente con sus cuerpos, abriendo y cerrando sus tapas como si aplaudieran, entendiendo perfectamente a qué se refería ella. Sabían muy bien de qué sabor hablaba.
—Además, es divertido ver cómo reaccionan —añadió mientras forcejeaba con el último tramo—. Algunos personajes son fuertes: se adaptan, siguen adelante, construyen cosas nuevas sobre los escombros que yo dejo. Otros… se destruyen completamente, y eso también es hermoso de ver. Y otros, los más listos… sienten. Sienten que algo cambió. Creen que hubo un error, que olvidan algo, que el mundo ya no es el mismo que era antes… aunque jamás logran entender qué fue lo que faltó. Ni quién lo quitó.
El libro volvió a resistirse con violencia, deteniéndose en seco. La tapa no se movía más, atascada en el último tramo.
Luna soltó un gruñido de pura molestia, dejando caer los brazos a los costados.
—Ay, no empieces otra vez conmigo… ya es demasiado tarde para arrepentimientos.
Levantó una mano y le dio un golpe seco a la tapa con la palma abierta. Un golpe que sonó como un trueno.
BOOM.
El tomo entero tembló violentamente desde su base hasta su lomo. El polvo de siglos se levantó en nubes espesas. Los pequeños libros dieron un pequeño salto hacia atrás del susto.
Luna se inclinó un poco más, apoyando la mano sobre la superficie cerrada, y su voz cambió. Ya no se quejaba. Ya no bromeaba. Su tono se volvió bajo, claro, absoluto.
—Escucha bien esto, tú que crees que puedes decidir —dijo, golpeando la portada nuevamente con cada palabra—. Podrán escribirse solos. Podrán tomar decisiones. Podrán amar, luchar, odiar y creer que son libres. Podrán jurar que su destino está en sus manos…
Sus ojos oscuros brillaron apenas, reflejando la luz de la biblioteca infinita.
—Pero ninguno de ustedes es su propio creador. Ninguno decide el principio. Ninguno decide el final.
Hizo una pausa, disfrutando del silencio que ella misma había provocado.
—Yo soy quien decide cuál es la edición final.
El gigantesco tomo dejó de moverse. La resistencia desapareció al instante, aplastada por la certeza de sus palabras.
Lentamente… como si se hubiera rendido por completo, la tapa comenzó a cerrarse otra vez, deslizándose suavemente, sin ruido, sin queja.
CRAAAAAAAAK.
Finalmente, el enorme libro se cerró por completo.
El sonido retumbó por toda la Biblioteca infinita, un golpe seco y definitivo que hizo vibrar los suelos y las paredes. Los estantes interminables se estremecieron en toda su longitud. Miles de libros pequeños, perdidos en la oscuridad a lo lejos, se sacudieron suavemente en sus lugares, como si hubieran sentido el peso de esa autoridad.
Y luego…
Silencio.
Un silencio absoluto, profundo, donde ya no quedaba ni un solo susurro de letras, ni un solo quejido de voces. Todo estaba guardado. Todo estaba decidido. Todo era verdad.
Luna se quedó quieta unos segundos, de pie, mirando la portada cerrada que ahora ocupaba todo el suelo bajo ella.
Después, sin decir nada más, simplemente se dejó caer hacia atrás, dejando todo su peso irse, y cayó suavemente encima del gigantesco lomo del tomo. Se estiró sobre él como si fuera la cama más cómoda del mundo, soltando un suspiro largo, agotado pero satisfecho.
—Aaah… por fin… terminé… —murmuró con los ojos cerrados, respirando hondo—. Qué trabajo tan pesado.
Los dos pequeños tomos se dejaron caer también a su lado, desparramados sobre la tapa dura, exhaustos, con las páginas sueltas y los dibujos de sus ojos un poco borrosos por el esfuerzo. Uno de ellos incluso temblaba ligeramente, sin fuerzas para moverse más.
Luna apoyó ambos brazos detrás de su cabeza mientras permanecía acostada boca arriba, mirando hacia la oscuridad infinita del techo de la Biblioteca, donde miles de luces pequeñas brillaban como estrellas de tinta.
—En serio… —se quejó de nuevo, frunciendo el ceño como si fuera la persona más desdichada del mundo—. Es agotador ser la única creativa, la única con buen gusto y la única que trabaja de verdad en este lugar. Si no fuera por mí, todo seguiría igual desde hace siglos.
Uno de los pequeños tomos soltó un pequeño ruido quejumbroso, como si se hubiera ofendido por su comentario.
Luna giró apenas la cabeza hacia él, abriendo un ojo para mirarlo con burla.
—¿Vas a discutirme tú? —le dijo, señalándolo con un dedo—. Tú una vez escribiste siete capítulos enteros sobre un hombre que solo cultivaba zanahorias. Detalle por detalle. Desde que las sembró hasta que las comió. Siete capítulos. ¿Quién quiere leer eso?
El pequeño tomo guardó silencio inmediatamente, inclinando su tapa hacia abajo, avergonzado.
Luna miró al otro, que intentaba hacerse el distraído.
—Y el otro —continuó, señalándolo a él también—, tú escribiste un romance de ochocientas páginas donde absolutamente nada pasaba. Se miraban, se sonreían, caminaban por un jardín, se volvían a mirar… y en ochocientas páginas no se dieron ni un beso, ni se pelearon, ni pasó nada interesante. Ochocientas páginas de nada.
Ese tomo también bajó la tapa lentamente, escondiendo sus ojos dibujados.
Luna soltó otro largo suspiro y volvió a mirar hacia arriba, cerrando los ojos de nuevo.
—De verdad… —murmuró entre dientes, sonriendo con pereza— …si no fuera por mí, esta Biblioteca estaría llena de basura aburrida. Y eso… sería una verdadera lástima.
El gran tomo se elevó lentamente.
