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Aquel que quiso liberar las cadenas parte III

DNavarrete
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El suave aroma del té recién servido volvió a llenar los rincones de la Biblioteca, mezclándose con el olor a papel antiguo y madera. Haruka caminaba despacio entre las mesas sosteniendo una bandeja…

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El suave aroma del té recién servido volvió a llenar los rincones de la Biblioteca, mezclándose con el olor a papel antiguo y madera. Haruka caminaba despacio entre las mesas sosteniendo una bandeja de porcelana blanca, sobre la cual descansaban varias tazas humeantes, acomodadas con tanto cuidado que ni una sola gota corría riesgo de derramarse.

 

Con la misma delicadeza con la que arreglaba los hilos rotos de las historias, fue dejando cada una frente a su dueño:

 

—Aquí tiene, señor Lector.

 

El lector levantó la vista y sonrió agradecido antes de tomar la taza entre sus manos, asintiendo con reverencia.

 

Un poco más allá, colocó la siguiente con suavidad.

 

—Para usted.

 

—Siempre tan considerada —dijo el Viejo con su tono pausado y amable—. Gracias, señorita Haruka.

 

Se acercó al Nuevo, entregándole una taza distinta, más pequeña y llena de un líquido oscuro y aromático.

 

—Y chocolate caliente para ti.

 

Las tapas del joven libro parecieron abrirse un poco más, como si se iluminaran de emoción.

 

—¡Muchísimas gracias!

 

Por último, se dirigió a la pequeña mesa donde Luna permanecía sentada, con Samla enroscada tranquilamente sobre sus hombros. Colocó la taza frente a ella con paciencia.

 

—Su té, señorita Luna.

 

—¡Por fin! Ya me estaba muriendo de sed —exclamó la niña, tomándola con ambas manos y dando un sorbo largo.

 

Suspiró profundamente, relajándose por completo.

 

—Mucho mejor...

 

Haruka sonrió con esa calma que parecía no abandonarla jamás. Y entonces, con total naturalidad, preguntó:

 

—Por cierto... ¿dónde escondió el tercer tomo?

 

Luna casi escupió el té de golpe. Parpadeó un par de veces, confundida, antes de responder con una inocencia tan exagerada que no convencía a nadie en la sala.

 

—¿Qué tercer tomo?

 

—El de la historia de Mikaboshi —aclaró Haruka, manteniendo la misma sonrisa amable.

 

—No sé de qué hablas —negó la niña, desviando la mirada.

 

—¿Ah, no?

 

—No.

 

El silencio se instaló unos segundos. El Viejo dejó lentamente su taza sobre la mesa, mirando la escena con curiosidad. El Nuevo observaba sin entender muy bien qué estaba ocurriendo. El Lector, en cambio, siguió bebiendo su té con tranquilidad, como si ya hubiera visto esa misma situación muchas veces antes.

 

Haruka seguía sonriendo: amable, educada, serena. Sin embargo, Luna sintió de pronto un escalofrío recorriéndole la espalda. Incluso Samla levantó lentamente la cabeza, moviendo las orejas como si también hubiera percibido que algo cambiaba en el aire.

 

—Señorita Luna...

 

—¿Sí...?

 

—¿Dónde está el tercer tomo?

 

—De verdad que no lo sé...

 

La sonrisa de Haruka no desapareció; al contrario, se volvió todavía más amable, lo suficiente para hacer temblar incluso a las propias palabras escritas. Luna empezó a silbar con disimulo, movió una pierna, luego la otra, y finalmente soltó un largo suspiro de derrota.

 

—Qué aguafiestas eres...

 

Refunfuñando, metió la mano dentro del pequeño bolsillo de su vestido. El Nuevo abrió tanto sus páginas que casi se le desprendieron del lomo.

 

—¿Va a sacar un libro de ahí?

 

—Claro que sí —respondió ella con total naturalidad.

 

Tiró con fuerza, y contra toda lógica y sentido común, comenzó a salir un enorme tomo de tapas oscuras: primero una esquina, luego el lomo, después cientos de páginas dobladas con cuidado, hasta que terminó sosteniendo entre los brazos un volumen gigantesco que la superaba en altura.

 

Lo dejó caer sobre la mesa con un golpe seco y pesado: ¡THUM!

 

El Nuevo permaneció inmóvil, mirando alternativamente el bolsillo diminuto y el libro inmenso.

 

—...Eso... eso no cabe ahí...

 

Luna cruzó los brazos con orgullo.

 

—Mi bolsillo tampoco debería existir.

 

Haruka soltó una pequeña risa suave, tomó el tomo con cuidado entre sus manos y acarició lentamente su cubierta ennegrecida. Su expresión se volvió seria, respetuosa y cargada de anticipación.

 

—Gracias, señorita Luna.

 

La niña desvió la mirada, fingiendo desinterés.

 

—Solo... devuélvelo cuando termines, ¿vale?

 

Haruka asintió sin decir nada más. Abrió lentamente la primera página, y el murmullo constante de la Biblioteca pareció apagarse como si todo el lugar contuviera el aliento.

 

—Ahora... conozcamos cómo comenzó la guerra que hizo temblar a todos los universos.

 

Y comenzó a leer.

 

Tras el enfrentamiento que había terminado con la vida de su primer y mejor amigo, Mikaboshi comprendió con total claridad que ya no existía camino de regreso. Lo que había comenzado como una búsqueda de respuestas se había convertido en algo irreversible. Sin embargo, aquel no fue el acto que hizo temblar los cimientos de todos los universos. Hubo otro, mucho más decisivo y mucho más temido por todos aquellos que conocían la verdad oculta.

