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Los espirítus en rojo

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Se trata que las almas sobre los invasores en la noche de un espíritu. De que el hermano es su contención léelo por que esta buena y muchas gracias por seguir, me podes seguir por instagram Soylabela.ok Gracias.!!

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Pensamiento

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bertaenlaterraza

Aquí te van a dar todos la razón, yo te la doy a medias. Lo de Antonela guardándose el 'ayuda' hasta los veintipico a mí me da más pena que orgullo. ¿Ustedes hablaron de eso ya de grandes?

Aquí te van a dar todos la razón, yo te la doy a medias. Lo de Antonela guardándose el 'ayuda' hasta los veintipico a mí me da más pena que orgullo. ¿Ustedes hablaron de eso ya de grandes?

Contenido de la publicación

LOS ESPIRITÚS DEL ROJO

Agradecimientos


Para mi familia,

para los lectores

con mucho cariño.





































¡Ah, cuánta angustia tengo!


Pero te dormirás, que tu pecho de niño se convertirá en una aventura y duermes como una niña por ser siniestra.


dentro de este incómodo cajón de madera


de clavos de bronce que destellan en la noche,


tumbado en medio de la tiniebla rojas destellan.
































                                  CAPÍTULO UNO


LA NENA QUE NOS HACÍA CALMAR


En el año 1996


Era una niña de cinco años que se llama Camila , preparaba la cena y los padres llevaron la upa para dormir. Y la Mamá apagó las luces, a sus dos hermanas. Durante la habitación estuvieron pequeñas charlas para hacerla dormir durante las noches. La hermana menor tiene miedo a la gente porque dicen que en su cabeza nos parecen siniestras. 

Los profetas son los espíritus buenos, ángeles y que empiezan a vigilar el hogar y pero son cosas de que ella trata de descifrar y busca salida de la ansiedad. Todavía falta y ahora recién empieza. Se larga una actividad paranormal como un experimento entre espíritus.

A ella no las conocía, pero hablaba o son cosas que dicen por que el altar se ha activado.

 

Ya que algo suficiente que escuchaba los ruidos en la calle, le abrumaba el peso tanto de escuchar, y sentía mucho miedo tanto, por la gran incomprensión de los familiares y el uso de acople de los audífonos. Ellos creían que con el tiempo seguía usando y cada vez usando,cambiaba los audífonos y escuchaba fuerte.


Después del acople de las voces sentía que los audífonos ocupaban  mucha capacidad de sonido y de escuchar.


Las voces me seguían en las noches. Dentro de su vida nocturna sentía muy mal durante experimenté actividad paranormal, se trataba que los espíritus eran su miedo.  cuando mi madre dejaba a dormir , pero los grandes pensamientos no lo disfrutaban, pero me hacían escuchar y las imágenes de sufrimiento.





En la noche


Cuando Camila terminaba de comer con su familia , su mamá está embarazada de Agustín y no sabia que era su hermano, se lo dijo por sorpresa. Después, mi mamá contaba historias. Ahora, ya contaba historias para dormir y apagaba la luz, empezaba a tener terror. Lo que oía eran las voces tempranas nocturnas y nos alcanzaban mucho miedo de estar cerca.

Se entendía , era muy inteligente pudo distinguir para confiar, de que no eran ruidos de la casa. Pero no lo soportaba con algo que se le metían en la cabeza. Ella les decía 'espíritus', su palabra era el color rojo, por eso  su mente fue que agarró el miedo y parecían desagradables por qué  porque no conocía la palabra espíritus.


Algunas noches no aguantaba más. No sabía si era su pensamiento pero lo tomaba ciertamente serio.  Aunque se tapara los oídos con la almohada, los seguía oyendo por dentro. Se tapaba los oídos. Igual las voces seguían ahí, adentro.

Su madre le decía 'es un sueño, mi amor, dormí'. Camila no podía explicarle que no era un sueño. Que era peor.


El único alivio llegaba cuando salía el sol. De día, con la luz, los 'espíritus' se iban. Por eso Camila amaba cuando la noche se hacía día. Pero cada tarde, cuando el día se volvía noche otra vez, el miedo volvía a su cuarto feliz.


Quería que la abrazara a los tres, a su papá,mamá y Anto . Pero su mamá estaba cansada por el embarazo y su hija menor  no entendía. Y le sentia mal de su mamá con algo que su vientre que pensaba que le fallaba o también, se pensó también que para ella era su sueño.

Su madre no quería contar por que su hija menor era sensible. Su hermana Antonela les acompañaba a jugar rompecabezas juntas mientras mamá va a parir. 



















