Lo de la Diosa Madre pidiéndole que dejara tranquilo este mundo me anduvo dando vueltas. Luna le hace caso y lo cuenta como si fuera un trámite. ¿Esa diosa ya la tenías pensada desde los primeros mundos?
Mundo 5: donde ocurrió lo imposible
El lector no recuerda en qué momento llegó ahí.
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Lo de la Diosa Madre pidiéndole que dejara tranquilo este mundo me anduvo dando vueltas. Luna le hace caso y lo cuenta como si fuera un trámite. ¿Esa diosa ya la tenías pensada desde los primeros mundos?
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El lector no recuerda en qué momento llegó ahí.
La Biblioteca no cambia de forma, pero hay zonas donde incluso ella… se siente distinta. Más silenciosa. Más pesada. Como si las historias que habitan en ese lugar prefirieran permanecer cerradas para no ser leídas.
A medida que avanzas entre los estantes, el sonido comienza a notarse.
Un suspiro largo muy exagerado y totalmente teatral.
Luego otro.
No viene de ningún libro, viene de más adelante.
El ambiente se siente… vacío, No hay almas trabajando, tampoco hay libros temblando, solo ese sonido de alguien que se muere de aburrimiento.
Y al doblar el último pasillo…
la ves.
Luna está sentada en una mesa simple, nada de tronos ni grandeza, solo una silla… demasiado grande para ella.
Sus piernas cuelgan, balanceándose rítmicamente, arriba y abajo, sin alcanzar el suelo. En una mano sostiene una galleta, y con la otra golpea la madera: Toc, toc, toc… como si contara los segundos que le quedan a la existencia.
Ni siquiera te mira. Sigue mirando su galleta con cara de pena.
—Sé que estás ahí —dice con voz monótona, arrastrando las palabras.
Da un mordisco pequeño.
—Por fin. Ya pensé que nadie iba a venir a salvarme de este sopor eterno.
Mastica despacio, mirando al techo.
—Supongo que traes la misma pregunta de siempre, ¿verdad? Todos son tan predecibles…
Pausa. Suelta el suspiro más grande y dramático del mundo, infla los cachetes y la suelta de golpe.
—¿Me aburro?
Silencio sus piernas siguen moviéndose, tic, tac, tic, tac…
—¡CLARO QUE SÍ! —responde ella misma con energía repentina, para volver a decaer al instante—. Uf… Muchísimo.
Da otro mordisco, esta vez más grande, casi con rabia.
—Sobre todo cuando no llega nada nuevo y emocionante. Nada que explote, nada que cambie de color…
Gira la galleta entre sus dedos, analizándola con desdén.
—Tantos universos… tantas páginas…
—Y tan pocas cosas interesantes.
Suspira otra vez, apoyando la barbilla en la mesa.
—Todo es igual, ¿sabes? Es como ver la misma película una y otra vez.
—Nacen, se quejan, crecen, se pelean por tonterías, se destruyen y vuelta a empezar.
Se encoge de hombros, haciendo un puchero enorme.
—Es tan… repetitivo. Incluso cuando decido echarle un poco de "sal" o "pimienta" para que se ponga divertido… ¡siempre hacen lo mismo!
Muerde la galleta con ganas, como si fuera la cabeza de alguien.
—Ya ni siquiera dan ganas de jugar a arruinarles los planes. Es demasiado fácil.
Por fin levanta la mirada, sus ojos te recorren de arriba abajo.
Lentamente.
Con una sonrisa pequeña, burlona y dulce.
—Y tú…
Se queda callada un segundo, te mira y luego suelta una risita pequeña, ji, ji, ji…
—Estás muy, pero que muy crudo.
Da otro mordisco, negando con la cabeza.
—Aún te falta mucho para ser un buen aperitivo. Así que no, no puedo contar contigo para entretenerme ahora mismo.
Vuelve a apoyarse en la mesa, aburrida otra vez, ignorándote por completo.
—Quizás más tarde.
Lo dice como quien habla de comprar pan.