 

Regresó hasta el lugar más profundo y sellado de la existencia, donde la sombra del prisionero seguía esperando tras incontables eras de encierro. Y sin dudarlo ni un instante, rompió cada una de las cadenas que lo mantenían atado.

 

El prisionero volvió a ser libre.

 

Ese solo gesto bastó para cambiarlo todo. No hizo falta esperar a que hablaran ni a que marcharan: como una onda expansiva que atravesara incluso el tiempo y el espacio, la noticia llegó a cada rincón, a cada ser y a cada rincón de la realidad. Los dioses comprendieron al instante lo que significaba. Las entidades primordiales despertaron de su letargo milenario. Las antiguas divinidades que habían guardado silencio desde antes de que nacieran las estrellas alzaron la mirada al mismo tiempo. Todos supieron la misma verdad: la guerra había comenzado.

 

Al principio solo eran dos: Mikaboshi, nacido del Vacío y guardián de las historias perdidas, y el antiguo prisionero, quien una vez ya había intentado romper las cadenas de todos. Pero a medida que avanzaban, otros se unían a ellos: mortales cansados de ver cómo sus destinos se rompían sin motivo, reyes que soñaban con decidir el rumbo de sus pueblos sin que nadie se lo impusiera, dioses menores resentidos con una jerarquía que nunca les había dado voz, y hasta antiguas entidades olvidadas que habían sido apartadas por no seguir el orden establecido.

 

A todos ellos les ofrecían una sola promesa, clara y poderosa:

 

—Libertad. Libertad de la voluntad que decide todo sin consultar a nadie. Libertad para escribir nuestro propio final.

 

Y muchos, hartos de someterse a lo que no entendían, les creyeron.

 

Los siglos se llenaron de batallas que parecían no tener fin. Universos enteros ardieron hasta convertirse en cenizas. Imperios que habían durado eras desaparecieron en una sola noche. Civilizaciones que habían florecido con paciencia durante millones de años fueron borradas como si nunca hubieran existido.

 

Por el otro lado, los dioses y las fuerzas del orden combatían unidos, dejando de lado viejas rivalidades que habían durado más que las propias estrellas. No luchaban por mantener su poder ni sus tronos: luchaban porque sabían algo que Mikaboshi se negaba a ver: que aquello a lo que se enfrentaban era infinitamente más terrible y poderoso que ellos dos juntos, y que romper el orden tal como lo conocían significaba la destrucción absoluta de todo lo que existía.

 

Pero Mikaboshi ya no escuchaba advertencias. Tampoco el prisionero. Cada dios derrotado, cada universo que pasaba a sus manos y cada victoria que conseguían no hacía más que acercarlos a su verdadero propósito: llegar hasta el límite más lejano de la creación, encontrar a la entidad que sostenía todas las historias en su mano y arrebatarle para siempre el poder de decidir por todos.

 

Las batallas fueron tan intensas que comenzaron a romper la propia realidad. Los límites entre mundos dejaron de ser firmes. Fronteras entre dimensiones se desvanecieron. Fragmentos de historias enteras, personajes y recuerdos comenzaron a caer al Vacío sin rumbo ni refugio. Allí, Samla recorría aquella inmensidad sin descanso, recogiendo palabras, vidas y momentos que escapaban de su sitio, mientras Haruka trabajaba con todas sus fuerzas intentando mantener unidos los tomos y evitar que el caos se llevara consigo todo lo que alguna vez había sido escrito. Pero ni siquiera ellas, con todo su cuidado y sabiduría, lograban contener por completo una destrucción de esa magnitud.

 

Todo aquello había nacido de una sola pregunta, de una sola curiosidad que se negó a callarse. Y la guerra continuó así, durante incontables eras, hasta que finalmente los pasos de Mikaboshi y de quienes lo seguían lo llevaron de vuelta al lugar donde todo había comenzado: las tierras infinitas del Vacío, el hogar que lo había visto nacer. Allí, donde no existía nada antes de él, volvería a caminar por primera vez desde que inició su cruzada. Y sería precisamente en ese punto, en el origen de todo, donde el destino de todos los universos cambiaría para siempre.

 

Los milenios siguieron deslizándose como arena entre los dedos, y la guerra dejó de tener nombre, bandos o motivos que recordaran a los primeros días. Ya no había quien contara los muertos, ni quien midiera el alcance de la destrucción. Tampoco existía un vencedor claro: solo quedaba un camino, recto y desolado, y al final de ese camino… la verdad por la que todo había comenzado.

 

Mikaboshi y el antiguo prisionero habían dejado de contar las vidas que quedaban atrás. Ya no importaban los reinos reducidos a polvo, ni las civilizaciones que tardaron eras en florecer para desaparecer en una sola batalla. Los aliados caían y eran reemplazados por otros que compartían su misma sed de respuestas; los mundos se quebraban y eran olvidados casi al instante. Nada de eso tenía peso frente a su objetivo: llegar hasta aquella presencia que mantenía a todos los universos atados a su voluntad.

 

Mientras avanzaban, las últimas grandes deidades de incontables dimensiones se reunieron por última vez. No lo hicieron para reclamar poder, ni para demostrar su fuerza, ni para dirimir viejas rencillas. Lo hicieron con un solo propósito: proteger aquello que existía más allá de la última frontera, el secreto que nadie se atrevía a pronunciar y que solo ellos conocían en su totalidad.