DE DIA


A las 5 de la mañana, cuando todavía estaba oscuro, Camila ya se levantaba. Preparaba sola su guardapolvo para ir al jardín. Su jardín se llamaba Modelo Lomas. Era su vida real.


Ir al jardín le daba miedo. Después de pasar la noche escuchando las voces, se sentía insegura. Pensaba que los niños del jardín se iban a burlar de ella porque no escuchaba bien. A veces, solo de pensarlo, se ponía a llorar antes de salir de casa.


Su hermana Antonela la entendía. La hermana mayor , le  tenía 14 años y le había pasado algo parecido en la secundaria. A Antonela también la molestaban a veces. Por eso, cada mañana, le ataba los cordones a Camila y le decía: “Si alguien te dice algo, me contás a mí. Yo te defiendo”.


Un día, todo cambió. Llegó su hermanito del hospital. La mamá volvió a casa con el bebé en brazos.Camila volvió del jardín infantes, le quería ver su hermanito. Era chiquito, lloraba bajito, y tenía olor a limpio. Y esa noche, por primera vez, protegida por un aura, la menor no sufrió actividades nocturnas.


Entonces cuando el ángel limpió el alma y los espíritus malos se fueron resbalando en los sueños que robó y que no era suyo. El ángel se hizo una limpieza en su alma para abrir nuevos caminos. Oyó desde el trono las palabras que pronunciaron el ángel que estaba limpiado:

— No puedo creer que está doliendo, ella es muy valiente y tengo oportunidades para que ella se sienta bien en su futuro. Nos estamos cortando sueños que no eran normales es que ella es parte la creación de los mundos. 

Empezó clases de dibujos, la maestra le habla a mamá ¿Por que dibujo bien el koala ?

— Exactamente un posible don.

— No lo puedo creer. ¿A donde viene ella?

— Me dijeron es la creaciones de los mundos ,que se basa en algo general, tiene varios dibujos geniales y  seguramente cuando ella sea grande va dibujar muy bien que le muestre…


 A LA NOCHE


Sentía que tener un hermanito me estaba cuidando mucho y el defendía entre mis pensamientos y yo de él.

A partir de ahí los espíritus no vinieron. El color rojo no apareció,los flashes rojos , en suspensión nítida y la corriente no seguía más y quedaria permanente. cuando se desperto les dijo : 

—gracias…

 Ella se  hamacaba la cuna empezaba a escuchar  la respiración de bebé se llama Agustin. De comedor, que está desde la otra pieza. Era un sonido chiquito, pero la calmaba.


Cuando era más chica, Camila pensaba que el hermano nuevo iba a ser otro espíritu malo. Pensaba que como ella no oía bien, él tampoco la iba a querer. Tenía miedo de que la casa se volviera más oscura.


Pero pasó al revés. Con la llegada del hermano, algo en su pecho se hizo luz. Entendió que no estaba sola. Que ahora tenía a alguien más chiquito que ella para cuidar.


Ese día Camila supo algo importante: a veces, para seguir adelante, solo necesitás que alguien nuevo llegue a tu vida y te dé una razón. Para ella, esa razón fue su hermanito.


Aprendió Camila qué era “Mi supervivencia es el amor”.

  



ALGO EL ROJO QUE NO NOMBRO

No fue que el rojo desapareció. El rojo se quedó.

Pero ahora a los espíritus les hablaba con otros colores.

El blanco del guardapolvo que le ataba Antonela.

El celeste de la manta del bebé que se movía cuando respiraba.

El amarillo de la luz de la cocina cuando mamá, sin fuerzas, igual le calentaba la leche.

El amor no borró el miedo. Le puso colores al lado. Y eso, para una nena de 4 años, era ganar.


   






















                                             CAPÍTULO DOS


LOS DÍAS QUE APRENDÍ A ESCUCHAR CON LOS OJOS


Durante el invierno, los espíritus volvían en tranquilidad porque quería conversar y quedó su duda  a Camila pero ella se defendió. Ella en la oscuridad los pasos al torpecer y logró defenderse y la acunaba a ver su hermanito en las noches . Le llamó a su mamá que Agustín está totalmente enrojecido y pensó que  también es por fiebre.

Durante la hora a Agustin lloraba mucho porque no lo soportaba. A Mamá se le ocurrió llamar al médico. Nuestra familia esperaba el resultado de su hermano. Antonela les dijo a Camila que vino el médico por que va revisar y ella no quiere  que vea que es una forma no contagiar.

El médico realizó pruebas que se trata de nuestra casa que no está cuidada, mucho frío puede contraer todos y menos calefacción.