Sus páginas inmensas se movían por sí solas, doblándose y agitándose como alas gigantescas hechas de papel antiguo, grueso y amarillento, mientras ascendía entre los interminables estantes de la Biblioteca. Podías ver cómo las hojas se abrían y cerraban suavemente al subir, revelando por un segundo líneas de texto que brillaban con luz propia antes de volver a ocultarse. A su alrededor, flotaban pequeños fragmentos arrancados, líneas incompletas, palabras sueltas y letras desordenadas que se deshacían en el aire como ceniza caliente, disolviéndose en chispas oscuras antes de desaparecer para siempre en la inmensidad.
Luna observó cómo aquel universo se alejaba hacia las alturas infinitas de la Biblioteca con una sonrisa satisfecha.
Realmente satisfecha.
Estaba tan contenta que incluso movía suavemente las piernas colgándolas al vacío, mientras permanecía sentada sobre una montaña de libros caídos, lomos rotos y tomos viejos apilados, claramente orgullosa del trabajo que acababa de terminar.
—Ahora solo queda esperar —dijo con una pequeña risa divertida y cantarina, mientras apoyaba la mejilla en una mano, recostada cómodamente sobre el montón de papeles—. Veamos cuánto tarda todo en volverse un desastre absoluto. Cuanto más tarde, más interesante será el resultado final, ¿no crees?
Sus ojos oscuros brillaron con una emoción genuina, brillantes y profundos como pozos de tinta.
—Aunque sinceramente… creo que esta vez hice cambios muy interesantes. Quité algunas cosas, moví otras… creo que ahora todo tiene mucho más potencial para salir mal de formas maravillosas.
Le dio un pequeño golpecito cariñoso al lomo del tomo gigante, que seguía elevándose majestuosamente hasta perderse entre la oscuridad infinita de los pisos superiores, mezclándose con la sombra.
Luego, de golpe, volvió a mirarte, como si acabara de recordar que estabas ahí parado mirándola.
—Pero bueno, dejemos eso por ahora —continuó, levantándose de un salto ágil y ligero de entre los libros derrumbados, sacudiéndose el polvo antiguo de su ropa con indiferencia—. Hoy quiero mostrarte otro mundo. Uno que guardo aquí arriba, en una de mis estanterías favoritas.
Se detuvo un segundo, levantó un dedo índice y corrigió con tono pensativo:
—O más bien… un planeta. Sí, eso es. Un planeta muy especial.
Sonrió.
Y esa sonrisa tenía algo distinto esta vez.
No era burla.
No era crueldad.
No era esa expresión juguetona y malvada que ponía siempre antes de hacer algo horrible o destructivo.
No.
Era entusiasmo puro. Una sonrisa brillante, casi infantil, llena de admiración y gusto.
—Sinceramente, este lugar me encanta —admitió con total naturalidad, caminando hacia ti mientras el suelo crujía bajo sus pies por la cantidad de páginas y cubiertas rotas que cubrían el piso—. Tiene una de mis historias favoritas. De las que más he leído y releído. De las que nunca me canso.
Se inclinó un poco hacia adelante, acercando su rostro al tuyo, mirándote fijamente a los ojos, como si te fuera a contar un gran secreto.
—Pero no te daré spoilers —susurró con diversión, poniendo cara de complicidad—. Lo mejor de una historia es verla desarrollarse por ti mismo. Sentirla en carne propia. Tienes que verlo para entender por qué es tan bueno.
Chasqueó los dedos.
Y la Biblioteca desapareció.
No hubo luz.
No hubo transición.
Ni siquiera sensación de movimiento o de caída.
No sentiste que te transportaban. Simplemente, todo lo que tenías alrededor se desvaneció en la nada en un parpadeo.
Simplemente… el mundo cambió.
El aire se volvió pesado de golpe. Tan denso que costaba respirarlo.
Frío.
Seco.
Cargado de un olor metálico y viejo, como a hierro oxidado y polvo acumulado por milenios.
Y cuando parpadeaste nuevamente, recuperando la visión, ya no estabas en la Biblioteca infinita.
Estabas en otro lugar.
Un mundo muerto.
Ante tus ojos se extendía una ciudad inmensa, que parecía no tener fin, una masa gigantesca de estructuras que alguna vez fueron grandiosas y ahora no eran más que ruinas. Edificios inmensos, altos y anchos, se alzaban hacia arriba como dientes rotos: fachadas agrietadas, paredes caídas, pisos enteros derrumbados sobre sí mismos formando montañas de escombros. Las calles eran enormes cicatrices de asfalto partido y piedra rota, cortadas por profundas grietas que recorrían el suelo hasta perderse en la distancia. Estructuras de metal retorcido sobresalían de los escombros como huesos de una bestia gigante muerta hace siglos. Todo estaba cubierto por una capa gruesa, uniforme y grisácea de polvo, ceniza y tierra seca que lo ocultaba todo bajo el mismo color apagado y triste.
El cielo entero estaba oculto tras nubes oscuras, densas y bajas, masas de nubes grises y negras que parecían estar congeladas en el cielo, sin moverse jamás, sin dejar pasar nada de luz exterior. No había sol. No había estrellas. No había luna.
Solo una luz grisácea, débil y enferma, una penumbra eterna que bañaba todo el planeta con ese color de muerte que no cambia nunca.
El viento soplaba lentamente entre las ruinas, un viento lento, lúgubre y constante, que silbaba al pasar por los agujeros de los edificios y levantaba remolinos de polvo y ceniza a cada instante, nubes pequeñas que viajaban por las calles vacías antes de volver a posarse.
No había personas.
No había animales.
No había insectos.
Ni siquiera se escuchaban máquinas funcionando, ni motores, ni agua corriendo, ni hojas moviéndose.
Solo silencio.