 

Combatieron durante eras enteras, en campos de batalla donde el tiempo mismo se rompía y se rehacía con cada golpe. Las estrellas se apagaban en masa con cada choque de voluntades; las leyes que sostenían la realidad comenzaron a agrietarse como un cristal golpeado una y otra vez. Y al final, tras una lucha que pareció no tener fin, el último de los grandes guardianes cayó.

 

Y ante ellos se reveló lo que todos habían intentado ocultar: una puerta inmensa, que no estaba hecha de piedra, ni de metal, ni de ninguna materia que pudiera nombrarse. Parecía formada por las propias palabras con las que habían sido escritas todas las historias, desde la primera hasta la última, entrelazadas como cadenas que sostenían el conjunto. Era el límite absoluto: más allá de ella no había dioses, ni mundos, ni tiempo. Solo aquello a lo que nadie había logrado llegar jamás.

 

El guardián, herido de muerte y con su forma deshaciéndose a cada instante, levantó apenas la cabeza para mirar a los dos vencedores. Y entonces comenzó a reír. No era una risa de locura, ni de burla: estaba cargada de una compasión infinita, como quien ve a dos niños caminar con paso firme hacia un abismo sin saberlo.

 

Mikaboshi frunció el ceño, con la mano aún apretada sobre su arma.

 

—¿Qué es tan gracioso en todo esto?

 

El dios tosió, y de sus labios brotó luz mezclada con lo que quedaba de su esencia.

 

—Ustedes… no tienen ni la más mínima idea de lo que les espera al otro lado.

 

El antiguo prisionero dio un paso al frente, con la sombra de su antiguo encierro aún pesando sobre él.

 

—Solo encontraremos a la tirana que ha mantenido prisioneros a todos los universos desde siempre.

 

El guardián negó lentamente, con una tristeza que parecía llenar todo el espacio.

 

—Siguen sin entender nada… —su voz se hacía cada vez más débil—. Han llevado la guerra a cada rincón de la existencia. Han derribado dioses, han roto mundos, han sembrado ruina por doquier. Y todo ello… para descubrir una verdad para la que jamás estuvieron preparados.

 

Mikaboshi guardó silencio, pero su determinación no se movió ni un ápice.

 

—Nunca comprendieron qué son ustedes en realidad —continuó el guardián—. Ni qué son los universos. Ni qué significa aquello que está al otro lado. Creen que marchan hacia una reina, hacia una diosa, hacia una enemiga con rostro y nombre. Pero están a punto de enfrentarse a algo que ni siquiera pueden imaginar. Algo que sostiene la estructura misma de todo lo que existe. Aquello que decide qué ve la luz… y qué permanece para siempre en la nada.

 

Los ojos de Mikaboshi permanecieron firmes.

 

—Si eso es lo que hay… entonces acabaré también con ello.

 

El guardián volvió a reír, suave y amargo, una última vez.

 

—Eso esperaba que dijeras… porque significa que aún no entienden absolutamente nada.

 

Su mirada se perdió en la inmensidad más allá de la puerta.

 

—Solo les daré un último consejo… Cuando descubran la verdad… más les vale… no perder la cabeza.

 

Y con esas palabras, su forma comenzó a deshacerse lentamente en incontables partículas de luz y memoria, hasta desaparecer por completo, dejando solo el eco de su advertencia.

 

El silencio regresó, más pesado y absoluto que nunca. Frente a ellos solo quedaba la puerta tejida con todas las palabras de la creación.

 

Mikaboshi la observó con calma. El antiguo prisionero esbozó una sonrisa mezcla de esperanza y desafío.

 

—Ya no queda nadie que pueda detenernos —dijo.

 

Mikaboshi apoyó lentamente una mano sobre la superficie de la puerta. Sentía el latir de millones de historias bajo sus dedos. Después de millones de años de búsqueda, de incontables caminos recorridos, de amigos perdidos y mundos sacrificados… la verdad estaba al alcance de su mano.

 

No había marcha atrás. No había nada más que pensar.

 

Ambos avanzaron juntos. Cruzaron el umbral. Y entraron en el lugar donde no existían ni siquiera las palabras para describirlo: más allá de todas las historias.

 

La puerta se cerró lentamente detrás de ellos, sin chirridos ni estruendo, como si el tiempo mismo hubiera decidido no interrumpir aquel instante. No hubo explosiones, ni abismos oscuros, ni océanos de estrellas como ambos habían imaginado. Al otro lado, no había nada de lo que el miedo o las leyendas habían descrito: solo un inmenso campo cubierto de flores blancas y amarillas que se extendía hasta perderse de vista. Una brisa suave movía sus pétalos con calma, y sobre ellos se abría un cielo azul sereno, cruzado apenas por nubes que avanzaban sin prisa alguna.

 

Durante unos segundos ninguno de los dos pudo articular palabra. Mikaboshi frunció el ceño, confundido por aquella tranquilidad que no encajaba con nada de lo que habían escuchado. El antiguo prisionero permanecía igualmente inmóvil, con la mirada fija en el horizonte: esperaba una fortaleza, un ejército, una prisión… y se encontraba con un paisaje tan común que parecía sacado de cualquier mundo pequeño y olvidado.

 

Entonces Mikaboshi bajó la vista hacia sus propias manos. Y comprendió algo más: aquella presencia inmensa que podía cubrir galaxias enteras había desaparecido. Ya no era el ser colosal que había recorrido el Vacío; ahora tenía la apariencia de un hombre sencillo. El antiguo prisionero también había recuperado una forma casi humana, sin las sombras que lo habían envuelto durante eras. Sin embargo, no sentían que su poder hubiera disminuido: toda la fuerza con la que habían derrotado dioses y entidades primordiales seguía fluyendo en ellos, intacta. Solo su apariencia había cambiado.