—Si logras sobrevivir lo suficiente… y te pones interesante. Si no… pues al montón de basura del olvido y listo.
Sus piernas vuelven a balancearse al ritmo de su propia impaciencia. Y el silencio vuelve a caer, pesado y dulce, como la calma antes de que una niña decida romper algo por diversión.
Luna dejó escapar otro suspiro, más corto esta vez. La galleta ya era apenas un recuerdo entre sus dedos.
Sus piernas seguían balanceándose suavemente… hasta que se detuvieron en seco.
Se estiró despacio, llevando los brazos bien alto, arqueando la espalda con un sonido suave y perezoso, como si sus huesos estuvieran cansados de estar en el mismo sitio desde el principio de los tiempos.
—Mmm… qué pesadez…
Se dejó caer de golpe contra el respaldo, ladeando la cabeza hasta que casi tocó el hombro.
Silencio. Solo un parpadeo.
Y entonces… click. Algo cambió en su mirada. No fue un grito, no fue una explosión, pero fue suficiente. Una chispa de curiosidad malsana.
—Ya sé… —murmuró, casi como si estuviera hablando con su propia galleta.
—Sí… eso podría funcionar.
Se enderezó un poquito, y sus piernas volvieron a moverse rítmicamente, tic, tac, tic, tac. Giró el último pedazo de galleta entre sus dedos, analizándolo como si fuera un mundo entero.
—Oye…
Alzó la vista y, por primera vez, te miró de verdad. Fijamente.
—¿Te gustaría ver algo que no sea lo mismo de siempre?
Una sonrisita pequeña, dulce y peligrosa a la vez.
—Un universo…
Se llevó el último trozo a la boca.
—Donde no hay caos.
Masticó despacio, con los ojos entrecerrados.
—Ni guerras estúpidas.
—Ni cosas rompiéndose cada dos por tres.
Se limpió las migas de las manos con indiferencia, dejándolas caer en el aire.
—Un lugar donde, supuestamente…
—lograron lo que todos andan buscando a gritos.
—Una utopía.
Lo dijo con un tono neutro, ni burlón ni admirativo… casi como si describiera un insecto interesante.
—Sin miedo.
—Sin dolor.
—Sin… errores.
Hizo una pequeña pausa, y luego soltó una risita silenciosa.
—Curioso, ¿verdad?
Dio un par de aplausos suaves. Palmas, palmas. Pero el sonido resonó hondo, como si estuviera aplaudiendo la destrucción de todo un planeta.
—Y lo mejor de todo… es que existe de verdad.
Luna sonrió un poco más, mostrando apenas los dientecitos.
—Conozco uno.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, acercando su cara.
—Y tengo que admitirlo…
Hizo una pausa dramática, soplando una migaja que tenía en la mesa.
—Los dioses de ahí… lo hicieron francamente bien.
Se recostó de nuevo, señalando el aire con el dedo como si contara puntos.
—Todo funciona como un reloj.
—Todo está en su sitio.
—Nada se sale de la línea.
—Nada molesta.
Te volvió a mirar. Y ahora sus ojos brillaban con auténtico interés.
—Perfecto.
La palabra flotó en el aire pesada.
Uno. Dos.
—…O eso dicen.
Sus piernas siguieron moviéndose, impacientes.
—¿Quieres ir a echar un vistazo?
Inclinó la cabeza, inocente.
—Podría ser entretenido.
Una pausa más. Y su sonrisa se amplió, llena de malicia infantil.
—Para variar un poquito.
E l cambio no se anuncia.
No hay puertas, no hay luz cegadora, no hay sensación de movimiento.
Simplemente… ya no estás en la Biblioteca.
Estás de pie en medio de una calle.
El aire es distinto, más limpio, más… filtrado. Como si cada partícula estuviera en su sitio exacto.
Y lo primero que notas es el sonido.
No es ruido es armonía un zumbido constante, bajo y perfecto, de una actividad coordinada al milímetro.
Alzas la vista.
El cielo no está vacío.
Está vivo.
Naves, Decenas.