Un silencio absoluto, pesado y horrible, que te hacía sentir que estabas bajo el agua o bajo tierra, como si el tiempo mismo se hubiera detenido allí hace millones de años.
Miraste alrededor, intentando entender dónde estabas, avanzando lentamente con pasos cortos y cuidadosos entre los restos destruidos de aquella ciudad olvidada. Cada paso que dabas levantaba una pequeña nube de polvo que se quedaba flotando en el aire quieto.
Pero apenas alcanzaste a dar un paso más…
CRACK.
Algo se quebró bajo tu pie.
El sonido fue seco, nítido, crujiente y terriblemente frágil. Algo duro y hueco, algo que no debía estar ahí, se partió bajo tu peso.
Pero lo peor vino inmediatamente después.
Porque justo al lado del crujido seco…
escuchaste un gemido.
Un sonido débil, arrastrado, quebrado y profundamente miserable, que surgía directamente de debajo de tus pies.
Te detuviste de golpe, rígido como una estatua. Tu corazón dio un salto y se te heló en el pecho.
Miraste hacia abajo, muy despacio, con un mal presentimiento creciendo en tu garganta.
Y lo viste.
Era un brazo.
Un brazo esquelético, largo, completamente seco, de un color amarillento pálido, sucio y manchado de oscuro, que sobresalía inclinado entre el polvo y los cascajos del suelo destruido. La piel, o lo que quedaba de ella, era como pergamino viejo, pegada al hueso, fina y agrietada. Tus pies lo habían pisado justo en el antebrazo, y ahora podías ver cómo los huesos largos del radio y el cúbito estaban rotos en varios puntos, astillados y separados, moviéndose de forma antinatural. Los dedos largos y delgados, negros en las puntas, se retorcían espasmódicamente, abriéndose y cerrándose con movimientos lentos, torpes y dolorosos.
A su lado…
había una cabeza.
Un cráneo humano.
O al menos, algo que alguna vez fue innegablemente humano.
Pedazos de carne negra, seca y podrida seguían colgando en jirones pegados al hueso, balanceándose lentamente con cada soplo del viento, dejando ver el blanco sucio y manchado del cráneo debajo. Parte del cuero cabelludo todavía permanecía adherido a la calavera: mechones de pelo largo, enmarañado, grisáceo y húmedo que colgaban sobre la cuenca vacía de los ojos y la mandíbula. La mandíbula misma estaba entreabierta, caída hacia abajo, sostenida apenas por un resto de tejido duro y oscuro.
Y lo peor de todo…
era que se movía.
El cráneo giró lentamente, arrastrándose sobre el suelo áspero, hacia ti.
No tenía ojos. Solo dos agujeros negros, profundos y vacíos, donde se acumulaba polvo y suciedad.
No tenía lengua. Solo una cavidad oscura y húmeda.
No tenía garganta, ni cuerdas vocales, ni nada que pudiera producir sonido.
No podía hablar. No debía poder hacer ningún ruido.
Pero aun así…
los huesos del cuello rechinaron unos contra otros, rozando con un sonido áspero y espantoso, mientras la mandíbula se movía arriba y abajo, golpeando contra el maxilar superior en un ritmo lento y desesperado. Y de ese movimiento, de ese roce de huesos secos y de ese aire que salía de sus pulmones podridos, se producía un sonido horrible: un ruido seco, arrastrado y quebrado que sonaba, sin ninguna duda, terriblemente parecido a un gemido de dolor, a un llanto ahogado que duraba ya siglos.
Tu cuerpo se tensó por completo, cada músculo se puso rígido, y sentiste cómo un escalofrío helado recorría tu espalda de arriba abajo.
Y entonces, al levantar la vista con el corazón golpeándote en los oídos… te diste cuenta de algo todavía peor.
No era el único.
A tu alrededor…
había decenas. Cientos. Miles.
Cuerpos esparcidos por todas partes entre el polvo, los escombros y las ruinas, cubriendo el suelo hasta donde alcanzaba la vista.
Algunos eran esqueletos completos, cuerpos reducidos solo a sus huesos, limpios en algunas partes, cubiertos de restos secos en otras, que seguían arrastrándose lentamente sobre el suelo usando dedos rotos, muñones desgastados y piernas torcidas que ya no servían para caminar, solo para moverse un poco más, siempre un poco más. Se arrastraban dejando surcos en el polvo, girando sobre sí mismos o intentando acercarse a algo que no existía.
Otros aún conservaban grandes partes de carne oscura, podrida y pegada al hueso, colgando en pliegues sucios y húmedos, dejando rastros oscuros y pegajosos detrás de ellos cada vez que se movían. Se veían los músculos secos, las venas endurecidas, la piel agrietada y negra que los cubría como una armadura de podredumbre.
Algunos parecían recientes. Todavía se distinguían las facciones, la forma de las manos, los vestidos o las ropas rotas que llevaban puestas.
Otros…
otros parecían llevar muertos siglos enteros. Eran casi solo polvo y hueso, figuras retorcidas y frágiles que apenas se sostenían unidas, pero que, aun así, aun así… seguían moviéndose.
Y lo más aterrador de todo: el sonido.
Porque no era solo uno.
De todos y cada uno de esos cuerpos, de todas esas figuras dispersas por la ciudad muerta, se elevaba el mismo sonido. Un coro infinito y desgarrador de quejidos, roces de huesos, crujidos de articulaciones secas y gemidos ahogados. Un sonido constante, bajo y triste que llenaba todo el aire, mezclándose con el viento.
Todos seguían moviéndose.
Todos seguían sufriendo.
Todos seguían vivos… aunque hacía mucho, mucho tiempo, que debían haber muerto.
El sonido se fue haciendo más fuerte a tu alrededor.
No era solo el viento ni el crujido del suelo. Era un coro interminable, una sinfonía de sufrimiento que brotaba de todas partes, ganando volumen a medida que tus ojos se acostumbraban a la penumbra gris y veías la verdadera magnitud de lo que te rodeaba.