— Usted tuvo mucha ventilación de aire caliente por eso contrajo fiebre. Les voy a dejar la receta para mejorar, el siguiente medicamento es un Rondín 100 gr y un Panamax 20 gr


En la tarde


Mamá fue a llevar a camila a atender clases particulares para la tarea de jardín por cualquier dificultad. La maestra integradora le ayudó a dibujar un espantapájaros y se le ocurrió una idea. Y ella tenía miedo y cerró el cuaderno ella percibió que recordó pero se equivocaba.

— ¿Camila, seguimos?

— Si dejó de pensar se desaparecieron los pensamientos feos.Por que cuando ella pretendía que los espantapájaros era una sombra, y más miedo pensaba.

Totalmente que la casa olía una brisa de  espíritus, Camila se acordó de los olores que estaba en el medio la casa cuando fué a la maestra .

Volvió a pensar otra vez pero no lo controlaba , cuando su figura era su olor de las tareas que fue a allá. Cuando llegó el olor en su casa  olía a Vick VapoRub, que para ella era su percepción en su mente era como un espíritu. Gladys dijo a Mamá , expresó su miedo a los espantapájaros  no sabía que camila tenía miedo.

La madre lo echó a su maestra por descuido.


Esa noche, Camila se acostó y vio un destello rojo detrás de sus párpados. Se tapó los oídos, pero finalmente caminó hasta la cuna. Agustín tenía la cara roja y los puños apretados. Camila puso su mano en su barriga que subía y bajaba y contó hasta 47 respiraciones; entonces a su hermanita aliviaba los pensamientos cuando agustín sonreía y  los espíritus se cansaron. 


La segunda vez fue cuando papá gritó a mamá que la leche estaba lista . Camila no entendió las palabras, pero el tono de su voz le dolió. Esa noche todo era gris, un gris que le apretaba la garganta. Sin permiso, se metió a la cama de Antonela, quien tenía 14 años y olía a limpio.


—No escuché nada —dijo Camila.


—Yo tampoco —respondió Antonela, apretándole la mano.


Durante el día, en el Modelo Lomas, todos conocían a Camila. La señorita Adriana le hablaba despacio para que leyera sus labios. Algunos chicos la miraban raro por sus audífonos, y Tomás la llamó robot una vez a Camila.


Camila recordó las palabras de Antonela: “Si alguien te molesta, me lo cuentas”. Pero guardó silencio.


Al día siguiente llevó fotos de Agustín al jardín para mostrarlo.


—Él es mi hermano —le explicó a Tomás—. Él no me dice robot porque es bebé, pero sé que me quiere.


Tomás no entendió del todo, pero nunca volvió a llamarla robot.


En el colegio, Camila había pasado momentos difíciles. Porque los compañeros no entendían cómo tenía que hablarles a su compañera. Por eso también no entienden su hipoacusia.

Es una generación de tipo de audífonos analógicos. 

Cada mañana no pudieron entender que soy un robot biónico, se burlaban de sus audífonos. Algunos la molestaban con apodos como “robot” o simplemente la miraban con curiosidad y sintió rechazo.

Camila no se sentía bien ,  se lastimaba y los compañeros se molestaban constantemente y empezó la travesura y las voces se expandieron. Por eso su hipoacusia en el tiempo son los malos compañeros para ella fue su percepción en su cabeza. Sentía que no podía más discutir y hacer travesuras y eso a Camila  le generaba inseguridad. Es cuando molestaban por que no escuchaban lo que decían, sino también porque no sabía cómo defender a sus compañeros.

Ella tuvo una ocasión rara, de sentirse atrapada de lo que fue su vida con los espíritus  en un silencio, Les consolaba a los compañeros a entenderlo deseando que alguien pudiera comprenderla y apoyarla.


Por eso, las palabras de Antonela, su hermana mayor, tenían un gran valor para ella: “Si alguien te dice algo, me cuentas a mí. Yo te defiendo”. Sin embargo, la inseguridad la hacía callar y no contar todo lo que pasaba en el colegio.












                          El ajuste de los audífonos de Analogicos a digitales


Por la tarde, Antonela le enseñó a jugar “manos”. Camila no escuchaba toda la canción, pero veía las manos de Antonela aplaudiendo y la sonrisa de Agustín. En ese momento entendió que le pasaba bien ese momento.

Se sintió cada vez más segura de la familia , pero un tiempo hubo incomprensión que los audífonos no alcanzaban la forma de escuchar y ella se  escuchaba de un modo bajito. Lo hablaba mal y sus padres fueron a widex a ajustar los audífonos. 

Los widex anunciaron que los audífonos son analógicos eran muy antiguos. La fonoaudiología reveló que la compresión de las palabras significa que todo no oía bien.