De formas imposibles, tamaños descomunales y diseños que desafían cualquier ingeniería conocida, deslizándose entre rutas invisibles con una precisión aterradora. No se acercan demasiado. No dudan. No se desvían.
Todo sigue un patrón. Todo tiene un propósito.
A tu alrededor, la ciudad se extiende hasta donde alcanza la vista. Arquitectura que parece fluir como cristal y metal pulido. Materiales que no reflejan la luz, sino que parecen contenerla.
Demasiado avanzado. Demasiado perfecto.
Y entonces los ves.
No hay una sola raza dominante. Hay muchas.
Criaturas de geometrías extrañas, seres de luz, bestias colosales caminando con delicadeza, entidades que flotan… todo diferente, todo extraño. Y aun así…
Conviven y caminan, intercambian. Se mueven como si ese hubiera sido el orden natural desde el inicio de los tiempos.
No hay tensión.
No hay miedo.
No hay empujones.
Solo flujo.
Solo orden.
—¿Verdad que queda bonito?
La voz surge a tu lado antes de que te des cuenta.
Luna camina a tu lado como si hubiera nacido ahí, sosteniendo en cada mano algo que parece comida, pero con formas geométricas y colores que no existen en tu mundo.
Le da un mordisco grande a uno de ellos con total tranquilidad.
—Aquí llegan todas —dice con la boca llena, señalando la calle con la cabeza—. Distintos códigos genéticos, distintos mundos, distintas leyes físicas…
Traga despacio, analizando el sabor.
—Todo lo que existe… pasa por aquí en algún momento. Es el centro comercial del universo, básicamente.
Sus ojos recorren el lugar, no con asombro, sino con ese interés calculador de quien ve un mecanismo complejo y se pregunta dónde tiene la pieza más débil.
—Puedes encontrar cualquier cosa. Literalmente. Cualquier estupidez que se te ocurra.
Alzas la vista una vez más, mirando más allá de las nubes, más allá del cielo…
Y lo ves.
Un anillo gigantesco y colosal.
Una estructura imposible que abraza al planeta entero, brillando con una luz propia, desde donde salen y entran naves como sangre fluyendo por las venas de un cuerpo gigante.
—Después de millones de años… —habló Luna suavemente—. Lo consiguieron.
Dio otro mordisco.
—Convivencia total.
—Sin guerras estúpidas.
—Sin conflictos innecesarios.
—Sin… errores que se vean a simple vista.
Su tono no era de admiración. Pero tampoco de burla. Era… respeto técnico.
—Los dioses que manejan esto… son listos. Muy listos.
Silencio.
Y entonces sonrió, una sonrisa más ancha, más juguetona.
—Pero hay una en especial. —Señaló con el dedo hacia el gran anillo—. La llaman la Diosa Suprema.
Hizo una pausa, saboreando las palabras.
—Fue ella quien armó todo este rompecabezas. Lo imposible.
Se llevó el último bocado a la boca. Y entonces, entre masticada y masticada, soltó la bomba:
—Y lo más curioso de todo… es que me rechazó.
La palabra flotó en el aire, ligera. Pero pesada como una estrella muerta.
—A mí.
No sonaba enfadada.
Ni dolida.
Sonaba… fascinada.
—Nadie había logrado nunca cerrarme la puerta. Nadie.
De repente…
Clic.
Todo se desvanece.
La ciudad.
El ruido perfecto.
Las naves.
El anillo.
Y caes en otro lugar.
El aire cambia al instante.
Estás en la superficie. Pero no es una ciudad. Es un solo punto.
Frente a ti, rompiendo las nubes, atravesando la atmósfera y perdiéndose en el espacio, se alza una única construcción.
Una Torre.
Inmensa.
Imponente.
Blanca y fría.
Y desde ella…se siente algo.
No es presión que asusta. No es ira que hiela la sangre.
Es otra cosa.
Es Presencia Divina.
Como un océano de calma absoluta que, si se mueve, lo destruye todo.