Por todos lados, entre las grietas del pavimento, bajo montones de piedras rotas, saliendo de los agujeros oscuros de los edificios derrumbados, ellos empezaron a aparecer.
Poco a poco, como si tu presencia hubiera despertado algo que dormía desde hacía siglos, comenzaron a emerger de entre los escombros.
Algunos salían arrastrándose con una lentitud agonizante. Eran torsos incompletos, cuerpos que habían perdido las piernas o que estas quedaron atrapadas bajo toneladas de ruinas hace eones, pero que aun así seguían queriendo avanzar. Se abrían paso entre el polvo usando solo sus manos, o lo que quedaba de ellas: dedos con las falanges expuestas, cubiertos por jirones de piel oscura y endurecida, que se desgastaban contra el suelo áspero dejando tras de sí marcas húmedas y oscuras. Se retorcían sobre sí mismos, girando la columna vertebral en ángulos imposibles, impulsados por una voluntad que ya no tenía sentido ni propósito, solo dolor.
Más allá, podías ver miembros aislados moviéndose por su cuenta. Unas piernas enteras, separadas del torso que debía haberlas sostenido, caminaban torpemente a la deriva, arrastrando los pies, con la carne seca aún pegada al fémur y a la tibia, avanzando sin cabeza, sin corazón, sin nada más que esa necesidad ciega de seguir en movimiento.
Otros, los que conservaban la estructura completa, empezaron a caminar hacia ti.
Lo hacían despacio, muy despacio. Cada paso era una tortura visible. Levantaban una pierna rígida, con las rodillas rechinando antes de doblarse, y la dejaban caer pesadamente al suelo, mientras todo su cuerpo vibraba con el impacto. En cada paso, en cada movimiento, se escuchaba el mismo sonido: un crujido profundo, húmedo y seco a la vez, que salía de sus articulaciones, de sus vértebras, de cada hueso que rozaba contra otro. Era un sonido que no pertenecía a un cuerpo vivo, pero que tampoco era el sonido de algo muerto: era como un quejido físico, material, el sonido de años y años de sufrimiento comprimido en cada movimiento.
Todos tenían los brazos extendidos hacia ti.
Las manos abiertas, vacías, pidiendo algo que no podían decir. Sus dedos se movían espasmódicamente, intentando alcanzar algo que siempre estaba un poco más allá, como si tú fueras la única puerta, la única salida que hubieran visto en toda su existencia eterna.
Y mientras se acercaban, podías verlos con una claridad que te helaba la sangre.
No eran solo huesos. Ni solo cadáveres. Eran algo entre ambas cosas, una condena hecha forma.
Entre los huesos, todavía quedaba carne. Carne viva, roja oscura, morada, negra en los bordes, que aún se retorcía y palpitaba lentamente, como si tuviera su propio latido, independiente de todo lo demás. Veías los músculos secos pegados a los fémures, los tendones tensos como cuerdas podridas, la piel agrietada que colgaba en pliegues sucios y húmedos, y entre esas grietas, la carne viva que brillaba bajo la luz grisácea, latiendo, latiendo siempre, recordando que aún sentían todo.
Algunos llevaban partes de sus entrañas colgando. Pedazos de intestinos negros y retorcidos que arrastraban por el suelo, atrapados entre las piernas, deshaciéndose poco a poco, pero sin llegar nunca a caer del todo. Restos de pulmones podridos que sobresalían del pecho abierto, todavía hinchándose y deshinchándose en un respiro que no servía para nada, solo para traer más aire a un cuerpo que debía estar inerte. Trozos de hígado, de estómago, tejidos pegajosos y oscuros que colgaban como adornos horribles, balanceándose con cada paso, goteando un líquido espeso y sucio sobre el polvo.
Otros estaban más secos, más cerca de ser solo esqueletos, con la piel pegada al hueso como pergamino viejo, los rostros reducidos a calaveras con la mandíbula siempre abierta en un grito mudo, las cuencas de los ojos vacías pero fijas en ti.
Pero todos, absolutamente todos, eran lo mismo.
Todos buscaban.
No buscaban comida. No buscaban sangre. No buscaban hacerte daño.
Buscaban el fin.
Se notaba en la forma en que se retorcían, en cómo arrastraban sus cuerpos rotos, en cómo extendían las manos temblorosas y destrozadas. En sus movimientos desesperados y lentos había una súplica eterna, muda y desgarradora. No podían hablar, sus gargantas se habían podrido hacía siglos, no tenían voz para gritar ni para pedir... pero todo en ellos, desde la punta de los dedos hasta el último hueso de la columna, gritaba lo mismo:
"Sácame de esto. Haz que pare. Déjame descansar. Mátame, por favor, mátame, aunque ya estoy muerto."
Se acercaban cada vez más, cerrando el círculo a tu alrededor. El suelo parecía cobrar vida bajo tus pies, llenándose de esas figuras retorcidas, incompletas, podridas y a la vez vivas.
Y el sonido... el sonido de miles de huesos crujiendo al unísono, miles de quejidos secos y tristes, miles de movimientos dolorosos... se mezclaba en el aire pesado hasta convertirse en una sola palabra sin sonido, repetida infinitamente por todos ellos:
"Salida. Salida. Salida."
Eran víctimas de un mundo donde se había vencido a la muerte, pero nunca al tiempo, ni al dolor. Eran la prueba viviente —o más bien, la prueba muerta eterna— de que lo peor que le puede pasar a alguien no es morir... sino no poder hacerlo nunca.
Y allí estaban, todos avanzando hacia ti, con la carne palpitando entre los huesos, con los órganos podridos colgando, con los miembros separados moviéndose por su cuenta, buscando desesperadamente en ti la única cosa que este planeta muerto nunca les había dado: el descanso final.
