Doy una formación de nueve meses en corrección y edición de textos. Una de mis alumnas, 43 años, dejó un puesto fijo en una gestoría y se ha gastado los ahorros en el curso y en los meses que vienen detrás. Ayer, al acabar la clase, me preguntó a la cara si creo que va a poder vivir de esto.
Sé contestar a eso. Después de quince años contratando y formando gente, coloco a alguien en la lista antes del segundo trimestre, y ella está en el tercio de abajo: cuidadosa, lenta, sin criterio propio para decidir qué se toca y qué se deja. Eso último a veces llega con los años y a veces no llega nunca. Y ella no ha pagado nueve meses de clase para que le dé ánimos, sino por lo que yo veo.
Lo que pasa es que me he equivocado en esto mismo. En 2018 di por perdido a un alumno que hoy corrige para tres editoriales y al que le paso encargos cuando no llego. No lo cuento por modestia, sino porque fue el mismo juicio, hecho con la misma seguridad, y falló.
El jueves entrega el último trabajo del curso y me lo va a volver a preguntar. Diga lo que diga, incluso si digo que no lo sé, lo va a oír como el veredicto de la única persona que la ha visto trabajar nueve meses seguidos.
¿Le doy mi pronóstico o le digo que no soy quién para dárselo?