Luna aparece a tu lado de nuevo. Mira la torre.
Y por primera vez en mucho tiempo…se queda en silencio.
Luna no tarda en actuar.
Sin previo aviso, ya está sentada sobre tu hombro, acomodándose como si ese fuera su sitio definitivo desde el principio de los tiempos. No sientes peso, no sientes presión… solo esa presencia pequeña, cálida y absolutamente inquietante.
Balancea las piernas al aire, mirando la torre con cara de quien evalúa un juguete nuevo.
—Mmm…
Hace un sonidito pensativo, y luego suelta con total naturalidad:
—La que manda aquí es bastante poderosa, ¿sabes?
Se rasca la mejilla con el dedo índice.
—Claro… no tanto como yo. Eso es imposible. —Pausa, y una sonrisita pícara se le escapa—. Pero bueno… se defiende. No está mal para ser una simple creación.
Inclina la cabeza hacia un lado, analizando la estructura imponente.
—Tiene su método, la verdad.
—Ordenadito.
—Eficiente.
—Y aburridísimo.
Se lleva un dedo a los labios, mordisqueándose levemente la uña con aire distraído.
—Aunque ojo… que mérito, lo que se dice mérito, no es todo suyo.
Sus ojos se pierden un segundo, como mirando a través del tiempo.
—Hubo alguien antes. La llaman la Diosa Madre.
Su tono cambia apenas. Sigue siendo ligero, pero hay un destello de… ¿respeto? Difícil de decir con ella.
—Fue quien la crió. Quien le enseñó a jugar este juego. Quien puso las bases de todo este desorden perfecto.
Mueve las piernas un poco más despacio.
—Murió hace ya mucho tiempo.
Lo dice como quien comenta que se acabó la leche. Sin drama, sin pena, solo un dato más en la lista.
—Pero su hija siguió el guion. Y hay que reconocerlo… lo hizo francamente bien.
Silencio.
Y entonces su sonrisa cambia. Se vuelve más ancha, más traviesa, como si recordara algo divertido.
—Aunque… sí que charlamos un rato, ¿eh?
Se acerca un poquito más a tu oído.
—Ya sabes… después de que pasó a mejor vida.
Juega con un mechón de su propio cabello, enrollándolo en el dedo.
—Lo curioso es que… no pude quedármela.
Hace una mueca de disgusto, como si le hubieran servido comida fría.
—Ugh… qué rabia. Se me escapó. Desapareció del mapa.
Suspira, exagerada.
—Una pena de verdad. Era de las pocas que daba juego de verdad.
Vuelve a mirar la torre, y luego te mira a ti, muy seria de repente.
—Te voy a decir algo que te va a volar la cabeza.
Pausa dramática. Infla un poco las mejillas.
—Antes de todo esto…—Antes de ser diosa…—Antes de construir este imperio aburrido…
Se inclina hasta que su nariz casi toca la tuya, sus ojos brillando con malicia.
—Era mortal.
Uno.
Dos.
—Y no solo eso —susurra, bajando la voz como si fuera un secreto de estado—. Era humana.
El aire no se mueve. La torre sigue ahí, impasible. Pero la información pesa. Mucho.
Luna se recuesta de nuevo en tu hombro, tan tranquila como si nada hubiera pasado, y retoma el balanceo de sus piernas.
—Curioso, ¿verdad?
Mira hacia arriba, hacia la cima infinita de la construcción.
—Mira hasta dónde pueden llegar…—si no se dedican a estropearlo todo ellos solitos antes.
Luna deja escapar una risita baja y divertida. Se lleva una mano a la boca, fingiendo que se tapa para no reírse a carcajadas, aunque sus ojos brillan con malicia pura.
—Parece que ya nos olieron… vienen a recibirnos.
Su voz es suave, casi cantarina.
El aire cambia.
No hay truenos.
No hay viento.
Es como si la realidad misma se acomodara para dejar paso a algo superior.
Y entonces… aparece.
Frente a ustedes.