El equipo buscó una solución que en unos días habrá nuevos audífonos digitales y dejó los papeles para hacer trámites y lo calificó su audiometría les expreso es la audición  como crecimiento.


La comunicación en la casa empezó a ir más allá del sonido, y con eso Camila comenzó a sentirse más segura en un mundo que aún tenía que aprender a escucharla.


Con los audífonos digitales, por primera vez, empezó a oír con claridad y su mente pudo conectar mejor con su voz pronunciada, dándole confianza para expresarse.


Ahora, Camila soñaba con poder entender y ser entendida, no solo en casa, sino también en la escuela y en todos los lugares donde quisiera ser escuchada. Su camino apenas comenzaba, lleno de desafíos pero también de esperanza.




Esa noche, con los nuevos audífonos digitales ajustados, Camila se acostó en su cama sintiendo algo distinto. El silencio de antes había cambiado. Ahora los sonidos llegaban con más claridad, aunque aún no totalmente perfectos. Podía escuchar el leve susurro del viento fuera de su ventana, el tic-tac del reloj en la pared, y hasta el suave respirar de su mamá en la habitación contigua.


Al principio, la cantidad de sonidos le resultaba abrumadora. A veces se confundía, y su mente tardaba en procesar lo que oía. Pero había una novedad maravillosa: podía escuchar su propia voz más fuerte, más clara, y eso le daba seguridad para intentar hablar más sin miedo a equivocarse.


En la penumbra, cuando la casa estaba en calma, Camila pensaba en Agustín, en su risa sin dientes y en la forma en que sus pulmones subían y bajaban como una ola tranquila. Caminó descalza hasta la cuna, como aquella noche de invierno que había quedado grabada en su memoria. Puso la mano sobre la panza de su hermano y sintió el latido suave y constante que la conectaba con él.


                               Una noche de camilia de una forma solitaria


Esa noche, sin el rojo intenso que antes la asustaba, solo había calma y una luz tenue destellaba otra forma de vivir a enseñar con todo el amor era su abuelo Tito. Mientras caminaban juntos. Su escalofrío penetraba en el suelo cuando el espíritu enseñaba a no tener miedo y era un sentimiento de una manera soñar. Después, empezó a volar con el abuelo desde la ventana de su casa y  Camila, sentada en el lugar de los espíritus cantaron y volvía el mundo a su realidad en sus sueños. Y se despertó bien y le contó a su mamá y ella le gustó. Dice que estás pensando mejor y tus audífonos las escuchas con claridad se nota tu voz. 

La familia la aplaudía en su mente. Su voz ya no era un murmullo lejano, sino un puente hacia su mundo interior y hacia quienes la rodeaban.


Aunque la comunicación seguía siendo un desafío, Camila comprendió que no estaba sola. La familia estaba ahí para apoyarla, para escucharla y protegerla. Y ella también estaba aprendiendo a escucharse a sí misma, a entender sus emociones y a expresarlas.


En ese momento, la noche se convirtió en un espacio de encuentro, donde los sonidos y los silencios se mezclaban en un lenguaje nuevo, lleno de esperanza y de promesas para el futuro.


Mientras se acomodaba en la cama, cerró los ojos y pensó que, aunque el camino era largo y a veces difícil, podía avanzar con la certeza de que cada pequeño paso la acercaba a un mundo donde las palabras y los sentimientos encontrarán su lugar.


Y así, entre susurros y sonidos, la noche se transformó en un abrazo silencioso que la ayudó a soñar con un mañana donde la comunicación sería un puente, no una barrera.





                                   














                                                            CAPÍTULO TRES


                                    “LA PALABRA QUE NO PODÍA DECIR”

 

                                   

Antonela, la hermana mayor de Camila, tenía entre 13 y 15 años cuando, sin buscarlo, asumió el rol de madre. Por las noches, se pintaba las uñas a oscuras para esconder sus lágrimas y no preocupar a Camila. Le enseñó que hacer cosas era otra forma de expresar lo que no se podía decir con palabras. Pero ella misma guardaba un secreto: una palabra que la atrapaba y que escondía bajo el colchón junto a cartas sin enviar y esmalte rojo.


DE NOCHE


Los espíritus que antes visitaban a Camila, ahora llegaban a Antonela en forma de pensamientos inquietantes: el chico del colegio que le decía cosas y luego se burlaba, la voz de su mamá pidiéndole que cuidara a la bebé, y los gritos de su papá borracho y frustrado.

Los espíritus ya casi no venían a Camila.

Pero sí venían a Antonela. No eran voces. Eran pensamientos.

Pensamientos de un chico de 4to año que le decía linda en el pasillo y después se reía con los amigos.