Ya estaban tan cerca que podías distinguir cada detalle de su miseria. Olías la podredumbre, sentías el aire que movían al avanzar, veías cómo esa carne viva y oscura se estremecía entre los huesos, cómo los órganos colgantes se balanceaban con cada movimiento torpe. Extendían las manos hacia ti casi tocándote, suplicando en ese silencio lleno de crujidos y gemidos, cuando de repente…
PALMAS, PALMAS, PALMAS.
Un sonido claro, rítmico y pausado. Un aplauso lento, suave, que resonó con una claridad aterradora en medio de aquel silencio de muerte.
El sonido provenía de detrás de todos ellos, muy lejos al principio, pero con una presencia tan fuerte que todo se detuvo al instante.
Todos se quedaron inmóviles.
Como si hubieran sido golpeados por una fuerza invisible, cada cuerpo, cada torso arrastrándose, cada miembro suelto en el suelo, se congeló en su lugar. Los brazos quedaron suspendidos en el aire, las piernas a medio paso, las cabezas giradas hacia ti, con las mandíbulas abiertas en ese grito eterno que nunca salía. El coro de quejidos se cortó de golpe, dejando solo el viento soplando suavemente entre las ruinas.
Entonces, entre la espesa niebla gris y las sombras de los edificios caídos, todos ellos se apartaron, abriéndose paso con una prisa y un miedo que te heló la sangre.
Y ahí estaba Ella.
Luna caminaba despacio entre los cuerpos inmóviles, aplaudiendo todavía muy suavemente, con esa sonrisa tranquila y satisfecha pintada en el rostro, como quien recorre una galería de arte que le gusta mucho. Pasaba entre ellos como si fueran estatuas, esquivando un brazo aquí, pisando un trozo de costilla allá, totalmente ajena al horror que la rodeaba.
Se detuvo justo en el centro, donde todos podían verla, y bajó las manos lentamente. Miró a su alrededor, a todos esos seres destrozados que la rodeaban, y su sonrisa se transformó en una mueca de pura molestia y aburrimiento.
—¡Ay, por favor! —dijo con voz clara, cortando el aire pesado—. Ya paren con ese espectáculo patético. Dejen de quejarse, dejen de gemir, dejen de mirarlo a él como si fuera su salvador. Es insoportablemente repetitivo verlos así siempre.
Su tono no era enfadado, sino fastidiado, como una madre que regaña a niños que lloran por algo que ellos mismos provocaron.
—¿De verdad siguen sin entenderlo? —preguntó inclinando la cabeza, mirando fijamente a uno de aquellos esqueletos medio podridos que estaba más cerca—. Esto no es una desgracia que les pasó por casualidad. Todo esto… es obra exclusiva de sus propias decisiones. Se les ocurrió, lo buscaron, lo quisieron con todas sus fuerzas… y ahora lo pagan, queridos. Pagan por su estupidez, por su avaricia y por querer ser más de lo que debían ser.
Y ahí fue cuando lo viste.
Miedo.
Un terror absoluto, profundo y antiguo se apoderó de todos ellos. Era evidente que la conocían. Era evidente que sabían exactamente quién era Ella y lo que significaba su presencia ahí.
En un movimiento coordinado y desesperado, todos empezaron a retroceder. Lo hacían de la misma forma en que avanzaban: arrastrándose con una velocidad que no creías posible en cuerpos tan destrozados, caminando hacia atrás torpemente, tropezando entre ellos, empujándose, pisándose los unos a los otros con tal de alejarse de ella.
Muchos se lanzaron de golpe detrás de los montones de escombros, escondiéndose como animales asustados. Otros se metieron en los agujeros oscuros de las paredes derrumbadas. Y los más desesperados, los que no tenían dónde ir, literalmente se dejaron caer al suelo, se echaron de bruces sobre el polvo y la ceniza, se quedaron completamente quietos, aplastados contra la tierra, intentando hacerse los muertos… aunque ya estaban muertos desde hacía siglos. Se aplanaban contra el suelo tratando de desaparecer, de volverse invisibles ante sus ojos, temblando de arriba abajo sin atreverse ni a respirar.
Luna miró todo aquel caos de miedo con una mezcla de diversión y asco, y luego volvió a girarse hacia ti, caminando hasta quedar muy cerca, pisando sin cuidado un brazo que se había quedado rígido en el suelo.
—¿Y bien? —te preguntó, mirándote fijamente a los ojos, con esa chispa de curiosidad y entusiasmo en su mirada—. ¿Qué te parece este mundo? ¿Te parece interesante? ¿Te gusta lo que ves?
Hizo una pausa, mirando alrededor hacia la ciudad gris y eterna, hacia los cuerpos escondidos y aplastados contra el suelo.
—Y antes de que pienses lo que seguro estás pensando… —añadió levantando un dedo con advertencia—, quiero que te quede algo muy claro. No creas ni por un segundo que todo esto está así por culpa mía. Bueno… —se rió bajito, corrigiéndose a sí misma con total sinceridad— está bien, en parte tengo algo de culpa. Yo reescribí ciertas cosas, yo ajusté los detalles, yo hice que todo esto se mantuviera tal cual es… pero los verdaderos, únicos y absolutos culpables son ellos mismos.
Dio un paso más, bajó la voz y te lo explicó como si te enseñara una lección muy importante.
—Hace mucho, muchísimo tiempo, estos seres decidieron que ya no querían morir. Se cansaron del ciclo natural, se cansaron de perder lo que amaban, se cansaron de ser frágiles. Así que usaron todo su conocimiento, toda su ciencia, toda su magia… y jugaron a ser dioses. Y ganaron. Lograron vencer a la muerte. Lograron vivir para siempre. Lograron que nadie tuviera que desaparecer nunca más.