Una mujer de estatura imponente y porte impecable. Su cabello dorado cae con una perfección antinatural, brillando con luz propia. Viste una armadura que no es simplemente metal… irradia. Contiene el brillo del sol, pulido hasta un grado imposible, sin un solo rasguño, sin un solo adorno inútil.
Todo en ella grita: Precisión. Orden. Control.
Su presencia no aplasta como un peso muerto. Es más bien como una lanza afilada.
Fina.
Corta.
Peligrosa.
Sus ojos se posan primero en ti. Y en ese instante, sientes frío. No es miedo. Es la sensación exacta de estar siendo escaneado, desarmado, pesado y medido en una fracción de segundo. Y el veredicto es claro: Insuficiente.
Luego, su mirada se desliza despacio… hasta Luna.
—¿Vienes otra vez…?
Su voz es grave, firme, sin necesidad de alzar el tono para imponerse.
—¿A intentar romper lo que construí? ¿A sembrar caos como la última vez?
El silencio se vuelve denso, cargado de electricidad estática.
Luna ladea la cabeza, poniendo su cara más angelical y falsa que tiene. Se lleva una mano al pecho, ofendida.
—Ay, no me mires así… qué cara tan seria.
Pausa, fingiendo pena.
—Solo fue un capricho del momento. Una travesura. Ya pasó, ¿no?
La Diosa no sonríe. Ni un músculo se mueve en su rostro. Pero el aire se vuelve más pesado, más frío.
—Por favor… no te burles.
Su voz baja apenas un tono, y eso la hace aún más aterradora.
—Muchos dejaron de existir porque a ti te dio la gana. Porque estabas aburrida.
Silencio.
Luna la mira un segundo… esperando. Y entonces la Diosa continúa, con una calma absoluta y despiadada:
—Pero no finjas moralidad, Luna. Tú y yo sabemos la verdad.
Se endereza aún más, su voz resonando con autoridad.
—Las vidas mortales… no son más que alimento para ti.
Pausa.
Una sonrisa fría y distante se forma en sus labios.
—Recursos para mantener el sistema funcionando… o simple entretenimiento cuando no hay nada mejor que hacer.
¡ZAS!
La tensión cambia. Esa frase, saliendo de la "diosa buena y justa", golpea más fuerte que cualquier golpe.
Luna se queda quieta un segundo… y de repente estalla en una carcajada alegre, contagiosa y terrible a la vez.
—¡Jajajaja! ¡Eso! ¡si que es estar seria, diosa! —aplaude suavemente, dando pequeños botes de alegría sobre tu hombro—. ¡Qué honestidad! ¡Me encantas cuando te quitas la máscara!
La Diosa simplemente la mira, impasible, como si hubiera dicho algo obvio.
Luna suspira, secándose una lágrima imaginaria de risa, y se encoge de hombros.
—Tranquila, relax.—
Esta vez no vine a romper nada, te lo juro.
Levanta una manita, y sin mirarte, te da un golpecito suave pero seco en la cabeza. Toc.
—Solo quería enseñarle este lugar tan perfectamente aburrido a él. Nada más.
La Diosa vuelve a fijar sus ojos en ti. Esta vez con más intensidad, como si intentara ver a través de tu alma.
—¿Y qué tiene de particular este? —pregunta con frialdad.
Luna sonríe, misteriosa.
—Quién sabe…
—Tal vez nada.
—Tal vez todo.
Se encoge de hombros de nuevo, jugando con su cabello.
—No pienso darte pistas gratis. Averígualo tú misma.
La Diosa la observa unos segundos largos, evaluando la amenaza, calculando riesgos.
—Mientras no cometas ninguna locura como la última vez… —dice finalmente, con voz de acero—. No intervendré.
Pausa, sus ojos brillan con advertencia.
—Pero te aseguro que no te voy a quitar ojo de encima.
Luna pone los ojos en blanco, exagerando muchísimo la acción.
—Ay, qué pesada eres… siempre tan estirada, siempre tan seria.
Se aprieta la mejilla con la mano, haciendo pucheros.