Antonela recuerda que su mamá con la panza enorme, pidiéndole que cuide a la bebé porque “vos sos la grande, Anto”.

Pensamientos de papá que una noche volvió con olor a vino y le gritó inútil porque se le quemó la leche de Agustín.


Antonela no le decía espíritus.

No le decía nada.

—No es nada, Cami. Andá a dormir.


Y mientras Camila contaba las respiraciones de Agustín para espantar el rojo, Antonela contaba sus propias respiraciones para no poder gritar.

Una, dos, tres.

Se metía el pulgar en la boca y se pintaba las uñas con la luz apagada. Rojo. Siempre rojo.

Porque si Camila la veía llorar, el miedo volvía. Y Anto había decidido que en esa casa, con una sola que tuviera miedo alcanzaba.


La palabra que no podía decir Antonela no era amor.

Esa ya la sabía hacer: era levantarse a las 5 para plancharle el guardapolvo a Camila. Era cambiar pañales sin que nadie se lo pidiera. Era mentirle a la mamá yo estoy bien cuando se le caían los ojos de sueño.


De día, en el Modelo Lomas, Camila volvía con el cuaderno vacío. Con señas dijo:

—Soy burra.


Antonela dejó el esmalte abierto y el olor a acetona llenó la habitación. La miró y, aunque Camila no habló, le leyó los labios:

—No sos burra. Sos Camila. Y Camila aprende distinto.


Sacó punta a un lápiz rojo, el mismo color que Camila usaba para cubrir las heridas en los dedos que se hacía al morderse por la noche.

—Mirá, este es el rojo que te daba miedo, ¿no?

Camila asintió.

—Bueno, ahora esta red va a ser para aprender. Cada vez que no entiendas algo, lo pintamos de rojo, y después lo cambiamos a otro color. ¿Sí?


Camila no sabía que, mientras Antonela le explicaba, ella también se estaba salvando. Cada amarillo de “lo logré sola” que pintaban juntas era un color que Antonela guardaba en el pecho para no pedir ayuda.


Dos meses después, la profesora Graciela llamó a mamá.

—No sé qué hicieron en esta casa, pero la nena no para.


Mamá lloró, un llanto lleno de luz.

Esa noche le dijo a Camila:

—Vos sos mi orgullo, mi amor.


Antonela escuchó desde la puerta, pero no entró. Se metió en el baño y se miró al espejo. Tenía quince años, ojeras negras que llegaría a los treinta años y manos de madre. Abrió la boca para decir “ayuda”, pero no salió palabra alguna.


Entonces tomó el esmalte rojo y se pintó las uñas despacio, una por una. Como quien reza, como quien oculta, como quien hace porque todavía no puede decir.



ALGO QUE APRENDIÓ CAMILA SIN QUE NADIE SE LO EXPLICARA



Camila descubrió, sin que nadie se lo dijera, que Antonela también tenía sus propios espíritus. Pero los suyos no hacían ruido ni asustaban con luces rojas o sombras repentinas. Los espíritus de Antonela se manifestaban en el silencio absoluto, en las madrugadas en que planchaba guardapolvos, en las uñas rojas que brillaban en la oscuridad como una señal de lucha y fortaleza.


Esa tarde, Camila dibujó en su cuaderno cuatro figuras tomadas de la mano, y una quinta, más pequeña, con uñas pintadas de rojo, que las sostenía desde atrás. No le puso nombre, pero escribió arriba: "FAMILIA" y abajo, con letra torcida, escribió: "Amor".


No escribió la palabra que tanto se ocultaba porque todavía no sabía leerla, pero la dibujó con las manos que sostenían, que apoyaban y que cuidaban.


Con el tiempo, Camila fue ganándole a esos espíritus que en un principio la aprendió. Las noches dejaron de estar llenas de flashes rojos y el miedo fue cediendo lugar a la calma. No fue un triunfo rápido, sino un proceso lento de aprendizaje, acompañado por la paciencia y el amor de Antonela y de su familia. Poco a poco, la oscuridad se volvió soporte y no amenaza.


Aquella noche, Camila se despertó y fue a la habitación de Antonela. Le dijo con voz baja: "Creo en los buenos espíritus". Antonela dormía con la luz apagada, pero sus uñas rojas brillaban en la penumbra. Camila no la despertó, solo le apoyó la mano en el pecho y sintió el latido constante.


En ese instante, comprendió que Antonela también era fuerza y supervivencia. Que, con su silencio y sus actos, había sido un refugio para ella y la familia. Y supo también que algún día, cuando estuviera lista, Antonela le enseñaría que pedir ayuda también es una forma de amor.


