LA VIDA EN CENIZAS
Las cosas podían haber sucedido de otra manera, pero ocurrieron así.
El fuego se comía lo que quedaba del cuadro de aquel joven pintor.
En sus ojos se reflejaba desilusión, pesimismo y tristeza.
No se podía creer lo que había ocurrido.
El viaje que había hecho durante tantos meses quedó reducido a cenizas como si nada hubiera valido la pena.
Su mujer no le miraba, le despreciaba, ni si quiere le dirigía la palabra como antes.
Solo lo hizo para decirle:
-Ese cuadro, ese maldito cuadro, te lo repetí indefinidas veces, mira, bastardo, como hemos quedado. Tu casi en la hoguera y yo en el garrote vil . Lo tenías que haber quemado o vendido a ese noble. Es tu culpa, nunca te lo perdonaré. Te odio.
-Cariño, era nuestra ilusión, nuestro sueño desde que éramos pequeños. Iba ser nuestro éxito. ¿Es que acaso no lo recuerdas, Elvira?
Elvira, con su tez pálida, le dirigió una mirada de asco con un ligero toque de prepotencia.
Ella sabía que siempre era la misma conversación.
Odiaba a ese hombre porque su padre que en paz descanse, le obligó con tan solo 15 años a casarse con él.
Le daba hasta asco tocarle.
En cambio, Víctor miraba al fuego y todavía recordaba a esa mujer que estaba enamorado:
La primera vez que la vio, sus pecas alrededor del la nariz, su nariz respingona, su tez pálida, su sonrisa brillante. ¡Cómo no recordar la boda! ¡Elvira se veía tan guapa!.
También, se acordó de aquella noche donde ambos pintaron ese cuadro, tan reconocido, pero a la vez tan peligroso para la iglesia. Rompía con todo lo que la iglesia defendía.
Ese cuadro les llevaría a la ruina.
Ese cuadro era el Anticristo.
Cuadro maldito para unos, cuadro bendito para otros.
¿Un cuadro te puede destrozar la vida?
En el caso de Elvira y Víctor si, así fue, como ardió todo.
Solo hizo falta 3 días para que todo estallara.
3 malditos días.
Solo 3 días para que nada tuviera sentido.
En su casa que antes había sido un palacete.
No quedaba nada, ni una miga de pan para llevarse a la boca.
Cenizas, escombros eso es lo que quedaba.
Las cenizas que recorrían las manos de Víctor.
La vida en cenizas.
La vida hecha trizas.
De tener todo a estar sumergido en míseras cenizas.
En las fueras, los vecinos contaban que Elvira y Víctor eran dos alemanes con muy mal carácter. Ellos llegaron sin nada, solo con polvo y que a raíz del trabajo de él consiguieron un gran palacete.
No obstante, ellos no contaban que la iglesia les tenía echado el ojo.
Eran fríos y distantes con todo el mundo.
Todo el mundo lo asumía a que eran alemanes.
Esa noche.
Esa maldita noche: 21 de agosto de 1988.
Fueron acusados de traición hacia el rey.
Fueron acusados de soberbia.
Fueron acusados de ir en contra de la iglesia.
Fueron esposados y conducidos al peor destino que uno pueda imaginar:
La orca.
La hoguera.
La tortura.
Nadie se imaginó que los dos alemanes iban a acabar tan mal.
No obstante, nadie sabía que les había traicionado su mejor amigo Alberto de LaCroix.
Un noble envidioso.
Un noble despiadado.
Un noble que quería sus tierras.
Un noble que no le importaba quien cayera.
Un noble egocéntrico.
Un noble perverso.
Un noble malvado y tóxico que solo miraba para su propio ombligo.
Don Juan le llamaban.
Juan les observaba con una sonrisa de oreja a oreja como llevaban a Víctor y Elvira a un destino que él deseaba.
Gritó:
-¡Traidores! ¡Arrogantes! ¡Volved al sitio de donde vinisteis! ¡Qué la muerte os lleve lentamente al lugar donde nos saldréis jamás! ¡La espera ha merecido la pena!
El rey observó a Juan, su mano derecha mucho tiempo y le susurró:
-Don Juan, shhh, nadie tiene que saber que esto ha sido un plan para acabar con ellos. El cuadro era solo un mísero motivo para que desaparecieran. Haz bien tu trabajo y no dejes ni rastro de ellos.
Con estas últimas palabras, la vida de este humilde hombre y esta refunfuñona mujer desapareció entre cenizas.
Nadie lo sabía, pero Víctor era su hijo bastardo, y solo quienes lo supieron fueron guillotinados minutos después.