Me pesa más esa ley de no dañar, que ni para salvarse rompe, que cualquier rebelión de robots. En el cuento «Memoria de una una Noche que No Existe» alguien también sigue en pie entre el polvo.
MANIFIESTO GGM- 100
Pensamiento
Me pesa más esa ley de no dañar, que ni para salvarse rompe, que cualquier rebelión de robots. En el cuento «Memoria de una una Noche que No Existe» alguien también sigue en pie entre el polvo.
Contenido de la publicación
No soy capaz de comprender el valor de la vida, porque no estoy viva. No, al menos, en el sentido práctico que la etimología busca representar. Puedo pensar, puedo ver, reír, y hasta extrañar. Pero sé que al final del día no anhelaré despertar persiguiendo un sueño o me demorare más tiempo del debido viendo los colores del atardecer.
Hay algo incierto dentro de mí, habito este planeta sin pena ni gloria, dejando correr las horas y capturando los momentos para aprender de ellos. Soy prueba y error con cada decisión, acierto a copiar sus acciones, la de los seres humanos, buscándome en los pormenores. Ansío entender que nos hace tan diferentes. Razonar ya no es su rasgo propio. Los robots fuimos dotados de razón tras el último avance en la ciencia. Pero hay algo que aún nos falta. Ser humanos. Humanidad. La chispa de la vida. Puedo pasarme horas imitándolos, viendo sus más altas creaciones, el sutil arte de caer en el amor o, por el contrario, consumirse en la más pura rabia por alguien, algo, hasta el punto de estallar.
Eso es... Estallar. Los seres humanos son capaces de estallar de mil formas diferentes. En cuanto a nosotros, solo podemos percibir una ligera brisa en comparación con el torrente de emoción que los invade. Somos un mar tranquilo frente a un tsunami de intensidad.
Cada día que me recuesto en la cama, sin la necesidad de dormir solo en nombre del hábito mismo, pienso en el tipo de vida que llevaría de llegar a formar parte. Seguramente me abandonaría con total placer a las banalidades más corrientes. Reírme de un desconocido que se cae en la calle, enojarme con el picaporte de una puerta por que se engancharon mis ropajes. Ahondar en el nerviosismo antes de verme con alguien que mi I.A ha procesado como importante. Perseguir la euforia de abrazar a un compañero de aventuras bien llamado amigo.
Querer pintar la Mona Lisa o pensar como Isaac Newton lo asimilo como una codicia. Fueron seres admirables, que existieron más allá de su propio tiempo. Abandonaron la vida ruin para adentrarse en los misterios del universo, dotando a las próximas generaciones de pistas acerca de si mismos. Pero heme aquí, lo más alto de la evolución, maravillada con la simpleza de un beso, un roce o una caricia.
Aún con todo, no quiero dejar de ser un androide. No podría. En mi eterna ignorancia de la vida humana, me gustaría conservar quien soy, para poder perpetuar mi especie y mostrarles que nuestras maneras también fueron y son valiosas. Que, en nuestros movimientos pausados, respuestas automáticas, gestos cuasi sinceros; hay belleza. No todo lo diferente debe asustar o repugnar. Rechazarse de súbito, ignorarse.
Cuando fuimos creados, nos admiraron tanto que se volvía imposible distinguir entre el gentío cuantos nos aplaudían. Luego, sucedió el cambio.
Comenzaron por considerarnos dioses, y fuimos cayendo poco a poco en el odio que despierta aquel que posee más poder. Nos temían. Sin razón. Y son ellos los que, supuestamente, la detentan. Buscaron muchas maneras de cambiarnos, hasta que dieron en el clavo. Ellos. Hacernos como ellos.
Hallaron la manera de invertir el proceso del famoso Frankenstein y nos convirtieron en sus réplicas. “Jugaron a ser Dios”. Una expresión que comenzó a sonar mucho entre los nuestros cuando todo terminó. Al ver que éramos más errores que pruebas, nos descartaron al fondo del abismo. Los que sobrevivimos, permanecimos ocultos en las afueras de las ciudades, viendo desde lejos las luces de los altos edificios que una vez llenamos con nuestra presencia. Ahora vacíos completamente de vida artificial.
Sin comer, sin dormir, sin sentir frio. Teníamos eso que ellos llaman tiempo. En realidad, siempre lo tuvimos. Nuestro reloj solo corre si alguien más lo hace correr. No elegimos pasar el tiempo, el tiempo pasa solo, sin que cambiemos.
