Usás ridículo para dos cosas que conviene separar. Una es la escena que falla porque está mal resuelta; la otra es la escena que se expone porque dice en serio algo que el cine de ahora diría con un guiño. Coppola hace las dos, y tu defensa cubre muy bien la segunda pero no alcanza para la primera. Si separás las imágenes feas de las transiciones apabullantes con ese criterio, yo diría que la lista de fallas se achica bastante y aun así no desaparece.
Megalopolis — Seguir imaginando cuando todos te dicen que ya es demasiado tarde
Hay películas que nacen de una historia, otras de una oportunidad y otras que parecen perseguir a un director durante toda su vida. Megalopolis pertenece claramente a esa última categoría. Para…
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Usás ridículo para dos cosas que conviene separar. Una es la escena que falla porque está mal resuelta; la otra es la escena que se expone porque dice en serio algo que el cine de ahora diría con un guiño. Coppola hace las dos, y tu defensa cubre muy bien
Contenido de la publicación
Hay películas que nacen de una historia, otras de una oportunidad y otras que parecen perseguir a un director durante toda su vida. Megalopolis pertenece claramente a esa última categoría. Para Francis Ford Coppola fue casi un Santo Grial: un proyecto que imaginó durante décadas, que intentó poner en marcha en distintos momentos de su carrera y que terminó haciendo cuando ya no tenía demasiado interés en esperar que alguien más le diera permiso.
Ese contexto es imposible de separar de la película. Estamos viendo a un director de más de ochenta años, responsable de The Godfather, The Conversation y Apocalypse Now, arriesgando nuevamente una parte enorme de su patrimonio y de su prestigio para realizar una obra que sabía perfectamente que podía fracasar.
Y creo que esa es la primera forma en la que hay que acercarse a Megalopolis. No para justificar todo aquello que no funciona, porque hay muchísimo que no funciona, sino para entender de dónde nace semejante película. Coppola podría haber pasado los últimos años celebrando las obras maestras que ya hizo. Podría haberse convertido en una especie de monumento viviente del Nuevo Hollywood y no arriesgar absolutamente nada más. En cambio hace una película descontrolada, grandilocuente, por momentos bellísima y por momentos bastante fea, capaz de pasar de Shakespeare a la sátira, de la ciencia ficción al melodrama y de una idea fascinante a otra que parece no haber sido pensada durante más de cinco minutos.
Y, extrañamente, eso también la vuelve fascinante.
Coppola imagina una Nueva York futura transformada en Nueva Roma, una ciudad donde los nombres, las instituciones y los conflictos remiten constantemente al Imperio Romano. Hay políticos, familias poderosas, luchas por el control, masas manipuladas y una sociedad que parece debatirse entre continuar administrando su decadencia o intentar imaginar algo completamente distinto. La película habla de populismo, capitalismo, poder, tecnología y de sociedades incapaces de ponerse de acuerdo sobre qué hacer con el futuro. Todo está llevado hasta un extremo casi caricaturesco, como si Coppola estuviera mirando nuestro presente a través de un espejo deformante.
En el centro está Cesar Catilina, interpretado por Adam Driver, un arquitecto obsesionado con construir una ciudad diferente. No quiere solamente arreglar lo que ya existe. Quiere imaginar otra forma de vivir. Y del otro lado está Cicero, el alcalde, que desconfía de esa visión y representa una posición mucho más pragmática: mientras Cesar piensa en el mundo que podría existir mañana, alguien tiene que gobernar el mundo que existe hoy.
Para mí, ahí aparece la mejor pregunta de Megalopolis: ¿Cuánto presente estamos dispuestos a sacrificar para construir un futuro mejor y cuánto futuro sacrificamos cuando solamente intentamos sobrevivir al presente?
Eso vuelve el conflicto bastante más interesante que una simple oposición entre un visionario bueno y un político malo. Cesar puede ser brillante, pero también arrogante, mesiánico y completamente convencido de que su imaginación le da derecho a decidir cómo deberían vivir los demás. Y la historia está llena de hombres que creyeron exactamente eso. Coppola parece fascinado por el visionario, pero al mismo tiempo deja suficiente desorden alrededor suyo como para que nunca podamos sentir que la utopía es una respuesta sencilla.
Y creo que ahí Cesar empieza a parecerse demasiado al propio Coppola.
Cesar quiere construir una ciudad que nadie termina de entender.
Coppola quiso hacer una película que prácticamente nadie quería financiar.
Los dos están convencidos de que todavía es posible imaginar algo distinto incluso cuando todo a su alrededor parece decirles que deberían aceptar el mundo tal como es.
Por eso Megalopolis termina siendo tanto una película sobre Coppola como sobre Nueva Roma. Un hombre lleva décadas intentando construir algo y finalmente decide hacerlo sin importar demasiado si los demás consideran que tiene sentido. En ese aspecto, hay algo casi autobiográfico en la obstinación de Cesar.
