Cuatro cicatrices paralelas, como de garra, y Tucker las muestra delante de las cámaras justo antes de que lo metan en una celda con Kennedy de guardia. Para mí sabía que no salía vivo de ahí y por eso gritó para la tele: quería que quedara grabado. Lo de la celda a los pocos minutos no me lo trago, y con el patrullero de Kennedy desaparecido, Ruff va manejando en la niebla derecho a lo que lo espera.
Misterio en Valentown Capitulo 4: Ojos Amarillos
Pensamiento
Cuatro cicatrices paralelas, como de garra, y Tucker las muestra delante de las cámaras justo antes de que lo metan en una celda con Kennedy de guardia. Para mí sabía que no salía vivo de ahí y por eso gritó para la tele: quería que quedara grabado. Lo de
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Capítulo 4
Las cámaras de televisión seguían grabando mientras los policías llevaban a Tucker Miller hasta el patrullero. Cuando uno de los oficiales abrió la puerta del vehículo, Tucker se resistió con una fuerza inesperada y levantó el brazo izquierdo por encima de su cabeza.
Su voz rompió el murmullo de la multitud.
—¡¡¡Miren mi herida!!!
Durante unos segundos, todo quedó en silencio. Los periodistas dejaron de hacer preguntas. Incluso algunos policías giraron instintivamente la cabeza hacia el brazo de Tucker.
La manga de la camisa se deslizó hacia atrás. En su antebrazo podían verse cuatro largas cicatrices paralelas. No parecían cortes comunes.
Eran profundas, irregulares y recorrían casi todo el brazo desde la muñeca hasta el codo. La piel alrededor tenía un tono oscuro, como si nunca hubiera terminado de cicatrizar.
Uno de los fotógrafos hizo varias tomas. Los flashes iluminaron la escena.
—¿Qué le pasó en el brazo? —preguntó un periodista.
Antes de que alguien pudiera acercarse, Tucker volvió a gritar con una desesperación que hizo estremecer a todos.
—¡¡¡Busquen a los ojos amarillos!!!
Los periodistas comenzaron a hablar entre ellos.
—¿Qué quiso decir?
—¿Está delirando?
—¿Quiénes son los ojos amarillos?
Un camarógrafo bajó lentamente la cámara. Una anciana que observaba desde la vereda se persignó en silencio.
Los policías intentaron introducirlo en el patrullero. Pero Tucker seguía resistiéndose.
—¡¡No fui yo!!
—¡Ellos vienen cuando cae la noche!
—¡Él me hizo esto!
—¡El hombre de los ojos amarillos!
—¡Él mató a mi hijo!
Los oficiales lograron empujarlo hacia el interior del vehículo. La puerta se cerró de golpe.
Los patrulleros arrancaron y desaparecieron lentamente por la avenida principal mientras la lluvia volvía a intensificarse.
Desde la vereda de enfrente, Nick Borston permanecía completamente inmóvil.
No podía dejar de pensar en aquellas últimas palabras.
"Miren mi herida..."
"Busquen a los ojos amarillos..."
Recordó inmediatamente la sonrisa del oficial Kennedy aquella mañana frente al cuerpo de Vance.
¿Y si Tucker estaba diciendo la verdad?
¿Y si aquellos ojos amarillos realmente existían?
Un escalofrío recorrió su espalda.
Por primera vez sintió que el asesino no era una persona común.
Esa noche, el pueblo parecía completamente abandonado. La lluvia había cesado, pero una espesa niebla cubría las calles de Valentown. Las luces de las casas comenzaban a apagarse una tras otra. Los comercios cerraron antes de lo habitual.
Los pocos vecinos que aún caminaban por las veredas lo hacían mirando constantemente hacia atrás. El miedo había comenzado a instalarse en el pueblo.
En su casa, el sheriff Ruff McNolland intentaba ordenar toda la información del caso. Sobre la mesa del comedor había fotografías del bosque, informes forenses, mapas del Viejo Sendero y varias anotaciones escritas de puño y letra.
Nada encajaba.
Un chico asesinado.
Sin signos de defensa.
Sin hígado.
Con extraños orificios en las muñecas.
Una sustancia desconocida.
Y ahora...
Aquella desesperada advertencia sobre unos misteriosos ojos amarillos.
Ruff se quitó lentamente los lentes. Se llevó ambas manos al rostro.
Era la primera vez desde que había llegado a Valentown que sentía que una investigación comenzaba a escaparse completamente de su control.
El teléfono sonó de repente.
El sheriff atendió de inmediato.
—¿Sheriff?
Era el oficial Keith. Su voz sonaba completamente alterada.
—Sheriff... ocurrió algo terrible.
McNolland se puso de pie.
—¿Qué pasó?
Del otro lado solo se escuchaba una respiración agitada. Keith tardó varios segundos en responder.
—Tucker Miller...
—...apareció muerto en su celda.
El sheriff quedó completamente inmóvil. Durante unos segundos no pudo decir una sola palabra.
—¿Qué...?
—Todo indica que se suicidó hace apenas unos minutos.
Ruff tomó inmediatamente las llaves de la camioneta y su sombrero de sheriff. Antes de salir, hizo una última pregunta.
—¿Quién estaba de guardia?
Esta vez, el silencio fue todavía más largo.
—Kennedy...
El sheriff frunció lentamente el ceño.
—¿Dónde está ahora?
Keith respiró profundamente.
—Ese es el problema...
—Nadie sabe dónde está. Revisamos toda la comisaría. Su escritorio está vacío. Su patrullero tampoco está.
—Desapareció.
La llamada terminó.
Durante varios segundos, Ruff permaneció inmóvil observando el tablero donde tenía clavadas las fotografías del caso.
El informe del doctor Wallace.
Y el rostro de Tucker gritando desesperadamente sobre los ojos amarillos.
Algo no estaba bien.
Encendió la camioneta.
El motor rompió el silencio de la noche.
Mientras conducía hacia la comisaría, no podía dejar de recordar las últimas palabras de Tucker.
"Busquen a los ojos amarillos..."
P or primera vez desde que llegó a Valentown, Ruff McNolland comenzó a preguntarse si aquel caso escondía algo mucho más oscuro que un simple asesinato.
La niebla cubría completamente la ruta.
Y el sheriff aún no lo sabía...
Pero mientras avanzaba hacia la estación de policía...
Algo ya lo estaba esperando.
Thoughts
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PermalinkBueno, a Ruff le doy un chance: con las fotos en la mesa y las manos en la cara, ese no sabía nada. El que me tiene loca ahora es Keith, que tarda demasiado en decir quién estaba de guardia.
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PermalinkCuatro cicatrices paralelas, como de garra, y Tucker las muestra delante de las cámaras justo antes de que lo metan en una celda con Kennedy de guardia. Para mí sabía que no salía vivo de ahí y por eso gritó para la tele: quería que quedara grabado. Lo de la celda a los pocos minutos no me lo trago, y con el patrullero de Kennedy desaparecido, Ruff va manejando en la niebla derecho a lo que lo espera.
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