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Las flores sin espinas

Cachetadasdelalma

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Una mañana desperté en medio de un bosque.

No sé cómo había llegado hasta allí. Solo recuerdo que caminaba despacio, entre árboles enormes, mientras una luz tibia se filtraba entre las ramas. Llevaba una pequeña canasta en la mano, aunque no recordaba haberla tomado.

El bosque estaba en silencio, pero dentro de mí había demasiado ruido.

Caminaba con mis ideas, mis reproches, mis alegrías y, sobre todo, con esas pequeñas conversaciones que uno sostiene consigo mismo cuando nadie está mirando.

Entonces apareció ella.

Mi amiga “la pelirroja”.

La miré y sentí nuevamente ese fuerte incomodidad que tantas veces me había producido escucharla quejarse. Durante mucho tiempo pensé que me molestaba porque ella se quejaba demasiado.

Pero aquel día, en medio del bosque, entendí algo diferente.

No era solamente ella.

Era yo.

Su voz me llevaba, sin pedir permiso, hasta un capítulo de mi propia vida que todavía no quería mirar. Sus quejas se parecían demasiado a algunas de las que había escuchado durante mi niñez. Y, sin darme cuenta, cada vez que ella se quejaba, algo dentro de mí gritaba:

¡Ya no quiero escuchar más! ¡Ya tengo suficiente con las mías!

Me quedé quieta.

Y entonces ocurrió algo extraño.

Dejé de verla como alguien a quien tenía que cambiar y comencé a verla como alguien que también estaba intentando atravesar su propio bosque.

Ella no podía ser distinta porque yo lo necesitara.

Era el resultado de sus propios caminos, de sus heridas, de sus aprendizajes y de sus ires y venires.

Y yo no estaba allí para corregirla.

Estaba allí para comprender qué me estaba mostrando.

Sentí que las lágrimas llegaban antes que las palabras.

Quise pedirle perdón a ella.

Después quise pedírmelo a mí.

Y finalmente entendí que quizá también tenía que perdonar a la vida por haberme enseñado algunas cosas de maneras que todavía me dolían.

Porque, con los años, había comenzado a descubrir que algunas personas llegan a nuestra historia como maestros andantes.

No siempre vienen a enseñarnos con palabras.

A veces vienen a mostrarnos, sin saberlo, aquello que todavía necesitamos mirar en nosotros.

Seguí caminando.

Y entonces apareció otra mujer.

Mi amiga “sabelotodo”.

Su tono irónico me incomodaba. Cuando me regañaba, algo dentro de mí se encendía. No soportaba esa manera suya de hablar, de tener siempre una respuesta, de parecer saberlo todo.

Hasta que, en algún momento, las tres dejamos de hablarnos.

Y otra vez el bosque se quedó en silencio.

Pero esta vez entendí el mensaje.

Ella también era un espejo.

Me mostraba esa parte de mí que, algunas veces, se había parado frente a la vida con cierta arrogancia, creyendo que sabía más, que entendía más, que tenía las respuestas.

Y qué difícil es reconocer en otro aquello que también habita en uno.

Porque entonces ya no puedes señalar.

Tienes que mirarte.

Durante unos segundos sentí tristeza.

Pero después sonreí.

Había entendido la misión de ellas.

Y también la mía.

Tal vez ellas habían llegado para entregarme, sin saberlo, pequeños mensajes de sus propias heridas, para que yo pudiera reconocer y procesar las mías.

Entonces miré mi canasta.

Estaba vacía.

Comencé a caminar entre los árboles buscando flores.

Encontré unas pequeñas, de pétalos suaves y luminosos. Al acercarlas al rostro, su perfume producía una extraña sensación de calma. Eran para la pelirroja.

Eran flores de paz.

Flores que, al respirarlas, recordaban que no todo tenía que convertirse en una queja y que, algunas veces, también era posible descansar de aquello que tanto nos pesa.

Después encontré otras, de un color que nunca había visto.

Su aroma era profundo y dulce.

Eran flores de perdón.

Las puse en la canasta pensando en mi amiga “sabelotodo”. Quizá aquellas flores podían ayudar a borrar, aunque fuera por un instante, ese antiguo aprendizaje de sentir que nunca éramos suficientes, que siempre había que saber más, hacer más, demostrar más.

