Música horrible, gente con sonrisas y risas estruendosas. ¿Yo? Simplemente aquí, escribiendo. Una chica un poco más atrás se ha mostrado descarada al saludarme con un apretón de manos largo y descaradamente caricioso.
Otra, que no es una simple chica; ni siquiera me mira, ni yo me atrevo a mirarla. Pero la he observado: deslumbrante, amable, inquieta. Es evidente su desprecio, su desdén y su falta de interés. Está claro que su visión de la vida tiene un sesgo moldeado por años de discriminación masculina (por lo que he oído en conversaciones) y por la experiencia que ha tenido al vivir en una familia tradicional; Su buena educación y dotación en algunos aspectos le hacen ver a las personas de bajo rendimiento o que "no contribuyen a la sociedad" (en sus propias palabras): no como inferiores, sino como personas con menos derechos de expresión crítica o menos participación en acciones relacionadas con la toma de decisiones. Una persona meritocrática, casi arrogante, ya que mantiene una actitud afable claramente y de forma irritantemente genuina; aunque, en mi opinión, tiene un deseo reprimido de llamar la atención. Ropa formal, de vez en cuando cómoda y recatada, pero siempre con cierto aire elegante, lo admito.
¿Dónde estoy? En una fiesta escolar. Observándola mientras escribo. Ella es la profesora, yo, su alumno. Los dos años de diferencia no me intimidan, ya que, a pesar de su personalidad, ella sigue siendo muy joven y tiene un comportamiento femenino y adorable. Fui una molestia, un inconveniente, pero, si uno de los cómplices no es responsable, ¿por qué motivo habría permitido durante dos días algo imposible?
Siendo sincero, detesto la poesía. Siempre resulta demasiado conveniente para quien se siente culpable.