Me remonto en palabras bellas que no le interesa nadie en este mundo, excepto a yo. El resto le resulta insoportable o aburrido; conmigo, en cambio, se ríe. Y tiene el descaro impune de decirme que, de alguna forma extraña e inexplicable, somos compatibles, y que esa dinámica rota le provoca un sabor agradable en la boca.
¿Lo más perverso de todo? Que jamás tuvo la valentía, ni la mínima intención, de pedirme una cita real. Siempre existió lo casual, lo clandestino, el borde filoso de lo incierto entre los dos. Es el típico hombre sobre el que llevás un cartel de advertencia grabado a fuego en las entrañas: sabés de antemano, con absoluta certeza, que te va a romper el corazón en mil pedazos.
Y yo lo supe desde el primer instante; él mismo lo reconoció sin culpas. Entonces me armé una coraza de hierro, un escudo pesado para que nada me toque, para blindar el alma ante lo inevitable.
Me cancela planes a última hora, me quita el habla sin dar explicaciones, desaparece en el silencio y vuelve a aparecer como si nada se hubiera roto.
Me repite palabras hermosas una y otra vez. El mismo monólogo gastado y cínico de siempre...
Pero le falta lo único que importa: le falta compromiso real, le falta estabilidad, le falta coraje para jugársela.
Aún así, cargando con todo ese vacío a cuestas, ya van dos veces que me repite sin ponerse colorado que quiere ser mi novio.
Qué iluso. Querer intentar construir un puente cuando ni siquiera existe un suelo real bajo nuestros pies.
¿Cuál es mi color favorito? ¿Qué cosas me encienden el alma? ¿Qué me incomoda hasta el aire? ¿Cómo estoy hoy, de verdad, por dentro?...
Detalles simples, hondos y verdaderos que jamás supo. Cosas que en ningún momento se molestó en intentar conocer.
Y es una herida abierta, porque a pesar de saberlo todo, me duele. El nudo amargo y espeso en el estómago se me agranda en la oscuridad cada vez que lo pienso.
Dicen por ahí, como una condena, que aceptamos el amor que creemos merecer... Pero la realidad cruda que me quema por dentro es otra muy distinta: sé perfectamente que valgo más que silencios cobardes y que me escondan bajo la luz oscura y secreta de una habitación de noche.
Lo más cruel es que me había acostumbrado a sus caricias vacías, a su afecto efímero. Aunque por dentro, cuando la puerta se cerraba y él se marchaba, terminaba siempre como una olla recién servida: destapada, hirviendo de bronca, vacía y a solas con el humo de lo que nunca fue.
Una costumbre tóxica que supe desde el principio que tenía que cortar de raíz. Lo hice. Pero él siempre vuelve... y yo, en un desliz de la memoria, vuelvo a caer en la trampa.
Pero esta vez hay algo diferente en el aire. Esta vez... ya no me quedan vacíos por llenar con personas efímeras.
Entendí por fin, a los golpes, que esos abismos no se tapan con presiones a medias ni con afectos de paso.
Son huecos profundos que solo se salvan con uno mismo, con la propia dignidad intacta y con el peso real del crecimiento personal.
Entonces... si, me perdió cuando ni siquiera tuvo la decencia de tenerme una sola vez.