Los Años Dorados
"Los Años Dorados" era un hogar de ancianos, una hermosa institución con una infraestructura pensada para alojar a personas de la tercera edad. Contaba con excelente comida, instalaciones de primer nivel, atención médica de excelencia y un personal muy dedicado y eficiente. Como era una institución del gobierno, la dirección había sido confiada a dos religiosas: como directora general, Sor Ernestina, una monja anciana de carácter inflexible, y como subdirectora, Sor Lucía, conocida cariñosamente por todos como Santa Cecilia, una joven monja de trato suave y corazón bondadoso.
Sin embargo, no todo era color de rosa. La Madre Superiora, Sor Ernestina, manejaba el lugar con mano de hierro. Casi no permitía contacto entre hombres y mujeres. Los hacía levantar al amanecer, todos debían asistir a misa sin falta, y hasta para utilizar las piletas de natación existían turnos estrictamente separados. Tenía una verdadera obsesión por reducir al mínimo cualquier trato entre personas de distinto sexo. Era dura, inflexible, y no aceptaba razones ni súplicas. Muy distinta era su ayudante, Sor Lucía. Ella era toda dulzura, ternura y amor. Conocía los nombres y las historias de cada persona que vivía allí. Y cada vez que la Madre Ernestina imponía una medida demasiado severa, Sor Lucía acudía a ella con paciencia, intercediendo y suavizando las normas. Era el equilibrio perfecto: mientras una ponía la regla, la otra ponía el corazón.
Paco, Ernesto, Ricardo y Jorge eran cuatro ancianos joviales, pícaros, de muy buen humor. Todos rondaban entre los setenta y ochenta años, y para nada compartían la visión estricta de Sor Ernestina. Estaban hartos de las reglas, de los horarios rígidos, de la separación entre hombres y mujeres. Así que decidieron poner en marcha un plan para sacársela de encima. Sabían que era una tarea difícil: la monja contaba con la bendición del gobernador y de las autoridades eclesiásticas. Pero Paco, el más viejo zorro de todos, observador y astuto, notó algo: cada vez que venía el obispo, se encerraba horas y horas con la Madre Ernestina. Entonces sacó una cámara oculta que le había regalado su nieto y, en un descuido, la colocó en el despacho de la directora.
El obispo se retiró varias horas después. Paco recuperó la cámara y lo que vieron los cuatro amigos los dejó sin aliento. En el video, el obispo y Sor Ernestina conversaban, luego se quitaban la ropa, y el viejo obispo la recostaba, le abría las piernas y la amaba con su lengua. Y la monja, esa mujer de hierro, gemía de placer y decía: "Ay, mi señor… cómo me hace disfrutar… Bienaventurado sea el cielo que nos permite estos placeres…"
Hicieron una recopilación con lo más comprometedor, se lo pasaron a cada uno en sus celulares y esperaron el momento justo. Un día, los cuatro fueron juntos a la oficina de la directora. Ella los recibió de mal talante: "¿Qué quieren, Paco? Seguramente vienen a pedir tonterías." —"La tontería que pido es la siguiente: que renuncie a su cargo de inmediato", le dijo Paco con calma. —"¿Estás loco, viejo? ¿En qué te basas?" —"Me baso en esto", respondió Paco, y le mostró el video. La monja miró la pantalla, se llevó las manos al pecho, soltó un gemido: "¡Dios mío, Dios mío… no me castigues así!", y cayó desmayada al suelo.
Paco avisó que la directora no se sentía bien. Llegó una ambulancia y la internó varios días. Cuando se recuperó, presentó su renuncia en forma indeclinable. Nadie supo el motivo real. Y en su lugar, fue nombrada como directora su ayudante, la dulce y hermosa Sor Lucía — Santa Cecilia. Paco y sus amigos habían triunfado.