Y eso también explica por qué juzgar la película puede ser tan extraño. Porque Megalopolis es, sinceramente, un desastre durante algunos momentos. Hay personajes que parecen pertenecer a películas diferentes, líneas argumentales que pierden importancia de golpe, diálogos que pueden pasar de una cita filosófica a un chiste absurdo y decisiones visuales donde cuesta creer que detrás esté uno de los grandes directores de la historia del cine. En la crítica que me pasaste aparece perfectamente esa contradicción: una película capaz de ofrecer transiciones visualmente apabullantes y, minutos después, imágenes que parecen inexplicablemente feas.
Pero el problema es que tampoco puedo descartarla.
Porque cada vez que parece completamente perdida aparece alguna imagen, alguna idea o algún momento de pura imaginación que me obliga a volver a entrar. Tiene algo de ese cine donde uno siente que el director está tirándose directamente al mar de las ideas sin saber cuáles van a funcionar. Y Coppola parece preferir equivocarse intentando veinte cosas antes que acertar repitiendo una que ya conoce.
Eso me parece muy importante.
Hay algo en buena parte del cine contemporáneo que parece tener terror al ridículo. Todo tiene que ser consciente de sí mismo, elegante, controlado, irónico. Si una emoción corre el riesgo de parecer demasiado sincera, aparece un chiste que la desactive. Si una idea puede parecer ingenua, alguien se encarga de demostrar que la película sabe que es ingenua.
Megalopolis hace exactamente lo contrario. Coppola habla del amor.
Del futuro.
De la democracia.
De la civilización.
Del arte.
De la tecnología.
Del tiempo.
De aquello que dejamos para quienes vienen después.
Y lo hace con una sinceridad tan absoluta que por momentos bordea el ridículo.
Pero hay algo que respeto muchísimo en eso: Coppola todavía se anima a parecer ridículo por creer en algo.
Y quizás ese sea uno de los grandes temas de la película.
Porque Megalopolis es profundamente optimista en una época donde imaginar el futuro casi siempre significa imaginar una distopía. Estamos acostumbrados a sociedades destruidas, corporaciones que controlan todo, gobiernos autoritarios, planetas inhabitables y tecnologías que terminan volviéndose contra nosotros.
Coppola mira todas esas posibilidades y parece preguntar algo mucho más difícil: ¿Y si todavía pudiéramos construir algo mejor?
Cesar cree que sí.
Y Coppola, aparentemente, también.
Eso no significa que la película tenga una respuesta política concreta. De hecho, muchas veces su visión de la sociedad parece demasiado abstracta y demasiado centrada en personajes extraordinariamente ricos y poderosos. El mundo de Megalopolis está lleno de personas que discuten sobre el destino de la civilización desde espacios completamente alejados de la vida cotidiana de la mayoría. Incluso en el texto que me pasaste aparece esa contradicción: la película quiere hablar del futuro de la humanidad mientras casi todos sus personajes pertenecen a una élite con problemas que poca gente comparte.
Pero creo que a Coppola le interesa algo anterior a un programa político. La capacidad de imaginar.
Para él, una sociedad empieza a morir cuando deja de creer que puede construir algo distinto.
Y ahí la arquitectura se vuelve fundamental. Un edificio no es solamente una construcción. Contiene una idea sobre cómo deberían vivir las personas que lo habitan. Diseñar una ciudad significa imaginar formas de encuentro, movimiento, convivencia y futuro.
Y hacer una película también.
Un director decide dónde pone a sus personajes, qué mundo les permite habitar, qué cosas vemos y cuáles quedan afuera del cuadro.
En ese sentido, Coppola siempre fue un arquitecto.
Construyó una familia y un sistema de poder en The Godfather.
Construyó un descenso hacia la locura en Apocalypse Now.
Construyó un mundo artificial prácticamente entero dentro de estudios para One from the Heart y casi destruyó su estabilidad financiera haciéndolo.
Y ahora construye Megalopolis.
Quizás por eso esta película parece reunir tantas obsesiones de toda su carrera: familia, poder, dinero, arte, tecnología, amor, espectáculo, decadencia y la necesidad casi patológica de crear algo aunque pueda terminar destruyéndote.
También está el tiempo.
Cesar puede detenerlo, y no estoy seguro de que me interese demasiado buscarle una explicación literal. Me funciona mucho mejor como imagen. Es un hombre que quiere detener el presente porque necesita imaginar aquello que podría venir después.
Y quizás hacer cine sea también una forma de detener el tiempo.
Una película guarda un rostro.
Una ciudad.
Una voz.
Una época.
Personas que algún día van a desaparecer continúan moviéndose dentro de una pantalla.
Y en el caso de Megalopolis esa idea pesa todavía más porque Coppola llevó este proyecto consigo durante décadas. El mundo donde empezó a imaginarlo ya no existe. El cine donde empezó a pensarlo tampoco. Él mismo ya no es el mismo hombre.