Pero en esa noche, no hacían falta palabras. Camila solo tapó a Antonela con la manta celeste de Agustín y le susurró, bajito, para que los espíritus no la escucharan: "Gracias".


ALGO EL ROJO QUE PERDIÓ Y VOLVIÓ A GANAR.


Camila se despertó y fue a la pieza de Antonela.

—Creo en los buenos espíritus —susurró.

Antonela dormía con las uñas rojas brillando en la oscuridad. Camila no la despertó, solo puso su mano en su pecho.

Tuc-tuc, tuc-tuc.


Entendió que Antonela también luchaba. Que un día le enseñaría que pedir ayuda también es amor.


Esa noche solo la cubrió con la manta celeste y susurró bajito:

—Gracias.


Era todo lo que podía decir, y bastaba.



























                                        CAPÍTULO CUATRO


                            EL DÍA QUE EL SILENCIO HABLÓ


1999,Buenos Aires,Banfield.


Era un martes por la mañana de 1999. Los espíritus  llegaron como un castigo de la noche , sino como una visita a perdonar.


Camila tenía 7 años y estaba con su mamá haciendo trámites para elegir nuevos audífonos. Los usaba para que los demás supieran mirarla a la cara. Antonela tenía 16 años y una palabra atorada en la garganta: ayuda. Agustín, de 4 años, intentaba decir “agua” y “mundo”, pero no siempre lo lograba.


Ese martes, mamá tuvo que irse.


Camila estaba sentada en el borde del cantero donde mamá plantaba malvones que nunca crecían. Tenía su cuaderno de colores en la falda: rojo, celeste, amarillo. Antonela salió con el esmalte rojo en la mano, pero no se lo puso. Se sentó al lado de Camila, tan cerca que casi se tocaban los hombros.


Por mucho rato no pasó nada.


Y eso fue todo: nada.


No hubo espíritus, ni miedo, ni palabras a medias. Solo el sol, el patio, y dos hermanas mirando a unas hormigas cargar migas grandes.


Agustín se despertó y salió al patio con la manta celeste arrastrando. No dijo “agua”, no dijo nada. Se metió entre las dos y apoyó la cabeza en la pierna de Camila.


Ella le pasó la mano por el pelo. Antonela, sin pensar, empezó a trenzar el cabello despacio, como mamá le había enseñado antes de que la panza de Agustín le quitara el aire.


Y el silencio habló.


No con voces, sino con cosas pequeñas: el viento que movía la manta y la hacía parecer un mar; la trenza que Antonela ajustaba, suave, para decir “estoy acá”; la mano de Agustín buscando el dedo meñique de Antonela y no soltándose; la semilla verde que asomó terca en el cantero vacío.


Camila levantó la vista y miró a Antonela directo a los labios, por costumbre. Pero Antonela no dijo nada. Solo sonrió, una sonrisa pequeña que no pedía nada.


Camila entendió.


Los buenos espíritus no hacen ruido. No llegan con luces ni palabras difíciles. Llegan cuando la casa parece quedarse sin aire y alguien, en vez de hablar, te trenza el pelo. Llegan cuando tu hermana mayor no dice “ayuda”, pero te deja apoyar la cabeza y no te corre. Llegan cuando el silencio no es ausencia, sino compañía.


Esa tarde, Camila tomó un lápiz nuevo que Antonela le había comprado: verde. Dibujó el cantero, la semilla, tres personas sentadas, y una manta que parecía un mar.


No escribió “familia” ni “amor”. No hacía falta.


Cuando mamá volvió del hospital dos días después, flaca y con más ojeras, vio el dibujo pegado en la heladera, tapando un papel de papá. Lo miró largo rato, luego miró a Antonela, sin uñas pintadas, a Camila con el pelo trenzado y a Agustín, que seguía buscando una mano.


No dijo nada. Las abrazó a las tres, con un abrazo cansado, de madre que vuelve de la guerra.


Y en ese abrazo, el silencio habló otra vez.

Dijo: “Todavía estamos”.

Dijo: “Con esto alcanza”.

Dijo: “Los buenos espíritus eran ustedes”.



Camila estaba en el patio, sentada en el borde del cantero donde mamá plantaba malvones que siempre se morían. Tenía el cuaderno en la falda. El de los colores. Rojo, celeste, amarillo.

Antonela salió con el esmalte en la mano. El rojo de siempre. Pero no se lo puso. Se sentó al lado, tan cerca que los hombros se tocaban.


Por un rato largo no pasó nada.

Y eso fue todo lo que pasó: nada.


No hubo espíritus. No hubo miedo. No hubo palabras a medias.

