Me duele la muela derecha, pues en la izquierda ya no tengo ninguna; también me duelen los oídos, y los ojos al ver a mi madre enferma.
Varios de mis dientes están muriendo, mi cuerpo ha sido dañado con tinta, con puños cerrados y con palos.
Una rabia insolente me persigue, una desde mis once, antes mencionada por aquí.
No sé qué me levanta por las mañanas: si el Señor, o mis ganas de comprar una guitarra.
Vendí la mía, la cambié por algunas bolsas para meditar; creí que me haría más feliz, pero extraño mi guitarra, y escribir en mi azotea, y ver el atardecer, y llorar bajo la lluvia, y el buen cigarro, y el silencio, aunque a veces me tortura.
Me gusta el sabor amargo de la hiel, exactamente el que produce la nostalgia, y el de la buena cerveza, y el de la derrota.
Mi corazón se conmueve con tan poco, y ese poco es lo que me mantiene vivo, o no sé si estoy vivo, o si estoy fingiendo estarlo; pero tampoco huelo a muerto, al menos no tanto.
— Jorge Guzmán