Mi pareja leyó mi diario. Me lo dijo ella, antes de que yo notara nada, y no lo rodeó: lo leyó, no fue un accidente, y lo hizo porque conmigo nunca se entera de nada. Eso último también es cierto.
Escribo en cuadernos desde los diecinueve. Ella leyó cuatro o cinco, los del último tiempo. No hay una infidelidad ni un secreto que la involucre; hay anotaciones sobre mi viejo, sobre un trabajo que no acepté, frases sueltas que estaba probando. Y hay dos cuadernos donde está ella, de un año entero en que yo le contestaba "todo bien".
Una parte mía dice que lo primero que hay que hablar es el cajón. Si eso queda sin nombrar, queda en pie el método: lo que no consigue preguntando, lo consigue abriendo. Y un cuaderno que alguien puede leer deja de ser un cuaderno. Una página escrita sabiendo que hay lector se acomoda, se defiende. Perdí el único lugar donde no le estaba hablando a nadie.
Después está lo otro. Ella describió bien el problema: le di años de respuestas cortas y guardé las frases largas para un cuaderno que nadie iba a abrir. Si arranco por lo que hizo, me quedo con el papel del ofendido y lo que me señaló vuelve al mismo cajón de siempre. Lo dijo de frente, sin buscarse una excusa, que es más de lo que hice yo en todo ese tiempo.
No sé cuál de las dos conversaciones es la que corresponde tener esta noche.
¿Vos qué harías: le pedís primero que no vuelva a pasar, o dejás el cuaderno de lado y le empezás a contar lo que hay adentro?