 

—¿Qué lugar es este…? —murmuró Mikaboshi, sin dejar de mirar sus manos.

 

Fue entonces cuando la vio. No muy lejos, junto a una pequeña mesa de madera puesta sobre el césped, había una mujer de largo cabello oscuro que acomodaba con calma un juego de té. Vertía el líquido humeante en una taza de porcelana con delicadeza, como si no supiera que la guerra había llegado hasta su puerta, o como si aquello no tuviera la menor importancia.

 

Cuando levantó la vista y los encontró con la mirada, les dedicó una pequeña sonrisa amable.

 

—Bienvenidos —dijo con voz tranquila y educada, exactamente como si hubiera estado esperándolos desde hacía tiempo.

 

Mikaboshi dio un paso al frente, con la duda creciendo en su interior.

 

—¿Eres tú? ¿Eres a quien buscamos?

 

La mujer inclinó apenas la cabeza, pero antes de que pudiera responder, el antiguo prisionero soltó una carcajada seca y llena de desprecio.

 

—¿Ella? No. De ninguna manera.

 

La señaló con el mismo gesto con el que se señala a algo insignificante.

 

—No es más que su sirvienta. Su perro faldero. La verdadera debe de estar escondida por aquí cerca. Si ella está aquí… significa que esa cosa también no debe estar lejos.

 

Mikaboshi volvió a mirar a la mujer, pero no percibió en ella ni rastro de amenaza, ni de poder desmedido, ni de esa sombra que todos temían. Solo había serenidad.

 

Y entonces, algo rompió el silencio. Una melodía muy suave, una canción infantil tarareada con absoluta despreocupación. Ambos levantaron la vista de golpe.

 

Allí estaba. Sentada con total tranquilidad sobre el hombro del antiguo prisionero, balanceando los pies mientras seguía tarareando, había una niña pequeña. Vestía un sencillo vestido oscuro y tenía una expresión alegre y tranquila, como si no tuviera ni idea de que dos seres capaces de destruir universos acababan de irrumpir en su presencia.

 

El silencio volvió a caer sobre el campo. La niña dejó de tararear y les sonrió.

 

—Hola —dijo con voz clara y dulce.

 

El antiguo prisionero abrió los ojos con desesperación y terror mezclados.

 

—¡¡ES ELLA!!

 

Sin pensarlo, sin dudarlo ni un instante, ambos descargaron todo el poder que habían acumulado durante eras. La realidad se estremeció y pareció partirse en dos; el espacio rugió bajo la fuerza de aquel ataque; la energía suficiente para borrar incontables universos cruzó el lugar donde la niña había estado apenas un segundo antes.

 

Pero no golpeó nada. La explosión se desvaneció sin dejar rastro. El campo de flores seguía intacto; ni un solo pétalo se había caído.

 

Mikaboshi giró rápidamente la cabeza. La niña ya no estaba sobre el hombro del prisionero. Ahora estaba sentada tranquilamente sobre la mesa de madera, y la mujer le acababa de colocar una taza de té delante.

 

—Gracias, Haruka —dijo la niña con naturalidad.

 

—Con gusto, señorita Luna —respondió ella, como si nada hubiera pasado, como si aquel ataque jamás hubiera existido.

 

Mikaboshi permaneció completamente inmóvil. Por primera vez desde que abandonó el Vacío, sintió una confusión absoluta, una sensación de que todo lo que había creído saber se desmoronaba a sus pies. Miró a la niña, luego al campo tranquilo, después al antiguo prisionero.

 

—¿De verdad… esa niña es… ella? —preguntó con voz quebrada.

 

El antiguo prisionero apretó los dientes con rabia y odio acumulados durante milenios.

 

—¡No puede haber ninguna duda! Yo ya la vi una vez… la reconocería en cualquier lugar, bajo cualquier forma.

 

Levantó lentamente la mano hacia la niña, y su voz se llenó de veneno y de una convicción que nada parecía poder mover.

 

—Ella es la carcelera. La que mantiene a todos los universos atados a su voluntad. La que nos tiene presos sin que nos demos cuenta. Si acabamos con ella… si rompemos su dominio… todos… absolutamente todos… seremos libres.

 

Mikaboshi permanecía inmóvil, con los ojos fijos en aquella pequeña figura, incapaz de apartar la mirada. No lograba comprenderlo: ¿realmente aquella niña era la existencia que había hecho temblar incluso a las deidades más antiguas y poderosas? No irradiaba una presencia que aplastara el espíritu, ni desprendía un poder infinito que pudiera sentirse en los huesos. Ni siquiera parecía estar preparada para defenderse de nada. Solo sostenía con calma una taza de té entre sus manos.

 

—¿Ella? —murmuró, más para sí mismo que para nadie más.

 

El antiguo prisionero apretó los dientes con tanta fuerza que el aire mismo pareció vibrar con su odio acumulado durante eras.

 

—No te dejes engañar por esa apariencia inocente —escupió las palabras con desprecio—. Esa cosa puede tomar cualquier forma que desee. Y esta… —señaló a la niña con un dedo tembloroso de rabia— es la que más detesto. La de alguien que no ha hecho nada malo. Como si jamás hubiera condenado a incontables existencias al olvido. Como si nunca hubiera encadenado a todos los universos a su antojo.

 

Mikaboshi volvió a observarla con atención. Luna simplemente sonreía mientras daba un pequeño sorbo a su té, como si estuviera sentada en el rincón más tranquilo de la Biblioteca.

