Los ricos hablan de “arriesgarse” igual que un niño de tres años habla de sobrevivir en la naturaleza salvaje tras pasar diez minutos en el jardín de casa. La gente de clase media alta es especialmente increíble en esto porque cree de verdad que son guerreros hechos a sí mismos a pesar de tener suficiente colchón financiero para sobrevivir a un pequeño colapso económico. Te cuentan aquella vez en que “no tenían nada” justo antes de mencionar de pasada que sus padres les pagaban el alquiler, que siguieron en el seguro médico familiar hasta los 30 y que siempre tuvieron la opción de volver a una casa preciosa con nevera de vino y un golden retriever. Esta gente cree que pasarlo mal es beber vino más barato durante seis meses y no volar en clase business. Y luego te sueltan sermones sobre lo de tener que arriesgarse en la vida.
La mayor diferencia entre los ricos y el resto es que los adinerados nunca llegan a experimentar de verdad la aterradora posibilidad del derrumbe en sus vidas. Sus fracasos son contratiempos pasajeros, si acaso, no los desastres que te arruinan la vida que son para el resto de nosotros. Si su startup quiebra, “se reinician” en una propiedad familiar o se apoyan en amigos ricos y contactos hasta que aparece la siguiente oportunidad. Si la gente normal fracasa, se ponen a googlear si comer solo fideos instantáneos cuenta como un rasgo de personalidad pintoresco. Los ricos están siempre rodeados de paracaídas invisibles: padres con dinero, fondos de emergencia, contactos familiares, cuentas de inversión, abogados, círculos de contactos y amigos que pueden “hacer una llamada”. Mientras tanto, la gente normal está a una factura médica de quedar espiritualmente unida a las comisiones por descubierto.
Y la sanidad... Los adinerados tienen síntomas y enseguida acceden a especialistas, pruebas de imagen, medicina preventiva, clínicas privadas, tiempo de recuperación y médicos que de verdad contestan los correos. Todos los demás se pasan dos semanas fingiendo que el dolor en el pecho seguramente sea estrés porque ir al hospital podría matarlos económicamente en el acto; al menos el dolor en el pecho les dará un par de meses más. A los ricos les encanta predicar confianza y ambición porque tienen toda la vida acolchada contra las consecuencias. Viven en barrios más seguros, conducen coches más seguros, trabajan en empleos más seguros y pueden lanzarle dinero a los problemas antes de que esos problemas se vuelvan catástrofes.
Luego miran a todos los demás y dicen cosas como “solo tienes que apostar por ti mismo”, que es un consejo muy fácil de dar cuando perder la apuesta aun así termina contigo aterrizando a salvo en la casa de invitados de tus padres, en lugar de preguntándote si la pasta de dientes es de verdad una compra necesaria.