A ver... Allá por el año 1490, en plena época media, conocí a una chica muy alegre. Le gustaba ir a acampar a la montaña para respirar aire fresco, ya que en la ciudad el ambiente estaba demasiado contaminado. Allí solía dibujar la naturaleza, inspirada por un pequeño pájaro que siempre le decía que en el bosque se ocultaban cosas maravillosas.
Un día, llegó un conejo y le dijo al pájaro —asegurándose de que la chica los escuchara—:
—Aquí se encuentran cosas fascinantes. Por ejemplo, tenemos un bosque lleno únicamente de frutas, las más sabrosas y dulces que puedas probar. Pero, si aún no tienes hambre, te podemos llevar al jardín donde hallarás flores de todos los colores, tamaños y variedades.
De pronto, a lo lejos, se vio caminar a una hermosa avestruz de plumaje multicolor, repleta de todos los tonos imaginables. Al acercarse a los dos animales y ver a la joven, le dijo:
—De donde yo vengo, existen colores increíbles para que puedas pintar.
La chica, asombrada, le preguntó:
—¿Por qué me dices eso? ¿Cómo sabes que me gustan los colores?
La avestruz le contestó con dulzura:
—Porque te he estado observando desde lejos mientras pintas. Quiero que retrates a la naturaleza, a mí y a todo lo que nos rodea. Por eso, te entregaré mi tesoro más preciado: los colores más vivos y radiantes de todo mi reino.