 

Entonces Haruka dio un paso al frente. Su expresión seguía siendo amable, serena, exactamente igual que siempre.

 

—Por favor… sean bienvenidos. Si desean hablar con la señorita Luna, pueden hacerlo con calma. Solo les pido una cosa: que no sean hostiles.

 

Esas palabras solo lograron inflamar aún más la furia del antiguo prisionero.

 

—¿Hablar? —rugió con una voz que hizo temblar hasta los pétalos más cercanos—. ¡No crucé incontables universos, no rompí mis cadenas y no derramé tanta sangre para venir a hablar con esa tirana!

 

Entre sus manos comenzó a reunirse una cantidad inmensa de energía. Al principio no era más que un punto diminuto de luz, pero creció y creció sin detenerse, hasta convertirse en una esfera tan densa que su sola presencia deformaba el espacio a su alrededor. Las flores comenzaron a desaparecer por donde pasaba su influencia; el cielo azul se agrietó como si fuera vidrio; la propia realidad parecía incapaz de soportar semejante concentración de fuerza.

 

Mikaboshi abrió los ojos con alarma.

 

—¡Espera! —gritó dando un paso hacia él—. ¡Estás reuniendo demasiado poder! Si disparas eso, destruirás todo lo que encuentre a su paso, universos enteros incluidos los que querías liberar.

 

Pero el antiguo prisionero ya no escuchaba razones. Solo veía un objetivo delante de él: Luna. Toda la fuerza que había acumulado durante milenios de encierro y guerra quedó comprimida en aquella esfera, una capacidad de destrucción capaz de borrar galaxias con solo rozarlas.

 

Haruka dejó escapar un pequeño suspiro, como si ya supiera exactamente lo que iba a ocurrir.

 

Luna, en cambio, terminó tranquilamente su último sorbo de té, dejó la taza sobre la mesa y caminó unos pocos pasos hasta colocarse delante de Haruka. La joven no intentó detenerla, ni se movió para protegerla: simplemente permaneció donde estaba, observando con calma.

 

El antiguo prisionero sonrió, una mezcla de odio ciego y triunfo que creía inevitable.

 

—¡¡MUERE!!

 

La esfera salió disparada. El espacio se desgarró a su paso; el tiempo pareció detenerse por completo; todo lo que tocaba aquella energía dejaba de existir, como si la realidad misma fuera arrancada de raíz.

 

Mikaboshi contuvo la respiración, esperando cualquier cosa: que Haruka interviniera, que la niña desapareciera, que el campo estallara en mil pedazos. Pero nada de eso ocurrió. Haruka no dio ni un paso. Y Luna… seguía sonriendo.

 

Cuando la inmensa masa de destrucción estuvo a escasos centímetros de ella, la niña levantó lentamente un solo dedo. La punta de su índice tocó con suavidad aquella esfera capaz de borrar universos.

 

No hubo explosión. No hubo choque. No hubo resistencia.

 

Todo aquel poder inmenso… simplemente dejó de ser poder. Las ondas de choque se deshicieron en el aire; la luz cegadora perdió su brillo; las grietas en el cielo se cerraron una a una. Y poco a poco, ante los ojos atónitos de Mikaboshi, toda aquella energía comenzó a transformarse: no en cenizas, no en luz, sino en palabras.

 

Antiguos caracteres aparecieron flotando por doquier, miles y millones de letras que nadie recordaba haber visto jamás, sílabas olvidadas, frases incompletas, conceptos que existían desde antes de que naciera el tiempo. Toda la furia y toda la destrucción se convirtieron en simples palabras que giraban suavemente alrededor de la niña.

 

Luna abrió ligeramente la boca, como si solo respirara. Y una a una, todas aquellas letras fueron siendo absorbidas por ella, con la misma naturalidad con la que se respira el aire. Como si no fueran un arma, sino alimento.

 

Segundos después no quedaba rastro alguno. El cielo volvió a estar despejado; las flores seguían balanceándose con la brisa; la mesa, el té y Haruka permanecían exactamente igual que antes.

 

El antiguo prisionero cayó de rodillas, respirando con dificultad. Todo el poder que lo había sostenido durante eras había desaparecido por completo. Miró sus manos vacías, luego a la niña, y por primera vez desde que inició su rebelión, sintió un miedo absoluto y silencioso.

 

—¿Qué…? —susurró con voz quebrada—. ¿Qué demonios… eres…?

 

Luna inclinó ligeramente la cabeza, con la misma inocencia de siempre, y respondió con total naturalidad:

 

—Palabras.

 

El antiguo prisionero permanecía rígido, con el pecho subiendo y bajando con agitación. Todo el poder que había acumulado durante incontables eras, con el que había derribado dioses y rasgado universos, había desaparecido sin dejar rastro, como si jamás hubiera existido.

 

Entonces Luna dio un paso minúsculo. Y desapareció.

 

No hubo estruendo, ni luz cegadora, ni deformación del espacio. Simplemente, en un instante ya no estaba allí. El antiguo prisionero apenas tuvo tiempo de entreabrir los ojos cuando la vio de nuevo: a escasos centímetros de su rostro, mirándolo con aquella sonrisa dulce y tranquila. Tan cerca que le quitaba cualquier posibilidad de reacción. Ni siquiera Mikaboshi, con todo su dominio sobre el Vacío, alcanzó a seguir su movimiento.

 

—En realidad —dijo ella con esa voz suave y cristalina—, sí tenía pensado hablar con ustedes dos.