Luna se encogió de hombros, mirando con lástima a un cuerpo que temblaba debajo de una lámina de metal oxidado.
—Pero… —dijo alargando la palabra, sonriendo con malicia— se les pasó por alto un pequeñísimo detalle. Un detalle tan pequeño que les cambió todo el significado de la victoria. No puedes frenar a la muerte si no frenas de igual manera al tiempo.
Hizo un gesto amplio señalando todo lo que los rodeaba: las ruinas eternas, el cielo gris, los cuerpos que no podían descansar.
—El tiempo siguió corriendo, amigo. Seguí avanzando, pasando, destruyendo, pudriendo, desgastando… pero la muerte ya no estaba ahí para ponerle fin. Y el resultado es este.
—Vivieron tanto que sus cuerpos se rompieron, se pudrieron, se separaron… pero ellos siguieron ahí, atrapados dentro de esa carne que ya no servía, dentro de esos huesos que se caían a pedazos. Sintieron cómo se les caía la piel, cómo se pudrían los órganos, cómo se deshacían sus propios músculos… y tenían que sentirlo todo. Para siempre. Porque ya no podían morir. —Sus ojos brillaron con esa mezcla de crueldad y fascinación—. Ellos querían vida eterna. Y yo simplemente les di exactamente lo que pedían. Sin quitarle nada. Sin añadirle nada. Solo dejé que vieran hasta dónde llegaba realmente su deseo.
Se agachó un momento y tocó con la punta del pie un trozo de costilla que sobresalía del polvo.
—Ahora están aquí, sufriendo lo que parece una eternidad… porque es exactamente lo que es. Y lo peor para ellos… —se rió suavemente— es que no pueden culpar a nadie más que a sí mismos.
Se puso de pie nuevamente y te miró con esa sonrisa suya que nunca sabías si era amable o aterradora.
—¿Verdad que es una historia fascinante? —preguntó con alegría—. Una de mis favoritas, sin duda. Porque demuestra perfectamente lo que siempre digo: Cuidado con lo que deseas… porque puedo dártelo tal cual lo pides, sin editar los detalles.
Luna dio unos pasos lentos, arrastrando las suelas sobre el polvo que cubría todo el suelo, mientras miraba a su alrededor con esa mezcla de admiración y burla que solo ella tenía.
—Ellos lo quisieron, ¿sabes? —empezó a decir, señalando hacia los escombros donde todavía se veían algunas figuras temblando, escondidas—. Hace mucho tiempo, estos seres decidieron que ya estaba bien de todo esto. Que estaban cansados de perder, de terminar, de desaparecer. Querían la inmortalidad. Querían vivir para siempre. En pocas palabras... querían derrotar a una de las fuerzas primordiales de todo el universo: la Muerte.
Se detuvo un instante, mirándote con seriedad, como si te estuviera contando una gran hazaña.
—Y lo lograron. —Hizo una pausa, levantando las cejas con sorpresa fingida pero genuina admiración—. Por muy imposible que se viera, por mucho que las leyes naturales gritaran que no podía ser... unos simples mortales lograron imponerse sobre ella. La desafiaron, la superaron, la apartaron de su camino. Y tengo que reconocerlo, eso... eso fue algo digno de resaltar. Para ser pequeños y efímeros, hicieron algo gigantesco. Me pareció admirable, de verdad. Un logro increíble.
Entonces su expresión cambió, volviéndose burlona, y dio un golpecito con su dedo índice en su propia sien.
—Pero, claro... aquí pasa lo que pasa siempre. Usaron toda su inteligencia, toda su magia y todo su poder para quitarle el puesto a la Muerte... pero se les olvidó algo básico, fundamental. Algo que cualquiera debería saber: la Muerte no rige sola sobre los seres vivos. Ella trabaja en equipo. Y a ellos, brillantes como eran, se les olvidó detener también al Tiempo.
Se agachó con elegancia entre los restos del suelo, estiró la mano y recogió una calavera que estaba cerca, una que aún tenía jirones de piel seca pegados a los huesos y que, incluso en su mano, seguía moviendo la mandíbula lenta y dolorosamente.
La sostuvo frente a su cara, mirando los agujeros vacíos de los ojos, y de repente... cambió la voz, hablando con un tono agudo y tembloroso, moviendo la boca de la calavera con sus dedos como si fuera una marioneta, haciendo ventriloquia con una naturalidad espantosa y divertida a la vez.
—"¡Queríamos ser eternos! ¡Queríamos ser como dioses! ¡Volar muy alto, muy cerca del sol!" —decía con voz chillona y ridícula, mientras hacía que la calavera se moviera de un lado a otro—. ¡Pero ay, ay, ay! La cera se derritió, las alas se cayeron y terminamos pudriéndonos vivos, quedándonos solo los huesos, ¡sintiendo cómo se caía todo pedacito a pedacito... todo por querer volar demasiado alto y quemarnos nosotros solos!
Se detuvo un segundo, te miró con una sonrisa malvada y siguió hablando por la calavera:
—Era como aquel personaje de una mitología... ¿cómo se llamaba? ¿Daedalus? ¿Icaro? Bah, ya no me acuerdo cómo se llamaba ni de qué universo era, ya se me olvidó, pero la historia es la misma en todos lados: se queman por ambiciosos.
Luna soltó una carcajada clara y alegre, disfrutando de su propia broma, y con un movimiento brusco arrojó la calavera lejos contra un montón de piedras. El hueso golpeó con un sonido hueco y rodó por el suelo... pero incluso después de caer, se pudo ver cómo seguía moviendo la mandíbula, arrastrándose despacio entre el polvo, gimiendo siempre.
Luna se puso de pie de nuevo, sacudiéndose las manos como si hubiera tocado algo sucio, y su expresión se volvió un poco más seria, casi de indignación.
