El campamento gitano estaba inusualmente silencioso aquella noche.
No había guitarras ni hogueras altas; solo el crujir de las carretas y el viento que bajaba de los montes, cargado de presagios.
Dentro de la carpa más grande, el aire olía a sudor, hierbabuena y miedo. Yeray Zalazar caminaba de un lado a otro, con la furia retumbándole en el pecho y la ambición apretándole la mandíbula.
Había pedido un heredero, alguien que llevara su sangre y multiplicara su fortuna.
Pero cuando el primer llanto rompió el silencio, no hubo alegría.
La partera retrocedió, santiguándose.
La niña que sostenía en brazos no tenía la piel canela de su gente.
Era blanca como el armiño, y su cabello caía en una cascada de hilos de plata que brillaban sin necesidad de velas. Sus ojos eran grises, como la bruma de la montaña al amanecer.
—¿Qué... no es de tu sangre? —susurró la mujer—. Su piel no es de gitano, sino tan blanca como la de quien brilla allá arriba... Debe ser un demonio.
Yeray avanzó un paso con la mirada clavada en la niña, fría como el acero.
Zaira, temblando y exhausta, apenas pudo hablar:
—¡¿Qué piensas hacerle a mi niña?!
—No tienes cara de pasar la noche preocupándote por ella. La llevaré antes de que todos sepan que tu linaje fue débil.
—¡Aunque la niña sea de la de arriba...! —intervino la partera, con la voz temblorosa, un hilo de advertencia—. Te arrepentirás de lo que piensas hacer.
Yeray golpeó la mesa con el puño. El impacto hizo vibrar la madera.
La furia en él era pura y abrasadora.
—¡No es de tu incumbencia! Haz lo que te digo o sentirás el peso de mi mano.
La partera tragó saliva, bajó la cabeza y retrocedió, obediente. Volvió junto a Zaira, quien sollozaba y se desplomaba, exhausta e impotente.
Pero antes de cerrar los ojos, reunió las pocas fuerzas que le quedaban.
—Aunque no la veas tuya... salió de mí.
Aquellas palabras quedaron flotando en el aire junto al miedo y la furia de Yeray, como una advertencia silenciosa para cualquiera que pensara desafiarlo.
Yeray se internó en el bosque profundo, donde los árboles se cerraban como garras. Allí, en un claro iluminado por la luna llena, dejó a la pequeña Amaya sobre el suelo frío, cubierto por una fina capa de nieve.
La miró un instante, con los ojos llenos de furia y desprecio.
Pero debajo de aquel odio había algo más profundo: la humillación de sentirse traicionado.
Por su esposa.
Por su propia sangre.
Incluso por la Luna, aquella que todos veneraban y que ahora parecía burlarse de él al entregarle una hija que no podía aceptar.
—Si tu madre es la Luna... que ella te amamante —dijo, con un último hilo de rabia dirigido incluso hacia la Luna misma.
Desde la penumbra, miles de ojos amarillos los observaban.
La manada de lobos avanzó silenciosa, hambrienta... y a la vez cautelosa. El macho alfa se acercó, enseñando los colmillos, preparado para atacar.
Pero entonces, la Luna se volvió cegadora.
Una vibración helada recorrió el cuerpo de la bebé.
En un parpadeo, la piel de mármol se cubrió de un pelaje espeso y blanco como la nieve; sus dedos se curvaron en pequeñas garras, y su llanto se transformó en un gruñido bajo y vibrante. Sus ojos grises reflejaron la luz lunar, y un halo plateado pareció rodear su cabeza, como si el cielo mismo la reclamara.
La loba alfa, guiada por un instinto que no pertenecía a este mundo, se acercó y lamió la cabeza de la lobezna plateada.
La manada rodeó a Amaya. Ningún colmillo se hundió en su carne. Ninguna garra se levantó contra ella.
Los seis lobeznos se acercaron uno a uno, olfateándola y reconociéndola como parte de la manada, aceptando sin temor a la niña que la Luna había reclamado como suya.
Esa noche, algo imposible ocurrió.
La Luna rompió sus propias leyes por primera vez y descendió con forma humana a la tierra, una apariencia que solo le estaba permitida durante las noches de luna nueva. Pero aquella noche aún no pertenecía a esa fase.
Se inclinó sobre Amaya, que todavía temblaba bajo su pelaje recién nacido, y elevó una neblina cálida desde la tierra para envolverla, manteniéndola protegida del frío.
A pesar de su forma humana, su tacto seguía siendo frío; la Luna necesitaba valerse de la tierra misma para cuidar a su nueva integrante.
La cargó con cuidado y caminó silenciosa entre la nieve hasta la cueva de la manada, protegida por los lobos que la rodeaban respetuosamente, asegurándose de que Amaya estuviera a salvo y completamente reclamada por su nuevo mundo.
La Luna había decidido:
Esa niña ya no era de los Zalazar.
Era de Ella...