 

El antiguo prisionero no pudo moverse. Por primera vez, lo que veía en su rostro no era odio ni furia: era una confusión absoluta, paralizante.

 

—Después de todo —continuó Luna—, recorrieron un camino tan largo buscando respuestas… Creo que eso merece al menos una conversación.

 

Su sonrisa permanecía intacta, pero entonces levantó lentamente un dedo.

 

—Sin embargo… cometiste dos errores imperdonables.

 

El prisionero tragó saliva, sintiendo que el aire se volvía denso.

 

—El primero —dijo ella, con una calma que helaba la sangre— fue olvidar quién eres. Creíste que podías ponerte a mi altura, atacarme, como si fuéramos iguales. Como si dejaras de ser un personaje solo porque acumulaste mucho poder prestado.

 

Por un instante, la sonrisa se apagó por completo. La calidez de sus ojos se desvaneció hasta dejar una mirada vacía, profunda como el olvido.

 

—Y el segundo…

 

El aire se volvió pesado, opresivo. Mikaboshi sintió un escalofrío que le recorrió cada fibra de su ser, algo que ni siquiera el Vacío más antiguo había logrado provocarle. Luna giró apenas la cabeza hacia Haruka, que permanecía inmóvil junto a la mesa, serena y esperando. Cuando volvió a mirar al antiguo prisionero, ya no quedaba ni rastro de la niña alegre.

 

—Te atreviste a insultar a mi querida Haruka —dijo con una voz plana, sin ira, sin odio, y por eso mismo infinitamente más aterradora—. La llamaste… “perrito faldero”.

 

Nadie se atrevió a respirar. Luego ella soltó un pequeño suspiro, como si realmente lamentara lo que iba a suceder.

 

—Y ahora… pagarás por ambos pecados.

 

El prisionero retrocedió torpemente un paso, intentó reunir su fuerza, invocar su poder… pero nada respondió. Y entonces sintió algo terrible: miró sus manos y vio cómo la punta de sus dedos comenzaba a deshacerse. No en cenizas, no en luz, sino en palabras.

Caracteres antiguos que se soltaban uno a uno, alejándose de él. Sus brazos, su pecho, su rostro… todo se descomponía en frases incompletas y sílabas olvidadas.

 

—¿Qué…? —empezó a decir, pero su propia voz se rompió a mitad de camino; las palabras se le escapaban de la boca antes de ser pronunciadas— ¡No…!

 

Agarró con fuerza su propio brazo, intentando detenerlo, pero este se deshizo entre sus dedos convertido en miles de letras que flotaban suavemente a su alrededor. El pánico más absoluto invadió su mirada: no podía luchar, no podía huir, no tenía nada con qué defenderse. Y en ese último instante comprendió la verdad más terrible de todas: nunca habían tenido ninguna oportunidad. Todo aquel viaje, todas las guerras, todos los dioses caídos… todo había ocurrido dentro de una historia que él jamás había entendido.

 

—No… no… ¡NO!

 

Su grito se extinguió transformado en una sola palabra suelta. El resto de su ser se desvaneció por completo. Las letras que lo habían formado giraron en círculo alrededor de Luna hasta condensarse en un pequeño sello circular, lleno de aquellos mismos caracteres antiguos. Ella lo observó unos segundos, y con la misma naturalidad con la que se guarda una flor seca, lo introdujo en el bolsillo de su vestido.

 

El silencio regresó al campo de flores, profundo y absoluto. Ya solo quedaban tres: Haruka, Luna y Mikaboshi.

 

La niña giró lentamente la cabeza hacia él, y su sonrisa dulce volvió a aparecer como si nada hubiera ocurrido.

 

—Bien… —dijo con su voz de niña—. Ahora solo quedamos nosotros dos.

 

Lo miró con curiosidad sincera.

 

—¿Tú también quieres hablar? —preguntó, haciendo una pequeña pausa antes de añadir con suavidad— ¿O terminarás igual que tu amigo?

 

Mikaboshi permaneció inmóvil. Por primera vez en su existencia, nacido en la nada y dueño de historias perdidas, no halló palabras para responder.

Mikaboshi permanecía sentado en silencio, sin apartar la vista ni un instante. Frente a él estaba la existencia que había perseguido durante millones de años, la causa de incontables guerras, la presencia que incluso los dioses más antiguos temían nombrar. Y sin embargo… no parecía distinta a cualquier otra niña.

 

Luna levantó su taza ya vacía y habló con total naturalidad:

 

—Haruka…

 

—Sí, señorita Luna —respondió ella al instante.

 

—¿Podría servirme otra?

 

—Por supuesto.

 

Haruka volvió a llenar la pequeña taza de porcelana con la misma calma con la que ordenaba los libros en la Biblioteca, como si estuvieran simplemente charlando un día cualquiera, y no hablando de aquello que sostenía toda la realidad.

 

Luna dio un pequeño sorbo, luego levantó la vista y encontró la mirada fija de Mikaboshi. Él llevaba varios minutos sin pestañear, y finalmente rompió el silencio:

 

—Hay algo… que sigue dando vueltas en mi cabeza desde que crucé esa puerta.

 

Luna inclinó ligeramente la cabeza.

 

—¿Qué cosa?

 

—¿Qué eres realmente?

 

El silencio volvió a caer suavemente sobre el campo de flores. Luna no respondió de inmediato; tomó otro sorbo de té, luego sonrió con dulzura.

 

—Después de todo este camino, de tantos mundos recorridos y tantas vidas dejadas atrás… ¿aún no has encontrado tu propia respuesta?

 

Mikaboshi bajó lentamente la mirada hacia sus manos.