—De verdad que necesitas tomarte unas vacaciones o algo… relájate un poco, que se te va a quedar así la cara.
Y justo después de haber admitido que ve a los demás como "alimento"...Luna vuelve a mirar hacia la torre, tan tranquila como si nada hubiera pasado. Como si esa conversación no hubiera significado absolutamente nada.
La diosa no aparta la mirada. Pero su aura… baja apenas un grado. No desaparece, no se apaga.
Simplemente deja de apretar. Deja de ser una amenaza inmediata.
—Mientras te comportes… —repite con voz firme—. No habrá conflicto.
Luna suelta un bostezo enorme, teatral hasta el extremo, tapándose la boca con la mano.
—Sí, sí… qué pesadez.
—No tienes que darme tantas vueltas.
Pausa, y se encoge de hombros con indiferencia.
—Si no he vuelto en todos estos siglos… no es porque me des miedo, ni nada de eso.
Silencio.
La diosa parpadea. Un solo movimiento controlado. Esperando.
Luna ladea la cabeza, y sus ojos, de repente, pierden la diversión y se vuelven fríos, antiguos y profundos.
—La única razón por la que este lugar sigue en pie…
—es por respeto.
Clava su mirada en ella.
—A tu madre.
El tiempo se detiene.
El aire se vuelve sólido.
Ni un solo sonido.
La diosa no esperaba eso, se nota. No en un grito, ni en un movimiento brusco. Solo en ese microsegundo donde su perfecta máscara de control se resquebraja apenas.
Luna suspira, volviendo a su tono monótono y aburrido.
—Hablé con ella, claro. Antes de que se apagara del todo
.
Juega distraída con un mechón de su propio cabello.
—Me pidió que no tocara este mundo. Que lo dejara tranquilo.
—Y bueno… fue la única que realmente logró entretenerme de verdad alguna vez.
Se encoge de hombros.
—Así que decidí hacerle caso. Nada más.
Silencio.
Largo.
Pesado.
La diosa baja la mirada lentamente. Es… reconocimiento.
—Aun después de irse… —susurra, con la voz más suave—. Sigue cuidándonos.
Luna hace una mueca de asco instantánea.
—¡Eeeeh, no, alto!
Levanta una manita cortando el aire con brusquedad.
—Guárdate eso, por favor.
Su tono es ligero, pero cortante como un cuchillo.
—No me vengas con melodramas ni lágrimas sentimentales.
—Las cursilerías déjalas para cuando estés sola en tu torre, ¿vale?
Silencio.
La diosa la observa unos segundos. Sabe con quién está hablando.
—Entiendo.
Pausa.Su expresión vuelve a ser de piedra.
—Confiaré en tu palabra
.—Y no intervendré.
El aire se relaja de golpe.
Luna recupera su sonrisita dulce y burlona al instante.
—Eso es. Así me gusta.
Vuelve a balancear las piernas tranquilas, feliz. Como si no acabara de admitir que tiene el poder para borrar ese universo entero con un solo pensamiento. Como si la existencia de millones de vidas…simplemente dependiera de su buen humor.
Thoughts
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PermalinkLo de la Diosa Madre pidiéndole que dejara tranquilo este mundo me anduvo dando vueltas. Luna le hace caso y lo cuenta como si fuera un trámite. ¿Esa diosa ya la tenías pensada desde los primeros mundos?
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PermalinkLa Diosa suelta que las vidas mortales son alimento y Luna le aplaude, y ahí el que está de visita se queda en medio sin decir nada. A mí me quedó dando vueltas lo de que a él lo miden en un segundo y el veredicto es insuficiente. Y después el golpecito en la cabeza, toc, como se le hace a un perro.
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PermalinkLuna callada delante de la torre es el único momento en que no está actuando, y dura dos líneas. Después vuelve a lo de siempre, los pucheros y la galleta. Me suena a que el respeto a la Diosa Madre le pesa más de lo que admite, porque el único mundo que decidió no tocar es justo ese. En el mundo anterior decidía por capricho y acá se le ve un límite.
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