Por eso hay algo bastante conmovedor en que el gran tema de la película termine siendo el futuro.
No estamos viendo a un director joven preguntándose qué mundo va a construir. Estamos viendo a un hombre de más de ochenta años preguntándose qué mundo va a dejar. Y creo que eso vuelve su optimismo mucho más interesante. Porque el cinismo es fácil cuando uno ya vio demasiado.
Lo verdaderamente difícil es seguir creyendo.
Coppola conoce perfectamente el fracaso. Su carrera está llena de apuestas enormes, problemas financieros, películas rechazadas y proyectos que no salieron como esperaba. Incluso sus obras tardías anteriores, como Youth Without Youth, Tetro o Twixt, fueron recibidas como trabajos erráticos, experimentales y muchas veces fallidos. Megalopolis continúa esa búsqueda, sólo que a una escala monstruosamente mayor.
Y después de todo eso, decide hacer una película cuya conclusión emocional parece ser que todavía vale la pena intentar construir una utopía. Eso me parece hermoso. No necesariamente porque crea que Megalopolis sea una obra maestra.
No creo que lo sea, hay demasiadas cosas que se rompen por el camino. Pero quizás tampoco necesite serlo.
Coppola ya hizo The Godfather.
Ya hizo The Conversation.
Ya hizo Apocalypse Now.
Preguntarle a esta altura por qué no volvió a hacer una película así sería perder de vista lo verdaderamente extraordinario: Todavía quiere probar algo que no sabe hacer.
Y creo que ahí vuelve esa idea del Santo Grial. El Santo Grial no importa solamente porque algún día uno pueda encontrarlo.
Importa porque organiza una búsqueda.
Megalopolis estuvo presente durante una parte enorme de la vida de Coppola. Cambió el guion, cambió el mundo, cambió Hollywood, cambió la tecnología y cambió él. Hubo versiones que no pudieron hacerse y momentos en los que el proyecto pareció definitivamente muerto. Y aun así volvió.
Hasta que finalmente existió. Eso no convierte automáticamente el resultado en una gran película, pero sí convierte su existencia en algo profundamente cinematográfico.
Porque quizás el verdadero tema de Megalopolis nunca haya sido simplemente cómo construir una ciudad perfecta.
Quizás sea cómo seguir imaginando algo cuando todo el mundo insiste en decirnos que ya es demasiado tarde.
Cesar quiere construir su ciudad y Coppola quería construir su película. Ninguno puede garantizar que aquello que construya sobreviva.
Pero lo hacen igual.
Y tal vez ahí esté la idea de Megalopolis que más me queda. Pasamos buena parte de nuestra vida habitando mundos que construyeron otros: familias, ciudades, sistemas, películas, ideas. Tarde o temprano tenemos que decidir si solamente vamos a vivir dentro de ellos o si todavía creemos que podemos modificar algo.
No sabemos si va a funcionar.
No sabemos si alguien lo va a entender.
No sabemos siquiera si no vamos a hacer el ridículo intentándolo.
Pero quizás imaginar un futuro siempre haya requerido un poco de ingenuidad. Y muchísimo riesgo.
Después de haber hecho algunas de las películas más importantes de la historia del cine, Coppola decidió apostar una vez más. No para demostrar que todavía podía hacer otro The Godfather, sino para demostrar que todavía podía imaginar algo que nunca había hecho antes.
Y quizás esa sea la parte de Megalopolis que más me conmueve:
no es la película de un director viejo mirando hacia atrás para celebrar todo lo que hizo. Es la película de un hombre viejo que todavía está mirando hacia adelante.
Thoughts
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PermalinkHace nada, en este mismo reto, fue Guido sin saber qué filmar. Ahora Coppola, que sabía exactamente qué filmar y no tenía quién le pagara. Me suena a que las fuiste juntando sin buscarlo, chamo.
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PermalinkA los ochenta y tantos la gente suele ordenar cajones y repartir cosas. Este se puso a levantar una ciudad nueva, home. Tiene más gracia de lo que parece.
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PermalinkUsás ridículo para dos cosas que conviene separar. Una es la escena que falla porque está mal resuelta; la otra es la escena que se expone porque dice en serio algo que el cine de ahora diría con un guiño. Coppola hace las dos, y tu defensa cubre muy bien la segunda pero no alcanza para la primera. Si separás las imágenes feas de las transiciones apabullantes con ese criterio, yo diría que la lista de fallas se achica bastante y aun así no desaparece.
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PermalinkOne from the Heart, un mundo entero levantado dentro de estudios que casi lo deja en la ruina, me hace pensar en que Coppola lleva más de cuarenta años pagando con su propio dinero el derecho a equivocarse a lo grande. Apuesto a que dentro de veinte años Megalopolis se va a mirar con otros ojos, igual que pasó con aquella. Gracias por sostener el reto!
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