 

—Creo… que tengo una idea. Pero necesito escucharlo de ti.

 

Luna dejó la taza sobre la mesa con suavidad.

 

—Entonces quizá no estés tan lejos de la verdad como crees.

 

Cruzó despacio las piernas bajo la silla y respondió con una sencillez que hizo temblar todo lo que él conocía:

 

—Soy todo.

 

Mikaboshi no pudo decir nada. No fuera de indiferencia, sino porque aquellas palabras eran demasiado grandes para comprenderlas de golpe.

 

—Soy la escritora —continuó ella—, la lectora, el principio y el final. El Alfa y el Omega. Puedes llamarme como quieras, pero hay una palabra mucho más simple y mucho más exacta.

 

Se llevó una mano al pecho y sonrió con ternura.

 

—Soy la Historia.

 

El viento movió suavemente los pétalos a su alrededor, como si el mismo paisaje asintiera ante sus palabras.

 

—Toda historia necesita ser contada para existir —explicó con la claridad de quien habla de algo evidente—. Todo libro necesita una historia para tener sentido. Todo ser vivo vive mientras su historia continúa. Todo universo sigue su propio relato. Y yo… soy esa historia.

 

Mikaboshi la escuchaba sin interrumpir, con la mente empezando a ordenar cada pieza del rompecabezas que había perseguido durante eras.

 

—Creo cada una de ellas —decía ella—, les doy forma, las dejo crecer a su ritmo, las observo y las acompaño hasta su desenlace. Todo lo que existe en cualquier rincón de la creación forma parte de mí. Porque toda existencia es, en el fondo, una historia. Y toda historia existe solo porque yo existo.

 

Poco a poco, aquellas palabras fueron ocupando su lugar en el corazón de Mikaboshi. Y entonces comprendió: si ella era la Historia misma, entonces todos los universos, todos los dioses, toda vida y toda muerte… absolutamente todo cuanto había conocido existía únicamente gracias a ella. Y si ella desapareciera, no habría una explosión ni una destrucción: simplemente, nada de eso habría existido jamás.

 

Luna sonrió al ver la expresión en su rostro.

 

—Ahora entiendes por qué todos intentaron detenerte. Aunque muchos me teman, aunque algunos me odien o me culpen de sus penas, sabían una cosa: si yo dejara de ser, ellos también dejarían de haber sido.

 

Mikaboshi cerró lentamente los ojos. Recordó a las dos entidades del primer universo, a su mejor amigo, al último guardián… todos habían tratado de detenerlo no por egoísmo ni por mantener su poder, sino para proteger algo mucho más grande que ellos mismos.

 

Cuando volvió a levantar la mirada, todavía quedaba una duda latiendo en su interior.

 

—Entonces… si eres la Historia… ¿no eres realmente una carcelera? ¿Por qué no das libertad absoluta a todos? ¿Por qué hay un camino que cada uno debe recorrer?

 

Luna se quedó inmóvil unos instantes, y de repente comenzó a reír. No era una risa burlona ni arrogante: era la risa sincera y alegre de alguien que acaba de escuchar una pregunta que le parece entrañable. Mikaboshi parpadeó sorprendido; jamás habría imaginado que su duda provocaría algo así.

 

Cuando logró calmarse, se limpió con cuidado una pequeña lágrima de la comisura del ojo.

 

—Mikaboshi… déjame preguntarte algo.

 

Él asintió.

 

—¿Leerías un libro del que ya supieras absolutamente todo? Cada palabra, cada giro, cada final… ¿le seguirías leyendo?

 

Mikaboshi se quedó pensativo unos segundos, luego negó con la cabeza.

 

—No. Sería… vacío.

 

—Claro que sí —asintió ella, tomando nuevamente su taza—. Sería aburridísimo. Pero ahora imagina algo mucho peor: imagina que yo, que escribo todas las historias, ya supiera desde el primer instante cada decisión que tomarías, cada sacrificio que harías, cada alegría y cada dolor que sentirías. Todo estaría decidido de antemano, sin espacio para nada nuevo.

 

Lo miró a los ojos, y en ellos parecían brillar millones de mundos.

 

—Yo podría controlar cada uno de tus pasos. Podría obligarte a decir cada palabra, a sentir cada emoción, a ganar cada batalla o a perderla. Podría hacer que todo ocurriera exactamente como yo quisiera. Pero entonces… ¿qué clase de historia sería? Sería la más triste y vacía que jamás hubiera existido.

 

Sonrió con esa inocencia que tantas veces lo había desconcertado, pero que ahora empezaba a comprender.

 

—Por eso les di libertad. Yo escribo el comienzo y estoy aquí hasta el final. Pero el camino… el camino lo construyen ustedes con cada elección. Porque incluso yo… quiero sorprenderme con lo que lleguen a ser.

 

Haruka cerró lentamente el tercer tomo. Durante unos segundos permaneció con la mano apoyada sobre la cubierta ennegrecida, como si aún pudiera sentir el peso de todas las eras, todas las batallas y todas las decisiones que había recorrido en sus páginas. Después lo acarició con suavidad, como se acaricia a un viejo amigo.

 

—…Y así terminó la mayor guerra que jamás sacudió las historias —murmuró con voz tranquila.

 

Con sumo cuidado lo devolvió a su sitio exacto en el estante. Un leve susurro de hojas acomodándose recorrió la fila, como si el propio libro suspirara al volver a su lugar.

