A veces miro hacia atrás
y no extraño los lugares,
ni las fotografías,
ni siquiera aquellos días.
Extraño cómo me sentía.
La forma en que una tarde parecía eterna,
cómo una risa podía arreglarlo todo,
cómo esperaba con ilusión
cosas que hoy parecen tan pequeñas.
El tiempo pasa
sin pedir permiso.
Se lleva voces,
cambia personas,
cierra puertas
y convierte momentos
en recuerdos.
Y nosotros seguimos.
Crecemos sin darnos cuenta,
dejamos atrás versiones de nosotros
que alguna vez juramos que durarían para siempre.
Quizás crecer
es aprender a despedirse
sin dejar de querer.
Entender que no todo lo que termina
fue un error,
que algunas personas fueron capítulos,
y que algunos momentos
solo estaban destinados a existir
una vez.
Pero hay algo que el tiempo no puede llevarse:
lo que sentimos.
Porque aunque cambien los días,
aunque las personas se alejen
y los recuerdos pierdan un poco de color,
hay momentos que permanecen
en algún rincón de nosotros.
Y quizá algún día,
sin darnos cuenta,
miraremos este instante
con la misma nostalgia
con la que hoy miramos el pasado.
Por eso quiero aprender
a no vivir esperando el después.
Quiero quedarme un poco más
en las conversaciones,
en las risas,
en los abrazos,
en esos días aparentemente normales
que quizás no sean tan normales.
Porque la vida no avisa
cuándo está creando un recuerdo.
Simplemente sucede.
Y nosotros,
sin saberlo,
estamos viviendo
algo que algún día
vamos a extrañar.