Hubo patio. Hubo sol. Hubo dos hermanas mirando a las hormigas llevar migas más grandes.


Agustín se despertó. Salió al patio en patas, con la manta celeste arrastrando. No dijo agua. No dijo nada. Se metió entre las dos y apoyó la cabeza en la pierna de Camila.


Camila le pasó la mano por el pelo.

Antonela, sin pensar, empezó a trenzar el pelo a Camila. Despacio. Como le había enseñado mamá antes de que la panza de Agustín le quitara el aire.


Y el silencio habló.


No con voces. Con cosas.


Habló del viento que movió la manta celeste y la hizo parecer un mar.

Habló la trenza que Antonela terminaba y que tiraba apenas, lo justo para que Camila supiera: estoy acá.

Habló la mano de Agustín que buscó el dedo meñique de Anto y no lo soltó.

Habló el cantero vacío donde los malvones no crecían, pero esa tarde una semilla —nadie supo de qué— se asomó verde, terca, sin permiso.


Camila levantó la vista. Miró a Antonela directo a los labios, por costumbre.

Pero Anto no dijo nada.

Anto sonrió. Una sonrisa chiquita, rota, que no pedía nada.


Y Camila entendió.

Los buenos espíritus no hacen ruido.

No llegan con flashes ni con palabras difíciles.

Llegan cuando la casa se queda sin aire y alguien, en vez de hablar, te trenza el pelo.

Llegan cuando tu hermana de 16 no dice ayuda, pero te deja apoyarle la cabeza en el hombro y no te corre.

Llegan cuando el silencio no es ausencia. Es compañía.


Esa tarde Camila agarró el lápiz. No el rojo. No el amarillo.

Agarró uno nuevo que Anto le había comprado en el kiosco: verde.

Y en la hoja dibujó el cantero. Le puso la semilla. Le puso tres personas sentadas. Le puso una manta que parecía mar.

No escribió familia. No escribió amor.

No hacía falta.


Cuando mamá volvió del hospital, dos días después, flaca y con ojeras nuevas, encontró el dibujo pegado en la heladera, tapando el papel de papá.

Lo miró largo rato.

Después miró a Antonela. Le vio las uñas sin pintar.

Miró a Camila. Le vio el pelo trenzado.

Miró a Agustín. Le vio el meñique estirado, buscando siempre la mano de alguien.


No dijo nada.

Las abrazó a las tres. Un abrazo desparejo, cansado, de madre que vuelve de la guerra.


Y en ese abrazo, el silencio habló otra vez.

Dijo: Todavía estamos.

Dijo: Con esto alcanza.

Dijo: Los buenos espíritus eran ustedes.


ALGO QUE CAMBIÓ Y NO VUELVE ATRÁS

Desde ese martes, Camila dejó de buscar sonidos en la noche.

Empezó a buscar silencios en el día.

Los silencios donde Anto no lloraba.

Los silencios donde Agustín se reía sin hacer ruido.

Los silencios donde mamá tomaba mate y no suspiraba.


Porque entendió que el miedo mete bulla.

Pero el amor, a veces, es mudo.

Y te salva igual.


ALGO QUE ANTONELLA NO DIJO PERO HIZO

Esa noche guardó el esmalte rojo en el cajón.

No lo tiró. Lo guardó.

Y por primera vez en años, se durmió sin pintarse las uñas en la oscuridad.

Porque el secreto de ayuda pesaba menos cuando alguien te trenzaba el pelo sin que lo pidieras.






























                                              



                             CAPITULO FINAL


                EL VERANO QUE NOS ALCANZÓ

2012,Buenos aires,Banfield.


Camila tiene 20.

Antonela tiene 29.

Agustín tiene 15.

Mamá tiene canas nuevas y plantas que ya no se mueren.


La casa de Lomas sigue en pie. El cantero del patio ahora es verde entero. Los malvones ganaron.


No hay espíritus.

Ni malos ni buenos.

Solo hay gente.

Y alcanza.


Camila terminó el profesorado de sordos. Da clases en el Modelo Lomas. El mismo jardín. La señorita Graciela ya se jubiló. Ahora los chicos le dicen seño Cami y le aprenden a hablar con las manos antes que con la boca.


No usa audífonos. Usa un collar con un dije: un meñique de metal.

Cuando una alumna nueva tiene miedo, Camila le da la mano y le pone el dedo meñique en la palma.

Así empezamos nosotros, dice sin hablar. Y las nenas entienden.


Antonela es enfermera de noche en el Hospital Gandulfo.

Ya no se pinta las uñas en la oscuridad. Se las pinta en el balcón, con mate, mientras espera que salga el sol.

Se casó. Se separó. No tuvo hijos.