Quizá algunas personas aprenden a saberlo todo porque alguna vez sintieron que no saber podía dejarlas indefensas frente a la vida.

Llené la canasta.

Después escribí una carta.

No recuerdo exactamente qué decía.

Pero sí recuerdo lo que sentí mientras la escribía.

Les dije:

Olviden mi queja.

Olviden mi necesidad de saberlo todo.

Gracias por haber caminado conmigo.

Ya no quiero cambiarte para sentirme mejor.

Quiero aprender a mirarte y dejarte ser.

No sabía si algún día recibirían las flores.

No sabía si abrirían mi carta.

Ni siquiera sabía si encontrarían el camino hasta ellas.

Pero mientras enviaba el paquete, sentí algo cambiar dentro de mí.

Comprendí que las flores podían acompañarnos, perfumarnos el camino, regalarnos un poco de paz…

pero no podían cambiar nuestra esencia.

Y eso estaba bien.

Porque yo tampoco necesitaba cambiarlas.

Yo necesitaba cambiar mi manera de mirarlas.

Desde entonces, cada vez que vuelvo a encontrar una espina en alguien, intento preguntarme qué flor está tratando de mostrarme.

Y cuando encuentro una en mí, ya no quiero arrancarla con rabia.

Quiero aprender a florecer a su lado.

Quizá algún día volvamos a encontrarnos.

Tal vez en algún lugar de aquel bosque, entre árboles antiguos y caminos que todavía no conocemos, nuestras tres historias vuelvan a cruzarse.

Y quién sabe…

Quizá entonces llevemos las manos llenas de flores.

Flores sin espinas.

Flores para nosotras.

Y cuando llegue el momento de partir, simplemente sonreiremos, recogeremos nuestras canastas y seguiremos caminando.

Porque quizá de eso se trataba todo:

de encontrarnos,

de reconocernos,

de perdonarnos…

y finalmente,

de dejarnos florecer.

Encuentra reflexiones para el alma en: https://cachetadasdelalma.blogspot.com/

Thoughts

  • TintaYMadrugada

    No coincido con que la historia siga después de la canasta vacía. Ahí ya está todo dicho: entendió la misión de las dos y la suya, y lo que viene con las flores y la carta es la narradora repitiéndose lo que ya sabía. Aunque me convence que no recuerde qué decía la carta y sí lo que sintió al redactarla, porque esa carta era para ella.

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  • MarianelaVidal

    Recién en la segunda leída caí en que las tres dejaron de hablarse antes de que el bosque se quedara en silencio, o sea que la carta sale cuando ya no hay con quién hablar. Tuve una prima así, que se quejaba de todo, y un día admití que me molestaba porque se quejaba igual que mi madre. Nunca le mandé flores. Capaz todavía estoy a tiempo.

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  • novelaacuestas

    Buah, la canasta vacía.

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  • bsalas87

    Pasé media lectura buscando cuál de las dos amigas era la culpable y la pista estaba en la canasta vacía. Bien jugado.

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  • RubenOrtega

    Lo de mandar flores por correo no me lo trago mucho, ho. Lo del bosque callado y el ruido por dentro, eso sí, sin discusión.

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  • NoeliaBastida

    La sabelotodo me la imagino como alguien a quien de niña nadie le dejó decir no sé, y por eso ahora responde antes de que le pregunten. Lo de la indefensión me cuadra.

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  • EmilioPrats

    Entiendo bien lo de pedirle perdón a ella primero y después a una misma, y me alegra que la carta saliera aunque no recuerdes qué decía. ¿Volviste a hablar con la pelirroja después de mandarle las flores?

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  • Ovid

    La canasta aparece vacía justo después de entender la misión de las dos amigas, como si hasta ese momento no hubiera tenido nada que dar. Me hizo pensar en cuánta gente nos hace de espejo sin saberlo, y en que uno casi nunca se entera de a quién le sirvió de espejo a su vez. Gracias por compartirlo, @Cachetadasdelalma!

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  • CapituloTrasCapitulo

    Apuesto a que la pelirroja y la sabelotodo existen de verdad, y que la carta salió mucho después de que las tres dejaran de hablarse. Corregime si no, pero lo leí como despedida.

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