Desde ese día, "Los Años Dorados" hizo honor a su nombre. De la mano de Santa Cecilia, la disciplina estricta se relajó por completo. Había jolgorio, risas, bailes, abrazos y romances entre los internos. Las puertas de los dormitorios dejaron de cerrarse con llave. Comenzaron las visitas nocturnas, los encuentros íntimos. Y ¿Quién les podía decir que no? Eran personas libres, con derecho a disfrutar de su cuerpo y de su afecto mientras la vida les diera ese respiro.
También había hombres solos de buena posición que anhelaban compañía. Algunas enfermeras, con discreción, aceptaban brindar su compañía y sus favores a cambio de una generosa propina. Otros prefirieron el amor entre pares: ancianos con ancianas, se hicieron novios, se tomaban de la mano, caminaban abrazados por el parque al atardecer. Y Paco, el viejo pícaro, disfrutaba de lo lindo alternando entre amigas y enfermeras.
Un día, Santa Cecilia se dio cuenta de todo. Reunió a las enfermeras y les dijo con una sonrisa comprensiva: "Chicas… sé lo que hacen. Y no me parece mal. Brindan compañía y cariño a personas que están solas y olvidadas. Háganlo con cuidado, con respeto, sin poner en peligro la reputación de esta casa." Luego suspiró: "Las veo a todas felices… y yo soy la única que no tiene a nadie." Las enfermeras le respondieron: "Ay, hermanita… usted es tan bella. Sabemos de alguien que está locamente enamorado de usted. Se trata de Ricardo, el joven masajista. ¿Y sabe qué? Usted también merece un masaje." La monja se rio: "¡Buena idea! Pues consíganme al menos un turno con él. Y que sea privado, por favor."
El encuentro se produjo un fin de semana en que llovía torrencialmente. Ricardo ingresó, saludó con respeto y la guio hasta una camilla preparada en su habitación. Comenzó a darle masajes suaves en el cuello, los hombros, la espalda y las piernas. Cecilia cerró los ojos y sintió cómo un fuego nuevo despertaba en ella. Algo cálido y anhelante creció entre sus piernas. Ricardo también lo sentía. En un momento dado, ya no pudieron contenerse más. Se miraron, y fue como un volcán que explotaba. Se abrazaron, se besaron con toda la pasión acumulada. Se quitaron la ropa el uno al otro. Ricardo la besó en los labios, el cuello, los pechos, bajó a su ombligo, su monte de Venus, y con infinita ternura abrió sus piernas y recorrió con su lengua ese suave rincón escondido. Cecilia arqueó la espalda, se humedeció, gemía de placer, y minutos después llegó al cielo en un orgasmo profundo.
Luego Ricardo la amó con ternura por su entrada principal, llenándola por completo, y después también por ese camino más secreto y profundo, con cuidado y cariño infinitos. Pasaron dos horas enteras amándose, descansando, volviendo a amarse. Se bañaron juntos, limpiándose con suavidad, riendo en voz baja. Ya recostados, Ricardo le sonrió: "Hermanita… ¿le gustan las matemáticas?" —"Sí, pero no tanto como la historia." —"Bueno… para cerrar nuestra historia, ¿qué le parece si practicamos el sesenta y nueve?" Cecilia entendió, se sonrojó y soltó una risita dulce y feliz. Se acomodaron uno frente al otro, y en esa posición de mutua entrega, se dieron el placer final, saboreándose, bebiéndose el uno al otro, compartiendo sus esencias hasta que ambos estallaron juntos.
Ricardo se retiró satisfecho. Y Cecilia, sola en su habitación, dio gracias a Dios por haberle permitido conocer el amor y el placer que creía le estaban prohibidos. Desde ese día, su romance oculto continuó. Nadie decía nada, nadie juzgaba. Y en "Los Años Dorados", donde el amor, la libertad y la felicidad reinaban, todos sabían que aquel secreto era el más hermoso de todos: que incluso una monja merecía ser feliz, ser amada y disfrutar de la vida. 💛