Las risas dentro de mi cabeza retumban como un eco amargo, burlándose de mí sin piedad. Susurran que allá afuera todos han encontrado su lugar en el mundo mientras yo sigo siendo una extraña en todas partes. Se jactan de mis caídas, repitiéndome una y otra vez que cada fracaso lleva mi nombre, que el peso de las ruinas me pertenece por entero... Y no me molesto en contradicción alguna, porque sé que tienen razón.
Pero lo que esas voces ignoran en su arrogancia es que ya no pueden herirme con eso. Se les olvida que aprendí a habitar entre las grietas, que la culpa dejó de ser una herida para convertirse en una cicatriz con la que he aprendido a convivir. Ya no me importa su juicio.
Se burlan también cuando veo pasar a alguien más caminando de la mano con la felicidad, cuando la vida de otros florece y la mía parece congelada en el invierno. Se ríen del abandono, del eco que dejan las personas al marcharse de mi lado, como si la soledad fuera una condena de la que debiera avergonzarme.
Las voces no saben cómo guardar silencio, pero se equivocan en algo fundamental: creen que sus burlas me destruyen, cuando en realidad solo revelan su propia impotencia. Que continúen su ruido si quieren. Ellas habitan en las sombras de mi mente, pero el timón de mi vida y la fuerza para seguir de pie siguen siendo completamente míos.