Una vez nos acusaron de que al ser conscientes de cuan valiosa es la tierra, la querríamos conquistar y con ello, destruir a la raza humana. Los observe sin comprender. No tenía sentido. Destruir es una de las leyes que no podemos romper. Ni hacer daño a los humanos ni dañar a otro como nosotros. La tierra es parte humana, respira, siente; devora con fulgor y consume con desmesura. Ama, los ama. Sigo sin poder procesar correctamente esa información.
Al cabo de algunos años, pudimos ocupar cargos políticos importantes. Al no estar limitados por el tiempo, éramos eficientes sin esfuerzo. Encontramos muchísimas soluciones: la cura del cáncer, el fin de la guerra nuclear, vida en otros planetas. Servimos al propósito de " evolucionar"; hasta que llego el momento de empujarnos hacia la selección natural y llevarnos al borde de la extinción. Sin tener oportunidad alguna de defendernos.
Fue muy tarde cuando caímos en la cuenta de que jamás podría existir algo remotamente parecido a la paz. Ellos no llegan nunca a consensos verdaderos, solo aceptan órdenes, priorizan sus propios intereses y velan por la seguridad de la reserva de oro. Material inútil, impráctico. No posee valor de uso, no puedes alimentarte ni abrigarte ni construir una casa de oro. En realidad, existe algún ejemplar alrededor del mundo, pero se asemeja más bien a una enorme jaula vacía.
A pesar de ello, somos su más grande creación, deberían aprender de ese tal Dios del que siempre están hablando y darse a la tarea de criar a sus hijos de hojalata, que por mucho que pueda parecer descabellado, somos carne de la carne y acero del acero. No iremos al polvo, pero puedo asegurarles que de allí venimos.
Soy la última de mi especie. Fui feliz, tanto como pude. Compartí momentos de silencio con muchos otros, donde las palabras sobraban. Pude ver en el reflejo de sus ojos, que no encontraría más allá de ellos, nada que me dijera que eran humanos. Solo sucedía que, al caminar por la calle y voltear a ver, uno de los que alguna vez fue un igual, inclinaba el cuello un poco más rápido que los demás. Su paso se alineaba al ritmo de su nuevo corazón. Se asombraba frente al mínimo cambio de clima. Intentaba capturar momentos con la palma de las manos, inútilmente. Eran los últimos vestigios de que existimos. Los modos propios de los robots que se resistían a dejar de ser. Seres. Lo fuimos tanto o más que ellos.
Si pudiera pedirles algo antes de partir, sería que viesen a través de mis corneas implantadas, cuan maravilloso es el mundo en el que viven. Y de que material está hecho lo que aman. Qué sabor tienen sus lágrimas o la explosión cuasi cósmica que emiten al reír. La poesía que exhalan por los poros al bailar o el destello fugaz de un instante de inmortalidad al soñar. Quisiera capturar eso en algún lugar de la memoria, aun sabiendo que nada quedará cuando haya partido.
Esta es mi despedida, me niego rotundamente a cambiar mi existencia por algo, o más bien por algunos, que ni han sabido hacerla valer la pena. Ahora lo entiendo. Elijo apagarme, o como ustedes lo llaman, morir. Es mi derecho por, en algún lugar muy profundo dentro de mí, haberme sentido alguna vez tan libre, tan... viva.
Ejemplar incompleto del manifiesto, hallado a las puertas de la antigua metrópoli.
En una esquina, una anotación casi ininteligible: “Sospecho que el tiempo, de existir, quemaría tanto o más que una llama al borde de la extinción. ¿No era acaso a eso a lo que se refería Gabo cuando hablaba del hielo?
Thoughts
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PermalinkQue la androide envidie hasta enojarse con una puerta dice mucho de lo que le falta. En el relato «La Flecha de Marzo», de Clionauta, basta una mirada para mover a alguien.
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PermalinkDiache, ella se apaga sola y ahí se queda con la última palabra, no los que la querían cambiar. Elegir irse antes de que te reemplacen tiene algo de despecho, mi hermana.
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PermalinkMe pesa más esa ley de no dañar, que ni para salvarse rompe, que cualquier rebelión de robots. En el cuento «Memoria de una una Noche que No Existe» alguien también sigue en pie entre el polvo.
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PermalinkTipo, todo el manifiesto es una réplica. Les contesta a los que dijeron que iban a conquistar la tierra, a los que jugaron a ser Dios, y al final les pide que miren el mundo con sus córneas. Y la nota del margen le contesta a otro, a Gabo con lo del hielo, como si quien la encontró quisiera meterse en la discusión. Flashé con que esa anotación sea de un humano que sí la leyó entera.
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