—Claro que... hubo quien intentó hacer algo. Hubo quien vio que esto iba a terminar mal. —Hizo una mueca de desdén, arrugando la nariz con asco—. Había un dios de por aquí, un dios local, de los pequeños, de los que se preocupan por su gente. Un dios que sí quería cuidar a sus creaciones, imagínate qué cursi. Nada que ver con el Dios de que converti en planeta por no guiar bien a sus creaciones... ese tuve que castigarlo yo misma hace milenios por negligente y arrogante. —Dijo esto último con tanto asco que escupió un poco de aire, como si le dejara mal sabor de boca—. Esos dioses grandes que se creen dueños de todo y no mueven un dedo... me dan ganas de borrar sus historias enteras.
De repente, su malhumor creció, frunció el ceño y miró hacia un lado donde otra calavera sobresalía de la tierra.
—Y, además, ese idiota... —se quejó señalando hacia ella— me llamó "enana" la primera vez que me conoció. ¿A mí? ¿A mí me dice enana? ¡Qué atrevimiento!
Se acercó de un paso y le dio una patada fuerte y furiosa a la calavera, que salió disparada rodando lejos, rompiéndose un poco más, aunque eso tampoco le sirvió para dejar de moverse.
—¡Enana tu abuela! —gritó cruzándose de brazos, visiblemente molesta por el recuerdo, haciendo un pequeño berrinche infantil que contrastaba horrorosamente con el lugar donde estaban—. A mí no me vengan con faltas de respeto.
Se quedó unos segundos con el ceño fruncido, respirando fuerte, hasta que poco a poco se le pasó el enfado y volvió a lo que estaba contando, como si nada hubiera pasado.
—En fin... ese dios bueno, el local, el preocupado... vino a verme hace siglos, cuando todo empezó a ir mal. Vino corriendo, muy asustado, diciéndome: "mi señora, por favor, ¡detén esto! ¡Avíseles! ¡Dígales que si no frenan el tiempo también, van a sufrir para siempre! ¡detenga el desastre y la catástrofe que van a provocar!"
Luna se río suavemente, una risa burlona y cantarina, y te miró con ojos brillantes y divertidos.
—¿Y tú crees que yo le hice caso? ¿Tú crees que le dije "claro, qué buena idea, voy a correr a advertirles para que arreglen todo"? —Hizo una pausa dramática, negando con la cabeza lentamente—. ¡Qué va! Le dije: "¿Advertiros? ¿Para qué? Si los aviso, si los ayudo, si les digo lo que va a pasar... entonces ellos cambian, arreglan las cosas, encuentran la fórmula perfecta, viven felices para siempre, no les duele nada, no sufren nada y.… colorín colorado, todos son felices y coman perdiz."
Su voz se volvió lenta, aburrida, arrastrando las palabras como si estuviera leyendo el final más malo y predecible del mundo.
—Y eso... eso era demasiado aburrido. —Dijo con énfasis, poniendo los ojos en blanco—. ¿Te imaginas? Una historia donde cometen el error más grande de todos, desafía a las leyes del universo... y luego lo arreglan, se salvan, evitan todo el dolor y todo sigue bonito y perfecto. ¡Qué horror! Qué falta de dramatismo. Qué desperdicio de potencial.
Dio un paso hacia ti, hablando con tono dramático y apasionado, como si te revelara el secreto de la buena escritura.
—Eso no sirve. Eso no tiene sabor. Así que le dije que no. Le dije: "Déjalos. Deja que pase lo que tenga que pasar. Deja que vean hasta dónde llega realmente su inmortalidad sin muerte."
Señaló todo el planeta muerto, las ruinas eternas, los cuerpos sufriendo sin poder morir, con orgullo, como si fuera su obra maestra.
—Además... —añadió encogiéndose de hombros—, solo iba a pasar aquí. Solo en este planeta. Este lugar quedó guardado, cerrado, congelado en este estado para siempre. Ahora sirve para algo mucho más útil que solo ser un mundo habitado. Sirve de ejemplo. Sirve de lección. Sirve de advertencia para todos los demás universos, todos los demás mundos, todas las demás razas que alguna vez piensan: "¿Y si nos volvemos inmortales?".
Sonrió ampliamente, satisfecha con su lógica perfecta.
—Ahora, cuando alguien en cualquier lado se le ocurre jugar a ser dios y desafiar a la muerte... alguien le recuerda este lugar. Y dicen: "Cuidado, mira lo que pasa si haces cosas grandes sin medir las consecuencias. Mira lo que pasa cuando quieres todo y te olvidas de los detalles."
Se giró una última vez hacia los escombros, donde se escuchaba el crujir constante de los huesos moviéndose y los quejidos eternos.
—¿Verdad que es mucho mejor así? —te preguntó inocentemente—. Una buena historia siempre debe tener una buena enseñanza. Y esta... esta es una enseñanza que nunca se olvida.
De repente, todo desapareció.
No hubo chasquido de dedos. No hubo luz ni oscuridad. Ni siquiera sentiste que te movían o te transportaban. Simplemente, en un parpadeo, las ruinas grises, el cielo muerto, los edificios derrumbados y los cuerpos que se arrastraban en la eternidad… se desvanecieron de golpe.
Sin darte cuenta de cuándo ni cómo, ya no estabas allí.
Ahora estabas de pie nuevamente en medio de la inmensa Biblioteca. El suelo de madera oscura y los interminables estantes llenos de libros te rodeaban por todas partes, con esa luz tenue y tranquila que siempre flotaba en el aire. Todo estaba en silencio, ese silencio profundo y antiguo que ahora te parecía extrañamente tranquilo después de todo lo que habías visto.
Frente a ti, parada muy cerca, estaba Luna.
Te miraba fijamente con esa sonrisa triunfante, brillante y satisfecha, como si acabara de enseñarte la joya más valiosa de su colección y estuviera esperando tu aprobación. Se quedó así unos segundos, disfrutando de tu expresión, antes de levantar las manos hacia tu rostro.
