Hay días en los que la nostalgia se instala en el alma de una manera que no sé explicar.
Días en los que todo parece estar bien por fuera, pero por dentro algo pesa.
Me levanto, hago mis cosas, hablo con las personas, sonrío cuando toca y continúo con mi día como cualquier otro. Pero de repente aparece un recuerdo y, sin pedir permiso, me devuelve a un momento que creía haber dejado atrás.
Y entonces te extraño.
No siempre de la misma manera.
A veces extraño tu presencia.
A veces extraño cómo me sentía cuando todavía creía que ibas a quedarte.
A veces extraño conversaciones que ya no existen, lugares que compartimos o simplemente esa versión de mi vida en la que todavía estabas.
Y hay días en los que la nostalgia pesa tanto que hasta respirar parece difícil.
No porque realmente no pueda respirar, sino porque hay sentimientos que se sienten tan grandes que por un momento parece que ocupan todo el espacio dentro de mí.
Y lo peor es que no siempre sé qué hacer con ellos.
Porque no puedo simplemente decirme “ya pasó” y hacer que desaparezcan.
Tampoco puedo obligarme a olvidar.
Hay recuerdos que no se van porque uno los ordene.
Se quedan un tiempo.
Aparecen cuando menos los espero.
En una canción.
En una fotografía.
En una conversación.
En una calle.
En una fecha cualquiera.
Y entonces vuelvo por unos minutos a esa versión de mí que todavía no sabía cómo iba a terminar todo.
A veces me pregunto si tú también recuerdas.
Si alguna vez una canción te lleva hasta mí.
Si algún lugar todavía guarda alguna pequeña parte de nuestra historia.
Si alguna vez te pasa eso que me pasa a mí: estar perfectamente bien y, de repente, sentir nostalgia por algo que ya no puedes recuperar.
Pero también he aprendido que no necesito saberlo.
Porque quizá parte de sanar es dejar de buscar respuestas en alguien que ya no está.
Puedo tener nostalgia sin convertirla en una razón para regresar.
Puedo extrañar sin buscar.
Puedo recordar sin idealizar.
Puedo reconocer que hubo momentos hermosos y, al mismo tiempo, aceptar que no todo lo hermoso está destinado a durar para siempre.
Eso me ha costado muchísimo.
Porque cuando extraño, mi memoria suele quedarse con lo bonito.
Recuerda las risas, las conversaciones, los pequeños detalles.
Y por unos minutos parece olvidar todo aquello que también me llevó a tener que alejarme.
Pero después recuerdo que una historia no se define solamente por los momentos que más extrañamos.
También está hecha de todo aquello que nos hizo entender que necesitábamos seguir adelante.
Por eso, cuando llegan esos días de nostalgia, ya no intento pelear contra ella.
La dejo estar.
La escucho.
Me permito recordar.
Me permito sentir tristeza por algo que alguna vez fue importante para mí.
Y después intento continuar.
Porque quizá sanar no significa llegar al punto en el que nunca más extrañas.
Quizá significa que puedes extrañar y aun así saber que tu vida tiene que continuar.
Que puedes sentir un vacío sin correr inmediatamente a llenarlo con la misma persona que lo dejó.
Que puedes mirar hacia atrás sin querer regresar.
Y que puedes aceptar que algunas cosas duelen precisamente porque fueron importantes.
Hay días en los que la nostalgia pesa demasiado.
Días en los que quisiera volver por un momento a ciertos instantes y vivirlos otra vez, sabiendo que no puedo.
Pero también hay días en los que me sorprendo pensando en todo lo que he avanzado.
Y entonces entiendo que aquella nostalgia que alguna vez parecía interminable también está aprendiendo a ocupar menos espacio.
Quizá todavía vuelva.
Quizá algunos recuerdos siempre tengan la capacidad de tocar una parte sensible de mí.
Pero ya no quiero tenerles miedo.
Porque recordar a alguien no significa que todavía tenga un lugar en mi presente.
A veces solamente significa que alguna vez tuvo uno muy importante en mi pasado.
Y está bien.
Hay días en los que la nostalgia pesa en el alma.
Hay días en los que necesito detenerme, respirar y dejar que pase.
Pero también sé que después de esos días llega otro.
Y luego otro.
Y poco a poco, casi sin darme cuenta, vuelvo a sonreír.
No porque haya olvidado.
Sino porque aprendí que puedo recordar sin quedarme viviendo en el recuerdo.
Y quizá esa sea una de las formas más silenciosas de sanar:
seguir sintiendo...
pero ya no dejar que aquello que perdí me haga olvidar todo lo que todavía tengo por vivir.