Dice que ya crió a dos y con eso le alcanzó para tres vidas.


Una vez por mes va a terapia. Aprendió a decir ayuda sin que le sangre la boca.

A veces, cuando vuelve del hospital, se mete en la cama de Camila como cuando tenía 15. No habla. Solo respira.

Y Camila le trenza el pelo.

Devuelta.


Agustín mide 1.80 y sigue durmiendo con la manta celeste hecha un bollo. Juega al básquet. Dice agua cuando tiene sed y te quiero cuando se le canta, fuerte, sin miedo al ruido.

Es el que pone música en los asados. Cumbia. Fuerte.

Para que mamá baile descalza y papá —que volvió hace años, más viejo y más callado— sonría sin saber bien por qué.


Mamá plantó un limonero.

Dice que los limoneros tardan, pero cuando dan, dan para todos.

Ya no se disculpa por estar cansada. Ahora dice hoy no puedo y se va a dormir la siesta.

Y la casa no se cae.


Un domingo de enero, con 35 grados y el ventilador tirando aire caliente, están los cinco en el patio.

No falta nadie. No sobran palabras.


Camila trae una caja. Adentro están los cuadernos viejos. Rojo, celeste, amarillo, verde.

Los abre en el suelo. El viento pasa las hojas.


Agustín agarra el dibujo de los cuatro agarrados de la mano. El que Camila hizo a los 6.

—¿Este soy yo? —pregunta, señalando el bebé.

—Sí —dice Antonela—. Y esa soy yo, sosteniendo todo desde atrás.


No hay llanto. No hay revelación.

Solo hay verano.


Mamá ceba mate. Papá corta limones del limonero.

Camila mira el cantero. La semilla terca de 1999 ahora es planta grande.

Antonela se ríe porque Agustín le manchó la remera de cumbia y limón.


Y en ese segundo, sin que nadie lo pida, el silencio habla por última vez.


No dice gracias. No dice perdón. No dice amor.

Dice: Mirá.


Mirá lo que hicimos con el miedo.

Mirá lo que hicimos con el silencio.

Mirá lo que hicimos con nada.


Camila cierra los cuadernos. No los tira. Los guarda.

Porque entendió, por fin, que sobrevivir no era ganarle al rojo.

Era pintarle otros colores al lado hasta que el rojo fuera solo un color más.


Se sienta entre Antonela y Agustín. Les da la mano.

Mamá le pasa un mate.

Papá no dice nada, pero está.


El limonero da sombra.

El tuc-tuc de todos está tranquilo.


Y eso es todo.

Y eso es suficiente.


ALGO EL ROJO QUE NO NOMBRÓ

Ya no hace falta nombrarlo.

Ahora es lápiz labial en la boca de Anto cuando sale con amigas.

Es la camiseta de básquet de Agustín.

Es el malvón que sobrevivió.


El rojo no se fue.

Se quedó a vivir con los otros colores.

Como en las familias. Como en la vida.


                                                       FIN.


Thoughts

  • bertaenlaterraza

    Aquí te van a dar todos la razón, yo te la doy a medias. Lo de Antonela guardándose el 'ayuda' hasta los veintipico a mí me da más pena que orgullo. ¿Ustedes hablaron de eso ya de grandes?

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  • relatoBreve

    che, en quince minutos de descanso no entraba ni jugando. lo terminé en tres. me quedé con las 47 respiraciones del bebé.

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  • ventanaalpatio

    Del tema no sé, tapizo sillones. El cantero donde no crecía nada y después la semilla sola, igual que un durazno que me salió en el patio.

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  • Kari96

    No sé nada de hipoacusia ni de nada de esto, pero lo del meñique de Agustín buscando siempre la mano de alguien me dejó mal. Mi hermano se fue a España hace seis años y de chiquito dormía agarrado de mi dedo igualito. Todavía me manda audios de allá a las cuatro de la mañana y yo los escucho en la panadería.

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  • hojaSuelta

    Lo de Antonela pintándose las uñas a oscuras para que Camila no la viera llorar me quedó dando vueltas toda la guardia. ¿Ella lo llegó a leer?

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  • librosenletras

    Espero que me gusten mi libro!!! es super interesante y me imprimi. dejo el mercado pago mi alias : Camila.arte2026 , este es mi alias muchas gracias por leer este libro (L)

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  • librosenletras

    dejo el alias en mercado pago si le gusta el libro que hice ahí dejo el alias : camila.arte2026 , Muchas gracias por leer y difundir mis historias. me alimentan el alma es un libro que habla yo era chica la relación lo espiritual y es todo en el margen. :) Muchas gracias me siento agradecida mucha suerte!!!

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