Lo extraordinario tiene tu nombre.
Niña de ojos azules; llevas el cielo de los dos lugares, su calma, su luz y su calor, dos raíces, manantiales singulares, que en tu alma florecen juntas hoy. Dos raíces que jamás compiten, sino que tejen para complementarse: la alegría cálida y el fuego que palpita de Venezuela, y la fuerza serena, la hondura sincera y la constancia firme de esta tierra chilena.
No eres mitad de nada: eres la suma perfecta. Aquí las matemáticas no alcanzan ni cuadran, porque Venezuela más Chile no es un número, no tiene medida ni cuenta: es mucho más que cualquier cálculo posible, es armonía que no entra en reglas ni esquemas, una creación que no tiene valor ni copia, un resultado único e irrepetible...y esa maravillosa suma entera eres tú.
Es esa suma exquisitamente equilibrada, donde nada sobra y ni un solo detalle falta, nada excede o queda ausente: tu belleza que emana desde lo más hondo de tu ser, tu manera inconfundible de habitar el mundo, tus virtudes y cada uno de esos matices sutiles que te otorgan tu sello único. Todo ello envuelve tu esencia femenina con una fuerza incandescente y una dulzura que cala hasta el alma; que no es efímera ni apagada si no permanente y luminosa, superando infinitamente el encanto de cualquier perfume que pudiera existir, ni sencillo ni común sino inigualable y sublime.
Todo eso eres tú: belleza que deslumbra, sabiduría que ilumina, y dos mundos enteros que confluyen unidos en cada uno de tus pasos.
Al conocerte comprendí al fin que lo extraordinario no es un cuento lejano: ha surcado cada rincón del universo, atravesando el tiempo y el espacio, para hallar su lugar definitivo y habitar eternamente en ti.
Atte.
Timonel de versos