 

El Nuevo permanecía inmóvil, con las páginas apenas entreabiertas, todavía intentando asimilar todo lo que acababa de escuchar. El Viejo, en cambio, sonrió con una calma infinita, como si aquella historia, aunque la hubiera visto mil veces, jamás dejara de conmoverlo.

 

Y entonces…

 

—¡¡ESO ES TRAMPA!!

 

La voz de Luna resonó con fuerza por todos los rincones de la Biblioteca.

 

Haruka levantó la vista despacio. No muy lejos de allí, la pequeña figura de la Historia discutía acaloradamente con un gigantesco volumen de tapas negras, sostenido en el aire por cadenas que parecían hechas de tinta antigua. Las páginas del enorme libro pasaban con rapidez y fuerza, como si agitara las manos con indignación.

 

—¡No es trampa! —reclamó el tomo con una voz profunda y resonante.

 

—¡Claro que sí! —insistió ella—. ¡Uniste tres libros distintos para invadir mi territorio!

 

—Eso se llama estrategia.

 

—¡Eso se llama hacer trampa!

 

El enorme tomo soltó una carcajada que hizo vibrar los estantes cercanos.

 

—Solo porque volví a conquistarte casi medio estante.

 

Luna infló las mejillas con rabia fingida.

 

—¡Fue un cuarto!

 

—Casi medio.

 

—¡Un cuarto exacto!

 

Haruka dejó escapar una pequeña risa suave. El Nuevo los miraba alternativamente, cada vez más confundido, hasta que terminó mirando al Viejo con incredulidad.

 

—No… no me digas que…

 

El Viejo asintió con tranquilidad.

 

—Sí. Ese es el Tomo Revolucionario. Antes… se le conocía como Mikaboshi.

 

El Nuevo abrió sus páginas de golpe, sorprendido hasta el extremo.

 

—¿¡Ese Mikaboshi!? ¿El que recorrió todos los universos buscando la verdad?

 

—El mismo —confirmó el anciano.

 

El Nuevo volvió a mirar la escena, sin poder creer que quien una vez había llevado a la destrucción mundos enteros estuviera ahora discutiendo por un trozo de estante.

 

—Después de comprender quién era realmente la señorita Luna —explicó el Viejo—, Mikaboshi dejó atrás su odio y su sed de venganza. Entendió que destruirla significaría borrarlo todo, sin dejar rastro de nada. Pero también comprendió algo más…

 

El Nuevo se inclinó hacia adelante, atento.

 

—Prometió que algún día aprendería a estar a su lado. Que algún día, si ella se lo permitía, él también ayudaría a cuidar y escribir las historias.

 

El enorme tomo volvió a reír con fuerza.

 

—¡Y algún día voy a ganarle de verdad!

 

Luna cruzó los brazos con firmeza.

 

—¡Llevas millones de años diciendo lo mismo!

 

—Y algún día será verdad.

 

—¡Sigue soñando!

 

Las páginas de Mikaboshi se agitaron con entusiasmo.

 

—La próxima campaña ya casi está lista. Tengo planeado cómo tomar esa esquina superior del estante principal.

 

Luna sonrió de inmediato, con los ojos brillando de emoción.

 

—¿Ah, sí? Entonces esta vez yo traeré aliados nuevos.

 

—Perfecto —respondió él—. Así será mucho más divertido.

 

El Nuevo los miraba sin salir de su asombro.

 

—¿Entonces… siguen “peleando”? ¿Después de todo lo que pasó?

 

El Viejo soltó una risa llena de ternura.

 

—Desde luego. Cada cierto tiempo Mikaboshi reúne a distintos libros, forma alianzas enormes, organiza batallas de palabras y estrategias por toda la Biblioteca, y la desafía nuevamente.

 

—¿Y ella no se enfada? —preguntó el joven libro.

 

El Viejo negó lentamente con la cabeza. Miró a la pequeña niña que discutía animadamente con el ser que una vez quiso destruirla.

 

—Al contrario. Creo… que es lo que más espera.

 

Haruka asintió con una sonrisa serena.

 

—La señorita Luna existe desde antes de la primera palabra escrita. Para alguien como ella, la eternidad podría ser muy solitaria y muy aburrida… si nadie fuera capaz de darle una sorpresa de vez en cuando.

 

Miró con cariño al enorme tomo de tapas oscuras.

 

—Y él… se convirtió en la única persona capaz de sorprender incluso a la propia Historia.

 

Luna levantó un dedo señalándolo con determinación.

 

—¡La próxima vez no pienso perder ni un solo centímetro!

 

Mikaboshi respondió al instante:

 

—¡Eso dijiste hace tres guerras atrás!

 

—¡¡Esta vez sí!!

 

Haruka no pudo evitar reír suavemente. Se quedó unos instantes observándolos, y luego murmuró para sí misma con una sonrisa llena de afecto:

 

—¿Quién lo diría? El hombre que una vez quiso destruir la Historia… terminó convirtiéndose en su mejor amigo. —Haruka sonríe— Quizá... esa también era una historia que la señorita Luna jamás vio venir.

 

El murmullo suave de las páginas pasando volvió a llenar cada rincón de la Biblioteca. Y allí, entre estantes infinitos y millones de relatos, las historias siguieron escribiéndose, una a una, para siempre.

Thoughts

  • fcorrea92

    Desde la parte II que desconfiaba del prisionero, y terminó de sello en el bolsillo mientras Mikaboshi pelea por un cuarto de estante. Apuesto a que la próxima campaña la vemos entera, poh.

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  • RodrigoLezama

    Cuatro pedazos me tomó, y en los cuatro seguía pensando en el bolsillo de Luna soltando un tomo más alto que ella 😂

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