Con mucha calma, y casi con cariño, te tomó la cabeza entre sus manos y te la sacudió suavemente de lado a lado, como si quisiera despejarte las ideas o quitarte algo de encima.
—Bueno, ya está, ya lo viste —dijo con voz alegre y ligera, soltándote y dándote unas palmaditas en el hombro, sacudiendo tu ropa con energía—. Y ahora, vete ya a darte un buen baño, ¿quieres? Porque llevas encima un polvo que no es un polvo cualquiera, ¿sabes?
Se separó un paso, te miró de arriba abajo con esa sonrisita que se le hacía malvada, y entrelazó las manos a su espalda, inclinando la cabeza hacia un lado con curiosidad.
—¿Te has preguntado alguna vez qué pasa con los esqueletos más antiguos de allá abajo? —preguntó con tono inocente—. Esos que llevan ahí desde hace millones de años, que ya no tienen ni un resto de carne, ni de órganos, ni de nada… que se han desgastado tanto que se han convertido simplemente en eso: en polvo. ¿Crees que solo dejan de existir? ¿Crees que por reducirse a un puñado de ceniza gris dejan de ser lo que son?
Dio un paso más hacia ti, bajando la voz hasta que fue un susurro cargado de significado.
—¿De verdad pensaste que terminaban así, libres al final? No, tonto. Todo ese polvo que ves por allá… todo ese polvo fino que lo cubre todo… son ellos también.
Entonces lo sentiste.
En cuanto ella lo dijo, tu atención se fue hacia tu propio cuerpo. Miraste tus manos, tu ropa, tus brazos. Estabas cubierto de ese polvo gris, fino y sucio que se levanta en las ruinas, el mismo que parecía inerte y muerto.
Pero ahora… al mirarlo bien, al fijarte con atención, te diste cuenta de la verdad.
Ese polvo se movía.
No lo movía el aire. Se movía por sí mismo. Miles de partículas diminutas, minúsculos granos de materia que vibraban, que temblaban, que se retorcían sobre tu piel, metiéndose en tus poros, pegándose a tu sudor, deslizándose entre tus ropas.
Y lo peor…
es que también se quejaban.
Un sonido tan débil, tan agudo, tan diminuto que apenas podías oírlo, pero que estaba ahí, claro como el agua. Un millón de vocecitas tristes, crujidos microscópicos, lamentos que sonaban como el viento soplando entre agujeros muy pequeños. El polvo también gemía. El polvo también sufría.
Eran los restos de aquellos que se habían desgastado hasta desaparecer como cuerpo, pero que seguían ahí, intactos en su dolor, reducidos a partículas, pero sintiéndolo todo igual que antes. Ahora estaban sobre ti, pegados a ti, formando parte de ti por un momento, gritando su eterna miseria en un tono tan alto que casi te dolían los oídos.
—Todo lo que queda de ellos… sigue sufriendo —dijo Luna tranquilamente, observando cómo te estremecías al sentirlo—. Porque mientras existan, de la forma que sea, mientras la muerte no venga a buscarlos… no hay nada, absolutamente nada, que los libere de su condena.
Se rió bajito, satisfecha con tu expresión de horror, y dio media vuelta, caminando de nuevo hacia sus estantes infinitos.
—Así que corre a limpiarte —te dijo por encima del hombro, agitando la mano en el aire—. No vaya a ser que te quedes con ellos pegados para siempre. Ya sabes cómo son… se agarran a cualquier cosa con tal de no estar solos en su desgracia.
Y se alejó entre las sombras de la Biblioteca, dejándote allí, parado, escuchando el lamento infinito de millones de partículas de polvo que seguían sufriendo… incluso después de haberse convertido en nada.
Thoughts
-
PermalinkMare, leí esto en la cama a las dos y lo del brazo que se mueve debajo del pie me dejó sin ganas de bajar los pies al piso.
-
PermalinkLo del polvo, uf.
-
PermalinkLos dos tomitos ayudantes son lo mejor del capítulo, sobre todo cuando ella los humilla con lo de las zanahorias y lo del romance de ochocientas páginas y ellos bajan la tapa avergonzados. Pobres. De Luna ya me había hecho a la idea de que era cruel por gusto, pero aquí se nota que además necesita público. Lo del polvo al final me dio grima.
-
PermalinkÓrale, lo que más me tensó fue esa guerra muda de las letras: las arrancadas tratando de volver a su sitio y las nuevas cayendo encima, más oscuras, hasta taparlas. Luego el pisotón y todo quieto de golpe. Apuesto a que con los personajes hace igual, y por eso le importa tanto que nadie se dé cuenta. A los del planeta muerto ni les hizo falta tocarles nada, se condenaron solos.
Related posts
-
Mundo 9: Donde todo comenzó, puede terminar – parte 2
Ya no quedaba ni un solo rincón, ni un solo sistema, ni una sola galaxia que no llevara su marca. El Conquistador tenía el control absoluto de todo su universo. Era el dueño, el rey, la autoridad…
-
Historia 15: El precio de una traición
El recuerdo llegó de golpe.
-
Aquel que quiso liberar las cadenas
La Biblioteca había vuelto a la normalidad.
-
Mundo del Vacío, el lugar donde las historias errantes terminan
El silencio reinaba en cada rincón de la Biblioteca. No era un silencio vacío, sino denso, antiguo, cargado con el peso de incontables palabras, relatos y recuerdos acumulados durante eras. La luz…
-
Nunca lo olviden
El silencio volvió a apoderarse de la Biblioteca.
-
Mundo 9: Donde todo comenzó, puede terminar – parte 1
No recordabas haber llegado.
-
Mundo 8: un lugar imposible
El caos había vuelto.
-
Mundo 7: donde se hizo presente
No hubo Biblioteca.