Al fin, un día bueno.
Y creo que estoy intentando disfrutarlo.
El problema es que no puedo.
No entiendo muy bien por qué. Es como si una parte de mí no supiera qué hacer con la tranquilidad. Como si estuviera convencida de que, si bajo la guardia, algo malo va a pasar.
Como si no pudiera ahorrar calma.
Como si creyera que no merezco estar tranquilo. Estar bien. Respirar sin esperar que algo venga a romperlo todo.
He llegado a pensar que vivimos en modo supervivencia.
Sobreviviendo después de lo malo.
Sobreviviendo a lo que pasó.
Sobreviviendo a lo que todavía no pasó.
Porque incluso cuando no hay ningún problema, encontramos uno que todavía no existe.
Nos preparamos para desafíos que todavía no se presentan. Ensayamos mentalmente golpes que nadie está por darnos. Construimos defensas contra enemigos que quizás nunca aparezcan.
Como si bajar la guardia fuera un pecado.
Como si relajarse estuviera mal.
Como si estar alerta fuera la única manera de estar a salvo.
A veces siento que, si me relajo dos segundos, alguien va a aparecer detrás de mí con un puñal.
Y entonces miro alrededor.
No hay nadie.
No está pasando nada.
El día está bien.
Pero yo sigo esperando el golpe.
Quizás ese sea el problema del modo supervivencia: que en algún momento deja de distinguir entre estar preparado y estar asustado.
Y entonces hasta la calma se vuelve sospechosa.
Así que sí.
Al fin, un día bueno.
Voy a intentar disfrutarlo.
Aunque una parte de mí todavía esté mirando por encima del hombro.
Porque aparentemente, incluso cuando todo está bien, seguimos sobreviviendo.